Ojos de Nadie 1
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Tres meses antes

La cárcel ocupaba el predio entero de una manzana, rodeada por altos paredones de un gris descolorido.

Una puerta de rejas alta, conectada a una garita de seguridad donde velaban dos guardias, separaba la vereda de un pasillo al aire libre que conducía hacia la entrada principal.

La zona, poco transitada, estaba conformada por casas bajas y calles de tierra.

Justo enfrente del ingreso se ubicaba una parada de autobús.

Un bus en marcha aceleró y se alejó rugiendo, dejando ver tras de sí las piernas de una mujer que cruzaba esquivando y saltando los charcos de la calle de tierra, dirigiéndose hacia la entrada principal del penal. Ya en la garita policial, un agente chequeó sus datos y le permitió el paso.

Julia avanzó por el pasillo e hizo una pausa frente a la puerta principal. Vestía unos jeans desgastados, y unas zapatillas blancas que frotaba contra el piso para quitarse el barro acumulado antes de esperar a que le abran.

El pasillo de entrada era completamente gris. Al fondo se alcanzaba a ver el mostrador de recepción, con efectivos policiales yendo y viniendo constantemente.

Sonó el timbre agudo y molesto de la alarma que anunciaba la apertura de la puerta. Julia entró y caminó a paso firme hacia la recepción.

—¿Cómo estás? —preguntó la recepcionista al tiempo que le alcanzaba la planilla para que firmen las visitas.

—Todo bien —respondió Julia, inclinándose sobre el mostrador para firmar la planilla.

Luego de firmar entró a un cuarto destinado a la requisa de las visitas. Julia comenzó a desnudarse mientras una mujer policía le indicó apoyarse contra la pared y procedió a inspeccionarla con minuciosidad, asegurándose de que no llevara nada oculto en ninguna parte del cuerpo.

Más tarde, en un cuarto pequeño equipado únicamente con una cama individual, Julia y Nacho —un hombre de pelo castaño oscuro corto, ojos marrones, de contextura delgada y altura normal— mantenían relaciones sexuales sobre el colchón.

Mientras los movimientos bruscos de él iban descolocando la camisa medio desabotonada de ella, Julia mantenía la mirada fija en la nada.

Minutos después, Nacho estaba recostado en la cama boca arriba, fumando un cigarrillo. A su lado, Julia se levantó y se sentó en el borde de la cama. Comenzó a arreglarse la camisa, abotonándola despacio.

—¿Cómo está? —preguntó Nacho.

—Está bien. En la escuela va repuntando —contestó ella, mientras recogía su pantalón del suelo.

—Ese es mi tigre... ¿Cuándo lo traes?

Julia se puso de pie y se subió los pantalones con fastidio, soltando un suspiro fuerte y pesado.

—No puedo creer que volvamos a lo mismo.

Nacho se incorporó, se acercó a ella y le tocó la espalda con suavidad.

—Lo extraño, amor. Ya van dos años.

Julia continuó cambiándose sin emitir palabra. Al ver su silencio, Nacho regresó al respaldo de la cama y descargó su frustración golpeando el colchón con el puño cerrado.

—¡Pero la puta madre! —exclamó. Hizo una pausa tensa y agregó—: Quiero verlo.

—No lo voy a presionar —sentenció Julia.

Terminó de calzarse las zapatillas. Nacho intentó abrazarla con intenciones de retenerla, pero Julia lo apartó con firmeza.

—Tengo que irme. Sandra me espera —agregó.

Le dio un beso seco en los labios y se encaminó hacia la salida.

—Dile que lo extraño... —alcanzó a decir Nacho.

Julia salió de la habitación y se escuchó el portazo al cerrar.

Más tarde, en un barrio tranquilo de casas bajas, Julia tocaba el timbre de la casa de su amiga Sandra.

