8
Ala mañana siguiente, Julia se levantó y se sorprendió al ver a Iván y Nacho desayunando juntos en la cocina.
La mesa lucía un despliegue abundante: rodajas de pan tostado de varias clases, mermeladas, queso y frutas frescas.
Frente al asiento de Julia descansaba un plato con cubiertos y un vaso de jugo de naranja recién exprimido.
Ingresó al área con rostro adormilado y se detuvo al contemplar la preparación.
—Buen día —saludó Nacho con una sonrisa.
—Hola, mami —agregó Iván.
—Guau... ¿tú lo preparaste? —preguntó Julia, asombrada.
Nacho asintió con orgullo.
—Siéntate.
Julia ocupó su lugar y paseó la mirada por los platos.
—Quería disculparme por ayer... —dijo Nacho. Iván lo observaba en silencio mientras masticaba—. Me dejé llevar, no sé qué me pasó. Lo siento.
—Come, mami, está rico —interrumpió el niño.
Julia comenzó a servirse y probó una tostada. Al levantar la vista, reparó en la vestimenta impecable de Nacho, quien vestía camisa y pantalón de vestir.
—¿Y ese look? —inquirió.
—Tengo una entrevista —explicó él.
—Ah, qué bien —admitió Julia, gratamente sorprendida.
—Sí. Estaba pensando que justo voy a andar por el cole de Iván a la tarde, así que pensaba pasarlo a buscar... ¿Qué les parece?
Julia buscó la mirada de su hijo. Iván, con la boca llena de comida, hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Está bien —aceptó ella.
Nacho sonrió complacido y continuó con su desayuno.
En el Restó Bar Joe, la tarde transcurría con poca clientela.
Sandra tomaba la orden en una mesa mientras Julia, apostada detrás del mostrador a la espera de una bandeja, consultaba nerviosa el reloj de la pared.
Al retirar el pedido, giró abruptamente sobre sus talones y casi se choca a Sandra, que venía caminando hacia ella.
—¡Pero mujer! —exclamó Sandra esquivándola a tiempo.
Julia se alejó para entregar la comanda sin registrar el sobresalto. A los pocos minutos regresó con la bandeja vacía. Sandra la observó con evidente preocupación.
—¿Estás bien, Juli?
—¿Cómo? —reaccionó Julia, descolocada.
—Casi me llevas por delante recién y ni te diste cuenta. Cuando andas así es porque algo pasa.
—Uh, perdóname, Sandri. Sí... —disculpó Julia, desviando nuevamente los ojos hacia el reloj de la pared—. Es que hoy Nacho lo va a buscar a Iván a la escuela. Estoy nerviosa.
—Linda, tienes que tranquilizarte.
—Es que nunca fue a buscarlo. Qué digo... ¡prácticamente no se conocen! —expresó Julia soltando un largo suspiro.
—¿Cuánto tenía el nene cuando entró al penal?
—Un año y medio. Lo llevaba para que se vean, pero a medida que crecía y se daba cuenta de lo que era el penal, empezó a negarse a ir.
—Claro —asintió Sandra con comprensión.
—El padre Oscar me recomendó que no lo lleve si él no quería. Pero tal vez Nacho tiene razón, hice mal en no llevarlo... —refunfuñó Julia.
Su agitación se hacía cada vez más visible. Sandra le dedicó una sonrisa cálida, extendió la mano y le acomodó con cariño un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Juli, es normal que te pongas así. Son padre e hijo, van a saber entenderse. Tienes que confiar.
Julia meditó las palabras de su amiga y dejó escapar una sonrisa leve.
—Sí, tienes razón.
—Juli...
—¿Sí?
—Sé que ahora no es un buen momento, pero recuerda lo que hablamos. Cuando necesites hacerlo... yo voy a estar ahí.
—Gracias, Sandri, qué haría sin ti —agradeció Julia.
Ambas se sonrieron con complicidad. Sandra echó una mirada rápida a su alrededor.
—Vamos, vamos, que en cualquier momento cae el ogro.
Las dos mujeres siguieron con sus tareas, pero, aunque lo intentara, Julia no podía quitar su vista del reloj.
Por la tarde, el ambiente en el departamento de Julia atestaba a humo y nerviosismo.
Julia permanecía sentada en el sofá, fija con la mirada puesta en la puerta de entrada.
Su pierna cruzada no paraba de moverse en un acto ansioso.
Apagó el sobrante de un cigarrillo en un cenicero sobre la mesa baja justo cuando el picaporte cedió. Nacho e Iván atravesaron el umbral.
—¡Mami! —gritó el niño, corriendo para abrazar a Julia antes de perderse hacia su habitación.
Julia se puso de pie bruscamente y se plantó frente a Nacho con mala expresión.
—¿Dónde estaban? Hace una hora los estoy esperando.
—Espera, amor —intentó calmarla Nacho.
—¿"Espera" me dices? ¿Cómo vas a desaparecer así?
—No, no es así...
—Pensé que les había pasado algo, o peor...
—¿Qué quieres decir con "peor"? —la cuestionó Nacho, endureciendo la voz.
—No sé, solo...
—Tú no cofias en mí. ¿Por qué no miras el celular? Te dejé un montón de llamadas. Préndelo de vez en cuando, ¿quieres?
Julia desarmó su gesto de enojo, confundida, y tomó la cartera para buscar el aparato.
—¿Ves? Lo tienes apagado.
—Yo no sabía, perdóname... —murmuró, desorientada. Caminó hacia la cocina y enchufó el teléfono al cargador sobre la mesada.
—Te olvidaste de cargarlo, está bien —dijo Nacho, suavizando el tono mientras la seguía. Se aproximó y le tomó el rostro entre las manos—. Fuimos al parque y tomamos un helado. Sé que te cuesta confiar, pero no soy el mismo de antes. Las cosas van a cambiar.
Por la noche, Julia estaba sentada en el borde de la cama de Iván. El niño, ya vestido con el pijama, regresó del baño y se metió bajo las cobijas.
—¿Te cepillaste los dientes? —preguntó ella.
Iván asintió con la cabeza mientras su madre lo arropaba con cuidado.
—¿La pasaste bien con papá?
—Sí. Fuimos al parque y jugamos un montón.
—Bien —dijo Julia. Soltó un suspiro contenido y le depositó un beso en la mejilla—. Hasta mañana hijo.
Por la madrugada, Nacho entró en penumbras en la cocina y abrió la heladera para buscar agua fresca. Sobre la mesada, el celular de Julia comenzó a vibrar iluminando la pantalla. Al comprobar que ella no estaba cerca, Nacho estiró la mano y lo tomó para revisar la notificación.
La pantalla mostraba un mensaje de texto firmado por Lucas: «Necesito verte».