Capítulo 35 #3
—Gracias. —La abrazo con el doble de fuerza mientras las lágrimas me nublan la vista—. No solo por dejarme quedarme aquí con tu familia, sino por todo. No sé si habría sobrevivido estos últimos meses sin ti. Lo digo en serio.
—Yo tampoco habría sobrevivido sin ti —me dice con voz suave y entrecortada—. Vuelve cuando quieras. Pase lo que pase, solo tienes que llamarme. Da señales de vida de vez en cuando, ¿vale?
—Lo haré —le prometo mientras me aparto—. Despídeme de Aurelia y Kassidy. Y dale las gracias a Amelia.
—Sabes que lo haré. Ahora vete a buscar a tu chico, ángel.
Cuando me pongo al volante, espero que el miedo se apodere de mí como solía hacerlo, pero arranco el coche sin ningún problema.
Más bien al contrario, me muero de ganas de conducir.
El cielo tiene un tono más claro y parece más bien ciruela empolvado que azul marino, lo bastante como para casi hacerme creer que sigo en el inframundo.
He dejado la daga en el salpicadero del coche.
Es el GPS más poco ortodoxo que existe, pero tengo que confiar en que me llevará hasta Luke, esté donde esté.
Para cuando me seco los ojos y salgo a la calle principal, ya se ha girado hacia el este.
Pensaba que me conduciría a la autopista, pero tras recorrer más de la mitad de una larga carretera rural me doy cuenta de adónde me está llevando.
Aparco frente a la casa de Luke mientras el sol tiñe el cielo de dorado con los primeros rayos del alba. En la entrada hay un sedán destartalado que no reconozco; el maletero está abierto, impidiendo ver a la persona que está rebuscando dentro.
—Ya veo que tienes un tipo favorito.
Luke cierra el maletero de golpe y me mira con incredulidad desde el otro lado del coche.
Señalo la carrocería oxidada.
—Dios te libre de robar un coche bonito. ¿Qué le ha pasado al tuyo?
—Es bastante probable que haya acabado en un depósito de vehículos incautados.
Se pasa la mano por el pelo. Tampoco es que le quede mucho, resultado de un corte al cero que le queda increíblemente bien, aunque echaré de menos tener algo a lo que agarrarme.
Señalo con la cabeza su corte de pelo.
—¿Sabes que las personas que están huyendo y tratan de ocultar su identidad suelen evitar su casa? Por lo general, es el primer sitio en el que busca la poli.
—Justo ahora me iba. —Las ojeras que tiene debajo de los ojos indican que no ha dormido mucho—. ¿No has recibido mi carta?
Rodeo el coche y me acerco a él.
—Sí que la he recibido.
—Entonces ¿qué estás haciendo aquí?
Solo me detengo cuando estoy lo bastante cerca para distinguir cada matiz del marrón de sus ojos.
—Es que me voy contigo.
Espero una réplica, pero él se limita a sostenerme la mirada.
—¿Por qué?
—Porque es lo que quiero. —Se me quiebra la voz. La emoción llena las grietas, filtrándose en cada palabra—. No quiero volver a Curated Care. No quiero volver a lo de antes, a como era hace un año o hace dos semanas. Ahora soy yo misma, sé lo que hay ahí fuera y no tengo miedo. Al menos, no de eso.
Se acerca tanto que tengo que levantar la barbilla para mirarlo.
—Entonces ¿a qué le tienes miedo?
—A perderte. —Quizá sea la vez que he sido más sincera en toda mi vida—. Hiciste un pacto con tu hermano para salvarme. Y tienes razón, es tu pacto. Pero yo aún puedo elegir. Y te elijo a ti.
—Elegirme significa no dejar de huir. Significa noches interminables en moteles y en el coche, pasando frío. Significa que tu seguridad jamás estará garantizada.
—Te recuerdo que quería trabajar en el cine. En cierto modo, lo más parecido es vivir una película.
Aprieta la mandíbula. Por primera vez considero la posibilidad de que quizá él no me quiera.
—A menos que prefieras estar solo. —La constatación es dura—. Si no me…
No puedo terminar la frase porque me calla con un beso, arrancándome un pequeño suspiro desde lo más profundo del pecho mientras me derrito entre sus brazos. Cuando se aparta, detecto dulzura en su mirada.
—Te he querido cada segundo desde que te dejé en el hospital. Tenía que volver aquí a por unas cosas, así que crucé el país en coche de un tirón. ¿Y sabes en qué estuve pensando todo el tiempo?
—¿En qué? —le pregunto sin aliento.
—En lo triste que era todo sin ti, sin tus preguntas y sin tu compañía. En lo mucho que te echaba de menos. Así que sí, Brie, te quiero. No te merezco, pero te quiero. Y no puedo quedarme más tiempo aquí.
—Pues vámonos. —Entrelazo mis manos alrededor de su nuca de tal forma que mis dedos rozan los pocos pelitos que aún le quedan ahí—. Vayamos a cazar algunos demonios. Juntos. Pero nos llevamos mi coche, ¿vale?
Y, juntos, pasamos un montón de armas totalmente ilegales del maletero de su cacharro al mío. Cuando se dirige hacia la puerta del conductor, me adelanto a él haciendo girar la llave en uno de mis dedos.
—Conduzco yo.
—Por supuesto.
Sonríe con aire burlón mientras se acomoda en el asiento del copiloto. Antes de que pueda abrocharse el cinturón de seguridad, lo atraigo hacia mí por encima de la consola para besarlo.
—Que conste que todavía me debes una cita. —Me aparto un poco para poder susurrarle al oído—: Te recuerdo que teníamos un trato.