Ojos de Nadie 16
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Dentro del auto de Ana, el motor se apagaba frente a un imponente complejo de edificios. Julia ocupaba el asiento del acompañante, sumida en un profundo mutismo.

—¿Estás bien? —le preguntó Ana con tono temeroso, observando su rostro tenso.

Julia asintió con lentitud, aunque la mirada reflejaba un miedo latente.

—¿Quieres que te acompañe?

—No. Tengo que hacerlo sola.

Ana le acarició el brazo con afecto. Julia abrió la puerta y descendió del vehículo.

Avanzó por unas escalinatas imponentes hasta frenar ante la entrada principal de un enorme hospital de varias plantas.

El establecimiento lucía tétrico: todas las ventanas y puertas inferiores estaban reforzadas con sólidas rejas de hierro.

Arriba, un cartel de letras gastadas anunciaba: “Hospital Psiquiátrico el Sol”.

Julia contempló la fachada, exhaló un suspiro profundo y cruzó el umbral.

Luego de anunciarse, Julia caminó por el pasillo del psiquiátrico en compañía de una doctora. Al llegar al final, la médica deslizó una tarjeta magnética para habilitar el acceso. El sonido del timbre de seguridad hizo que Julia se tensara.

Entraron a una pequeña sala intermedia provista de una mesa y una gran ventana de cristal blindado. Julia se aproximó para observar el otro lado y miró de reojo a la doctora buscando su aprobación.

—No te preocupes. Ella no puede verte —le aseguró la profesional.

Se asomó al vidrio. Del otro lado se extendía una amplia sala de visitas intensamente iluminada, donde predominaba un blanco clínico absoluto.

Las paredes estaban revestidas con paneles acolchados por razones de seguridad, y las ventanas lucían fuertes rejas.

En el centro, sentada sola a una mesa, se encontraba la madre de Julia, enfundada en un enterito de paciente completamente blanco.

Su cabello castaño entremezclado con canas lucía descuidado y en desorden.

Tenía la mirada perdida en un punto fijo a un costado, hamacándose rítmicamente hacia adelante y hacia atrás.

Un enfermero permanecía de pie junto a una puerta de salida de emergencia al fondo.

—Ya puedes pasar —indicó la doctora.

Sin apartar los ojos de su madre, Julia asintió con la cabeza. Empujó la puerta lentamente y cruzó el umbral.

Una vez dentro de la sala de visitas, Julia se sentó frente a ella con el corazón estrujado por la emoción. Su madre permanecía inmutable, atrapada en un estado hipnótico provocado por la medicación, incapaz de alterar su postura o desviar la mirada vacía.

—Mamá... soy yo, Julia —dijo con voz serena.

No hubo respuesta.

—No sabía, yo... —comenzó a decir Julia, con los ojos anegados en lágrimas que ya no pudo contener.

Tomó aire hondo, se recompuso con una sonrisa y continuó:

—Tienes un nieto... se llama Iván. No sabes lo bueno que es. Lo voy a traer para que lo conozcas.

De su cartera extrajo una fotografía del niño y la depositó con cuidado sobre la mesa, frente a la mujer.

—Mira, ¿lo ves?

La madre de Julia experimentó una reacción súbita: movió los ojos con lentitud hasta enfocar la imagen sobre el papel. Julia sonrió esperanzada.

—Es parecido a ti.

Sin pestañear y con la vista clavada en la foto, la mujer comenzó a hamacarse con mayor violencia.

Su respiración se volvió anhelante y agitada.

Julia la miró desconcertada. El balanceo se transformó en un sacudón furioso; los ojos se le abrieron de par en par, llenos de pánico.

De pronto, se arrojó sobre la mesa y aferró la fotografía con desesperación.

—¡NO! —gritó fuera de sí.

Se estiró hacia adelante y agarró a Julia de la ropa con una fuerza imprevista. El enfermero corrió a intervenir, intentando separarlas con dificultad.

—¡No son hijos del señor! —vociferaba la madre en medio de un ataque de histeria.

