Ojos de Nadie 9
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Al día siguiente, Julia cruzó la arcada de entrada de la parroquia. En el interior del templo, el padre Oscar caminaba despacio por el pasillo lateral, encendiendo con una vara larga de madera las hileras de velas que flanqueaban los altares. Julia avanzaba a su lado.

—Perdóname, Juli, que no pude ir al cumple de Iván —dijo el sacerdote sin interrumpir su labor.

—Está bien, Padre.

—Tuve muchas cosas que hacer aquí. Entre el comedor, las donaciones, más los creyentes que me necesitan... Como está el mundo últimamente, lamentablemente estoy sin parar.

—Padre, yo le quería preguntar...

—Sí, dime, Juli.

—Salió Nacho de la cárcel.

El padre Oscar detuvo la vara en seco.

—¡No me digas!

—Sí, y yo...

—Es una excelente noticia —celebró el sacerdote.

—Yo no sé qué hacer, Padre. No confío en él. No con todo lo que hizo. Pero ahora con su salida sorpresiva, es el padre de Iván y...

El sacerdote se giró por completo, le tomó suavemente las manos entre las suyas e interrumpió sus dudas con calidez.

—Julia, me alegra mucho que vuelvan a ser una familia. Eso es muy bueno. Sobre todo, para Iván...

Julia, un poco desanimada, asintió con la cabeza. Por Iván lo tenía que intentar.

Más tarde, en el Café Don, una moza se desplazaba entre las pocas mesas ocupadas.

En una de ellas, un hombre mayor leía el diario con atención; en otra, tres chicas conversaban animadas sobre sus tazas de café.

Al fondo del local, en una mesa más apartada frente a un ventanal, Julia y Lucas conversaban en voz baja.

—¿Segura? —preguntó Lucas, buscándole la mirada.

Julia asintió en silencio, regalándole una sonrisa leve teñida de lástima. Lucas se reclinó hacia atrás sobre el respaldo, estiró los brazos y se tomó la cabeza por detrás, dejando escapar una sonrisa amarga.

—Okey —dijo, haciendo una breve pausa—. Mira que estamos a tiempo de agarrar todo y desaparecer.

Julia sonrió ante la ocurrencia.

—¿Te gusta Hawái? —insistió él—. Siempre quise ir, dicen que la comida es exquisita. Y podríamos vivir en la playa.

Lucas soltó las manos de la nuca, se enderezó en la silla y tomó un sorbo de café sin quitarle los ojos de encima. Julia tomó su taza e imitó el gesto. De pronto, él extendió los brazos sobre la mesa, le tomó las manos con delicadeza y se inclinó hacia adelante para hablarle con mayor intimidad.

—Sabes que cualquier cosa que necesites, estoy. Y si cambias de opinión...

Julia asintió con una sonrisa conmovida, sintiendo cómo los ojos se le humedecían por la emoción.

—Gracias —murmuró.

En la vereda de enfrente Nacho observaba la escena fijamente. A través del cristal del ventanal, su mirada no se despegaba de las manos entrelazadas de Julia y Lucas.

Por la noche, Nacho y Julia permanecían sentados en el sofá mirando la televisión. Iván descansaba en el medio de ambos, vencido por el sueño. Julia advirtió que el niño ya había cerrado los ojos por completo.

—Ya se durmió —susurró.

Se incorporó despacio, tomó a Iván en brazos con cuidado de no desvelarlo y caminó en silencio hacia el dormitorio.

Nacho continuó de frente a la pantalla, atento al televisor.

Sintió el zumbido de su celular vibrando en el bolsillo del pantalón.

Lo sacó, desbloqueó la pantalla y leyó el mensaje en silencio.

Volvió a guardarlo de inmediato. Siguió con los ojos clavados en la televisión, sin pestañear un solo segundo.

Poco a poco, los rasgos de su rostro se endurecieron hasta quedar vacíos de toda expresión.

Una mueca lenta y maliciosa comenzó a formarse en sus labios, la noticia lo había puesto de buen humor…