Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 35
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Capítulo 35

—¡P reparaos para lo más terrorífico que hayáis visto nunca!

La risita aguda de Aurelia resuena en el aire de la tarde mientras sale dando grandes zancadas de detrás del cobertizo situado en la esquina trasera del jardín de Amelia y Krystal, vestida con lo que se supone que es un disfraz de pavo.

Siguiendo sus pasos, su hermana pequeña, Kassidy, va recogiendo las plumas sueltas que caen revoloteando sobre la hierba.

—¿A que da miedo? —me pregunta Aurelia—. ¡Acabamos de comerme !

—Es absolutamente aterrador —asiento desde donde estoy sentada, en el escalón más alto de la terraza, saboreando la taza de té que me ha dado Amelia.

—¡Aurelia! —exclama Amelia—. Quítatelo. Tenemos que devolverlo al colegio el lunes en perfecto estado y ya está casi destrozado.

—Tampoco pasaría nada si lo rompe. —Krystal se une a nosotras en la terraza mientras Aurelia grazna en señal de protesta—. El musical ha estado muy bien, pero al vestuario le vendría bien una renovación.

Amelia pone los ojos en blanco cariñosamente, pero es imposible no percibir el miedo que se esconde en lo más profundo de su mirada.

La realidad es que todo esto (comer pavo y relleno, apretujados alrededor de la mesa) estuvo a punto de no suceder.

Le coge la mano a Krystal, algo que he notado que ha hecho con cierta frecuencia en los tres días que han pasado desde que volvimos a Tarrentown con Poppi y Yasmine, tras recibir el alta.

Las dos se están recuperando bastante deprisa.

Yo no tanto.

— Puede que no te hayan envenenado como al resto de nosotras, pero te dieron una buena paliza —me explicó Krystal cuando me desperté en el hospital hace una semana.

Estaba a mi lado, a pesar de que tanto a ella como a Poppi y a Yasmine ya les habían dado el alta en el hospital al que las habían llevado después de que las encontraran inconscientes en el muelle de Santa Mónica—.

Conmoción cerebral grave y algunas costillas magulladas.

¿Una herida horrible en el costado que creen que podría ser de un oso o un puma?

Es como si te hubiera atacado un animal salvaje.

Tienes suficientes puntos como para hacerte un jersey.

¿Y quieres saber qué es lo más jodido de todo?

La verdad es que no, pero pensaba que jamás volvería a oír una palabra más de su boca, así que decidí aferrarme a cada una de ellas.

— ¿Qué?

— Que te encontraron con un vestido. Con uno de esos de fiesta. De punta en blanco, como si fueras a la Met Gala o algo por el estilo.

En ese momento me sentí agradecida por estar viva. Por haber vuelto al supramundo. Mi mundo.

Me sentí menos agradecida cuando recordé a qué precio.

Luke había hecho un pacto con el diablo para salvarme. Me llevó al hospital justo a tiempo para que los médicos me cosieran las heridas. Puso a Krystal y a Amelia como mis contactos de emergencia para que no estuviera sola al despertarme.

Y luego desapareció.

—No quiero quitármelo.

Aurelia sube los escalones dando pisotones y haciendo pucheros. Kassidy ya se ha cansado de recoger plumas y anda arrancando hierba a puñados.

—No puedes comerte el postre con eso puesto —la avisa Amelia.

En cuanto se menciona el postre, a Aurelia se le iluminan los ojos. En menos de lo que canta un gallo, su madre ya tiene el disfraz en la mano.

—¡Hora del postre! —anuncia Aurelia mientras entra corriendo.

Krystal coge a Kassidy en brazos, la abraza con fuerza antes de darle un beso en la mejilla y se la entrega a Amelia.

—¿Venís adentro? —nos pregunta Amelia.

—Ahora vamos. Empezad sin nosotras, cariño —le dice Krystal.

Amelia esboza una suave sonrisa antes de cerrar la puerta. Krystal se sienta a mi lado en el escalón.

—No tienes que beberte eso —me dice señalando con la cabeza la taza que tengo en la mano—. Sé que no te gusta nada el té.

Me echo a reír. O eso intento. Estos últimos días no han sido nada fáciles. Es como si la maquinaria de mi pecho que se encarga de producir el sonido estuviera estropeada.

—Gracias. No solo por el agua con hierbajos, sino por dejar que me quede y permitirme pasar el día de Acción de Gracias con vosotras. He pasado un día realmente maravilloso.

Krystal me da un codazo en el hombro.

—Faltaría más. Puedes quedarte cuanto necesites. Tómate tu tiempo para buscar piso nuevo.

He ido una vez a mi apartamento a por más ropa, lentillas y mis gafas de repuesto.

Aunque Beliar ya no esté, volver allí me pone los pelos de punta.

Tras semanas insistiendo, la empresa de alquiler no ha sido capaz ni de colocar una mosquitera, pero como casi me dieron por muerta, me van a permitir rescindir el contrato unos meses antes de lo previsto. Son unos auténticos santos.

—Si no te apetece volver al trabajo el lunes conmigo, tampoco pasa nada. Ahora que Ted va a ocupar el puesto de Luke, estoy segura de que las cosas van a ser un absoluto desastre en un futuro próximo.

—Va a ser interesante, sí —digo, pero solo oír el nombre de Luke me desestabiliza.

