7
Al otro día, la casa de Julia permanecía silenciosa, a la espera de los cánticos felices del cumpleaños.
En absoluta penumbra, la puerta de la cocina se abrió lentamente.
Julia emergió sosteniendo una bandeja con una torta gigante iluminada por algunas velas encendidas.
Lucía un gran bonete de cumpleaños en la cabeza que hacia juego con su resplandeciente sonrisa.
—¡Que los cumplas feliz, que los cumplas feliz! —comenzó a cantar a viva voz.
Avanzó hacia la mesa vestida con un mantel largo de fiesta.
La luz cálida de las velas iluminaba los rostros expectantes que la rodeaban: Iván en la cabecera, escoltado por sus amigos de la escuela, la hija de Sandra, Sandra, Lucas y Mónica; todos ataviados con gorritos de colores.
Julia apoyó suavemente la torta frente a su hijo mientras el grupo se unía en aplausos.
—¡Que los cumplas querido Iván, que los cumplas feliz! —cantaron en coro.
Iván cerró los ojos con fuerza para pedir sus deseos, tomó aire y sopló las velas de un solo impulso. Todos estallaron en vítores mientras Mónica encendía la luz del comedor, dejando ver las guirnaldas y globos que decoraban el espacio.
Julia envolvió a su hijo en un abrazo apretado y le llenó la mejilla de besos. Luego, con ayuda de Sandra, levantó desde debajo de la mesa un paquete enorme envuelto en papel de regalo y lo apoyó sobre la tabla.
—¡Feliz cumple, hijo!
Con la respiración acelerada por la emoción, Iván rasgó el papel ante la mirada expectante de sus compañeros. Al retirar la tapa, sus ojos se abrieron de par en par.
—¡El super transformer! ¡Gracias, mamá! —exclamó eufórico, abalanzándose sobre los brazos de Julia antes de volcarse a desarmar la caja.
En ese instante, el cerrojo de la puerta de entrada sonó con violencia y la puerta se abrió de golpe. De un momento a otro, la fiesta se apagó. Nacho atravesó el umbral con los brazos abiertos y una sonrisa de oreja a oreja, avanzando directo hacia la mesa.
—¡Feliz cumpleaños, hijo!
Un silencio helado se apoderó de la sala. Todos los presentes se quedaron inmóviles, mirándolo anonadados. Nacho se agachó para envolver a Iván en un abrazo; el niño, tenso y confundido, no reaccionó. Julia observó la escena con la boca entreabierta, incapaz de asimilar lo que veía.
Incómodo ante la situación, Iván se zafó despacio y se alejó unos pasos. Nacho se reincorporó y caminó hacia Julia. A unos metros, apartado junto a la pared, Lucas contemplaba la secuencia con la mandíbula apretada.
—Hola, mi amor —dijo Nacho con naturalidad.
Julia permaneció paralizada, desbordada por la sorpresa.
—Bueno, ¡vamos todos, agarren los platitos que empezamos a cortar la torta! —anunció elevando la voz, buscando la mirada de su amiga—. Sandra, ayúdame con la torta.
Sandra reaccionó al instante para romper la tensión.
—Sí, sí, claro. ¡Vamos todos a comer torta! —exclamó la mujer, rodeando la mesa para distraer a los niños y comenzar a repartir las porciones.
Julia y Nacho se sostuvieron la mirada en silencio. Ella lo tomó con firmeza del brazo, lo arrastró hacia la cocina y cerró la puerta con un golpe seco. Plantada frente a él, levantó los brazos en un gesto de exasperación y los dejó caer pesadamente contra sus muslos antes de cruzarse de brazos.
—¿Qué haces aquí? —cuestionó con voz contenida.
Nacho abrió los brazos intentando acercarse a ella.
—¡Sorpresa amor!
Julia lo miró fijamente, intentando encajar las piezas en su cabeza.
—¿Cómo no me avisaste? ¿Cómo saliste?
