Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 32
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Capítulo 32

—D ante —masculla Luke.

Mi cerebro, aún aturdido, tarda un segundo en darse cuenta de que ese es el nombre del hermano de Luke. Está claro que su madre tiene sentido del humor.

Quizá me reiría si el terror no me recorriera las venas.

Dante pasa a nuestro lado y se detiene ante los ventanales. Al igual que Luke, ya no lleva chaqueta y ahora solo luce una camisa de vestir negra de seda y un chaleco a juego. Se desabrocha las mangas y se las remanga, algo que he visto hacer a su hermano cientos de veces en la oficina.

—Perdonad por la espera —dice Dante en tono despreocupado, con esa voz suave y seductora que utilizó abajo—.

Como os podréis imaginar, esta noche tenemos bastante ajetreo por aquí.

El eclipse, la luna de sangre, el capullo de mi hermano colándose en mi puta fiesta…

Una combinación encantadora, hasta que deja de serlo.

No puede ser verdad. Él no puede ser verdad. No puedo creer que sea el hermano de Luke, y mucho menos el diablo.

Cuando se quita la máscara (y los cuernos de carnero correspondientes), puedo verle bien la cara por primera vez.

Al igual que Luke, es increíblemente atractivo.

Es alto y delgado, con una mandíbula marcada y un pelo oscuro que le enmarca la cara, haciendo que destaque su piel clara.

Sus ojos son igual de oscuros, realzados por unas pestañas espesas que proyectan sombras como telarañas sobre sus pómulos angulosos.

En su mirada brilla una chispa descontrolada de poder, el único indicio de que no es quien parece ser.

A diferencia de Luke, resulta aterrador. Guapo, etéreo y aterrador .

Camina despacio hacia el otro extremo de la sala y se detiene junto a un escritorio.

Cambia la máscara por la corona que hay sobre él.

Es la misma de los retratos de la planta baja, con bordes negros irregulares que brillan en la penumbra.

Como todo lo que nos rodea, parece estar hecho de cristal, pero yo sé que no lo es. Es obsidiana.

—No tiene por qué ser así. —Luke intenta liberarse de las ataduras con todas sus fuerzas. Yo ni siquiera me molesto. Si él no puede romperlas, mucho menos yo—. Hablemos. Lleguemos a un acuerdo.

La risa de Dante resuena en la cavernosa sala, sin alegría, maniaca. Rodea la mesa como un tiburón y da una patada a la silla del extremo que está a mi derecha y a la izquierda de Luke.

—¿Que hablemos? ¿De verdad es eso lo que quieres? —Se inclina hacia delante para mirar a su hermano a la cara. Luke le aguanta la mirada—. Por una vez en tu vida, ten el valor de ser sincero. Estás aquí para matarme.

Luke resopla con gesto enojado.

—No, no es así. Estoy aquí para reparar el velo. Y, por cierto, ¿por qué no lo has hecho tú? Para un trabajito que tienes que hacer, ¿vas y no lo haces?

«Oh, Dios mío, te pido que no dejes que se me escape ninguna broma sobre hacer trabajitos», rezo por dentro, aunque supongo que Dios no presta demasiada atención a lo que pasa aquí abajo.

Dante echa chispas.

—Lo he intentado. Es una mierda y lo sabes. A ti era a quien se le daba bien arreglarlo. ¿Por qué crees que envié a Beliar a buscarte?

—Para terminar el trabajo que no tuviste el valor de hacer por ti mismo —le replica Luke.

—¿De verdad crees que te desterré al supramundo porque no me atrevía a matarte? Te recuerdo, hermano , que no podías morir. Ya te habías convertido. Hacerte firmar esos papeles no fue una sentencia de muerte… Estaba intentando salvarte la vida, capullo desagradecido.

Luke lo mira parpadeando, sorprendido.

—Pues tiene sentido —murmuro, captando la atención de ambos. Miro a Luke—. Cuando te fuiste, no estabas seguro de si tu hermano era el diablo, porque no lo era . Tu madre te dijo que él te había desterrado, pero en realidad…

—Técnicamente, fui yo quien se desterró a sí mismo —admite Luke—. Pero solo porque él me engañó para que firmara los documentos necesarios para expulsar a alguien y enviarlo al supramundo. Cuando me di cuenta de que era yo, ya era demasiado tarde.