Desde que me desperté en el hospital, he intentado hacer cualquier cosa, lo que fuera, para no pensar en él. Cuando se me curen los puntos y desaparezcan los moratones, no quedará ningún rastro de que lo ocurrido en las últimas dos semanas haya sido real.

Dormir me ha ayudado, aunque siempre me despierto empapada en sudor frío mientras los últimos retazos de una pesadilla llegan a su fin.

También he recuperado el apetito. Entre mi hambre voraz y la lentitud de mi recuperación, me ha quedado bien claro que no he acabado adquiriendo de forma permanente ciertos rasgos demoniacos.

—¿Qué tal ha ido? —pregunta Krystal señalando con la cabeza mi teléfono—. ¿Te ha respondido?

—Ha respondido al primer tono. —Me trago el nudo que se me hizo en la garganta hace treinta minutos, cuando salí fuera decidida al fin a llamar a mi ex.

Cuando Krystal me devolvió el móvil, tenía una docena de mensajes de texto y de voz sin leer de él, después de que nuestra desaparición y posterior reaparición se hubieran convertido en noticia a nivel nacional—.

Ha ido bien. Me he disculpado por… dejarlo como lo hice.

Él solo quería pasar página y asegurarse de que yo estaba bien.

Ha conocido a alguien y me alegro por él.

No consigo evitar que el tono de mi voz denote cierta amargura, aunque no esté justificada. En cuanto a exnovios se refiere, el mío podría ser mucho peor.

—Estoy muy orgullosa de ti —me confiesa Krystal—. Excepto por la mentira.

—¿Qué mentira?

—No estás bien. —Krystal me dedica una sonrisita triste—. Tienes un tic, ¿lo sabías?

—¿Un tic?

—Cuando mientes. Le das vueltas al anillo que llevas en el dedo.

Miro el anillo que me regalaron mis padres. Los últimos rayos de sol hacen que la amatista púrpura que lleva engarzada brille.

—No… no me había dado cuenta de que tengo un tic.

Me pregunto si se dará cuenta de que le estoy ocultando algo más. En el hospital, me preguntó si me acordaba de algo.

«De todo», me habría gustado decir mientras los recuerdos me abrumaban.

— ¿Y tú te acuerdas de algo? —le pregunté.

Krystal frunció el ceño, con la mirada perdida.

—No de mucho. Recuerdo que me detuve a un lado de la carretera para preguntarle a un hombre que estaba tumbado en la hierba si se encontraba bien. Y, después, solo destellos. O más bien… sensaciones. Miedo y desesperanza, sobre todo. Creen que nos secuestraron.

—¿A quiénes?

—A ti, a mí, a Poppi y a una mujer llamada Yasmine. Madeline también desapareció más o menos al mismo tiempo que nosotras. No creíamos que ninguna de vosotras dos fuera a aparecer, pero tú lo has hecho, así que quizá ella también lo haga.

Se me encogió el corazón al recordar a Madeline atravesada por una flecha. Quería contar la verdad para que su familia pudiera pasar página, pero no sabía cómo hacerlo.

—¿Estás bien?

—Claro que sí, cielo. —Krystal sonrió. Entonces, como si se tomara un segundo para pensarlo mejor, suspiró—.

No, en realidad estoy fatal. Fueron a por nosotras, Brie.

Este es justo el tipo de cosas sobre las que Netflix hace documentales.

Resulta jodidamente aterrador. Pero estamos vivas.

Somos dos tías duras, eso es lo que somos.

—Las más duras.

De vuelta al presente, me levanto del escalón.

—Ya sé que dije hace veinte minutos que estaba llena, pero eso fue hace veinte minutos, y ya se sabe que siempre queda sitio para el postre.

Antes de que pueda entrar, Krystal me agarra de la muñeca.

—Espera. No he sido del todo sincera contigo.

Me vuelvo a sentar. La última vez que alguien no fue del todo sincero conmigo, descubrí que su hermano era el diablo y que él, en un determinado momento, también lo fue. Ni que decir tiene que me pongo algo tensa.

Pero es Krystal, no Luke. Está aquí conmigo, vestida con un jersey grueso color caramelo y unos pantalones acampanados de pana verde oliva; su pelo rizado ha recuperado su brillo tras el estado enmarañado en el que lo tenía cuando la encontré en la fortaleza de Beliar.

Sea lo que sea lo que me haya estado ocultando no puede ser peor que lo que yo le estoy ocultando a ella.

—¿En qué?

Krystal contempla su patio trasero: el cobertizo, el parque infantil y el bosque que se extiende más allá.

—En el hospital, cuando te despertaste, me preguntaste si me acordaba de algo y te dije que no. Pero te mentí. No recuerdo gran cosa, pero sí te recuerdo a ti. —Las lágrimas iluminan sus ojos—. No eras como el resto de nosotras. Tú nos salvaste. Y Luke estaba contigo, ¿verdad?

Se me vuelve a hacer un nudo en la garganta.

—Sí, estaba.

—Me lo imaginaba. Recuerdo que Poppi te preguntó si él era Jesús, y también lo que me dijiste en el monovolumen, que no había sido más que una pesadilla.

—Inspira hondo—. Sé que lo dijiste para protegerme.

Y voy a dejar que siga siendo así, porque no necesito los detalles sobre dónde estuvimos ni qué pasó.

Solo quiero que sepas lo agradecida que estoy de que Luke y tú nos hayáis traído de vuelta a casa.