Ojos de Nadie 12
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El sábado a la noche, la circulación de transeúntes en la calle había disminuido considerablemente. A través de los ventanales del restó bar se veía poca gente en las mesas, mientras Julia terminaba de tomar las últimas órdenes de su doble turno.

Terminada la intensa jornada, Julia mantenía la puerta de su casillero abierta mientras guardaba sus cosas en el vestidor del personal. Se observó el ojo izquierdo en un espejo pequeño pegado en el interior de la puerta metálica; parpadeó varias veces con gesto de molestia.

Al tomar su cartera y cerrar el casillero, se sobresaltó al descubrir a Gastón apoyado en el casillero contiguo, a muy pocos centímetros de ella. Mantenía una postura provocativa que no tardo en alarmarla.

—¡Gastón, qué susto! —exclamó llevándose la mano al pecho.

—Perdona, no quería asustarte. El otro día me preocupé por ti.

Julia, algo incómoda por la cercanía, terminó de pasarle la llave al candado.

—Sí, tuve un mal día.

Gastón se aproximó aún más y le acarició la mejilla con la yema de los dedos.

—Te puedo ayudar... ¿en algo?

Julia dejó escapar una risa nerviosa, negó con la cabeza e intentó dar un paso hacia atrás para marcar distancia.

—No, no, gracias.

Sin darle espacio, Gastón se le encimó bruscamente, acorralándola contra la chapa del casillero.

—Porque puedo ayudarte... —insistió, forzándola mientras comenzaba a besarle el cuello a la fuerza.

—¡Para! ¿Qué haces? —gritó Julia, alterada, intentando empujarlo.

—... si me lo pides —completó él sin escucharla.

De pronto, Julia quedó paralizada en un extraño estado de shock. Mientras Gastón continuaba sobre ella, una punzada interna recorrió la cavidad de su ojo de vidrio, como si la prótesis sufriera una pequeña rasgadura. Ahogó una mueca de dolor extremo y abrió la boca en un grito mudo.

El estímulo la sacó bruscamente del bloqueo. Reaccionó de golpe, le asestó un rodillazo en la entrepierna y salió corriendo a toda prisa por el pasillo, mientras él caía de rodillas soltando un alarido de dolor.

Al otro día, Julia viajaba a bordo del colectivo en plena mañana, como todos los días.

Reinaba un silencio denso entre los pasajeros, varios de los cuales cabeceaban vencidos por el sueño.

Julia ocupaba un asiento individual junto a la ventanilla.

Con la mirada perdida en el exterior, permanecía absorta en sus pensamientos hasta que apoyó suavemente la cabeza contra el cristal vibrante.

Su nerviosismo era evidente, pero no podía dejar que la situación la sobrepasara.

Poco después, Julia llegó a su trabajo y cruzó la puerta de entrada.

No le había contado nada a nadie. No podía perder el trabajo, y creía que, si simulaba que no había pasado nada, todo iba a seguir bien.

Era buena simulando, manteniéndose en estado automático para poder subsistir.

Mientras conservara el trabajo, todo iba a estar bien.

Sandra y Joni la recibieron con miradas cargadas de una extraña incomodidad.

—Buen día —saludó Julia.

—Juli... —murmuró Sandra, dudando en hablar.

—¿Sí?

Julia advirtió al instante la tensión en el ambiente.

—¿Qué pasa, Sandra?

—Gastón te espera en su despacho —intervino el cocinero desde la cocina.

A Julia se le mudó la cara. Apretó el paso y cruzó velozmente la puerta vaivén.

Entró sin golpear al despacho de Gastón. El encargado permanecía sentado detrás de su escritorio, impasible. Julia se detuvo a pocos pasos, firme frente a él.

—Mira, Gastón. Hoy me costó mucho venir. No voy a decir nada porque sabes muy bien que necesito el trabajo —expresó con voz contenida—. Vamos a hacer de cuenta que no pasó nada. ¿Si?

Gastón la escuchó sin alterar un solo músculo de su rostro.

—No sé de qué estás hablando —respondió con frialdad.

Julia lo observó sin comprender.

—Ayer la caja cerró mal —agregó él, reclinándose en su sillón—. Vos fuiste la última en irte.

—¡¿Qué?! —exclamó ella, sintiendo cómo la impotencia se apoderaba de su pecho al descifrar sus intenciones—.

No eres capaz. No puedes hacerme esto. —Se inclinó sobre el escritorio, apoyando un brazo sobre la madera para clavarle la mirada fijamente—.

Sabes que necesito el trabajo —suplicó entre lágrimas de rabia.

Gastón no mostró el menor remordimiento.

—No me queda otra que desafectarte de la empresa.

Julia quedó sin palabras por unos segundos. Se mordió el labio inferior, limpió sus lágrimas con el dorso de la mano y lo sentenció:

—Dios lo ve todo.

Giró sobre sus talones y abandonó la oficina.

Atravesó la puerta vaivén y avanzó a paso firme por el mostrador hacia la salida del local. Sandra intentó cortarle el paso.

—¡Juli, espera! —la llamó.

Pero Julia no se detuvo y salió a la calle sin mirar atrás.

Ya de noche, una calle sin salida permanecía desierta en la tenebrosa zona del puerto.

La única luminaria de la vereda recortaba la silueta de un edificio aparentemente abandonado, cuyo frente estaba tapiado con grandes chapas oxidadas.

Carli aguardaba de pie junto a la cerca.

Nacho apareció a paso rápido; se saludaron con un gesto cómplice, corrieron una de las chapas e ingresaron a la propiedad.

Ambos atravesaron el sector del estacionamiento hasta dar con una puerta de madera desgastada que lucía el cartel "Solo personal".

Cruzaron el umbral y recorrieron un pasillo estrecho hasta detenerse frente a una imponente puerta de hierro.

Un hombre robusto que la custodiaba miró a Carli y les permitió el acceso sin hacer preguntas.

El interior del cuarto estaba iluminado apenas por una luz blanca y tenue concentrada sobre un escritorio de madera.

En el centro descansaban unas manos enormes, una de las cuales sostenía un habano encendido junto a un cenicero de cristal.

Detrás del mueble se recortaba la silueta del Sr. B, un hombre de cincuenta y cinco años, robusto y obeso, vestido con un traje negro impecable y con el rostro marcado por profundos pozos de viruela.

Dos guardaespaldas permanecían de pie a sus espaldas.

Frente al escritorio, una silla solitaria estaba colocada de perfil a la mesa, obligando a quien se sentara a mirar hacia la pared mientras el Sr. B lo observaba de frente.

El abogado salió al encuentro de Nacho y Carli.

—Pasen —indicó.

Nacho, intimidado por la atmósfera, pero intentando disimular con una sonrisa complaciente, avanzó hacia el Sr. B.

—Nacho, siéntate ahí —ordenó el letrado señalando la silla de perfil.

Nacho ocupó el asiento mirando a la pared, con los nervios a flor de piel.

—Gracias, Sr. B, quería...

El Sr. B lo interrumpió de golpe, arrojándole una densa bocanada de humo directamente en el rostro. Nacho enmudeció.

—Tengo un trabajito grande para ti —anunció el Sr. B con voz grave. Apagó delicadamente el habano contra el cenicero y remató—: Espero que no me falles.