Ojos de Nadie 17
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Los días pasaron y todo parecía estar bien. Algo que, acostumbrada a su suerte, Julia no creía del todo, pero valía la pena intentarlo.

Nacho había intentado contactarla, pero el cambio de número lo había mantenido en silencio, por un tiempo…

Finalmente, y gracias al contacto de su amiga, Julia consiguió un nuevo trabajo. Paralelamente Nacho recibió una cautelar que lo obligaba a mantenerse alejado de ellos.

Julia sentía que al fin podía librarse de las malas elecciones que alguna vez tuvo que tomar.

Y lo más importante, tenía a su madre viva.

Una madre que iba a visitar, y aunque su estado no era del todo consciente, creía firmemente que su presencia la conectaba con el momento.

Una sonrisa genuina iluminaba su rostro por primera vez en mucho tiempo.

Caminando por una concurrida calle de la ciudad, Julia respondía otra vez una insistente llamada telefónica.

Tras escuchar unos segundos, exhaló un suspiro de alivio, emitió una breve respuesta y colgó antes de empujar la puerta de una peluquería.

De regreso en su antigua casa, Nacho miraba la pantalla de su celular con incredulidad y lo arrojó con bronca contra el sillón.

Luego de varios intentos, sabía que no iba a volver a responderle.

Un día después, con su ropa de trabajo perfectamente ajustada, Julia tomó su bolso y las llaves, y abrió la puerta dispuesta a salir.

La sorpresa no tardó en llegar. En el descanso de la escalera se cruzó de frente con Lucas, que subía acompañado por una mujer pelirroja de treinta años, de cabello atado en ondas.

Lucas tenia vendajes en la cabeza y usaba muletas, pero podía caminar bien.

Ambos se detuvieron, sorprendidos por el encuentro.

—¡Lucas! —exclamó Julia, oscilando entre la incomodidad y la alegría.

Se abalanzó a abrazarlo y lo observó de arriba a abajo con asombro—. ¡Estás recuperado!

Lucas sonrió con timidez, bajando la vista un segundo.

—Sí... con ayuda, y muy de a poco, pero bien. Sigo con la rehabilitación, pero desde casa; ya me dieron el alta.

Julia asintió. Un silencio breve e incómodo flotó en el aire hasta que Lucas rompió el hielo.

—Ella es María, mi mujer... bueno, ex —se corrigió con una risa nerviosa.

María dio un paso al frente y le extendió la mano a Julia.

—María, encantada.

—Julia —respondió estrechándosela.

Volviendo a mirar a Lucas, Julia le dedicó una última mirada cálida.

—Me alegro mucho.

—Gracias.

Julia continuó su descenso por las escaleras, pensativa, pero con una sonrisa satisfecha dibujada en los labios.

Al salir del edificio, Nacho la sorprendió mientras la esperaba recostado contra la pared. Julia lo vio, decidió ignorarlo por completo y aceleró el paso. Nacho la persiguió de inmediato.

—Qué mierda crees que estás haciendo, ¿eh?

Julia no se detuvo.

—Ey, te estoy hablando.

Al ver que ella apuraba la marcha, Nacho le dio alcance y la sujetó con fuerza del brazo. Forcejearon unos segundos.

—A mí me escuchas o...

Julia se zafó de un tirón seco, se plantó frente a él y lo enfrentó con frialdad.

—¿O qué? —lo desafió con la mirada—. Cuidado. En cualquier momento terminas en la cárcel otra vez.

Dada media vuelta, continuó su camino mientras Nacho la observaba alejarse con odio en su cara.

Por la noche, la luz del velador iluminaba la penumbra de la habitación de Iván en el departamento de Mónica. El pequeño estaba acostado en su cama cuando Julia entró en el cuarto. Se acercó con paso suave y se sentó al borde del colchón, de su lado.

—¿A ver esos dientes? —preguntó ella con dulzura.

Iván le regaló una sonrisa amplia, mostrándole su dentadura impecable. Julia lo observó con orgullo y no pudo evitar devolverle la sonrisa.

—Muy bien. Hasta mañana.

