Capítulo 34
—N o te alejes de mí —me ordena Luke mientras levanta su daga—. No hace falta matarlos a todos. Solo tenemos que cruzar la puerta. ¿Puedes correr?
Muevo los dedos de los pies descalzos y utilizo la mano con la que no sujeto la daga para subirme el vestido.
—Puedo intentarlo.
No sé quién da el primer paso, pero de repente estamos corriendo a toda velocidad y los seres del infierno entran en acción.
Apenas hemos recorrido un cuarto del pasillo cuando el primero se interpone en nuestro camino, un ser de aspecto feroz, con ojos plateados y pelaje oscuro enmarañado que sobresale por los bordes de un chaleco de esmoquin.
Luke lo atraviesa con la daga sin dudarlo un instante y luego aprovecha la nube de humo resultante en nuestro beneficio.
Seguimos adelante, apuñalando a los seres del infierno que nos salen al paso.
Hay dos cosas que juegan a nuestro favor: que las columnas de humo nos sirven de cobertura para esquivar y zigzaguear, de modo que los demonios no consiguen alcanzarnos y acaban golpeándose entre ellos, y que somos nosotros quienes tenemos las armas.
Al menos, armas de verdad y no apéndices aterradores, que para mí siguen contando como tales, pero que claramente no le preocupan a Luke.
Mientras mi daga se limita a desviar los ataques que podrían destriparme, él asesta estocadas certeras que buscan matar.
Nuestro pequeño baile de defensa y ataque funciona, y nos permite abrirnos paso a golpes por el pasillo.
Pero cuando solo quedan unos pocos cubículos, se nos acaba la suerte. El muro de seres del infierno es tan grueso que bloquea el resto del pasillo.
—Tenemos que hacer que se dispersen —le digo a Luke entre jadeos.
Mi daga se clava en un ser de ojos negros y le provoca una herida lo bastante profunda como para enviarlo al más allá. Puede que no me acerque ni de lejos al número de víctimas de Luke, pero me defiendo bien.
—Estoy en ello —gruñe Luke, dando tajos con su daga como si estuviera blandiendo un machete en el Amazonas.
—Tenemos que separarnos.
Mi propia sugerencia me sorprende tanto como a él. Antes de que pueda rebatirlo, continúo.
—Nos dispersamos hacia los lados para alejar a los monstruos, luego regresamos a toda velocidad hacia el centro y nos reunimos en la puerta.
Eso es todo lo que le digo antes de hacer un giro brusco hacia la derecha.
Oigo pasos detrás de mí, pero vuelvo a girar, utilizando las mesas como si fueran mi propio laberinto.
Al otro lado, Luke imita mi estrategia. No avanzamos al mismo ritmo que cuando íbamos por el pasillo central, pero mi plan está funcionando.
Hasta que, por accidente, me meto en un cubículo.
Callejón sin salida. Me doy la vuelta, pero la entrada ya está bloqueada por un perro del infierno que lleva una máscara con orejas doradas. ¿Zekiel? ¿Badulf? Me da igual. ¡Que les den a los dos! Solo quiero salir de aquí.
Me subo a una silla con ruedas y aprovecho el impulso para girar hacia el escritorio.
Una mano con garras intenta alcanzarme, pero me subo a la mesa y evito el ataque por los pelos.
Cuando mis magullados pies desnudos pasan por encima del teclado del ordenador, tengo la sensación de estar pisando piezas de Lego.
Se me escapa un grito cuando se me clavan las teclas.
Considero al teclado de Lego como el único culpable de no ser capaz de esquivar el segundo ataque.
Un dolor abrasador me recorre el costado izquierdo mientras unas garras me destrozan el vestido.
Tropiezo con el borde de la pared del cubículo y me caigo al suelo.
No es nada comparado con mi caída desde la galería, así que me levanto de un salto justo a tiempo para clavar mi daga en el pecho desmesuradamente peludo de Badulf/Zekiel.
—¡Brie!
Luke ya casi ha llegado a la puerta. Me subo el vestido y echo a correr, perseguida por otro ser del infierno que intenta alcanzarme.
Mientras me abro paso entre los cubículos que aún se interponen entre la libertad y yo, Luke llega a la puerta y se saca una tarjeta magnética del bolsillo.
Lo más probable es que se la quitara a Dante durante la pelea.
La acerca al lector que hay junto a la puerta y la luz cambia de rojo a verde.
La abre justo a tiempo para que yo me lance al otro lado. Me catapulto dentro y termino estampada contra una alta estantería metálica que hay al fondo de la habitación. Una sensación de quemazón me atraviesa todo el cuerpo mientras intento recuperar el aliento.
Luke cierra la puerta de un portazo en las narices de la horda de monstruos que se abalanza sobre nosotros. Coge una fregona y la mete a través de las manijas para bloquearla.
Espera… ¿Una fregona?
—¿De verdad estamos…? —Me giro en el pequeño espacio en el que apenas cabemos y donde, al parecer, hay suficiente material de limpieza, impresoras viejas y resmas de papel como para volver loca a cualquier recepcionista con personalidad obsesiva tipo A.
Una sola bombilla ilumina el lugar—. ¿En el armario de suministros?
—Sí.
