5
Unos días después, la entrada de la iglesia estaba repleta de personas. A lo largo de ella se desplegaban varias mesas alargadas donde un grupo de voluntarios doblaba y clasificaba ropa usada. En un extremo, Julia entregaba abrigos y prendas a personas en situación de calle.
El repique de las campanas del templo anunciaba la proximidad del Año Nuevo. Por la calle una limusina negra cruzó a gran velocidad. Desde el techo descapotado se asomaron un hombre y una mujer sosteniendo botellas de champagne.
—¡Feliz año! —gritó la mujer eufórica.
—¡Iuju! ¡Feliz año! —festejó el hombre alzando la copa.
Todos parecía estar contagiados por la momentánea esperanza que da el fin de un año.
Al terminar con la colecta de Año Nuevo, Julia se dirigió a la casa de su tía. A mitad de cuadra se cruzó con un grupo de jóvenes vestidos de fiesta. Uno de ellos le extendió un volante impreso.
—¡Fiesta después de las doce! —le anunció alegremente.
—Gracias —respondió Julia recibiendo el papel.
Apresuró el paso y entró al edificio.
En el living comedor de Mónica, una mesa rectangular lucía alineada con platos, fuentes de comida y bebidas.
En una esquina se veían tres platos con restos de la cena.
El gran ventanal dejaba entrever la noche, mientras la televisión encendida mostraba un canal con el reloj de la cuenta regresiva para recibir el nuevo año.
Mónica, Julia e Iván permanecían de pie en sus lugares, alzando las copas y siguiendo el conteo al unísono:
—Cinco... cuatro... tres... dos... uno...
En la pantalla estallaron las imágenes de los fuegos artificiales. Los tres brindaron con júbilo y se abrazaron sonriendo.
—¡Feliz año!
El estruendo real de los pirotécnicos y la música festiva comenzaron a colarse desde la calle.
Iván corrió entusiasmado hacia el ventanal y abrió la ventana para contemplar el espectáculo en el cielo.
Mónica comenzó a cantar y bailar al compás de la música de la televisión, alzando su copa para beber un trago.
Julia se aproximó a la ventana para contemplar los fuegos artificiales junto a su hijo.
En ese instante sonó el timbre. Julia miró a su tía con sorpresa. Mónica soltó una carcajada complacida y caminó hacia la entrada. Al abrir la puerta, apareció Lucas luciendo una sonrisa radiante.
—¡Feliz año! —saludó.
—¡Lucas, feliz año! ¡Pasa, pasa! —lo recibió Mónica.
Lucas cruzó el umbral e Iván, al verlo, se exaltó de alegría.
—¡Lucas! —gritó el niño.
Iván corrió a su encuentro y se abalanzó a sus brazos. Julia, extrañada por la escena, se acercó despacio intentando comprender la desmedida emoción de su hijo.
—¿De dónde...? —alcanzó a preguntar Julia.
Lucas interrumpió su duda con una amplia sonrisa.
—Hoy cuando vine a saludar a tu tía. Hablamos mucho de los Power Rangers y me mostró toda su colección de autitos, ¿no, campeón?
—¡Sí! —asintió Iván emocionado.
El niño tomó a Lucas firmemente de la mano y lo arrastró hacia el área del living.
—Mira... —le dijo indicándole el sillón.
Julia entornó los ojos y clavó una mirada cargada de sospecha sobre Mónica. Su tía la observó de reojo, se encogió de hombros haciéndose la desentendida ante la silenciosa acusación y le devolvió una sonrisa pícara.
En el comedor, la noche dejaba paso a un silencio calmo.
Iván yacía profundamente dormido en el sillón principal, exhausto por los festejos.
Mónica se acercó despacio, lo tomó con destreza y se lo llevó en brazos hacia la habitación.
Mientras tanto, Lucas recogía los carritos de juguete desparramados sobre la alfombra.
Julia, sentada en el sillón individual, lo observaba en silencio, envuelta en una timidez emoción.
Mónica reapareció en el pasillo limpiándose las manos.
—Ya está durmiendo —anunció en voz baja.
Julia se incorporó del sillón y Lucas se puso de pie a su lado.
—¿Vamos a una fiesta? —propuso él con un toque de nerviosismo en el gesto.
—¿Cómo...? —preguntó Julia, confundida por la propuesta inesperada.
—Claro, una fiesta —intervino Mónica con abierta ironía.
Julia clavó una mirada fulminante sobre su tía, pero Mónica se hizo la distraída de inmediato y comenzó a juntar los cubiertos usados de la mesa.
