Ojos de Nadie 6
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Por la mañana, bajo la luz tenue que se filtraba por la ventana, Julia dormía plácidamente abrazada a Lucas en una cama matrimonial.

De pronto, se despertó de golpe. Miró a su alrededor desorientada y, al hacerse consciente de donde estaba, se levantó de un salto y comenzó a vestirse a toda prisa.

El ruido desveló a Lucas, quien estiró la mano para encender la luz del velador.

—Juli, ¿qué haces? —preguntó adormilado.

Julia continuó abotonándose la ropa con manos temblorosas, sin responder.

—Es muy temprano. Ven a la cama —insistió él.

—Tengo que irme —murmuró ella mientras recogía sus cosas con nerviosismo.

Lucas saltó de la cama, se aproximó a ella y la tomó suavemente de los brazos para frenarla.

—Ey, tranquila.

Julia se detuvo, con el rostro desencajado. Él le sostuvo la cara con delicadeza.

—Hablamos mañana, ¿sí?

Ella asintió en silencio. Solo quería irse de allí. El hecho de recordar lo que hicieron la atormentaba. Se dieron un beso rápido y salió apresuradamente del departamento.

Julia cruzó la puerta del departamento de su tía a paso sigiloso.

La cerró despacio y apoyó la espalda contra la madera, dejando caer la cabeza hacia atrás.

Cerró los ojos y soltó un largo suspiro ahogado.

Caminó en puntas de pie por el pasillo hasta el baño.

Al entrar, encendió la luz y se contempló en el espejo, pasando la mano por su mejilla con cierto estupor.

En ese instante, una voz materna cargada de decepción resonó lejana en su mente:

—¡¿Qué hiciste?! Siempre problemas. ¡¿Nada puedes hacer bien?! Diez Padre Nuestro, ¡AHORA!

El gesto tierno sobre su rostro se transformó en una caricia brusca y frenética. Intentó quitarse el maquillaje a restregones, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas y rechazo. Se desvistió a toda prisa y se metió bajo la ducha.

El agua helada le cayó de lleno en el rostro. Lloró en silencio, tomó la pastilla de jabón y se la pasó con violencia por el cuerpo, intentando purgarse en un ritual desmedido.

Momentos después, Julia limpió con la mano el vapor acumulado en el cristal del espejo para volver a mirarse. Con una toalla envuelta al cuerpo, observó su reflejo con una expresión aniñada y vulnerable.

Otra vez, las imágenes del su pasado volvían para atormentarla.

Una Julia de trece años se encontraba en la casa de su infancia, en el interior de un pequeño cuarto sombrío adaptado como espacio de oración.

El altar lucía descuidado y lúgubre; figuras religiosas amontonadas y cubiertas de polvo, restos de velas consumidas y un desorden opresivo conformaban un ambiente asfixiante.

La niña permanecía arrodillada sobre el piso, rezando el Padre Nuestro con una profunda expresión de dolor.

Se movía con inquietud, visiblemente incómoda, mientras las lágrimas le resbalaban sin freno por las mejillas.

Julia continuaba observándose fijamente frente al espejo.

Le temblaba la boca. Con mano vacilante, abrió el botiquín de la pared y examinó los frascos hasta dar con una botella de vidrio de una colonia.

La sacó, cerró el espejo y se quedó contemplando el envase de cristal.

Levantó la vista despacio hasta fijar sus ojos en su propio reflejo nuevamente. Su mandíbula no dejaba de temblar.

A la mañana siguiente, la mesa de la cocina lucía servida para tres personas. Mónica preparaba el desayuno entre el aroma a tostadas y huevos revueltos cuando Julia apareció en la puerta con el rostro demacrado por el sueño.

—Buen día... —saludó Mónica con una sonrisa.

Julia se acomodó en su silla e inhaló el vapor del desayuno.

—Mmmm, qué rico huele, tía.

—No te escuché llegar ayer... —comentó Mónica mientras revolvía la sartén—. ¿Me vas a contar cómo la pasaste?

En ese momento, Iván entró corriendo a la cocina. Julia le hizo una seña rápida de silencio a su tía con el dedo sobre los labios.

—Buenos días, señorito —completó Mónica disimulando.

El niño saludó a su madre y a su tía con un beso, y se sentó en la mesa. Mónica les sirvió las porciones.

—Mmm... —expresó Iván probando la comida.

—Está riquísimo, tía —agregó Julia con la boca llena.

—Me alegro.

Mónica se acercó al tacho de basura para desechar unos envoltorios y, al abrir la tapa, divisó en el fondo una botella de vidrio hecha pedazos, junto a servilletas manchadas de sangre.

—¡Ay! ¿Quién se cortó, dios mío? —exclamó alarmada.

Julia abrió los ojos de par en par, conteniendo el aire.

—Fui yo, tía, pero nada grave —se apresuró a explicar—. Ayer se me cayó la botella en el baño y, como estaba recién bañada, la pisé sin querer. Un corte superficial, nada más.

—¡Ah! Está bien, qué susto —suspiró Mónica aliviada—. Bueno, a comer que se enfría.

Mónica se sentó junto a ellos. Todos continuaron desayunando en silencio, mientras Julia permanecía rígida en su lugar. Tocó sutilmente su rodilla por debajo de la mesa, dominada por una creciente incomodidad.

Por la tarde Julia fue a caminar por el centro de la ciudad.

Los locales inundaban las pequeñas veredas mientras los autos se amontonaban para pasar.

Caminó hasta detenerse frente al ventanal de una gran juguetería.

A través del cristal, entre docenas de juegos y cajas de colores, se exhibía el super transformer que Iván tanto anhelaba.

Contempló el juguete de gran tamaño durante unos segundos y esbozó una sonrisa llena de complicidad antes de ingresar.