Ojos de Nadie 2
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El repique de las campanas anunciaba el comienzo de la misa. Julia corría apresurada de la mano de su hijo Iván para llegar a tiempo a la entrada del templo.

—¡Vamos, vamos! —lo apuraba entre risas y sofocón.

Por dentro la misa ya estaba en marcha. El padre Oscar, un hombre de cincuenta y cinco años, de cabello castaño y escaso con pronunciadas entradas y mirada amigable, conducía la ceremonia mientras los fieles contestaban en coro.

Julia y su hijo se acomodaron en silencio mientras escuchaban con atención y repetían las palabras sagradas con profundo fervor. Ella sostenía con firmeza la mano de Iván, quien, al igual que su madre, permanecía atento a la oración del sacerdote.

En el exterior del templo, la gente se agrupaba en la entrada mientras conversaba. Julia le colocaba la campera a su hijo cuando el padre Oscar se acercó a ellos.

—¡Julia! —la llamó.

—¿Cómo está, Padre? —saludó ella al verlo llegar.

El sacerdote miró al niño y le revolvió cariñosamente el cabello.

—Chiquitín.

Iván, algo tímido, se escondió ligeramente detrás de la pierna de su madre.

—Hermosa misa como siempre —agregó Julia.

—Te esperamos para la colecta del jueves, ¿no? Mira que empezamos temprano.

—Claro, Padre, nos vemos ahí —respondió ella con una sonrisa.

Julia y su hijo se despidieron y se alejaron poco a poco del tumulto de gente.

Más tarde, Iván y Julia viajaban sentados en un asiento doble en un autobús. Ella iba sentada del lado de la ventana disfrutando el paseo. El coche iba con pocos pasajeros.

El niño jugaba distraído con dos pequeños muñecos, haciéndolos caminar y conversar sobre el respaldo del asiento delantero. Julia lo observaba en silencio antes de reacomodarse en su lugar.

—Hijo, hoy fui a ver a tu papá... —comenzó a decir.

Iván continuó jugando, aunque los movimientos de sus figuras se volvieron más bruscos.

—Me dijo que te extraña, y tiene muchas ganas de verte.

El juego entre los dos muñecos se volvió violento; comenzaron a golpearse y pelear salvajemente. Julia extendió la mano y le acarició con dulzura el cabello.

—Está bien —dijo suavemente.

Se apoyó contra el respaldo del asiento, se giró y se quedó mirando en silencio a través de la ventana.

Ya de noche, el living comedor del departamento de Julia era un ambiente no muy amplio con una mesa cuadrada cubierta por un mantel a cuadrillé y el televisor encendido. Ella preparaba en la cocina una fuente repleta de fideos con salsa. Iván iba y venía terminando de acomodar la mesa.

Julia coló la pasta.

—¿Falta algo en la mesa? —preguntó desde la cocina.

Iván acomodó la panera en el centro y se sentó.

—No, Ma.

Julia volcó la salsa humeante sobre la fuente y se dirigió sonriente al comedor.

—¡Fideos a la Julia en camino!

El niño le sonrió al verla venir. Julia se acomodó en su silla, apagó la televisión con el control remoto y le extendió las manos a su hijo. Se tomaron de las manos y comenzaron a rezar juntos. Al terminar la oración, empezaron a cenar.

Más tarde en la habitación de Iván, Julia estaba recostada junto a su hijo leyéndole un libro. Al notar que el pequeño ya se había dormido, se incorporó con extrema lentitud. Le dio un suave beso en la frente.

—Te amo, hijo —susurró.

Apagó la luz del velador y salió en silencio.

Se dirigió al baño y entró en la ducha. Mientras el chorro de agua le daba de lleno en el rostro, se refregaba la cara con gesto exhausto. Soltó un largo suspiro y dejó que el agua corriera por su piel.

Ya en su dormitorio, Julia se acomodó entre las sábanas con el camisón puesto.

Era un cuarto amplio pero íntimo. La cama matrimonial estaba escoltada por dos mesas de luz.

A lo largo de la pared se extendía una cómoda donde reposaban retratos familiares junto a un par de estampitas religiosas, y una ventana pequeña desde la que se veían los bordes iluminados de los edificios altos de la ciudad.

Programó la alarma del despertador, lo apoyó sobre la mesita y apagó la luz.

Sin embargo, al cerrar los ojos, la oscuridad trajo consigo, una vez más, el calor de un recuerdo sofocante:

El fuego lo dominaba todo. Tendida sobre las tablas del piso de madera, la perspectiva se volvía confusa, deformada por las lenguas rojas que devoraban rabiosamente cuanto tocaban.