—Sí, un amigo me pasó la dirección de una fiesta que hacen en el edificio de su trabajo —explicó Lucas, sonriendo expectante—. Me dijo que va a estar divertida.
Julia se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja y miró hacia todos lados, visiblemente nerviosa.
—Bueno... yo... es que no tengo ropa.
Mónica se asomó desde el marco de la puerta de la cocina, oportuna como siempre.
—Está toda la ropa que dejó tu prima en su antiguo cuarto, que con gusto sabes que te presta —dijo su tía con una sonrisa complacida.
Lucas sonrió al ver que el obstáculo se desvanecía y miró fijamente a Julia, esperando su confirmación.
Pasada la madrugada, Julia y Lucas llegaron a la entrada de un imponente edificio corporativo, en donde unas anchas escaleras de piedra recibían a grupos de jóvenes que celebraban el inicio del año.
Una pareja se besaba apasionadamente apoyada contra la baranda.
Desde los grandes ventanales del quinto piso rebotaba música festiva y vibrante, mientras los destellos multicolores de una bola de cristal iluminaban el interior.
El quinto piso era un ambiente diáfano y amplio, reconvertido en un boliche improvisado con vistas panorámicas hacia las luces de la ciudad.
Bajo una iluminación tenue y envolvente, los haces de colores se encendían y apagaban al compás del ritmo.
Mesas bajas y sillones mullidos se perdían entre la marea de gente que ocupaba la pista.
En el centro destacaba una gran barra circular y, justo enfrente, una hilera de mesas altas con banquetas.
Julia lucía un vestido negro al cuerpo y zapatos rojos. Estaba sentada en una de las banquetas cuando Lucas regresó de la barra con dos vasos en la mano. Se acomodó a su lado y le extendió el trago.
—Gracias —dijo ella al recibirlo.
—¿En qué estábamos? —preguntó Lucas apoyando su vaso.
—Vidas, vividas, huidas —respondió Julia con una sonrisa tenue antes de dar un sorbo a su bebida.
Lucas sonrió, bajó la vista un segundo y luego la volvió a levantar, recorriendo despacio la silueta de Julia con la mirada.
—Sí. Luego de graduarme, justo después de que tuviste a Iván, me fui a lo de mi padre en la Capital. No sabía bien lo que buscaba, pero si sabía que quería algo más.
—Lo recuerdo —asintió ella.
—Al igual que tú.
—Yo estaba en otras circunstancias...
—Es verdad.
Lucas tomó un trago largo antes de continuar.
—Así que llegué a Capital, me decidí por estudiar fotografía, me enamoré, me casé...
—¡¿Te casaste?! —exclamó Julia, abriendo los ojos de par en par por la sorpresa.
Lucas asintió con una mueca ligera.
—... y me divorcié.
—Ufff...
—Y aquí estoy. Brindo por eso —dijo él, alzando su vaso para chocarlo contra el de Julia.
Tras el brindis, la miró con expresión más serena y cambió de tema.
—¿Y tú? ¿Sigues sin recordar nada del incendio?
—Nada. Sí recuerdo ese día.
Las palabras se mezclaron con imágenes del trágico recuerdo en la mente de Julia.
Emergían ligeramente borrosas, envueltas en una atmósfera extraña.
El recuerdo trajo el sonido del silbido del viento suave, entrelazado con el tintineo de un llamador de ángeles.
El llamador de ángeles colgaba de un pórtico.
Una estructura circular bordeada con hilos de colores y una estrella tejida en hilo blanco en el centro.
De sus extremos caían hilos adornados con figuras de lunas, animales y tubos de caña que chocaban entre sí, agitados por plumas azules, verdes y naranjas.
—Mi madre terminaba de preparar el almuerzo —evocó la voz de Julia que seguía relatando mientras las imágenes recobraban vida—. Yo terminaba de poner la mesa para tres.
Una Julia de quince años colocaba los cubiertos con esmero en un comedor decorado con empapelado floral. En la pared principal destacaba un gran cristo de madera escoltado por imágenes de santos. Su madre ingresó desde la cocina sosteniendo una gran olla humeante entre las manos.
El viento comenzó a soplar con violencia sobre el pórtico. El llamador de ángeles giró sin control y su tintineo se volvió frenético e intenso.
—Luego, el timbre —continuó la voz lejana en el presente.
El timbre de la casa resonó con fuerza. La joven Julia corrió entusiasmada hacia la puerta para abrir.
De vuelta a la realidad, Lucas la escuchaba con absoluta atención. Julia dio un sorbo a su vaso y soltó un suspiro pesado.
