Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

—No quería que Kassidy y Aurelia tuvieran que crecer sin ti. Ni que Amalia te perdiera. Y, bueno, también lo hice por motivos egoístas, porque no quiero trabajar en Curated Care si tú no estás allí conmigo. ¿Cómo iba a sobrevivir?

Se le escapa un sollozo entrecortado. Me abraza y yo la estrecho con fuerza.

—Eres una buena amiga, Brie. Mereces ser feliz.

—Soy feliz.

Es una reacción instintiva porque sé que debería ser cierto.

Sobreviví y logré volver al supramundo. Conseguimos rescatar a Krystal, Poppi y Yasmine.

Tengo una cama calentita en una casa llena de amor y de gente que me ha acogido como si fuera de la familia.

Estoy sentada junto a una amiga de verdad, la primera que tengo desde que aparté a todo el mundo tras la muerte de mis padres.

Me lanza una mirada cómplice, fijándose en el anillo que, de manera inconsciente, mis dedos están girando. Traidores.

—Estás diferente desde que hemos vuelto —continúa—. A todas nos ha pasado, pero cada vez que sale el tema de Luke te pones triste. Sé que yo siempre bromeaba diciendo que vosotros dos acabaríais juntos, y luego me sentí fatal porque al parecer fue él quien nos secuestró…

—No fue él quien nos secuestró —insisto.

Esa fue la conclusión a la que llegó la policía porque Luke desapareció al mismo tiempo que nosotras.

No podía contarles la verdad, pero me aseguré de defender su buen nombre.

Aunque el hecho de que volviera a desaparecer no ayudó demasiado—.

Unimos fuerzas para salvaros. Pero, por el camino, las cosas entre nosotros se volvieron un tanto…

personales. Empecé a enamorarme un poco de él.

—Bueno, deberías saber que él empezó a enamorarse de ti mucho antes.

A todo eso de fingir que no sabía cómo te llamabas, habría que añadir todas las veces que lo pillé mirándote en la oficina.

Él estaba intentando captar tu atención.

Y yo tenía la sensación de estar presenciando el romance de oficina más lento de la historia.

—Perdón por hacerte esperar.

—Perdón por hacerte esperar yo a ti.

Y entonces, para mi total sorpresa, mete la mano en los bolsillos de su cárdigan, profundos como un cañón, y saca algo que creía que nunca volvería a ver:

Mi daga.

La cojo de sus manos, rodeando con los dedos la empuñadura que tan bien conozco.

—Luke se coló en el hospital cuando tú aún estabas inconsciente.

Me pidió que te la entregara. Sé que debería habértela dado nada más despertar, pero…

—Sorbe por la nariz—. Estabas tan frágil.

Acababa de rescatarte de las garras de la muerte y todo el mundo pensaba que él era el malo.

Yo no sabía qué pensar. Pero te mereces saber la verdad, sea cual sea. No la he leído.

Señala el arma con la cabeza. En la empuñadura hay un trozo de papel atado con algo que parece un cordón de zapato. Cuando lo desato, descubro que una letra pulcra y elegante recubre el interior de la hoja. Es una carta.

Querida Brie:

¿Por dónde empezar? ¿Tengo que volver a disculparme por haber inventado medias verdades y completas mentiras sobre mí a lo largo de esta última semana?

¿Tengo que suplicarte perdón hasta que se me acabe la tinta?

¿Tiro la carta a la basura y me arriesgo a aparecer cuando te despiertes para poder darte un último beso antes de marcharme?

Lo haría, pero entonces es posible que no consiguiera volver a marcharme nunca.

Me arrepiento de muchas cosas, aunque desde luego no de haber hecho un pacto con mi hermano para poder volver.

Pero es mi pacto, no el tuyo. Por mucho que quiera que sigamos juntos, no voy a atarte a un destino que no te mereces.

Ya se lo hice a mi madre, a mi hermano y a mí mismo. No pienso hacértelo a ti también.

Quiero que te quedes con la daga. Si alguna vez necesitas encontrarme, ya sabes cómo hacerlo. Pero es mejor que no lo hagas.

Eres una mujer increíble, preciosa y valiente. No lo olvides. Yo, desde luego, no lo haré.

Gracias por ser mi cómplice y la mejor compañera de rescate que podría desear (o, para ser sincero, no desear). Te debo la vida y mi humanidad.

Y, sobre todo, gracias por arreglar el puto fax. Ambos mundos están en deuda contigo. Los dos.

Te quiero hasta el infierno y de vuelta,

Luke

P. D.: También lamento haber subestimado el arco y la flecha. Reconozco mi error con humildad.

Al llegar a la última línea, se me escapa una risa ahogada. Dejo la carta sobre mi regazo y me seco los ojos.

—¿Quieres que finja que no he estado leyendo por encima de tu hombro? —pregunta Krystal en voz baja, interrumpiendo mis sollozos.

—La verdad es que me sorprende que hayas aguantado tanto tiempo.

Sacudo la cabeza mientras rompo a reír de nuevo y, con la risa, se me escapan unas cuantas lágrimas más.

