3
Julia y su hijo caminaban por las viejas calles del centro de la ciudad, hasta llegar a un viejo edificio.
Dentro, unas escaleras amplias, con imponentes barandas de madera gastada, conducían al último piso de la antigua estructura.
Un corredor de parquet rodeaba el hueco de la escalera, dando acceso a las puertas de cuatro departamentos.
Desde el techo, un tragaluz acristalado inundaba el ambiente con una luz suave de tarde.
Entre las entradas principales destacaba una puerta más pequeña con un cartel de madera que indicaba la entrada a una terraza.
Julia subía los escalones acompañada por Iván, quien ascendía dando brincos y jugando a adelantársele. Al llegar al descanso, Julia tocó el timbre y dio tres golpecitos suaves con los nudillos sobre la madera de una de las puertas.
—¡Tía, somos nosotros! —anunció elevando la voz.
La puerta se abrió y dejó ver a Mónica, una mujer de sesenta y nueve años, de cabello rubio peinado en rulos, contextura media y doble par de anteojos: unos puestos para ver de lejos y otros colgando de un cordón sobre el pecho para la lectura. Iván no esperó invitación y se abalanzó sobre ella.
—¡Tía! —exclamó rodeándole la cintura con los brazos.
—¡Hola, mi amor! Pasen, pasen —recibió Mónica con una sonrisa cálida mientras le acariciaba la espalda.
—¿Cómo estás, tía? —saludó Julia al cruzar el umbral.
Madre e hijo ingresaron al amplio living comedor.
El ambiente estaba decorado con un juego de sillones antiguos de color marrón, flanqueados por dos sillones individuales al tono.
Múltiples adornos descansaban sobre las repisas y mesadas, entre los cuales destacaba un retrato enmarcado de Mónica de joven, abrazada sonriente a su hermana, la madre de Julia.
—¿Pasaste por la farmacia? —preguntó Mónica cerrando la puerta.
—Sí, traigo todo —respondió Julia mientras hurgaba en su bolso y sacaba un paquete blanco.
—¿Segura te dio todo?
Julia asintió con la cabeza.
—Menos mal. Está bastante cascarrabias el viejo —comentó Mónica con un suspiro.
—Gracias, tía. Siempre me salvas —agradeció Julia con gratitud genuina.
—Pero de nada, linda. Me encanta que se quede el nene, aparte la pasamos bárbaro mirando pelis, ¿o no?
—¡Sí! ¡Pelis de asustada! —intervino Iván dando un salto en el lugar.
Mónica abrió grandemente los ojos, simuló una expresión de espanto y se tapó la boca con la mano.
—¡Tía! ¡Esas películas las tiene prohibidas, por favor! —reclamó Julia cruzándose de brazos.
—Pero sí, quédate tranquila. No sé de qué está hablando, me habré quedado dormida y vio algo, no sé... voy a estar atenta —explicó Mónica tratando de restar importancia, mientras le lanzaba una mirada rápida de complicidad al niño.
Julia dejó la bolsa de la farmacia sobre la mesa, justo al lado del retrato familiar. Se quedó contemplando la imagen de su madre y la tomó entre sus manos con un gesto de marcada añoranza.
—Cómo me hubiera gustado... —murmuró en voz baja.
Mónica, advirtiendo la nostalgia que amenazaba con empañar el momento, la interrumpió amablemente e hizo un ademán invitándola hacia la sala.
—No sabes los pastelitos que hice, recién horneados... —comentó dirigiéndose hacia la cocina.
Julia dejó el portarretrato en su lugar y se acomodó en el sillón principal, mientras Iván se arrodillaba sobre la alfombra del centro para hacer rodar un auto de juguete. Desde su asiento, los ojos de Julia regresaron una vez más hacia la fotografía de su madre.
Luego de merendar junto a su hijo y su tía, Julia se despidió y traspasó la puerta del departamento para avanzar hacia las escaleras.
En ese momento, Lucas —un joven un poco más grande que Julia, alto, de cabello castaño y profundos ojos marrones claros, vistiendo unos jeans, una remera negra y una camisa desabotonada encima— subía a paso firme por los escalones.
Al divisarla a pocos metros, se detuvo de golpe, paralizado por la sorpresa.
—¿Julia? —preguntó dudoso.
Julia lo observó con extrañeza por un segundo antes de que sus rasgos se iluminaran.
—¿Lucas?
—¡Cómo estás! —exclamó él con una sonrisa plena. La tomó suavemente de los brazos, sin terminar de dar crédito a lo que veían sus ojos—. ¡Tanto tiempo!
Se saludaron con un abrazo y un beso en la mejilla. Lucas la contempló de arriba abajo con admiración.
—Guau, qué grande estás... pero tienes la misma carita de ángel.
Julia sonrió con timidez y bajó la vista por un instante antes de volver a fijar su mirada en él.
—Tú también estás... ¿Cuánto tiempo pasó?
