Ojos de Nadie 13
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Al día siguiente,. en la zona de juegos del parque de la ciudad, Iván jugaba en el tobogán mientras Julia lo observaba sentada en un banco cercano.

El niño corrió hacia ella agitado.

—Mami, quiero un helado.

Caminaron juntos hasta el puesto de helados, compraron dos conos y se acomodaron en un asiento sobre el sendero.

—Mami —llamó el niño.

—¿Sí, mi amor?

—¿Cómo le vas a decir a papá que te quedaste sin trabajo?

Julia sonrió con ternura y le acarició la cabeza.

—No sé, hijo. Tú no te preocupes, ya se me va a ocurrir algo. —Hizo una breve pausa antes de indagar—. ¿Estás contento con papá?

Iván se manchó un poco el labio con crema helada.

—¡Sí! —respondió con entusiasmo.

—¿Te gusta que te vaya a buscar a la escuela?

El niño asintió con vehemencia.

—¿Y qué hace papá mientras te espera?

Iván continuó comiendo su helado en silencio, ignorando la pregunta.

—¿Iván? —insistió ella.

—Es que me va a retar si lo digo —murmuró el pequeño bajando la vista.

Julia lo miró con seriedad.

—Iván, ¿qué es lo que te digo siempre?

El niño se encogió de hombros.

—¿Hijo?

—Que entre nosotros y el Señor no hay secretos —recitó Iván.

—¿Por qué?

—Porque así nos cuidamos.

Julia aguardó la respuesta con creciente inquietud.

—Bueno... papá siempre habla con su amigo —reveló Iván—. Él está siempre en un auto y papá se saluda con unos chicos de la escuela.

Julia cerró los ojos un instante, sintiendo un vuelco en el estómago al lamentar lo que acababa de escuchar.

—Sí —continuó el niño—, y juegan a que se dan la mano, pero en realidad se dan algo y después se hace el que se saluda con su amigo. —Iván dejó escapar una risita inocente—. Pero yo me doy cuenta.

Julia se puso de pie bruscamente y tomó su bolso con furia contenida. Al ver su reacción, la cara del niño se ensombreció.

—Papá me dijo que te ibas a enojar si te contaba el juego —dijo acongojado.

Julia le tomó la mano con firmeza.

—Vamos, amor.

Al regresar al departamento, Julia abrió la puerta e ingresó con Iván.

En el centro del comedor, Carli permanecía sentado en el sofá junto a un hombre y una mujer de aspecto desprolijo que fumaba un cigarrillo.

Al ver entrar a Julia con el niño, los desconocidos se apresuraron a guardarse en los bolsillos unas bolsitas que estaban sobre la mesa.

Carli se puso de pie, eufórico e inquieto.

—¡Juli, amiga, tanto tiempo!

Julia los evaluó con la mirada y se dirigió a su hijo.

—Hijo, ve a tu cuarto. Ahora voy.

Iván corrió hacia su habitación.

—Hola, Carli —saludó Julia con extrema frialdad.

—¿Cómo estás? —dijo él, dando una pitada profunda a su cigarrillo para disimular la tensión.

Nacho emergió de la cocina en ese momento. Julia lo encaró con la mirada prendida en fuego.

—Tenemos que hablar.

—¿Qué haces aquí? Ahora estoy ocupado —desestimó él.

—Ahora.

Julia caminó decidida hacia la cocina. Nacho soltó un suspiro de hastío y la siguió.

Ya en la cocina, Julia se plantó frente a él con los brazos cruzados.

—¿Qué mierda hace esta gente aquí? —exigió saber.

Nacho miró hacia un costado, restándole importancia.

—Iván me contó del "juego" que haces en la escuela —soltó ella.

Nacho la miró de golpe, endureciendo las facciones. A Julia se le quebró la voz.

—¿Es verdad? ¿Estás vendiendo otra vez? —La respiración se le aceleró y estalló en llanto—. ¡¿Y en la escuela de tu hijo?!

