Capítulo 33
—¿Q ue qué pasa contigo? —repite Dante, como si realmente estuviera sopesando mi pregunta—. La habitante del supramundo que se ha estado paseando por todo el inframundo. ¿Qué te ha parecido el infierno? Hospitalario, espero.
Sé que se está burlando de mí, pero las palabras de Shonda en el Mercado Nocturno resuenan en mis oídos: «Eres muy deslenguada. Al diablo le encantará tu descaro».
No es que tenga mucho más; solo me queda la mordacidad.
Tengo que concentrarme al máximo para que la habitación no dé vueltas e ignorar el latido de mi cabeza y el dolor en el costado. Me tiembla la mano y la punta de la daga se acerca tanto a la piel de Dante que le hago un arañazo.
A pesar de todo, sonríe.
—Siento que te haya decepcionado. Transmitiré tus quejas.
—¿A quién? Creía que tú eras el jefe.
Su sonrisa se hace más amplia, lo que me permite ver que tiene el mismo hoyuelo que Luke.
—Y lo soy, ¿no es así?
Mi cuerpo tembloroso, sostenido a duras penas por el resentimiento y por un vestido rasgado, no puede hacer frente a la maniobra que Dante lleva a cabo.
Con un rápido barrido de pierna, me hace perder el equilibrio y, apoyándose en la mesa, se impulsa para apartarse de mi daga.
La falda se me enreda en los tobillos cuando me empuja con el hombro tan fuerte que salgo lanzada hacia atrás.
Me caigo de espaldas y me golpeo contra el suelo de baldosas.
Se levanta y me mira en toda su gloria infernal.
Cuando lo estampé contra la mesa, se le cayó la corona, pero no la necesita. Tiene el porte del formidable soberano que es.
—¿Qué voy a hacer contigo? —reflexiona, con los ojos completamente sumidos en la penumbra debido a los ventanales que tiene a su espalda.
La punta de su zapato presiona el dobladillo deshilachado del vestido, lo que impide que me pueda mover—.
Tu ejecución está justificada por varios delitos, empezando por el ataque a mi perro.
—Entonces ¿has visto lo que le hice a la nariz de Badulf? La verdad es que debería darme las gracias por eso. Una mejora importante y una rinoplastia gratis.
Dante continúa como si no hubiera dicho nada.
—Te has resistido al arresto. Varias veces.
—A lo mejor el problema es que a tus chuchos se les da fatal arrestar a la gente.
—Le has administrado un veneno de acción casi permanente a uno de mis altos directivos.
Por fin consigo soltar el vestido y retrocedo unos centímetros.
—¿Beliar? ¡Pero si has dicho que querías deshacerte de él! De nada.
Avanza hacia mí, acortando la distancia que nos separa, así que no me queda más remedio que seguir arrastrándome hacia atrás como la presa herida que soy. El brillo de sus ojos delata lo mucho que está disfrutando con todo esto.
—Y has liberado sus almas. Varios cientos, me permito añadir, lo que sin duda afectará a la economía y provocará retrasos en los envíos. Déjame explicártelo en términos que puedas entender: quemar dinero es ilegal.
Mi espalda se topa con una pared. Estoy atrapada.
La uso para poder levantarme y mirar a Dante a los ojos con actitud desafiante.
—Nadie merece que lo reduzcan a simple moneda de cambio.
—Todo es dinero, cariño. Incluso tú.
De repente, mi daga se materializa en su mano (debí de perderla cuando consiguió reducirme con su maniobra) y la acerca para acariciarme la mejilla. Suspira tan cerca que su exhalación me aparta los mechones revueltos de los ojos. El olor a hierbabuena de su aliento es tan intenso como todo en él.
—¿Qué voy a hacer contigo? —murmura mientras utiliza la daga para colocarme un rizo rebelde detrás de la oreja, tal y como había hecho Luke cuando estábamos en la pista de baile.
Tiemblo cuando el borde frío toca mi lóbulo.
Pero eso no es nada comparado con cómo me agito cuando apoya la punta justo sobre mi corazón—. ¿Qué… voy… a… hacer?
Con cada palabra, da golpecitos sobre mi piel desnuda.
—No vas a hacerle nada —gruñe Luke a su espalda.
Mi parloteo lo ha distraído el tiempo suficiente como para que Luke pudiera liberarse de las ataduras. Lo inmoviliza con un abrazo de oso, lo levanta y se gira para lanzarlo contra los ventanales.
