11
Ala mañana siguiente, Julia preparaba el desayuno en la cocina del departamento. Nacho e Iván esperaban sentados en la mesa.
—¿Hoy lo paso a buscar yo? —preguntó ella.
—¡No, que venga papi! —interrumpió Iván de inmediato.
Julia desvió la mirada hacia Nacho, quien se limitó a encogerse de hombros con aire triunfante.
—Y bueno... —dijo Nacho, contento con la preferencia de su hijo.
Ambos compartieron una sonrisa antes de continuar comiendo.
Horas más tarde, otra vez Julia llegaba corriendo a la entrada del colegio. Iván aguardaba sentado junto a la preceptora.
—Hola, Julia —saludó la mujer al verla llegar.
—Mil disculpas —respondió Julia sofocada.
—Está bien. ¿Tienes tiempo? Me gustaría hablar contigo.
Julia la miró con sorpresa.
—Sí —asintió.
Los tres ingresaron al establecimiento.
Al regresar al departamento, Julia tomó suavemente a Iván del hombro mientras abrían la puerta.
—¡Nacho! —llamó.
En un movimiento brusco, Iván se zafó del agarre de su madre y echó a correr directamente hacia su dormitorio.
—¡Iván, ven aquí! —le ordenó ella, pero el niño continuó su camino y encerró la puerta.
En ese instante apareció Nacho desde el pasillo.
—¿Qué le pasa? Y tú... —Julia se cruzó de brazos y lo clavó con la mirada—. ¿No tienes nada para decirme?
—A ver, sorpréndeme —respondió Nacho con marcada ironía.
Julia lo observó con desconcierto, extrañada por su tono.
—La preceptora de Iván, me contó que los padres de un compañero se fueron a quejar de que tú lo amenazaste con pegarle si se acercaba a Iván.
Nacho esbozó una sonrisa relajada y caminó tranquilamente hacia el sillón. Julia lo siguió con la mirada.
—Son tonterías de niño —desestimó él.
—¿Es verdad?
Nacho ignoró el reclamo, tomó el control remoto y prendió el televisor.
—Te estoy hablando —insistió ella, quitándole el control de las manos para apagar la pantalla.
Nacho se puso de pie lentamente y avanzó hacia ella de forma intimidante. Le tomó la nuca y deslizó suavemente el dedo pulgar sobre sus labios.
—Dame el control.
Le rodeó la garganta con los dedos, ejerciendo un apretón sutil pero firme, disfrazado de caricia.
Sorprendida por el gesto, a Julia se le cayó el control remoto de la mano. Nacho sonrió, le tomó la barbilla con la otra mano y le dio un beso seco en los labios.
—Tranquila, te dije que son mentiras de niños —concluyó antes de darse vuelta y abandonar el comedor.
Julia permaneció inmóvil en el centro de la sala, sumida en un profundo desconcierto.
Por la noche, Julia intentaba relajarse bajo la ducha.
El chorro de agua le caía de lleno sobre el rostro.
Parpadeaba con molestia mientras se pasaba los dedos con cuidado sobre la prótesis de su ojo de vidrio.
Sorpresivamente, la cortina se corrió y Nacho se metió en la cabina con ella.
Comenzó a besarle la espalda con insistencia.
Con la mirada perdida en los azulejos, ella se limitó a seguirle la corriente.
Al día siguiente, el Restó Bar Joe estaba repleto.
Julia recorría el salón cargando una bandeja colmada de platos sucios.
Gastón operaba la caja registradora en el extremo de la barra.
Apurada por el ritmo de la tarde, Julia ingresó al área de servicio, pasó por detrás del encargado y tropezó bruscamente, cayendo al piso y desparramando la vajilla. El estruendo enmudeció al local.
Gastón se inclinó de inmediato hacia ella.
—¿Estás bien?
Abatida sobre el piso, a Julia se le escaparon unas lágrimas de frustración. Gastón la tomó suavemente del brazo para ayudarla a incorporarse.
—Sí... perdón. Ahora junto todo.
Marcela, otra de las camareras, se aproximó a la barra y observó los vidrios rotos en el suelo.
—Tranquila, Julia. Ve a la sala de descanso y tómate un tiempo. Marcela puede juntarlo por ti —le indicó Gastón.
Marcela asintió en silencio y comenzó a recoger los restos.
—Gracias —murmuró Julia, antes de cruzar la puerta vaivén.
En el pasillo interno que conectaba el área de personal, los baños y el salón, Julia salió del sanitario refregándose la cara para despabilarse. Al avanzar unos pasos se cruzó de frente con Gastón.
—¿Estás mejor? —inquirió él.
—Sí. Gracias por...
Gastón la tomó de los brazos, interrumpiéndola.
—No me agradezcas nada. Ve tranquila.
Julia le dedicó una sonrisa tímida y retomó la marcha hacia la barra.
Le pareció extraña tanta amabilidad, pero creía en las personas y, al final era un pobre hombre haciéndose respetar en un local gastronómico con mucha movida.
Tenía que hacerse odiar, a cambio de mantener una imagen de respeto Seguramente tenía un lado compasivo y Julia creía que lo estaba conociendo.
—Ah, ¿Juli? —la llamó el encargado.
Julia se detuvo y se dio vuelta.
—¿Sí?
—El sábado haces doble turno, ¿no?
—Sí.
—Bárbaro.