Epílogo
Cinco meses después
L a campanilla que hay sobre la puerta tintinea al entrar en el sórdido bar de mala muerte de Miami.
Paso por delante de unas cuantas mesas dispersas y me siento en un taburete de cuero turquesa agrietado.
El local está vacío, excepto por el camarero y un grupo de moteros apiñados en torno a una mesa en el rincón del fondo.
La escasa afluencia de gente resulta inusual dado que es una agradable noche de viernes, pero es probable que las alertas meteorológicas que anuncian un aguacero torrencial hayan ahuyentado a los clientes habituales.
—¿Qué te pongo? —me pregunta el camarero. Lleva una gorra de béisbol descolorida por el sol, calada de tal modo que le tapa los ojos.
—Unas patatas fritas y un margarita, por favor. Con el borde salado, si es posible.
Asiente con brusquedad y le grita al cocinero a través de la puerta batiente de la cocina que ponga unas patatas fritas.
Mientras me prepara la bebida, dejo que mis ojos vaguen hacia los demás clientes.
El grupo de moteros está formado por dos hombres y dos mujeres con chalecos de cuero negros a juego, con serpientes bordadas en la espalda.
Todos llevan gafas de sol, a pesar de que los letreros de neón y las escasas luces colgantes no son especialmente luminosos.
—¿Qué tienes ahí dentro?
Uno de los hombres capta mi mirada distraída y señala con la cabeza el tubo para pósters que llevo colgado a la espalda. Luce un enorme mostacho y uno de sus tatuados brazos descansa sobre la espalda de una mujer con el pelo teñido de rubio.
—Soy estudiante de Bellas Artes en la Universidad de Miami —digo mientras le doy una palmadita al cilindro de plástico—. Es un proyecto.
—Ahora te traigo las patatas —me dice el camarero mientras deja la bebida frente a mí.
—Gracias. —Doy un sorbo y hago una mueca—. Perdona, pero te pedí el borde con sal, no con azúcar.
Me ignora y coge mis patatas fritas, que ya han aparecido en la ventanilla de pedidos, y deja caer sin demasiados miramientos la caja roja y blanca delante de mí. De la brillante grasa sale una columna de vapor. Cojo una con dos dedos y, cuando le doy un mordisco, me achicharro la lengua.
—¿Tienes sal y pimienta? —le pregunto al camarero, alzando la voz para que esta vez no pueda ignorarme.
—En la mesa —me responde señalando una de las mesas vacías con la cabeza.
Cojo el salero y el pimentero, espolvoreo generosamente mis patatas fritas y los dejo junto a la bebida.
—Una noche tranquila, ¿eh? —digo con la boca llena de esa delicia grasienta con sabor a patata.
—Se aproxima tormenta —se limita a decir. Un ruido procedente de la cocina, como si algo se hubiera caído al suelo, nos hace dar un respingo a los dos—. Eh, ¿qué está pasando ahí atrás?
Su reprimenda se transforma en un gruñido sobresaltado cuando, al ir a coger mi margarita, tiro el salero, que se vuelca esparciendo los cristales por toda la barra.
Da un salto hacia atrás y choca contra las estanterías llenas de botellas de licor que tiene detrás y que se balancean peligrosamente.
—Mierda, lo siento —me disculpo mientras cojo un puñado de sal y la tiro por encima de mi hombro—. Es que soy muy torpe.
—¡Cuidado con dónde tiras eso! —me grita el motero de antes.
—Lo siento, lo siento —digo, cruzando mi mirada con la suya, oculta por sus Ray-Ban.
Lo curioso es que no la había lanzado con suficiente fuerza como para que llegara a su mesa.
Pero es que ya no está en la mesa. Ninguno lo está.
Han formado una especie de semicírculo a mi alrededor—.
No podía arriesgarme a atraer la mala suerte.
La mujer que está a su lado se tapa la nariz con su camisa blanca.
—¿A qué huele?