—¿Y de quién es la culpa? —se burla Dante—.

Eso te pasa por no leer la letra pequeña.

Nunca lo hacías; siempre confiabas en que lo hiciera yo.

Te estabas volviendo perezoso e imprudente.

En ese momento, ya era yo quien llevaba las riendas de todo, así que pensé: «¿Por qué no hacerlo oficial?

». Pero no podía hacerlo sin matarte, y, de todos modos, ya te habías transformado demasiado como para poder acabar contigo, así que opté por la única opción que me quedaba.

Te envié al supramundo con la esperanza de que eso te devolviera tu humanidad. Y parece que ha funcionado.

Luke abre la boca, conmocionado, y una expresión de emoción se dibuja en su rostro. Sacude la cabeza.

—Todo este tiempo… he creído que lo hiciste para deshacerte de mí.

Dante se deja caer en la silla que había apartado de una patada. La corona se le inclina sobre la maraña de rizos.

—Bueno, sí, en parte. Al final te estabas comportando como un auténtico cretino.

De cerca, puedo distinguir los anillos de color verde oscuro que forman el iris de Dante, aunque casi quedan ocultos por sus pupilas negras.

En el extremo de la ceja izquierda tiene una brecha que deja al descubierto una cicatriz blanca y difuminada.

Luke es ancho de espaldas, pero Dante es alto y delgado.

Me pregunto cuándo fue la última vez que comió.

—Lo siento —se disculpa Luke a regañadientes.

—¿Qué tal es? —pregunta Dante en un tono burlón que, sin embargo, delata un atisbo de curiosidad sincera.

—¿Qué tal es qué?

—El supramundo. ¿Es como lo imaginábamos?

Luke traga saliva y su mirada se vuelve triste.

—Incluso mejor. Y, en ocasiones, peor. No es como aquí. Existe el bien. Pero si no arreglamos el velo, no seguirá siendo así por mucho tiempo.

Dante reflexiona sobre sus palabras.

—Empiezo a pensar que quizá sea lo mejor.

Luke frunce el ceño.

—¿Y qué quieres decir con eso?

Dante se encoge de hombros.

—A ver, al principio intenté arreglarlo. Incluso envié a Beliar a buscarte para que volvieras y te ocuparas de ello. Aunque sabía que a él le daba igual lo que pasara con el velo y sospechaba que me desobedecería, así podría quitármelo de en medio antes de que intentara usurpar el poder.

—Una mujer ha muerto —subraya Luke—. Y otras tres habrían corrido la misma suerte si no las hubiéramos salvado.

Habrá muchos más muertos si no conseguimos reparar el velo.

En los meses transcurridos desde que se rasgó, se han colado todo tipo de seres del infierno.

Se supone que deberías impedir que salgan de aquí. Ese es tu trabajo.

Dante pone los ojos en blanco.

—Eso mismo me han dicho los otros diablos.

Pero, con el paso del tiempo, empecé a entrever el supramundo y todos sus defectos a través del velo rasgado y entonces me di cuenta de que quizá un pequeño infierno en la tierra no sería tan malo.

—Dante esboza una sonrisa, con un destello de emoción en sus oscuros ojos—.

Quizá sea hora de ampliar nuestros horizontes.

De fusionarnos. Imagina lo divertido que sería si fuéramos todos una gran familia feliz.

—Sería un caos —replica Luke.

—Pues yo le he cogido el gusto. Por cierto, gracias por devolvérmela.

Dante se levanta. Se saca la daga de Luke del cinturón y la arroja sobre la mesa. Cae de lado, apuntando en dirección a los ventanales hacia los que ahora se dirige, dándonos la espalda.

Mejor así, porque si viera lo que está pasando ahora mismo en la mesa, perderíamos nuestra última oportunidad de escapar.

La daga se está girando poco a poco hacia mí.

Como me había dicho Luke, siempre se señalan la una a la otra. Pero no puedo permitir que Dante sepa que tengo a su compañera. No cuando estoy a punto de cortar la última de las ataduras que rodean mi muñeca.

El hecho de no aportar prácticamente nada a la conversación ha tenido sus ventajas.

Dante no se ha dado cuenta de que todavía llevo la daga atada al muslo.

Ni de que estaba lo bastante cerca como para que mis dedos pudieran soltarla con cuidado.