Se puso de pie para salir de la habitación, pero antes de dar el primer paso, la voz del niño la detuvo.

—¿Mami?

—¿Sí, hijo? —respondió Julia, volviéndose hacia él.

—¿Papá es malo?

La pregunta quedó suspendida en el aire por un instante. Julia buscó las palabras adecuadas para no herir su inocencia.

—No. Tu padre no se siente bien, tiene que curarse. Como cuando vamos al doctor para que nos cure y nos haga sentir mejor.

El pequeño Iván pareció conformarse con la respuesta y suspiró acurrucándose.

—Te quiero, mami.

—Yo también, mi amor —susurró Julia, inclinándose para darle un beso tierno en la frente.

Caminó hacia la puerta y, tras darle una última mirada a su hijo, apagó la luz dejando el cuarto en la calidez de la noche.

A la mañana siguiente, Julia y su hijo viajaban en autobús. Iban camino a la misa de siempre, pero esta vez, Julia sentía un alivio extra en su rutina. Repentinamente, el timbre del celular interrumpió su trayecto. Sacó el teléfono y atendió.

—¿Hola?

—Juli —dijo la voz al otro lado de la línea.

Julia se detuvo un instante, reconociendo al instante el tono.

—¿Lucas?

—Sí, ¿cómo estás?

Una sorpresa positiva le iluminó el rostro.

—¿Tú cómo estás?

—Mejor, mucho mejor —aseguró Lucas.

—Qué bueno, me alegro de verdad. Después de ese día que te crucé con tu mujer...

—¿Mujer? —interrumpió él.

—Sí, María —aclaró Julia.

—Ah, sí... pero no, no es más mi mujer —explicó Lucas desde el otro lado—. Vino por lo que pasó, para ayudarme y terminar de firmar los papeles del divorcio.

Una sonrisa inevitable comenzó a dibujarse en el rostro de Julia.

—Ah, no sabía —dijo, intentando disimular el alivio en su voz.

—Sí. Entonces... te llamaba porque me gustaría verte —confesó Lucas tras una breve pausa—. Pasaron tantas cosas. Sería lindo...

—Sí... —respondió ella, mirando la fachada del colegio a pocos metros—. Ahora estoy llegando a la escuela de Iván. Hablemos más tarde si quieres.

Julia guardó silencio un segundo, sonriendo para sí misma.

—Genial, dale un cariño a Iván —pidió él.

—Le mando.

—Besos, hasta pronto, linda.

—Besos, cuídate.

Julia cortó la llamada. Se quedó unos momentos con el celular entre las manos, dejando escapar una sonrisa, incapaz de contener la emoción que le desbordaba el pecho.

Al poco tiempo descendieron del autobús en una avenida céntrica. A lo lejos comenzó a repicar la campana de la iglesia.

—Ya empieza, vamos —apuró Julia al niño.

Avanzaron apresurados por la vereda. A unas dos cuadras se vislumbraba el campanario del templo, pero para acortar camino decidieron atravesar un callejón poco concurrido.

De las sombras salieron dos hombres que les cortaron el paso. Uno de ellos encañonó a Julia directamente con un arma de fuego, obligándolos a replegarse más hacia el fondo del callejón para quedar fuera de la vista de los transeúntes.

—Dame todo lo que tengas —exigió el delincuente.

Temblando de terror, Julia se aferró a Iván y le tendió el bolso.

—Toma, es todo lo que tengo. Por favor, no nos lastimen.

El segundo ladrón le arrancó la cartera de las manos y comenzó a revisar los bolsillos. Al ver la amenaza, Iván perdió el control y se abalanzó a los golpes contra el asaltante.

—¡No! ¡Suéltala! —gritó el niño fuera de sí.

El primer ladrón, con los nervios a flor de piel, desvió el caño del arma y apuntó directamente a Iván.

—¡Cállate! —vociferó.

Iván siguió forcejeando y gritando, mientras a pocos metros, en la esquina de la avenida, unos transeúntes detenían la marcha al escuchar los gritos. El delincuente, preso del pánico por la presencia de testigos, comenzó a agitar la mano nerviosamente sosteniendo el revólver.

