Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 34 #2
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Capítulo 34 #2

—Tenemos que intentarlo. No nos queda tiempo y…

—Se me hace un nudo en la garganta al pensar en la realidad que nos espera.

No tenemos escapatoria. Un muro de seres del infierno se interpone entre nosotros y la esperanza de escapar de aquí.

Y quién sabe si conseguiríamos salir de la Sede Central del Infierno sin que nos pillaran.

Me duele mucho la cabeza y me arde el costado—.

Ambos sabemos cómo va a acabar esto. Mejor irnos a lo grande.

La emoción se refleja en el rostro magullado de Luke al darse cuenta de la verdadera gravedad de nuestra situación. Decepción, pena, miedo. Cierra los ojos y, cuando los vuelve a abrir, se le ve un brillo en la mirada.

—Lo siento —logra decir con voz entrecortada—. No debería haber acabado así. Al menos no para ti.

Sus manos me acarician las mejillas y yo me aferro a ellas, pero solo durante un instante, antes de volver a centrar mi atención en el maldito fax.

—¿Dónde está el enchufe?

Luke se pone a cuatro patas para arrastrarse por debajo de la última balda de la estantería metálica. Solo puedo verle la parte inferior del cuerpo cuando dice:

—Lo tengo. ¿Preparada?

—Desenchúfalo —le ordeno.

La luz de la máquina se apaga y el mundo parece quedarse en silencio. Los golpes al otro lado de la puerta cesan, e incluso la música que se oía a lo lejos, procedente de la fiesta de arriba, ha dejado de sonar. El latido frenético de mi corazón es el único sonido que retumba en mis oídos.

Cuento en voz alta treinta segundos que se me hacen eternos.

Con cada número, me voy dando cuenta de que quizá no vaya a funcionar.

Que puede que en ese preciso instante haya monstruos cruzando al supramundo.

Que, a pesar de todo por lo que hemos pasado, esta noche podría acabar en un absoluto fracaso.

—Vuelve a enchufarlo —digo una vez transcurrido el medio minuto.

Luke lo hace y sale rápidamente a gatas de debajo del estante. Al principio, no pasa nada. Mi dedo se queda suspendido sobre el botón de encendido del fax antes de que finalmente lo pulse.

El aparato emite un zumbido. La luz parpadea una, dos, tres veces. Rojo.

Y luego se pone verde y se queda fija.

—Eso ha sido… —Busco las palabras adecuadas, aunque nada logra expresar el enorme alivio que siento al ver la luz verde—. Un tanto decepcionante, de hecho.

Luke no está del todo de acuerdo.

—Lo hemos conseguido. —Su voz denota un gran asombro. Se pone de pie, estira los hombros y mira a su alrededor—. Puedo sentirlo. Ha vuelto. Lo has conseguido.

No siento nada más que un intenso deseo de tumbarme y no volver a levantarme nunca más, pero aun así le dirijo una sonrisa.

—Menos mal que al final me trajiste, ¿eh?

—Menos mal.

Se ríe y me envuelve en un abrazo tan fuerte que me levanta del suelo. Me habría parecido un gesto de lo más romántico si no fuera porque siento como si me estuviera clavando un cuchillo entre las costillas.

—¿Qué te pasa? —me pregunta, bajándome al suelo en cuanto se me escapa de los labios un grito de dolor involuntario—. ¿Estás herida?

—El costado.

Por fin dejo que mis dedos exploren con cuidado el lugar que más me duele y respiro hondo.

El sabueso no solo me ha desgarrado el vestido, sino que también me ha destrozado la carne.

Cuatro profundas heridas me atraviesan la caja torácica izquierda, tan profundas que de ellas no deja de brotar la sangre.

Solo ahora me doy cuenta de que toda la mitad izquierda de mi vestido está empapada y que el rojo óxido se confunde con la tela morada oscura.

—Brie…

Me faltó poco para ser médica. Sé que esto no pinta bien. Pero oír cómo Luke pronuncia mi nombre, con una mezcla de horror y angustia, es lo que acaba de convencerme.

Eso y notar que empiezo a perder el conocimiento.