Julia gritaba acorralada mientras la doctora irrumpía en la sala con una jeringa para aplicarle un calmante a su madre. El sedativo hizo efecto con rapidez. La mujer se relajó de golpe y rompió en un llanto silencioso, mientras Julia la miraba desplomada contra el piso.

De regreso en el departamento de Mónica, Julia yacía sentada en el sillón. Ana apareció desde la cocina sosteniendo una bandeja, depositó una taza de té sobre la mesa de centro y le extendió una pastilla.

—Esto te va a calmar —le dijo.

Julia obedeció en silencio, tragó la pastilla y bebió un sorbo del vaso con agua que su prima le ofrecía.

—Toma el té, te va a hacer bien.

—Sí —murmuró ella.

Ana se sentó a su lado, visiblemente compungida.

—Tal vez por esto mamá nunca te contó nada...

Julia intentó sostener la taza de té, pero el temblor incontrolable en sus manos amenazaba con volcar el contenido. La dejó caer con brusquedad sobre el plato y rompió a llorar amargamente. Ana la rodeó con los brazos para consolarla.

—Es que no entiendo... —se lamentó Julia entre sollozos.

—No hay nada que entender, Juli. Está muy enferma.

—No puedo más.

—Sí puedes. Mírame.

Ana le tomó las manos con firmeza y la obligó a levantar el rostro. Al acercarle la cara, sus dedos apartaron con delicadeza el flequillo para descubrir el rastro amarillento de un moretón que los anteojos oscuros ya no alcanzaban a ocultar del todo.

—Mírame. ¿Te crees que no me di cuenta de esto?

—Deja, no es nada...

—¿Cómo que no es nada? Mamá me contó que ese hijo de puta salió antes.

Ana se arrodilló frente a ella para estrecharle las manos con mayor intensidad, exigiendo su atención.

—Escúchame. Yo me vuelvo a la provincia. El departamento queda solo y tú lo necesitas.

Julia la miró abrumada, sin asimilar la propuesta.

—¿De qué hablas?

—Te vienes con Iván a vivir aquí.

Julia negó enérgicamente con la cabeza.

—No, Ana...

—Sabes que es un peligro este tipo. Mira lo que te hizo. Te tocó a vos, mañana lo agarra al nene.

Julia se quedó fija en sus ojos, derrotada por una verdad que ya no podía ocultar. Ana, con los ojos apenados, remató:

—Sabes que es así.

Más tarde, Julia ingresó al departamento con sigilo.

Al comprobar que Nacho no estaba, se apresuró a entrar a su dormitorio.

Abrió el armario, sacó una valija y comenzó a arrojar ropa, artículos de aseo personal, un crucifijo que besó devorando la madera antes de guardarlo en el fondo, y una biblia extraída de la cajonera.

Tomó el portaequipaje, pasó al cuarto de Iván para sumar las pertenencias del niño y salió al comedor.

Allí abrió el cajón de una cómoda, tomó un cuaderno y escribió unas líneas apresuradas. Dejó una nota firmada y dirigida sobre la mesa, echó un último vistazo al lugar y se marchó.

Más tarde, Julia llegaba a la casa de su amiga Sandra. Tocó el timbre. La puerta se abrió y salió Iván corriendo.

—¡Mami!

—Hola, amor —saludó Julia agachándose para envolverlo en un abrazo.

Alzó la vista para encontrarse con Sandra, le regaló un gesto de profundo agradecimiento articulado solo con los labios: "Gracias".

Tomó a su hijo de la mano y empezaron a alejarse.

—¡Ah, Juli! —la llamó Sandra desde la puerta.

Julia se dio vuelta.

—Hablé con mi amiga, la de recursos humanos. Estate atenta al teléfono.

—Gracias, amiga —respondió con alivio.

Mientras retomaban la marcha, Julia se inclinó hacia el niño.

—Hijo, vamos a ir a vivir en lo de la tía por un tiempo... —su voz se perdió entre el bullicio de la calle.