—¡Te dije que te calles!

Un disparo seco rompió el aire. Julia soltó un grito desgarrador al ver cómo las piernas de Iván se doblaban y el niño caía desvanecido contra el cemento. El agresor quedó petrificado, mirando fijamente la mancha de sangre que comenzaba a extenderse sobre la ropa de su víctima.

—¿Qué hiciste, idiota? —le recriminó el cómplice.

El tirador no reaccionaba, estupefacto. Del otro lado de la esquina, las siluetas de la gente empezaban a correr hacia el callejón.

—¡Vamos, vamos! —gritó el segundo asaltante, y ambos escaparon a la carrera.

Julia se arrojó al suelo junto a su hijo, rompiendo en un llanto incontrolable mientras le sostenía la cabeza entre las manos. A su alrededor, las voces de las personas que se acercaban comenzaron a fundirse, mientras todo a su vista se tornaba irremediablemente borroso.

El ambiente del sector de terapia intensiva en el hospital central se cernía denso y silencioso.

Sentadas en los asientos de espera, Julia, Ana y Sandra aguardaban en tensión.

De pronto, la puerta del sector restringido se abrió.

Al ver salir al doctor Gimenez, Julia se puso de pie de un salto y corrió hacia él.

Sandra amagó con acompañarla, pero Ana la detuvo del brazo, obligándola a volver a sentarse.

Desde los bancos, Sandra y Ana observaban a la distancia cómo el médico le daba el parte a Julia. Ella escuchaba con absoluta atención, hasta que se llevó las manos a la boca en un gesto de espanto.

A paso lento y con la mirada clavada en el suelo, Julia emprendió el regreso. Sandra y Ana se levantaron de inmediato a su encuentro.

—¿Cómo está? —preguntó Sandra.

—¿Qué dijo el doctor? —inquirió Ana.

Julia no reaccionaba; seguía con los ojos perdidos en el piso. Ana le buscó la cara con desesperación.

—¿Juli? ¿Cómo está Iván?

Julia parpadeó, con la mente en otra parte, y las miró con expresión vacía.

—Él está bien, pero... la bala rozó la médula.

Ana y Sandra abrieron los ojos con preocupación.

—Está en coma inducido...

Sandra se tapó la boca con las manos, conteniendo el llanto. Ana se aferró del brazo de Julia, que se tambaleaba al borde del colapso, todavía atrapada en un estado absoluto de shock.

—Tranquila, tiene que haber algo que se pueda hacer...

—Hay que operarlo urgente. La obra social no lo cubre. La operación es costosa...

La voz se le quebró por completo y rompió en un llanto desgarrador. Las demás la rodearon para consolarla. De repente, como si una chispa iluminara su mente ensombrecida, Julia abrió los ojos de par en par, levantó la cabeza y miró hacia adelante.

—Necesito salir.

—Ve tranquila. Yo me quedo —le dijo su prima.

Sin decir más, Julia dio media vuelta y salió corriendo por el pasillo.

En el departamento de Mónica, la laptop de Julia descansaba sobre la mesa. En la pantalla se leía un correo electrónico enviado por recursos humanos: "Lamentamos la situación, no estábamos al tanto de tu discapacidad, y la visión en tu puesto de trabajo es indispensable..."

Unas llaves tintinearon en la cerradura. Julia salió por la puerta principal, dejando detrás un silencio absoluto.

En el interior de un bar de estilo taberna, con escasa clientela, Julia estaba sentada sola en la barra.

Sostenía un vaso de whisky del que dio un sorbo lento, mientras con la otra mano acariciaba un pequeño muñeco de juguete de su hijo.

Las lágrimas le resbalaban en silencio por las mejillas, mientras contemplaba el objeto con el alma rota.

Horas más tarde, en la entrada del antiguo departamento de Julia, el timbre resonó con insistencia. Nacho abrió la puerta y se encontró sorpresivamente con Julia.

—Necesito la plata ¿Qué tengo que hacer? —preguntó ella con frialdad.

Nacho sonrió complacidamente mientras le abría la puerta para dejarla pasar.