Ojalá se rompieran y Dante se precipitara hacia las nubes, pero ni siquiera se resquebrajan.
Por el contrario, se incorpora rápidamente mientras Luke se interpone entre él y yo.
La ira se refleja en el rostro de Dante, en perfecta sincronía con el trueno y el correspondiente relámpago que ilumina el cielo.
Se abalanza sobre su hermano y los dos se enzarzan en una encarnizada lucha.
Pelean como si fueran espejos, lo que deja bastante claro que se han pasado toda la vida entrenándose el uno con el otro.
Dante se anticipa a cada puñetazo que lanza Luke.
Y cada vez que Dante intenta darle una patada, Luke la bloquea.
Rodean el perímetro de la larga mesa de reuniones en un torbellino de estocadas y destellos de sus dagas compañeras, aunque ninguno de los dos logra asestar un golpe definitivo.
Resulta fascinante verlos pelear. En parte porque es evidente que hacen una pareja perfecta, pero también por algo más que me lleva unos instantes de desconcierto y observación darme cuenta: ninguno de los dos va a por todas.
Los peores golpes son con los puños mientras se gritan cosas como «Me has mandado al puto supramundo sin ni siquiera un cepillo de dientes» (Luke) y «No dejaste escrita ni una sola puta contraseña.
¡Que te den!» (Dante). Sé que debería hacer algo, como ayudar a Luke o salir corriendo, pero es un combate tan extraño y fascinante que me limito a agradecer este pequeño momento de tregua para recomponerme.
La pelea termina cuando Dante le asesta una patada que hace que Luke se tambalee y se desplome sobre la mesa. La daga se le resbala y cae al suelo por el borde opuesto.
Me lanzo a por ella.
Luke rueda sobre la mesa y aterriza sobre el montón de sillas, que salen disparadas bajo su peso por culpa de las ruedas. Desde el suelo, le hace una zancadilla a su hermano.
—¡Luke! —grito—. ¡Cógela!
Le lanzo la daga justo cuando se pone en pie de un salto.
El arma gira por el aire describiendo un arco —la muestra de destreza deportiva más impresionante que haya realizado en mi vida— antes de posarse en la palma de Luke como una hogaza colocada a la perfección en la panera.
Su codo golpea a Dante en la boca, arrojando un chorro de sangre sobre la mesa.
Sin darle tiempo a recuperarse, Luke imita mi movimiento: lo agarra del pelo, le echa la cabeza hacia atrás para dejarle el cuello al descubierto y apoya el filo de la daga contra su piel.
El forcejeo se detiene en seco.
—Suéltala —le ordena Luke.
El sonido de la daga de Dante al caer al suelo resuena con carácter definitivo.
—Mátame —se atreve a decir—. Esto solo tiene dos finales posibles para nosotros. Para todos los humanos del infierno. O te matan los monstruos de los que huyes o te conviertes en uno de ellos. Hazlo.
Luke aprieta la mandíbula mientras rechina los dientes.
—Dame un motivo para no hacerlo.
—No puedo.
Dante suelta una carcajada, como si supiera que su destino está sellado.
Un relámpago ilumina la habitación, haciendo brillar las salpicaduras rojas que cubren la mesa, a juego con la sangre que mancha sus dientes. Me sobresalto cuando un trueno retumba en el aire. Luke se queda mirando la sangre de su hermano.
—El tiempo corre —se burla Dante—. Quizá el sacrificio de Beliar haya sido en vano. Si el velo es lo bastante débil, bastará con que el Juicio coincida con la superluna azul de sangre para que se rasgue por completo. ¿Ponemos a prueba la teoría? ¿Esperamos a ver?
—Debería matarte —coincide Luke.
Las pupilas de Dante se contraen, revelando una mayor parte de sus iris verdes, mientras Luke presiona la daga con más fuerza contra su piel. Tiene miedo . Y me preparo para ver cómo le corta el cuello a su hermano.
Pero, en lugar de eso, golpea su cara contra la mesa con tal fuerza que lo deja inconsciente antes de caer al suelo.
—Vámonos —me dice Luke mientras recoge la segunda daga del suelo y me la pone en la palma de la mano—. Aún hay tiempo para reparar el velo.