A los pocos segundos salieron corriendo a recibirla su hijo Iván —un niño de seis años, de pelo corto castaño y ojos marrones— junto a Sandra —una mujer de treinta años, de contextura robusta, con cabello colorado y rizado atado en una colita— y la hija de esta, de seis años y cabello rojizo idéntico al de su madre.

—¡Mamá! —gritó Iván, corriendo para abrazar a su madre..

—Hola, mi amor —dijo Julia al recibirlo en sus brazos.

—¿Cómo te fue? —preguntó Sandra.

Julia miró a Sandra con expresión seria, sin responder en ese instante, y todos entraron juntos a la casa.

Sentada en la mesa de la cocina, Julia contemplaba a través de la ventana cómo Iván y la hija de Sandra jugaban alegremente en el jardín.

Parecía perderse en el tiempo cada vez que veía la sonrisa de su hijo mientras las risas inundaban el lugar.

Al mismo tiempo, Sandra preparaba unos refrescos en la mesada.

Los acomodó en una bandeja y caminó hacia la mesa donde se encontraba su amiga.

—¡Chicos! ¡Vengan a buscar los refrescos! —llamó elevando la voz.

Iván y la pequeña entraron corriendo. Tomaron sus vasos de la bandeja y volvieron a salir a toda prisa al jardín para continuar con sus juegos.

—¡Cuidado, chicos! —les advirtió Sandra.

Sandra se acomodó en la silla, tomó un vaso y le entregó el otro a Julia.

—Bien, cuéntame todo —le dijo ansiosa.

Julia dio un sorbo a su bebida en silencio.

—Me imagino la cara que habrá puesto —agregó Sandra, buscando su mirada.

Julia continuó sin responder.

—¿Entonces? —insistió, expectante.

—¿Entonces qué? —replicó Julia evasiva.

—¿Qué dijo de que te quieres separar?

Julia bajó la mirada, incapaz de sostenerle la vista. Sandra suspiró con desilusión y se puso de pie.

—Ah... no se lo pediste.

Julia volvió a mirar hacia abajo, apenada. Le dio otro sorbo a su refresco.

—¿No te das cuenta de que cuanto más pase el tiempo peor va a ser? —le cuestionó Sandra.

Los nervios invadieron a Julia, a tal punto que le empezó a temblar la mano.

—Ya sé, no sé por qué no pude... —admitió con voz confundida.

La actitud de Sandra se suavizó entendiendo la situación. Volvió a sentarse, estiró los brazos y le tomó con cariño la mano a Julia.

—Tranquila. Es difícil —dijo, haciendo una pequeña pausa—. Solo quiero lo mejor para ti, Juli. Si no lo puedes hacer sola, yo te acompaño la próxima.

Julia le devolvió una sonrisa tenue y asintió. Extendió la mano sobre la mesa, tomó un cigarrillo de un paquete y lo prendió. Inhaló profundo y dejó salir el humo.

—No sé qué me pasó. Esta vez me sentía decidida —comentó mientras sacudía la ceniza. Sandra la escuchaba atenta—. Él siempre termina llevando las cosas para donde quiere.

—Los manipuladores son así, Juli. Por algo lo aguantaste tantos años.

—Es como si tuviera poder sobre mí —confesó Julia en voz baja. Hizo un silencio y luego continuó—: En fin, hablamos de Iván, de que él quiere verlo y, yo...

La garganta se le cerró. Julia suspiró y rompió a llorar, llena de frustración. Sandra se levantó rápidamente, se acercó a ella y la envolvió en un abrazo.

—Ay, linda. Tranquila. No es de un día para el otro —la consoló mientras la acariciaba—. Pero tienes que hacerlo. Por el bien de todos.

Julia asintió entre lágrimas.

—Gracias por estar siempre —le murmuró.

Luego de despedirse de Sandra, Julia y su hijo se alejaron del lugar. Desde la puerta, Sandra la saludaba con la mano mientras la observaba caminar, con el rostro marcado por una gran preocupación.