Krystal quizá pensó que me enfadaría con ella por habérmelo ocultado hasta ahora, haciéndome creer que Luke se había marchado sin despedirse.

Pero después de haber estado a punto de perderla, me da bastante igual.

Solo intentaba protegerme, igual que yo intentaba protegerla a ella.

Exhala con alivio, esbozando una sonrisa.

—La verdad es que me ha costado.

La abrazo.

—Gracias por haberme entregado esto. Es solo que… lo echo mucho de menos.

Luke. Mi hombre imposible de no extrañar. Me pregunto si él también me echará de menos.

Krystal me devuelve el abrazo, apretándome con tanta fuerza que casi me duele. Pero es un dolor agradable. Uno que de buena gana volvería a sentir una y otra vez.

—¡Quiero detalles! —exclama Krystal dando saltitos excitados en cuanto nos separamos—. ¿Os disteis el típico beso apasionado de después? ¿Te apartó el pelo de los ojos? ¿Y por qué llevabas un vestido de fiesta? ¿Significa eso que era tu acompañante? —Se queda sin aire—. ¿Lo viste con esmoquin?

Finjo pensar.

—Mmm, sí, sí, nos colamos en un baile de máscaras, sí y sí. Y, antes de que lo preguntes, sí, está guapísimo con esmoquin. Y, ah, otra cosa, aunque puede que sea más información de la necesaria.

—Estamos unidas por el trauma. Estoy bastante segura de que toda información es necesaria. Escúpelo.

Con las manos ahuecadas en torno a mi boca, le susurro al oído:

—Me metió los dedos sobre la encimera del baño de la casa de su infancia y luego nos acostamos.

Se queda boquiabierta.

—Brie, si me estás mintiendo, te juro que…

—No te miento —le aseguro entre risas. Me arden las mejillas, pero esta vez por buenos motivos—. A mí también me cuesta creerlo.

—¿Y dónde está ahora? ¿Por qué no está aquí, haciéndote cochinadas en mi cama de invitados?

—¡Chsss! —chillo, echando un vistazo hacia la casa donde sus hijos y sus suegros están comiendo tarta.

Por suerte, las ventanas están cerradas para protegerlos del frío de finales de otoño—.

Ya has leído la carta. No podía quedarse.

Aparte de todo eso de que lo buscan por secuestro, tiene que ir a algunos…

sitios. Formaba parte del pacto para que pudiéramos volver a casa con vida. Y se toma los pactos muy en serio.

—¿Qué clase de pacto es ese? ¿Y también tiene un hermano? ¿Está en el crimen organizado? ¿La mafia? ¿Un cártel de la droga?

—¡No! No, nada de eso … —Quizá algo mucho peor—. Pero, en cualquier caso, está claro que no quiere que me una a él.

Krystal arruga la nariz como si oliera algo desagradable.

—Típico de los hombres. Está intentando protegerte y cree que te mereces algo mejor.

Y no me malinterpretes, para mí nadie será nunca digno de ti, pero entre vosotros dos había algo especial.

Lo tenía claro antes de que me envenenaran, lo tenía claro estando envenenada y lo sigo teniendo claro ahora.

No puedes dejar pasar algo así. Y… ¿qué es lo que quiere Brie?

¿Que qué quiero yo? Desde luego, no quiero volver a ser una recepcionista dócil que se pasa el lunes cambiando garrafas de agua en Curated Care. Bueno, en ninguna parte.

Durante el resto de la tarde y de la noche le doy vueltas al tema mientras como tarta acurrucada entre Aurelia y Kassidy en el sofá y les leo un cuento antes de dormir, y más tarde tumbada en la cama de invitados mirando al techo.

Krystal tiene razón. No soy feliz. No me había dado cuenta, porque hace más de un año que no lo soy.

Pero con Luke hubo momentos en los que todo eso parecía desaparecer. Aunque hay cientos de cosas que me enfadan de él, prefiero mil veces enfadarme con él. Y puede que ahora necesite ayuda. Estaba seguro de que no la necesitaba en el infierno, pero le demostré que se equivocaba.

Cuando me levanto, todavía no ha amanecido.

La mayoría de las cosas que me traje de mi piso siguen en la maleta.

Me pongo las zapatillas y las gafas de repuesto.

Lo último que hago es sacar la carta y la daga de debajo de la almohada y, con mucho cuidado, enfundo la hoja del arma en el bolsillo de mi chaqueta vaquera, que Krystal me ha lavado y devuelto.

Cuando tengo la mano en el pomo de la puerta principal para salir, me doy cuenta de que hay alguien sentado en la cocina. Mis ojos se acostumbran a la tenue luz que emana del fogón y distingo el gorro de dormir de satén naranja de Krystal.

—No pensarías que podrías marcharte sin despedirte, ¿verdad?

—Tenía pensado llamarte por la mañana. Se me dan fatal las despedidas.

—Sé que te tienes que ir.

Se levanta y me rodea los hombros con los brazos.