Ojos de Nadie 10
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En el área de personal del Restó Bar Joe, un pequeño vestidor con filas de casilleros de metal daba acceso directo a los baños.

Sandra y Julia abrieron sus casilleros contiguos para guardar los abrigos y las carteras. Después de acomodar sus pertenencias, Julia sacó el delantal de trabajo, se lo ató a la cintura con firmeza y se recogió el cabello en una colita de caballo.

—¿Y cómo va todo en casa? —preguntó Sandra.

—Bien, creo. Es todo muy raro —admitió Julia con un suspiro breve—. Lo está intentando, viste...

Sandra cerró la puerta de su casillero con un chasquido metálico y le dedicó una sonrisa tierna.

—Dale tiempo. Todo va a salir bien.

—Eso espero —murmuró Julia en voz baja.

Le devolvió una sonrisa y esperó a que su amiga saliera hacia el salón para pasar la llave al candado de su casillero, quedándose un segundo a solas, pensativa.

Por la tarde, el ambiente en el salón del restó bar era un caos, con casi todas las mesas ocupadas por clientes. Sandra y Julia se desplazaban a ritmo continuo entre los comensales; mientras Julia anotaba comandas en una de las mesas, Sandra preparaba una bandeja detrás del mostrador.

En ese momento, el teléfono fijo colgado en la pared comenzó a sonar. Sandra atendió, escuchó unos segundos y llamó a su compañera:

—Juli.

—¿Sí? —respondió ella acercándose.

Sandra le estiró el tubo del teléfono.

—Para ti. De la escuela.

Media hora después, Julia llegó a la escuela de Iván y subió corriendo las escaleras a toda prisa. En el descanso superior, Iván la esperaba sentado junto a su maestra. Al verla llegar, el niño se puso de pie y ambos se fundieron en un abrazo apretado.

Más tarde en el departamento, el aire se volvió denso cuando Nacho cruzó la puerta de entrada. Julia esperaba de pie junto al sillón, y no tardó en encararlo.

—¿Dónde estabas? Me llamaron de la escuela —soltó sin rodeos.

Nacho se agarró la cabeza con ambas manos, cayendo en la cuenta de inmediato.

—Te olvidaste de ir a buscarlo —reclamó ella.

—No, amor, perdóname... es que...

—¡Es que nada! ¿Cómo pudiste?

—Me lo encontré de la nada a Carli —intentó justificarse Nacho.

Julia soltó un bufido de frustración.

—Por favor, ¡ese rufián!

—Sí, pero escúchame. Salí de una entrevista y me lo encontré. El pobre estaba mal, se separó, nos fuimos a merendar y...

—Y no se te ocurrió llamarme.

—Perdóname, no vuelve a pasar —rogó Nacho, acortando la distancia.

Julia lo ignoró y comenzó a acomodar compulsivamente los almohadones del sillón.

—Increíble —masculló.

Nacho la observó en silencio durante un segundo.

—Conseguí el trabajo.

Julia detuvo el movimiento de las manos y lo miró de reojo, sin aflojar la rigidez del rostro.

—Te felicito —respondió con frialdad, volviendo a sacudir los almohadones.

Nacho se acercó por detrás, la rodeó con los brazos y comenzó a hacerle cosquillas para romper la tensión.

—Vamos, Juli, perdóname, ¿quieres? Festejemos.

Julia intentó zafarse y terminaron cayendo juntos sobre los almohadones del sillón.

—Para... —pidió ella, resistiéndose un momento más, hasta que una sonrisa involuntaria se le escapó de los labios—. Eres insoportable.

Se besaron en los labios.

—Que no vuelva a pasar —advirtió Julia al separarse apenas un centímetro.

—Lo prometo —aseguró él, volviendo a besarla con entusiasmo—. ¡Conseguí trabajo!

Comenzaron a besarse y abrazarse, y aunque ella no lo creía del todo, quería intentar volver a confiar. Se dejó llevar por el fuego, ese que siempre los caracterizó, y volvieron a conectar como pareja una vez más.

Al día siguiente, Julia y su tía Mónica caminaban juntas por la vereda rumbo al edificio. Julia llevaba en la mano varios trajes protegidos por fundas plásticas de tintorería, mientras Mónica avanzaba tomada de su brazo. Llegaron y cruzaron la puerta de entrada.

En el departamento, Julia caminó por el pasillo hacia el dormitorio de su tía para dejar los trajes en el armario. Mónica se encaminó directo a la cocina.

—Preparo café, linda —avisó en voz alta desde el marco de la puerta.

De regreso en el comedor, Julia paseó los dedos por los lomos de los libros acomodados en la biblioteca empotrada. Entre ellos descubrió un álbum de fotos antiguo y lo retiró con delicadeza. Caminó hasta el sillón, se acomodó en el asiento y apoyó el tomo sobre la mesa ratona.

Al abrir las primeras páginas, sus ojos se posaron en una serie de fotografías en blanco y negro: dos niñas de cuatro años vestidas con ropajes blancos retratadas jugando juntas, y otra toma más formal en compañía de sus padres.

Continuó pasando las hojas y observó el crecimiento de ambas en varias fotos escolares.

Mónica apareció en la sala sosteniendo una bandeja con dos tazas de café humeante y un plato con masitas.

