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Ala mañana siguiente, la avenida lucía repleta de tránsito y transeúntes que caminaban bajo la sombra de los altos edificios. La fachada del Altos Shopping resplandecía con adornos navideños de gran tamaño, y un pesebre viviente instalado junto a las puertas de acceso.
Iván y Julia caminaban a paso firme rumbo a la entrada. Hicieron una breve pausa para dejar pasar a varios operarios que maniobraban un pino navideño gigante, y luego ingresaron al paseo de compras.
El interior del shopping era un hervidero de gente haciendo las compras de fin de año.
Entre el murmullo constante y las risas de los niños, Julia y su hijo paseaban observando los locales.
Al llegar a la vidriera de una juguetería imponente, el niño se detuvo en seco, deslumbrado por un enorme auto robot armado a partir de varios vehículos.
—¡Mira, mama, es el súper auto robot! ¡Se lo voy a pedir a Papá Noel! —exclamó Iván sonriendo de oreja a oreja mientras se apoyaba contra el cristal con los brazos abiertos.
Julia elevó la mirada al techo y cerró los ojos un instante, compungida por la situación. Luego se agachó a su altura.
—Hijo, ¿no te parece que es muy pesado para que Papá Noel lo lleve en el trineo? —le preguntó suavemente.
Iván la miró en silencio, meditando la respuesta.
—Tiene que llevar muchos regalos para muchos chicos... —insistió ella.
—Sí, tienes razón, ma... —admitió el niño con resignación.
En ese momento, Iván divisó una larga fila de familias que aguardaban su turno junto a un trono dorado, donde un hombre disfrazado de Papá Noel saludaba a los pequeños al lado de un trineo decorado.
—¡Mami, mira, Papá Noel! —señaló emocionado.
Tomados de la mano, ambos caminaron rápido hacia el final de la fila.
Poco después, Iván conversaba animadamente con Papá Noel, mientras Julia lo contemplaba a la distancia, con una sonrisa afectuosa en el rostro.
Ya por la tarde, en su trabajo, Julia conversaba al otro lado del mostrador con Gastón.
—Necesito cubrir todos los francos que tengas —pidió con firmeza.
—Ajá —asintió el encargado sin levantar la vista de sus planillas.
—Sí, todos. Tenme en cuenta para la otra sucursal también.
Gastón desvió la mirada hacia ella y enarcó las cejas con ironía.
—¿Qué te picó, el bicho del trabajo?
Julia se le quedó mirando con las cejas levantadas, en espera de una respuesta concreta.
—Está bien —cedió Gastón. Hizo una pausa tensa y agregó con una risita maliciosa—: Te voy a hacer trabajar.
Julia soltó un largo suspiro, revoleó los ojos en señal de resignación y se dio vuelta para retirar una comanda caliente que asomaba por la ventana de la cocina.
Los días pasaron y el agotamiento se notaba en la cansada cara de Julia. De regreso a casa en el autobús, Julia cabeceaba profundamente dormida en su asiento, bamboleándose con cada frenada. Era su momento de descanso entre tantos días de sobre turnos trabajados.
La noche de Navidad finalmente llegó al departamento de la casa de Mónica.
Julia, su tía e Iván celebraban juntos alrededor de la mesa.
En ese instante, sobre la mesada de la cocina, el celular de Julia comenzó a vibrar sin parar, iluminando la pantalla con insistencia.
Julia desvió la mirada y decidió ignorarlo por completo.
Al mismo tiempo, el pasillo de la cárcel parecía ser el centro de un cumulo de ansias y pisadas aceleradas.
Al fondo del corredor, frente a un teléfono público, varios presos hacían fila en silencio.
Nacho, ciego de rabia, cortó la comunicación golpeando brutalmente el tubo contra la cabina de metal.
Dejó el auricular colgando del cable, dio media vuelta y empezó a caminar fijando la mirada cargada de odio en uno de los internos de la fila.
—¿Qué miras, idiota? —escupió Nacho buscando pelea.
Se abalanzó sobre el preso y comenzaron a chocar los pechos agresivamente hasta trenzarse a golpes. A su alrededor, el resto de los convictos empezaron a gritar y agitar los brazos para alentar la contienda, hasta que los guardias irrumpieron en el pasillo a los empujones para separarlos.