Saco un tubo del bolsillo de mi chaqueta vaquera.
—Probablemente sea mi loción. Es de té blanco con salvia.
Da un paso atrás y el camarero suelta una arcada. Me giro hacia él.
—¿No te gusta el té blanco?
—Lo que no me gusta es la salvia —gruñe mientras limpia la barra.
—¿Algo en contra de la obsidiana?
Levanta la cabeza de golpe y, por fin, puedo ver su mirada. Casi no se le ve el blanco de los ojos y sus iris son negros como el alquitrán.
—¿Quién eres? —me pregunta.
«Tu peor pesadilla», me gustaría responder. Aunque me alegro de que no sea la mía. Ya casi nunca tengo pesadillas.
En lugar de eso, cojo otra patata frita.
—Oh, no tienes que preocuparte por mí —le digo metiéndomela en la boca—. Más bien deberías preocuparte por él.
Justo en ese momento, se desata el caos.
Luke irrumpe por la puerta de la cocina, trazando un arco mortal con su daga. A su espalda se ve un humo oscuro y ondulante, señal inequívoca de que se ha encargado del cocinero mientras yo estaba sondeando a todo el mundo en el bar. Era justo lo que sospechábamos: posesión demoniaca.
Pero no son demonios como el de Debra, que poseen a sus víctimas.
Estos son más fuertes, más inteligentes y cambian de forma para pasar desapercibidos, como Beliar cuando se hizo pasar por Luke en mi piso.
Han descubierto que trabajar en grupos, como en los clubes de moteros, les brinda un elemento de protección inherente.
Al parecer, hasta los demonios saben apreciar el poder de la amistad.
—¡Detrás de ti! —me avisa Luke lanzando mi arco sobre la barra.
El camarero esquiva su siguiente estocada y se estampa contra la estantería de licores. Las botellas caen en cascada y se rompen contra el suelo.
Agarro mi arco y me giro justo cuando la mujer de la camisa blanca se quita las gafas de sol. Sus ojos son tan insondables como los del camarero.
—¿Quieres ver mi proyecto artístico? —le pregunto, quitándole la tapa al tubo para pósters.
Ella masculla, furibunda:
—No, no quiero ver tu estúpido…
—Pues qué pena —le digo sacando una flecha del carcaj improvisado. La lanzo y se le clava en el pecho. Se desintegra en una nube de humo con un chillido furioso.
Mostacho me mira con recelo mientras preparo otra flecha.
—¿Qué es eso? —me pregunta.
—Puntas de flecha de obsidiana —le confieso con total sinceridad—. Las puedes conseguir en Etsy.
Disparo la flecha. La esquiva con una velocidad sobrehumana y se clava con un golpe sordo en la diana que tiene detrás.
Los tres demonios del club de moteros que quedan me acorralan. Me subo a la barra, detrás de la cual Luke sigue enzarzado en una pelea encarnizada con el camarero.
El reparto es un poco injusto, pero sé cómo defenderme.
Mi siguiente flecha alcanza al demonio de las Ray-Ban.
Mientras sus compinches están distraídos con su desaparición, les lanzo el salero desde la barra, que acaba estrellándose en la cara de la rubia teñida.
Mi cuarta flecha se le clava en el ojo mientras escupe cristales de sal.
Mi puntería está mejorando mucho.
—¿Has visto eso? —le pregunto a Luke, quizá con demasiado entusiasmo para la situación.
—Estoy un poco ocupado en estos momentos —gruñe, apuntando con la pistola de refrescos al camarero y empapándolo de Pepsi.
Un puño me agarra el pie y tira de mí con tanta fuerza que me doy de bruces contra la barra mientras mi arco cae al suelo con estrépito. Al momento Mostacho se abalanza sobre mí y me inmoviliza contra la madera.
—Vosotros sois los cazadores —masculla.