Nacho revoleó los ojos, dejó escapar un suspiro y la observó fijamente.

La expresión de su rostro cambió de golpe: sus ojos quedaron completamente vacíos, con esa mirada helada que Julia no veía desde hacía años.

Levantó los hombros y los brazos con las palmas abiertas en un gesto de franca admisión, para luego dejarlos caer pesadamente contra sus piernas.

Julia se cubrió la boca con la mano mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas. Nacho dio media vuelta para abandonar el lugar.

—No te atrevas a irte —le advirtió ella, sujetándolo del brazo desde atrás.

Nacho se giró sobre sus talones y, sin ningún esfuerzo, le dio un trompazo tremendo con el puño cerrado en el rostro, noqueándola al instante.

En el impacto, Julia intentó aferrarse a la mesada para no caer, pero alcanzó una olla que terminó volando por el aire y estrellándose junto a ella contra el suelo.

El estruendo resonó con fuerza en el comedor. Carli se puso de pie de un salto y les hizo señas a los otros dos para marcharse.

—¡Nacho, te esperamos afuera! —gritó desde la puerta.

El ambiente en la cocina se había oscurecido. Julia permanecía inmóvil sobre el frío piso de la estancia, sumida en un estado de parálisis y conmoción que le impedía articular movimiento alguno.

Paso a paso, Nacho se aproximó con una lentitud calculada. Se agachó junto a ella y, con una falsa delicadeza, le retiró con los dedos un mechón de pelo que le cubría la mejilla. En sus labios se dibujó una sonrisa falsa.

—Tan bien que nos estábamos llevando, y me haces enojar...

Julia desvió la cara bruscamente hacia el lado opuesto, buscando refugio para ignorar su presencia. Pero la respuesta solo provocó a Nacho, quien la tomó del rostro con fuerza.

—No quieres terminar como el vecinito de la vieja de tu tía...

Apretando con violencia sus facciones, la obligó a girar la cabeza de golpe, dejándola frente a frente con él. El pecho de Julia comenzó a subirse y bajarse a un ritmo acelerado; su respiración se volvió errática y contenida.

—...no? —prosiguió él, con voz helada.

Sin más, Nacho la soltó con desdén y se puso de pie en toda su estatura. Dirigió la mirada hacia la entrada de la estancia y alzó la voz:

—¡Iván ven!

—¡No! —gritó ella, presa del pánico.

De inmediato, Julia se llevó la mano a la cara para cubrirse el ojo de vidrio, dejando escapar un quejido de dolor sordo.

Pocos segundos después, Iván apareció en la cocina. Al ver a su madre tirada en el suelo, la angustia lo dominó y echó a correr hacia ella.

—¡Mamá!

Antes de que pudiera alcanzarla, Nacho lo enganchó con brusquedad de la remera, frenando su avance en seco. Julia estiró el brazo desesperadamente desde el piso, tratando de alcanzar la prenda para frenarlo.

—Déjalo. No lo metas en esto. Por favor —suplicó ella, con el hilo de voz que le quedaba.

Nacho ignoró la súplica. Con ademán intimidante, fijó su atención en el niño y pegó su propia frente a la de Iván, obligándolo a sostenerle la mirada.

—¿Ves lo que pasa cuando no guardas secretos? —le espetó al oído—. Tu madre está así por tu culpa

—¡No! —gritó Julia desde el suelo, desgarrada.

Nacho soltó la camiseta del niño con desprecio y caminó hacia la salida, abandonando la cocina sin mirar atrás. En cuanto quedó libre, Iván corrió hacia su madre y la envolvió en un abrazo desesperado.

—No lo escuches. Tú no tienes ninguna culpa de nada ¿Escuchaste? —le susurró Julia, intentando recomponerse mientras los sollozos le partían el pecho.

Los dos se estrecharon con todas sus fuerzas en mitad de la estancia. Sin dejar de llorar, Julia lo sujetó con firmeza, necesitando asegurarse de que las palabras calaran en él:

—¡¿Escuchaste hijo?!