—Ufff, me fui cuando tenía diecisiete a lo de mi padre. Tú hijo era un bebe.
—Casi un año después del incendio... mucho tiempo —asintió Julia con cierta melancolía en la voz—. Pero bueno, ¡estás aquí!
—Sí, vine por el departamento de mi madre, que hace unos meses...
—Sí, mi tía me contó. Lo lamento mucho —dijo ella extendiéndole sus condolencias.
—Gracias. Estamos viendo de venderlo con mis hermanos. Así que me voy a quedar un tiempo arreglando papeles y esas cosas.
—Ah, bueno... seguro nos cruzaremos otra vez —dijo Julia—. Yo vengo bastante a lo de mi tía.
—Me encantaría, para ponernos al tanto —propuso Lucas con una sonrisa franca.
—Sí... estaría bien... —murmuró Julia, mirando al piso con cierta duda contenida en el rostro—. Bueno, me tengo que ir.
—Sí. Qué lindo verte —dijo él.
Se despidieron con un nuevo beso en la mejilla. Lucas la observó detenidamente y volvió a sonreír.
—De verdad.
—Nos vemos —respondió ella.
Julia comenzó a descender por las escaleras a paso rápido mientras Lucas, apostado en el descanso, la contemplaba alejarse.
Por primera vez, desde hacía mucho tiempo, Julia sintió mariposas revolotear por su estómago.
Sabía que solo iban a durar un segundo, un momento efímero.
Solo quería saborear ese sentimiento una vez más, pero la sensación se desvaneció al recordar la realidad.
Desde el rincón más sucio de la ciudad, la sala de visitas de la cárcel general se presentaba como un salón amplio y bullicioso, habitado por varias mesas donde los reclusos conversaban con sus familiares.
Sentado en una de las mesas centrales, Nacho esperaba impaciente; sus piernas no dejaban de temblar a un ritmo frenético bajo la tabla.
Al poco tiempo se acercó a la mesa Horacio, el abogado, un hombre de cuarenta años, flaco, pero con prominente vientre, vestido con traje ajustado, corbata, y el cabello canoso peinado rígidamente hacia atrás. Se acomodó en la silla frente a Nacho.
—¿Para qué me querías ver? —inquirió al instante el letrado.
—Necesito salir de aquí —soltó Nacho sin rodeos.
El abogado dejó escapar un largo suspiro de hastío.
—Ya hablamos de esto. Tienes que aguantar un poco más.
Nacho se echó bruscamente hacia atrás en la silla y se pasó ambas manos por la cabeza, visiblemente desbordado.
—Cambio de planes. No puedo esperar más. No aguanto este lugar.
—Mira, pibe, agradece que el Sr. B me mandó para que te represente. Y con la que te mandaste...
—No me importa —lo interrumpió Nacho, apoyando las manos en la mesa—. Dile que necesito salir de aquí, sea como sea.
El abogado lo miró fijamente con total seriedad. Enderezó la postura y se inclinó hacia adelante, reduciendo al mínimo la distancia entre ambos.
—Sabes lo que me estás pidiendo, ¿no? —hizo una pausa tensa, midiendo las palabras antes de rematar—: Si por algún motivo tu condena cambia milagrosamente... tu vida ya no es tuya, le pertenece al Sr. B. ¿Entiendes?
Lejos de las frías paredes húmedas de la cárcel, el ambiente del restó bar Joe resplandecía con calidez. El local estaba repleto de clientes y Julia se desplazaba a ritmo vertiginoso entre las mesas, atendiendo pedidos sin un segundo de descanso.
Finalizada la jornada laboral, Julia cruzó la puerta de servicio de la parte trasera del establecimiento cargando dos bolsas pesadas de basura.
El lugar era un callejón sin salida, que albergaba el estacionamiento del personal y un par de contenedores de basura.
Arrojó las bolsas al interior de uno de los contenedores y se quedó a solas bajo el aire nocturno.
El frio le pegó en la cara y las extremidades.
Comenzó a refregarse las manos y a soplarlas para calentarse.
A los pocos segundos, Joni traspasó el umbral.
—Chau, Juli —saludó el cocinero mientras se acomodaba el abrigo.
—Nos vemos, Joni —respondió ella.
El joven se alejó por la cortada. Poco después apareció Gastón, quien se detuvo al ver a Julia intentando en vano encender un cigarrillo contra el viento.
—¿Quieres que te alcance? —ofreció el encargado.
Julia lo observó con cierta extrañeza. La amabilidad viniendo de una persona como Gastón sí que le sorprendía, y en el mal sentido de la palabra.
—No, no. Estoy esperando a Sandra.
—Ah.
—Gracias igual.
Gastón asintió en silencio y caminó hacia su vehículo en el estacionamiento. Julia continuó lidiando con el encendedor hasta que la puerta vaivén volvió a abrirse y salió Sandra.
