Ojos de Nadie 15
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La entrada de la iglesia se vio concurrida por familiares y conocidos de Mónica que ingresaban en silencio.

Julia, enfundada en un tapado negro y sus gafas oscuras, subía las escaleras de la mano de Iván cuando divisó a su prima Ana, una mujer joven y delgada, de cabello rubio y mejillas sonrosadas, en la puerta de entrada.

Mientras los dolientes pasaban a su lado para darle el pésame, Julia corrió hacia ella.

—¡Ana! —clamó con voz quebrada.

Ambas se fundieron en un abrazo apretado, rompiendo a llorar amargamente.

En el cementerio, las tumbas se extendían espaciadas a lo largo de un extenso terreno cubierto de césped verde.

Un camino de tierra flanqueado por el coche fúnebre y varios automóviles albergaba a los asistentes congregados alrededor de la fosa.

El padre Oscar oficiaba la misa frente al féretro en medio de un silencio desolador.

Julia y Ana permanecían abrazadas, dejando que las lágrimas cayeran libremente por sus mejillas, mientras Iván se aferraba a la falda de su madre.

Terminada la ceremonia, los presentes comenzaron a retirarse en silencio. Julia y Ana hablaban con al sacerdote, quien sostenía las manos de la prima con afecto.

—...y ya saben, cualquier cosa que necesiten hablar, las espero en la iglesia —se despedía el padre Oscar.

Ambas mujeres comenzaron a caminar hacia los vehículos con paso lento.

Ana iba tomada del brazo de Julia, mientras Iván marchaba aferrado a la mano de su madre.

Al girarse para mirarla, Ana reparó en un violento hematoma que se asomaba por debajo del borde de las gafas de Julia.

Intrigada, estiró la mano para correrle los anteojos.

—¿Qué...? —alcanzó a decir.

Julia apartó bruscamente el rostro para impedírselo. En ese instante, Ana bajó la vista hacia Iván, que caminaba en silencio a su lado, y las piezas encajaron en su cabeza con claridad.

De regreso en el departamento, Julia e Iván abrieron la puerta. Nacho estaba tirado sobre el sillón del comedor, bebiendo una cerveza mientras miraba la televisión. Iván se apresuró a llevar su mochila al dormitorio, mientras Julia observaba a Nacho con profundo descontento.

—¿Dónde estaban? —preguntó él sin quitar los ojos de la pantalla, dando un sorbo a su vaso—. Ah, cierto... en el velorio de la vieja.

Nacho soltó una carcajada burlona. Julia lo miró, anonadada por la cínica mutación de su carácter, y arrojó el bolso sobre un sillón individual.

—Eres despreciable —escupió con tristeza y furia contenida, dándose media vuelta para irse a su cuarto.

Nacho reaccionó de inmediato: estiró el brazo, la agarró del antebrazo con fuerza y la frenó en seco.

—Siéntate.

La obligó a desplomarse sobre el asiento.

—Hay algo que tengo que hacer. Un trabajo. Y te incluye. —sentenció.

—Estás loco.

—No entiendes —replicó Nacho, haciendo una pausa calculada—. Es un trabajo importante para el Sr. B.

—¿Qué? ¡¿Por qué tengo que estar escuchando el nombre de ese mafioso en mi casa?! —estalló Julia, intentando zafarse para ponerse de pie, pero Nacho la empujó de nuevo hacia abajo.

—No hay opción. Mi vida, y por ende la de ustedes, es de él hasta que salde la deuda.

Julia lo miró con rechazo visceral. De repente, una revelación la sacudió por dentro y se levantó de un salto con furia.

—¡Cómo pude ser tan estúpida! —exclamó, agitando los brazos histérica—. ¡Por eso saliste de la cárcel antes!

Nacho se puso de pie con lentitud y se plantó frente a ella de forma intimidante.

—Es mejor que te calmes, si no quieres encontrar a tu hijo tirado en una zanja.

Julia desvió la mirada hacia un costado, tragándose la rabia.

—Se hace y punto. Puedes ir procesándolo —concluyó Nacho antes de marcharse hacia la cocina.

Julia se quedó sola en la sala, consumida por el pánico.

Entró a su habitación a zancadas, se sentó al borde de la cama junto a la mesa de luz y respiró con bronca contenida.

Hundió los dedos en el colchón, apretando la tela con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, mientras las lágrimas volvían a desbordarla.

Del otro lado de la ciudad, Ana procesaba la muerte de su madre.

El ambiente en el dormitorio de Mónica estaba inundado de recuerdos.

Las paredes con empapelado de flores enmarcaban marcas de la niñez y la vida de ambas.

Ana secaba sus lágrimas mientras clasificaba los objetos personales de su madre para guardarlos.

Al sacar una caja del fondo del ropero y destaparla, descubrió unas viejas hebillas de su infancia. Sonrió con melancolía al tropezar con su propio diario íntimo de niña.

—¿Todavía lo guardabas, madre? —susurró.

Entre las páginas encontró también algunas fotografías sueltas donde aparecía junto a Julia y a su madre. Acarició con ternura el rostro de esta última en el papel fotográfico. En ese momento, sus dedos rozaron un sobre blanco olvidado al fondo.

Extrañada, lo abrió sin percatarse de inmediato de que iba dirigido a Julia. Leyó las primeras líneas y los ojos se le abrieron de par en par, paralizada por la sorpresa. Se levantó de un salto, sacó su teléfono del bolsillo y salió corriendo de la habitación, dejando la carta sobre la cama.

—Hola, Juli. ¿Puedes venir? —dijo Ana, sin dar más detalle—. Tiene que ser ahora... es importante.

Horas después, el timbre del departamento resonó en el pasillo. Ana abrió la puerta y se encontró con Julia.

—Any ¿Qué pasó?

Ana le tendió el sobre y la carta en silencio. Julia comenzó a leer. A medida que sus ojos recorrían las líneas impresas, las pupilas se le dilataron, dio unos pasos a ciegas hacia el sillón y se dejó caer pesadamente, cubriéndose la boca con las manos.

—No puede ser... —murmuró anonadada.