—Cómo te gusta ver esas fotos —comentó con tono entrañable.

—Qué unidas que eran —murmuró Julia sin despegar la vista del papel.

Mónica apoyó la bandeja sobre la mesa, se sentó a su lado y contempló las imágenes.

—Sí, muy unidas.

Julia dio vuelta la página y dio con una fotografía a color que mostraba a Mónica y a su madre ya adolescentes.

—¿Cuántos años tenían con mamá en esta foto?

—Ufff, no sé, creo que dieciséis —evocó Mónica con nostalgia.

A un lado lucía una imagen individual de la madre de Julia.

—Qué linda era —dijo Julia.

Mónica observó el retrato con pena.

—La más linda.

—Siempre tengo este recuerdo, uno de los pocos que recuerdo con ella —confesó Julia, dejando volar la mente.

Su recuerdo revivía al pensar en el pórtico de la casa de su infancia.

Destacaba por su puerta blanca, adornada con un llamador de ángeles que tintineaba impulsado por una brisa suave.

Una Julia de nueve años salía corriendo a la vereda, seguida de cerca por su madre, quien lucía una camisa blanca, una pollera larga floreada y sostenía una canasta de picnic entre los brazos.

—Ese día que fuimos de picnic... —evocó la voz en off de Julia.

La pequeña bajó los escalones hasta la calle y saludó eufóricamente a su prima Ana, de diez años, y a su tía Mónica. Las dos niñas salieron disparadas a jugar, con las dos mujeres caminando detrás entre risas.

Luego estaban en un parque amplio y verde atravesado por un arroyo de agua clara. Mónica y la madre de Julia descansaban sentadas sobre una manta a cuadrillé blanca y celeste.

—Cómo sonreían con mamá... —agregó Julia.

A su alrededor, Julia y Ana corrían en círculos, envueltas en risas.

—El mejor recuerdo —concluyó Julia con ternura, rozando la fotografía con la yema del dedo.

En ese instante, el timbre del teléfono de línea resonó desde la cocina. Mónica se levantó para atender. A los pocos minutos regresó a la sala con el rostro desencajado y una expresión de abierta preocupación.

—Era el hermano de Lucas —anunció con la voz enrarecida.

Julia la miró con extrañeza, sintiendo una punzada de alarma.

Poco después, un taxi frenó de golpe frente a la imponente fachada del hospital central. Mónica y Julia bajaron apresuradamente del vehículo y cruzaron a toda prisa las puertas de la guardia.

En el pasillo de cuidados intensivos, el silencio del hospital era abrumador. Julia y Mónica salieron del ascensor a paso apresurado. Al fondo del corredor, frente a un amplio ventanal, Franco, el hermano de Lucas, de unos treinta y ocho años, se puso de pie bruscamente al verlas llegar.

—¿Qué pasó? —preguntó Mónica con el aliento contenido.

—¿Cómo está? —quiso saber Julia.

—Parece que le robaron y le dieron una golpiza. De la nada... no sé... —alcanzó a decir Franco antes de que la voz se le quebrara.

Con los ojos llenos de lágrimas, giró la vista hacia el interior de la sala.

Mónica y Julia se asomaron al cristal. En el interior descansaba Lucas, tendido en una cama, completamente intubado, en coma farmacológico y envuelto en vendajes.

Su cabeza y rostro lucían notoriamente inflamados por los traumatismos.

Franco se llevó una mano a la boca, intentando contener el llanto.

—Golpearon muy fuerte la cabeza. Dicen que hay que esperar.

Julia contemplaba la escena detrás del vidrio, paralizada y con los ojos inundados de dolor. Franco rompió a llorar sin consuelo y ambas lo envolvieron en un cálido abrazo.

Por la tarde, en la escuela de Iván, el repique de la campana dio por finalizada la jornada. Las puertas se abrieron y una marea de alumnos comenzó a salir. Iván cruzó el umbral y buscó con la mirada a su padre a lo largo de la vereda. Al no verlo, echó a caminar despacio.

Pocos metros más adelante, el niño detuvo el paso al divisar a Nacho en la esquina.

Su padre conversaba acaloradamente a corta distancia con dos adolescentes del colegio; se despidió de ellos con un apretón de manos cerrado.

Luego, cruzó la calle hacia un auto estacionado donde lo aguardaba un hombre apoyado sobre la carrocería.

Se saludaron con el mismo gesto de manos, disimulando el traspaso de un pequeño envoltorio.

Sin dejar de mirar fijamente hacia ambos lados de la calle, la vista de Nacho dio con Iván.

—¡Ven, hijo! —lo llamó elevando la voz.

Iván cruzó la calle hacia él con cierta cautela.

—Te presento a un viejo amigo —dijo Nacho, pasándole la mano por la cabeza para despeinarlo—. Él es mi hijo.

Mientras seguían en la conversación, la tarde caía sobre la ciudad.

El cielo se oscureció entre las siluetas de los grandes edificios, mientras los tonos rojos y verdes de los semáforos se reflejaban en los ventanales de las torres.

La avenida lucía desbordada de tránsito, aturdida por el rugido de los motores y las frenéticas sirenas. Todo estaba a punto de cambiar.