Miro a Dante allí tirado, y me siento tentada de decirle a Luke que, en las películas, cuando el malo escapa con vida, es algo que casi siempre tiene consecuencias fatales para el protagonista.
Pero, como miembro del club de los hijos únicos, no me siento con derecho a aconsejarle que se deshaga de su único hermano, aunque sea un poco capullo.
Fuera de la sala de reuniones, nos quedamos un momento en lo que sin duda es una zona de recepción, con un ascensor al otro lado.
Hay un escritorio semicircular pegado a la pared con un letrero dorado encima, y, sentada detrás, una chica con un vestido verde de encaje.
Sus dedos vuelan sobre el teclado, como si estuviera terminando unos cuantos correos electrónicos de última hora antes de bajar a la fiesta.
—¡Eh! —grita, levantándose de un salto y echando mano del teléfono fijo que tiene sobre la mesa como si fuera a pedir refuerzos—. ¿Qué estáis…?
Luke le clava la daga en el pecho antes de que pueda terminar la frase. Su boca se abre para soltar un grito ahogado y, durante un instante de pavor, creo que podría ser humana. Pero entonces las sombras la envuelven y desaparece en una nube de humo.
Luke llama al ascensor y, cuando suena el timbre, entramos y pulsa el botón para ir a la planta de abajo del todo.
Toda la cabina es de cristal tintado. Empezamos a bajar y una extraña música de ascensor inunda el ambiente, como si la noche no fuera ya lo bastante horrenda.
—Siempre he querido pulsar el botón de parada de emergencia —le digo para romper el silencio—. Pero nunca tanto como ahora.
Se le escapa una carcajada.
—Mmm, no me tientes.
Me sonrojo ante la idea de que podríamos revivir nuestra mañana en el baño si el destino de los mundos no pendiera de un hilo. Menudo corte de rollo.
—Te perdono —digo sin pensar. Luke gira bruscamente la cabeza hacia mí, pero no soy capaz de mirarle a los ojos—. Por haber mantenido en secreto el hecho de que fuiste el diablo, en pasado. Yo tampoco tengo claro si te lo habría dicho.
La vista se abre ante nosotros a medida que descendemos a través del vestíbulo.
Abajo, la fiesta sigue en pleno apogeo. Nadie ha limpiado el desastre que monté cuando me caí y ahora la gente se contonea sobre la mesa aplastada como si fuera un escenario improvisado, girando bajo el resplandor de la lámpara de serpientes.
—No tienes por qué —dice Luke al fin, aunque su voz rebosa esperanza—. No merezco tu perdón.
Me obligo a mirarlo a los ojos.
—No lo hago por ti. Lo hago por mí. Estoy harta de vivir con remordimientos. Pase lo que pase, sea cual sea el desenlace, no quiero que terminemos mal. Somos un equipo, ¿no? Los equipos se perdonan.
En un segundo estoy a su lado, y al siguiente me está estrechando entre sus brazos.
Su mano me acaricia la nuca dulcemente y yo exhalo un suspiro tembloroso contra la suave piel de su clavícula, disfrutando de la sensación de su tacto.
Mis brazos rodean su cintura y el abrazo me resulta tan reconfortante que casi me convenzo a mí misma de que estamos en cualquier otro lugar menos donde realmente estamos.
Temblamos juntos, aferrándonos el uno al otro con fuerza mientras dejamos atrás el vestíbulo y nos adentramos en las profundidades.
Seguimos abrazados cuando suena el timbre del ascensor y se abren las puertas. Poco a poco y con tristeza, nos separamos.
Su mano se detiene en mi mejilla, y la mirada en sus ojos es tan tierna que me dan ganas de cerrar las puertas y volver a subir a toda velocidad.
—Gracias.
Nos tomamos un instante para observar la sala que tenemos delante. Una única luz fluorescente parpadea, iluminando hileras e hileras de cubículos con sus mesas. Quién lo diría.
—¿El velo está aquí? —le pregunto a Luke.
—No, allí —me responde, señalando al fondo del pasillo.
En el extremo opuesto hay una sencilla puerta de madera.
—Vaaale —digo arrastrando la a—. Pues vamos a arreglarlo.
Salgo del ascensor, pero el brazo de Luke delante de mi pecho me detiene.
—Espera —me advierte.
—¿Por qué?
De los cubículos surgen seres del infierno. Perros, monstruos y demonios. Filas y filas y filas de ellos, todos interponiéndose entre nosotros y el velo.