Luke se acerca a la estantería contra la que sigo jadeando y empieza a tirar cosas al suelo sin miramientos.
—¿Qué buscas?
—El velo —gruñe Luke, lanzando por encima de su hombro un montón de sobres de papel manila—. Me voy ocho meses y este lugar se convierte en una pocilga. ¿Quién podría encontrar algo aquí?
Hay una pregunta que debería haber hecho antes.
—Luke. —Cada respiración me quema—. Dijiste que el velo es como la capa de ozono. ¿Cómo se supone que vamos a repararlo?
Deja escapar un suspiro de alivio cuando, de entre la montaña de cachivaches, saca a mi némesis.
—No tenemos que hacerlo. Lo que necesitamos arreglar es el mecanismo que alimenta la parte del velo correspondiente a nuestra filial. Esto .
A ver, sí, lo he oído, pero no lo puede estar diciendo en serio, porque…
—¡Pero si es el puto fax!
Me fulmina con la mirada.
—También es una de las herramientas más poderosas que tenemos en el inframundo; es una representación física del velo y nuestra única forma de comunicarnos con el supramundo. Si conseguimos arreglarlo, el tejido del velo quedará restaurado. Pero puede resultar un poco… delicado.
Una nueva revelación se me clava entre los ojos.
—Oh, Dios mío. Me has permitido venir contigo porque esto es lo mío. ¡Porque soy la puta encargada de arreglar el fax! Me has traído aquí para que me ocupe del mantenimiento. ¡No eres mejor que Ted!
—Eso ha sido un golpe bajo y lo sabes —me dice, lo cual me hace sentir un poco culpable—.
¿Que si se me pasó por la cabeza? Sí. Pero, para que conste, yo era el que arreglaba el puto fax antes de saber que existías.
Además, cuando te dije que te fueras con las demás, lo decía en serio.
Para que volvieras a casa y estuvieras a salvo y…
Un fuerte golpe en la puerta desvía nuestra atención.
—Están intentando echarla abajo —comprendo, horrorizada.
Luke vuelve a fijar la mirada en la máquina de color yema de huevo que parece sacada directamente de los años ochenta.
No se diferencia mucho del fax de la oficina de Curated Care, aunque probablemente no esté pringado con los polvos de Cheetos de mi tentempié de media tarde. Solo tiene una luz roja que parpadea.
—¿Sabes qué le pasa? ¿Está atascado?
Le doy un golpecito mientras Luke pulsa una serie de botones.
—Es algo más metafísico que eso —me explica sin dejar de probar una serie tras otra de combinaciones numéricas—.
Dado que Dante y yo hemos alterado el orden natural del infierno y se ha rasgado el velo, más bien hay que verlo como si se hubiera caído el wifi porque un árbol ha tirado un cable eléctrico.
El auténtico velo es el wifi, yo era el árbol y esto es el cable eléctrico.
Si arreglamos el cable eléctrico, restablecemos el wifi.
Me sobresalto al oír un nuevo golpe al otro lado de la puerta. El movimiento espasmódico hace que el dolor del costado me resulte insoportable. Me apoyo en la estantería, con las rodillas a punto de ceder.
—¿Qué puedo hacer? —pregunto, intentando concentrarme en cualquier cosa menos en mis heridas.
Una rendija de luz procedente de la oficina atraviesa la gruesa madera de la puerta. Solo nos quedan unos minutos antes de que la echen abajo.
Luke deja escapar un suspiro de frustración y se pasa la mano de nudillos ensangrentados por el pelo.
—No lo sé. Nada de lo que solía hacer parece funcionar. Nunca había estado tan mal. No tengo ni idea.
Aprieto los ojos con fuerza en un intento por contener la presión de las lágrimas que se empiezan a acumular.
—No puede ser, después de todo lo que hemos pasado para llegar hasta aquí… Tiene que haber una forma de arreglarlo.
—¿Cómo arreglaste el de la oficina?
La pregunta de Luke me hace abrir los ojos de golpe. Me aparto de la estantería para poder erguirme bien y me coloco justo debajo de la bombilla para mirarlo directamente a los ojos.
—Lo desenchufé y lo volví a enchufar.
Luke parpadea despacio.
—¿Lo… desenchufaste y lo volviste a enchufar? ¿Esa es la solución mágica que a nadie más se le había ocurrido? Te he visto trasteándolo durante más de una hora.
Me encojo de hombros, pero incluso eso me duele.
—En los días tranquilos, necesito encontrar formas de parecer ocupada. Desenchufar siempre es mi último recurso.
A Luke se le escapa una carcajada absurda.
—Genial. Vale. Bien. No podemos desconectarlo porque eso haría que todo el velo se cayera, lo cual sería un desastre, y…
—¿Por qué no? —replico mientras una idea empieza a tomar forma—.
El Juicio se acerca y, si Dante tiene razón, podría bastar para rasgar el velo por completo.
¿Qué tenemos que perder? Si lo apagamos un segundo, quizá se reinicie todo y vuelva a funcionar correctamente cuando lo volvamos a enchufar. Podría funcionar.
Luke asiente para indicar que lo ha entendido.
—Como un reseteo de fábrica.
Señalo con el pulgar por encima de mi hombro hacia nuestra defensa protectora, que se desmorona a toda velocidad.