—Nada más —admitió—. Tengo algunas imágenes del fuego a mi alrededor, y yo tumbada en el piso... Un crucifijo plateado —agregó, evocando la nítida imagen mental de un dije de plata colgando de una cadena sobre un fondo negro—. Ese... es mi gran avance.
Julia se encogió de hombros con resignación.
—Ni siquiera recuerdo estar un mes internada en el hospital. Solo recuerdo a mi tía ir a verme, y después irme a vivir con ella y mi prima.
—Y conocerme a mí —agregó Lucas con dulzura.
Julia le devolvió una sonrisa tímida.
—Sí... Una de las personas que mejor me hizo en ese momento fuiste tú.
—Lástima que estabas con ese rufián... ¿Me contó tu tía que está preso?
Julia soltó una risita amarga.
—Mi tía no pierde el tiempo... —hizo una pausa y bajó la vista—. Sí. Cuando Iván era más chico...
Los dedos de Julia comenzaron a doblar e hilvanar compulsivamente una servilleta de papel sobre la mesa. Sus ojos iban y venían sin fijarse en ningún punto.
—Íbamos en el auto. Él estaba pasado. Yo le discutía porque quería que baje la velocidad.
Iba muy rápido —relató. Dejó de mirar hacia adelante para gritarme y tomar otro trago de lo que sea que estaba tomando y la embistió.
Después fue demasiado tarde —hizo una pausa llena de angustia—.
Nos enteramos de que era joven, tenía veintiséis años.
Se le cerró la garganta por la emoción. Lucas extendió la mano y le acarició el brazo con delicadeza.
—Lo lamento. No sabía...
—Está bien —murmuró ella, tragando saliva—. Y el estado de Nacho, más el kilo de cocaína que llevaba en el auto, no lo ayudó.
—Por eso no te fuiste —concluyó Lucas al instante.
Julia levantó la cabeza, sorprendida.
—¿Qué?
—Sentiste culpa. Y nada más lejos que eso.
—No, yo... —intentó explicarse, trabándose con las palabras.
Lucas no la dejó continuar. Le tomó suavemente la mano.
—Vamos. Vamos a bailar.
Sin esperar respuesta, tiró con firmeza de ella y la guio hasta el centro de la pista, entre la multitud que se movía al ritmo de la música. Julia comenzó a bailar con gestos dubitativos y tímidos, pero Lucas la animó. Tomó sus manos y la hizo girar suavemente hasta sacarle una sonrisa.
Poco a poco, la distancia entre ambos comenzó a acortarse al compás de la música.
Lucas envolvió la cintura de Julia con sus brazos y la atrajo hacia él.
Ambos quedaron bailando abrazados. Las luces de colores parpadeaban, iluminando intermitentemente el rostro de Julia, quien apoyó suavemente la cabeza sobre el hombro de Lucas.
Apretó los abrazos y cerró los ojos dejándose llevar.
Mientras la noche terminaba, Lucas y Julia subían a trompicones por la escalera del edificio, un poco alegres por el alcohol, y dejando escapar risas contenidas al rememorar la velada.
—¿Y viste cómo lo miraba después de caerse? —comentó Julia entre risas.
—Sí, no entendía nada... —se burló Lucas.
Rieron a carcajadas mientras ascendían en un suave zig zag hasta alcanzar el descanso del último piso.
Al llegar frente a la puerta del departamento de Mónica, intentaron recomponer la postura para la despedida.
Julia buscó en su bolso, sacó el manojo de llaves y comenzó a moverlo con ambas manos, dominada por los nervios.
—Bueno, la pasé muy bien —dijo entornando los ojos.
Sin pensarlo dos veces, Lucas se inclinó y la besó en los labios. Julia expresó asombro con la mirada durante un instante, pero de inmediato se dejó llevar y le correspondió. Al separarse, él le acarició la mejilla con ternura y le dedicó una sonrisa cálida.
—Nos vemos.
Lucas sacó sus llaves y caminó hacia la puerta contigua. Julia sonrió y metió la llave en la cerradura del departamento de su tía, pero antes de girarla, se detuvo y se dio vuelta.
—¿Lucas?
—¿Sí? —respondió él, volviéndose.
—El jueves es el cumple de Iván y me preguntaba si quieres...
Lucas la interrumpió con soltura:
—Sí. Iván ya me invitó.
—Ah, bien... —asintió Julia, esbozando una sonrisa tenue—. Nos vemos.
Lucas caminó hacia ella, la tomó suavemente del brazo y volvieron a besarse, esta vez con mayor intensidad. Sin romper el contacto, fueron acortando la distancia hacia la puerta del departamento de él hasta cruzar el umbral e ingresar juntos.