A través de la densa humareda y de la lluvia de chispas, las siluetas pesadas de los bomberos avanzaban en una agónica cámara lenta.

Estaban lejos, demasiado lejos. Por más que luchaban contra la estructura ardiente, parecían congelados en un tiempo eterno, suspendidos sin avanzar jamás.

De fondo, aplastados por la crepitación furiosa del incendio y el crujido de la madera al ceder, resonaban gritos ahogados, distantes, marcados por la desesperación.

De golpe Julia se despertó sobresaltada, abriendo los ojos de par en par. La respiración se le aceleró mientras el despertador no paraba de sonar. Lo apagó de inmediato y caminó agitada hacia el baño.

Se lavó la cara con agua fría y se miró fijamente al espejo. Levantó con cuidado el párpado de su ojo izquierdo, y dio unos pequeños golpes con la uña sobre la prótesis de vidrio. Observó detenidamente el ojo en el reflejo y se aplicó unas gotas.

Por la mañana, la cocina estaba impregnada de la prisa matutina. Julia armaba a contrarreloj un sándwich sobre la mesada para que Iván llevara a la escuela, mientras el pequeño ordenaba sus útiles sobre la mesa.

—Hijo, los útiles, el cuaderno... ¿y la mochila? —preguntó Julia sin descuidar las manos.

—Aquí —respondió Iván, recogiendo la mochila del suelo para apoyarla sobre la mesa mientras terminaba de guardar sus cuadernos.

Julia envolvió el sándwich en una bolsa de madera y se la dio a su hijo. De inmediato comenzó a dar vueltas por el lugar, buscando desorientada.

—Llaves... llaves... dónde están... —murmuraba para sí misma.

Iván tomó las llaves de la mesada y se las extendió justo cuando ella pasaba por su lado.

—Ahí estaban... —suspiró Julia, tomándolas.

Agarró su cartera y tomó suavemente la mano de Iván.

—No te olvidas nada, ¿no?

El niño negó con la cabeza.

—Vamos.

Ambos cruzaron la puerta y salieron al pasillo.

En la escuela de Iván, el movimiento matutino era intenso. Decenas de niños caminaban junto a sus padres bajo el sol de la mañana. Julia llegó a la entrada con Iván. Se agachó y le acomodó el guardapolvo blanco.

—Listo —dijo, dándole una palmadita.

Iván divisó a uno de sus compañeros cerca de la reja de entrada y comenzó a correr hacia él.

—¡Ey! ¿No se olvida de algo, señorito? —lo llamó Julia elevando la voz.

El niño se frenó sonriendo, volvió sobre sus pasos y se abalanzó sobre ella en un abrazo cálido. Ambos compartieron una sonrisa.

—Te amo. Pórtate bien. —le dijo acariciándole la cabeza.

—Chau, mami —se despidió Iván antes de salir disparado al encuentro de su amigo.

Julia observó la escena con una leve mueca de ternura y esperó en la vereda hasta comprobar que su hijo ingresara al edificio.

Más tarde, en el consultorio del hospital de la ciudad, una luz blanca e intensa caía de lleno sobre una camilla pegada a la pared.

Julia yacía recostada mientras unas tenazas metálicas le mantenían separado el párpado izquierdo, haciendo relucir el cristal de su prótesis ocular.

El médico examinaba la zona detenidamente con su instrumental.

—¿Y? ¿Tiene una fisura o algo? —preguntó Julia con tensión en la voz.

El doctor apartó la luz y echó la cabeza hacia atrás.

—No veo nada, Julia. A simple vista parece que está todo bien. Pero te recomiendo que vayas a verte con el oftalmólogo.

—Sí —asintió ella—. Quería descartar con usted primero.

El médico caminó hacia su escritorio y se sentó en su silla mientras Julia se incorporaba lentamente para quedar sentada en el borde de la camilla.

—¿Sigues sin recordar nada? —indagó el médico observándola por encima de sus anteojos.

—Las visiones del incendio y yo en el piso... Salvo eso, nada más.

—Bueno, en la amnesia traumática a eso le llamamos un avance —explicó el doctor con tono sereno—. Esa imagen, por efímera que sea, es importante.

—Sí, lo sé. Gracias, Doc.

En el centro de la ciudad, el restó bar Joe lucía amplios ventanales que dejaban ver su interior iluminado, resguardado en la entrada por un toldo rayado en blanco y rojo.

El lugar ocupaba una esquina amplia con un ambiente propio de una gran cafetería adaptada al concepto de comida rápida.

Detrás de la puerta de vidrio de la entrada se extendía una barra alargada con mostrador, custodiada en el fondo por ventanales por donde el personal se comunicaba con la cocina.