—Vamos... —dijo Nacho, acortando la distancia para abrazar a Julia a pesar de que ella mantenía la distancia—. Quería sorprenderlos en el cumple.
—Pero ¿cómo es posible...?
—El abogado encontró una brecha en un testigo y...
—No puedes aparecerte así de la nada, Nacho —lo cortó ella con severidad—. Tenemos que hablar.
Nacho aproximó su rostro al de ella, le acunó las mejillas con ambas manos y apoyó su frente contra la suya, esbozando una sonrisa tranquila.
—Todo va a estar bien.
—¡Mamá! —resonó la voz de Iván desde el comedor.
Al escuchar el llamado, Nacho se despegó de inmediato y salió de la cocina. Julia amagó con seguirlo, pero una punzada aguda e intensa en el ojo de vidrio la detuvo en seco. Se llevó la mano al rostro para cubrirse la órbita y se encorvó sobre la mesada, ahogando un gemido de dolor.
En el comedor, Iván forcejeaba bruscamente por el robot con uno de sus amigos. Nacho se aproximó a la mesa.
—¿Qué pasa, hijo? —intervino intentando tomar el juguete.
Iván se echó hacia atrás negando con la cabeza con vehemencia, mientras el otro niño soltaba la caja asustado.
—¡No! ¡Quiero a mi mamá! —gritó el pequeño.
Julia irrumpió en la sala sosteniéndose el rostro.
—¿Qué pasa, amor? —preguntó.
Iván rompió a llorar desconsoladamente. Julia lo levantó a upa y lo apretó contra su pecho para calmarlo. Luego desvió la mirada hacia Nacho.
—Dale tiempo —le murmuró en voz muy baja.
Ya entrada la noche y con la casa en silencio, Julia se encontraba en el baño frente al espejo.
Se inclinó sobre el lavatorio y usó los dedos para abrir bien el párpado izquierdo, examinando con detenimiento la superficie del ojo de vidrio en busca de alguna fisura o anomalía.
Tras un momento, se enderezó, soltó el párpado y parpadeó varias veces con una clara expresión de molestia.
En el dormitorio, la noche envolvía el ambiente en una incómoda penumbra. Nacho estaba sentado en el borde de la cama a punto de acostarse. Del lado de Julia, la luz cálida del velador permanecía encendida. Julia caminó por el dormitorio a paso lento.
—Lo tendrías que haber traído al penal —reclamó Nacho sin mirarla.
Julia dejó escapar un suspiro de resignación mientras se acomodaba en el borde de la cama. Tomó un frasco de crema y comenzó a untarse despacio las piernas.
—¿Por qué no quieres escuchar?
Nacho terminó de recostarse sobre las sábanas.
—Lo alejaste —sentenció.
Julia detuvo el movimiento de sus manos de golpe y se giró para clavarle la mirada.
—No todo es como tú lo crees, y mucho menos con Iván.
Ya suficiente con que estuviste preso, ¿y de repente te apareces así, de la nada?
No es así, no funciona así. —Se dio vuelta nuevamente y continuó pasándose la crema en silencio—.
No puedes imponerte. —Guardó el recipiente en el cajón de la mesa de noche—.
Él necesita tiempo. —Hizo una pausa breve y agregó en voz baja—: Yo necesito tiempo.
Extendió la mano hacia la mesa de luz, tomó un crucifijo de metal, lo besó con devoción y volvió a apoyarlo en su lugar antes de recostarse.
Nacho se desglosó por la cama, la envolvió entre sus brazos desde atrás y la abrazó con delicadeza.
—Tienes razón. Tal vez no lo pensé bien y me puse contento por mi salida y la sorpresa... —murmuró, depositándole un beso suave en el hombro—. Vamos a dormir.
Julia estiró el brazo y apagó la lámpara. Se quedó inmóvil en la oscuridad, pensativa y con los ojos abiertos de par en par.