—Uh, ¡qué frío! —exclamó tiritando.
Con un golpe de suerte, la chispa prendió y Julia logró encender el cigarrillo.
—A que no sabes quién me ofreció a llevarme —comentó con tono socarrón.
—¿Quién? —preguntó Sandra.
Julia la miró en silencio, invitándola a adivinar. Sandra abrió grande los ojos al comprender.
—No... lo que faltaba. ¡El buen samaritano!
Julia soltó una carcajada, tomó a su amiga del brazo y ambas echaron a caminar hacia la avenida.
A los pocos pasos llegaron juntas a la parada de autobús. Sandra se despidió con un gesto cariñoso y continuó su camino, dejando a Julia sola. Se asomó por la calle buscando con la mirada alguna luz en la distancia, pero la avenida lucía desierta y en absoluta calma.
De pronto, el cielo se desfondó en una lluvia torrencial. Julia se refugió apretadamente bajo el alero de la parada, aunque las ráfagas de agua no tardaron en mojarle la ropa.
—Maldición —maldijo entre dientes.
Un auto avanzó despacio entre el agua y se detuvo justo enfrente.
Tocó un bocinazo corto. Julia intentó distinguir al conductor a través del parabrisas, pero la cortina de agua se lo impedía.
Tras dudarlo un segundo, echó a correr hacia la ventanilla del acompañante.
Gastón estiró el brazo y le abrió la puerta desde adentro.
—Vamos, entra que te estás empapando —le dijo.
Julia subió apresuradamente al asiento.
—Gracias.
Gastón tomó una toalla pequeña del asiento trasero y se la extendió para que se secara.
—Cómo se largó —comentó mientras ponía el auto en marcha.
El vehículo avanzaba bajo el diluvio mientras por los parlantes sonaba una canción ochentera, que Gastón acompañaba con molestos tarareos en voz baja.
Julia se mantenía erguida, prestando atención fija al camino por el parabrisas.
Al notar su rigidez, Gastón la miró de reojo con una sonrisa contenida y comenzó a maniobrar para estacionar frente al edificio de su tía.
—Bueno, llegamos.
—Muchas gracias, Gastón, por traerme, de verdad —expresó ella con gratitud.
—No hay de qué.
Tiró de la manija interna para bajar, pero la puerta pareció quedar trabada. Antes de que pudiera reintentarlo, Gastón se inclinó marcadamente sobre ella para alcanzar la traba. Julia se reclinó hacia atrás instintivamente, pegando la espalda al asiento al quedarse sin espacio.
—Déjame a mí... —dijo él, manipulando el mecanismo a escasos centímetros de su rostro—. ...que tiene su maña.
La traba cedió y la puerta se abrió.
—Ahí está.
Al incorporarse para regresar a su lugar, la mano de Gastón rozó casi sin querer las piernas de Julia. Ella, visiblemente incómoda, se apresuró para salir al exterior.
—Gracias.
Cerró la puerta de un golpe seco y caminó a paso rápido hacia la entrada del departamento.
Mónica abrió la puerta del departamento en cuanto escuchó el timbre.
—Ay, linda, te agarró la lluvia —exclamó al verla.
—No, está bien. Me trajo un compañero en auto —aclaró Julia mientras se quitaba el agua del rostro.
Mónica fue hasta el baño de visitas y regresó con una toalla limpia.
—Ah, qué bien. Sécate mientras te traigo ropa seca.
Julia se quitó la campera húmeda y comenzó a secarse. A los pocos minutos, su tía volvió del dormitorio con un camisón entre las manos y se lo entregó.
—¿Ya se durmió? —preguntó Julia.
—Sí, hace un ratito.
Julia comenzó a retirarse la ropa mojada. El frio le había teñido los labios de color purpura.
—Dame la ropa mojada así la cuelgo —pidió Mónica, tomando las prendas—. ¿A que no sabes quién volvió al edificio?
—Sí, Lucas. Lo vi hoy cuando salía.
Mónica le dedicó una sonrisa pícara.
—Viste qué grande y buen mozo que está...
—Sí, casi no lo reconozco.
—No sé por qué nunca se dio con ustedes —comentó Mónica con picardía.
—Tía... —protestó Julia, frenándola.
—Es la verdad. Y tú perdiendo el tiempo con ese sinvergüenza.
—Ey, es el padre de Iván —la corrigió con gesto serio.
—Bueno, parece que se queda por mucho tiempo. Quién te dice... —reiteró Mónica guiñándole un ojo.
Julia terminó de abotonarse el camisón y le alcanzó el resto de la ropa húmeda a su tía.
—Gracias por todo, tía. Me voy a dormir.
—Que descanses, linda.
Julia caminó en silencio por el pasillo y abrió despacio la puerta de la habitación. Iván descansaba plácidamente en el centro de una cama doble. Ella se acercó a paso sigiloso, le dio un suave beso en la frente, se acostó a su lado y cerró los ojos.