Varias mesas poblaban el salón; las dispuestas contra los ventanales contaban con cómodos sillones para cuatro personas.

Colgada en una esquina, una televisión sintonizaba un canal de noticias, en un ángulo visible desde cualquier rincón.

Julia entró apurada al restó. Al mismo tiempo, Sandra regresaba con la comanda de una mesa para ingresar al espacio detrás de la barra y entregarle el pedido a Joni, el joven cocinero que trabajaba en la cocina del otro lado de la barra.

Julia se deslizó deprisa detrás de la barra junto a Sandra. Se quitó la cartera, la arrojó debajo del mostrador y se recogió el cabello con habilidad.

—¿¡Qué hora es?! —preguntó Julia en un susurro sigiloso.

—¡Y cinco pasadas! —le respondió Sandra.

Julia hizo una mueca de resignación mientras se ataba el delantal. Desde la cocina, con el pedido en la mano, Joni la observaba divertido mientras ella se movía contra reloj.

—Ya llegó tu enamorado —bromeó el cocinero.

Julia dirigió la mirada hacia las mesas. Un cliente de unos setenta años, canoso y con anteojos, sentado junto al ventanal, la saludó con la mano desde la distancia. Julia le sonrió.

En ese momento, atravesando la puerta vaivén, apareció el encargado, Gastón, un hombre de cuarenta años, alto y lánguido, de pelo oscuro peinado prolijamente con gel. Su mirada era marcadamente desagradable.

—Se está haciendo costumbre esto de las llegadas tardes. No quiero quejas cuando se descuenten a fin de mes —soltó Gastón al pasar por detrás de Julia, dirigiéndose directo hacia la caja.

—Buen día, Gastón —saludó Julia.

Gastón la miró apenas de reojo mientras comenzaba a contar el dinero de la caja.

A sus espaldas, Sandra se dio vuelta y miró a Julia haciéndole morisquetas, imitando y burlándose de los gestos del encargado.

A Julia se le escapó una pequeña risa. Gastón detectó el cuchicheo y las miró fijamente.

Sandra disimuló de inmediato haciéndose la distraída, mientras Julia bajaba la cabeza y pasaba por detrás de él para dirigirse al sector de las mesas.

—¡Julia, te estaba esperando! —exclamó el cliente al verla acercarse a su mesa.

Ella le sonrió con calidez mientras se aproximaba.

—¿Cómo le va? —saludó, notando al instante que el hombre ya tenía una taza servida sobre la mesa—. ¡Ah! Veo que ya me engañó.

—Y bueno, mientras te esperaba tenía que calmar el apetito con un café, y tu compañera muy amable me atendió.

—Bueno... solo porque es ella lo perdono —bromeó Julia. Levantó la taza vacía y le preguntó—: ¿Le traigo lo mismo de siempre?

—Sí, querida...

Julia se quedó mirándolo fijamente, esperando la coletilla habitual.

—¿Pero...? —indagó Julia.

—Pero hoy los huevos un poco más crudos, y en vez del vaso con agua un poco de soda estaría bien —pidió el cliente con una sonrisa complacida.

Julia tomó nota en su libreta.

—Muy bien, en camino.

Regresó hacia el sector de la cocina para pasar el pedido.

—Joni, márchale lo mismo de siempre —le indicó a través de la ventana.

—Pero... —alcanzó a decir el cocinero.

Julia sonrió antes de completar la instrucción:

—Huevos un poco más crudos.

Desde la caja, ocupado sacando cuentas, Gastón miró a Julia de reojo. Ella cruzó su mirada con la de él.

—¿Sí? —preguntó Julia.

—Julia —la llamó el encargado con desgano—. Mañana necesitaría que vengas al turno noche para cubrirla a Ana, que no sé qué tiene que hacer en el hospital.

—Ah...

—Vos podrías... ¿no? —insistió Gastón, levantando una ceja y aguardando con firmeza una respuesta afirmativa.

—Es mi franco, iba a...

Ante la insistente mirada de Gastón, Julia no tuvo más remedio que ceder.

—Sí, Gastón. Déjame que hable con mi tía para que cuide a...

Gastón la interrumpió de golpe.

—¡Bárbaro! Así hacemos que esos minutitos tarde tengan sentido...

Sin decir más, Gastón cruzó la puerta vaivén y se retiró hacia el sector de las oficinas. Del otro lado de la barra, Sandra, que había presenciado toda la escena, no tardó en hablar.

—Es detestable. "No sé qué tiene que hacer en el hospital". A la pobre se le está muriendo el hermano y el tipo como si nada.

—Déjalo —murmuró Julia suspendiendo el tema.

Ambas continuaron concentradas en sus respectivas tareas.