14
En la mañana, bajo un cielo gris, Julia caminaba con Iván hasta la puerta de la escuela. Al llegar, se agachó para acomodarle la remera con suavidad.
—¿Estás bien?
Iván asintió con la cabeza y ambos se despidieron con un beso.
Horas más tarde, Julia caminaba pensativa y solitaria por una vereda muy transitada, luciendo unos grandes lentes de sol que le cubrían parte del rostro. Absorta en sus pensamientos, rozó sin querer el hombro de un hombre que venía en sentido contrario.
El transeúnte se dio vuelta, visiblemente fastidioso.
—¡Ey, cuidado! —reclamó.
Julia se detuvo, desconcertada y despistada.
—Perdón... —murmuró en voz baja, antes de seguir caminando con la mirada perdida.
A pocos pasos, empujó la puerta de un lavadero automático e ingresó.
El interior del local estaba tenuemente iluminado al caer el anochecer.
Varias filas de lavarropas alineados contra la pared zumbaban con fuerza, rodeados de canastos apilados y unas banquetas alargadas dispuestas en el centro.
Julia cargó un canasto con ropa sucia, vació las prendas dentro de un tambor, cerró la escotilla, dispensó el jabón y encendió la máquina.
Luego se sentó en uno de los bancos corridos.
Cruzó una pierna apoyando el pie en el asiento, recostó ambos brazos cruzados sobre la rodilla elevada y apoyó la barbilla en las manos, contemplando cómo la ropa daba vueltas sin fin tras el cristal. Los ojos se le anegaron en lágrimas.
Ya de noche, Julia ingresó al departamento de Mónica con una copia de llaves.
—¡Tía, soy yo! —anunció, dejando caer una bolsa con ropa limpia sobre el sillón—. Le pedí las llaves al portero porque no escuchas el timbre.
Al ver que no recibía respuesta, caminó hacia el pasillo y se asomó al dormitorio.
—¡Tía! ¿Estás aquí?
Empujó la puerta del baño y descubrió a Mónica tendida e inmóvil sobre el piso de baldosas.
—¡Tía! —gritó con desesperación.
Se arrojó de rodillas a su lado y la sacudió con fuerza, pero no obtuvo ninguna reacción. Aterrorizada, corrió a buscar el teléfono.