—¿Tú qué crees? —le digo. Siempre siento un extraño orgullo cuando nuestros objetivos saben de nuestra existencia—. Tu tiempo en el supramundo ha llegado a su fin.
—No paráis de devolvernos —espeta mientras me agarra por el cuello—. Pero es que nosotros no queremos volver.
—Por supuesto que no —digo jadeando—. El supramundo es como un bufet libre para vosotros.
Se relame los labios.
—Y tú vas a ser el plato prin…
Sus carnosos dedos se alejan de mi garganta cuando Luke arroja al camarero contra él, haciendo que ambos se estrellen contra una mesa. Me deslizo por la barra y agarro una flecha mientras Mostacho se incorpora rápidamente. Cuando se abalanza sobre mí, se la clavo en la yugular.
—Buen trabajo —me felicita Luke, saltando por encima de la barra para colocarse junto a mí y hacer frente al camarero, que todavía se está limpiando la Pepsi de los ojos.
—¿Hay más como tú en Miami? —le pregunto al demonio mientras recojo mi arco del suelo.
—Muchos más —sisea—. Los bares están llenos de estudiantes por las vacaciones de primavera. Montones de carne fresca.
Se le hace la boca agua solo de pensarlo. ¡Qué asco!
Un trueno retumba fuera mientras levanta las manos.
—Pero si me dejáis marchar, os juro que no me resistiré. Bajad las armas y os contaré todo lo que queráis saber.
Esto es lo que he aprendido sobre los demonios desde que Luke y yo nos dedicamos a cazarlos: los más listos son, en realidad, bastante razonables cuando quieren. Pero siempre es un truco.
Menos mal que nosotros también tenemos nuestros trucos.
Luke deja caer la daga al suelo con un ruido sordo. Y yo dejo el arco sobre la mesa.
En ese momento, el demonio esboza una sonrisa burlona y se abalanza sobre Luke. Una pena que no sepa lo de la segunda daga de obsidiana. La mía.
Me la saco de la bota y se la clavo en la espalda. Balbucea, mirando atónito la punta afilada que le sobresale del pecho, mientras el humo lo arrastra de vuelta a su mundo para siempre.
Se oye otro trueno mientras echo un vistazo al bar destrozado.
—Menudo desastre.
Luke recoge mis flechas y me ofrece su mano.
—Intentemos llegar a casa antes de que empiece a llover.
A casa.
La tormenta se desata justo cuando Luke entra en el camino de acceso a la casa donde crecí, y donde ahora vivimos. Corremos hacia la puerta, pero ya estamos empapados antes de llegar a la entrada.
—¿Esperamos a que pase la lluvia y luego nos vamos por los chiringuitos de playa a cazar más demonios? —le pregunto a Luke al tiempo que me quito las botas y la chaqueta.
—Siempre habrá más demonios que cazar. Pueden esperar a mañana. —Las cálidas manos de Luke se posan en mi cintura. Su calor hace que me suba la temperatura mientras sigo todavía bajo el efecto de la adrenalina por la pelea en el bar—. Por cierto, sí que vi tu disparo al ojo. Muy impresionante.
Me giro entre sus brazos, sonriendo mientras me besa.
—Casi tan impresionante como que uses la Pepsi como arma. Ha sido algo muy creativo para alguien a quien le encantan las hojas de cálculo.
—Se me habrá pegado de ti —murmura, cubriendo de besos mi mandíbula.
Me quita la camiseta mojada y sus dedos rozan las cuatro cicatrices que tengo en el costado izquierdo, lo cual me provoca un escalofrío.
—Te quiero —me dice.
No es la primera vez que escucho esas palabras, pero no por ello dejan de emocionarme.
—Yo también te quiero. —El amor es algo tan intrínsecamente humano. Cada segundo de cada día, me siento agradecida por poder sentirlo—. Hasta el infierno y de vuelta.
Se ríe y me besa con pasión, como si la vida fuera una película.
—Hasta el infierno y de vuelta.