No es que yo decida tirarme al suelo. En un instante estoy de pie, y al siguiente la mitad de mi cuerpo está sobre la áspera moqueta y la otra mitad en los brazos de Luke, que ha conseguido agarrarme justo antes de que me cayera.

—No pasa nada —le digo, sintiendo una extraña necesidad de consolarlo, aunque sea yo quien se está desangrando en un armario lleno de material de oficina, sin duda alguna uno de los peores sitios donde acabar—. Estaré bien. Estoy bien.

—Te llevaré a casa. —Me abraza con fuerza y mira con desesperación a su alrededor, como si esperara que en cualquier momento apareciera una ambulancia, pero, al ver que no llega, vuelve a centrarse en mí—. Tú solo aguanta. Tienes que volver a casa. Por Krystal, ¿recuerdas?

—Y por Debra —intento bromear, aunque me sale como un jadeo—. ¿Quién más le va a dar la lata con el informe de la semana que viene?

—Exacto. Eres única. —Como si se diera cuenta de lo que acaba de decir, me abraza con más fuerza. Duele, pero quizá sea lo que me mantiene viva—. Eres única, Brie Benson.

De pronto, se oye una explosión tan fuerte que me zumban los oídos. Luke se acurruca sobre mí, protegiendo mi maltrecho cuerpo con el suyo. El humo se me mete por la nariz y nubla mis pensamientos, ya de por sí confusos.

—Lo has conseguido.

La voz me resulta familiar, pero no es la de Luke.

La conciencia es algo escurridizo que se me escapa entre los dedos cada vez que creo haberla alcanzado.

No sé cuánto tiempo he estado inconsciente, ni siquiera si he llegado a perder el conocimiento.

No sé cuánto tiempo aguantaré sin volver a desmayarme.

No sé si, llegado el caso, volvería a despertarme.

—No, no, no .

—Has conseguido lo que querías. Lo has arreglado.

—Me da igual. ¡Mírala! Se está muriendo.

Se oyen pasos que se acercan. Quiero abrir los ojos. Ni siquiera recuerdo haberlos cerrado, pero los párpados me pesan demasiado. Todo en mí pesa demasiado.

—Sí, bueno, tú mataste a mi asistente, así que digamos que estamos en paz. La verdad es que tampoco es que me importara demasiado, y, ahora que has evitado el inminente Juicio arreglando el velo, quién sabe cuándo se producirá el próximo.

—No es lo mismo —le responde Luke con dureza mientras me abraza contra su pecho—. Ella es mortal. No habrá Juicio ni resurrección para ella. Si muere, estará muerta.

Quizá ya lo esté, aunque dudo que la muerte duela tanto.

—Parece que es algo personal para ti.

—Sálvala.

Luke no parece ninguno de los Lukes que conozco. Su voz suena como una puñalada autoritaria sedienta de sangre. En algún rincón recóndito de mi ser me pregunto si sonaría así cuando era el diablo. Cruel y exigente.

—Los dos sabemos que no me dedico a la salvación.

—Pero puedes hacerlo. Yo podía, así que tú también puedes. Por favor, Dante. Mándanos de vuelta. Deja que la lleve a un hospital. Se le está acabando el tiempo.

—¿Mandaros de vuelta? Y después, ¿qué? Todo el mundo te ha visto aquí esta noche. ¿Qué les digo a los perros? ¿Al resto de los diablos? ¿Que he sido misericordioso? La misericordia es lo que lo jodió todo desde el principio. Debería haberte matado en lugar de enviarte al supramundo.

—Pues hagamos un pacto —le propone Luke—.

Jamás cuestionarán un pacto. Una vez conté una pequeña mentira: que me habían enviado al supramundo para cazar a los monstruos que se habían escapado del inframundo.

Hagámosla realidad. Perdónanos y mándanos al supramundo, y yo me encargaré de que todos tus súbditos que se hayan escapado sean devueltos. Seré tu cazador.

—Se dice que han sido cientos. ¿Estás dispuesto a consagrar tu vida a buscarlos? ¿A servirme?

—Sí —responde sin dudarlo un segundo, al tiempo que noto que se me escapa la conciencia—. ¿Tenemos trato?