No ha sido nada fácil girarla en mi mano para cortar las cuerdas, pero desde luego no era imposible.

Ahora que ya casi lo he conseguido, no voy a fallar.

Luke se da cuenta de lo que estoy haciendo y, lo que es más importante, sabe que es imprescindible mantener a Dante distraído. Me hace un gesto con la cabeza que parece querer decir: «Puedes hacerlo».

«Puedo hacerlo».

—¿Y por qué enviaste a los perros a por mí? —pregunta Luke a su hermano, tratando de ganar tiempo—. Si ya no te importa que arregle el velo, ¿qué sentido tiene?

Dante se gira un poco. Dejo de moverme. No mira en mi dirección. Así que sigo.

—No podía dejar que te descontrolaras. Necesito mantener cierta autoridad. Si venías a matarme, hacer que te trajeran era la opción más segura.

—Pues ellos sí intentaron matarme —le recuerda Luke.

—No era consciente de que te pudieran matar —responde Dante con tono burlón—. Y mucho menos de que te hubieras traído a alguien del supramundo. Por cierto, ¿quién es ella?

—Nadie —se apresura a responder. Quizá demasiado deprisa.

La verdad es que me reconforta un poco que esté intentando protegerme. Es lo mínimo que puede hacer después de haber mantenido en secreto su identidad de diablo.

Dante me mira y, por un momento, creo que me ha pillado. Pero se limita a sonreír.

—¡Menudo espectáculo el tuyo con esa caída!

Todavía no se ha percatado de que la daga sobre la mesa, que, por suerte, ha dejado de moverse, ahora apunta hacia mí.

—Sí, bueno, la fiesta estaba empezando a ser un poco aburrida, así que me tuve que buscar una forma de entretenerme.

Luke me fulmina con la mirada. Vale, quizá no sea el mejor momento para soltar bravuconerías. Tomo nota.

—Estas cosas acaban cansando, ¿no? —Dante se vuelve a girar hacia los ventanales. Retomo mi maniobra de cortado—. Supongo que os lo pasáis mucho mejor en el supramundo.

Mi muñeca derecha queda libre y consigo atrapar las cuerdas antes de que toquen el suelo. Las dejo en mi regazo y me apresuro a desatarme la muñeca izquierda. Solo me quedan los tobillos y ya seré libre.

Estoy tan cerca que ya puedo saborearlo.

—¿Qué piensas hacer con nosotros? —le pregunta Luke.

Dante se mete las manos en los bolsillos.

—Si hubieras hecho las cosas a mi manera y te hubieran atrapado los perros, quizá te habría perdonado la vida. Pero todos los que están abajo te han visto la cara. ¿Qué harías tú en mi lugar?

Dante se ha colocado frente a Luke, pero se ha acercado a la mesa de tal manera que ahora me da la espalda. Me he soltado un tobillo. Ya casi está.

Luke respira hondo y mira a los ojos a su hermano.

—Haría que me mataran.

—¡Bingo! —le espeta, señalándolo con un dedo—. Por cierto, ¿eso se sigue diciendo en el supramundo? ¿Te acuerdas de cuando mamá nos lo contaba?

—Yo… no lo sé. —Luke parece desconcertado—. He ido a visitarla. ¿Y sabes lo que me dijo?

Dante se inclina hacia él, desafiante.

—¿Qué?

Luke suaviza la expresión de repente.

—Me pidió que, si tenía la oportunidad de volver al supramundo, te llevara conmigo. Y eso es justo lo que pienso hacer. Primero reparamos el velo y, después, nos perdonas a los tres. Te enseñaré cómo hacerlo bien para que no se vuelva a rasgar. Podemos volver todos juntos.

La ira se refleja en la mandíbula de Dante.

—¿De verdad crees que es así de fácil? ¿Así de simple? ¿Y quién será el diablo entonces? ¿Quién gobernará el inframundo en nuestro lugar?

—No lo sé y me importa una mierda —estalla Luke—.

No es nuestro problema. Para empezar, jamás debería haberlo convertido en nuestro problema.

Lo siento mucho. Que se las arreglen los seres del infierno.

Los otros diablos. El diablo . No tenemos que ser nosotros.

Reparamos el velo y nos largamos. Sí que puede ser así de simple.

Dante parece estar considerándolo de verdad y se queda en silencio, pensativo. Un atisbo de esperanza se dibuja en el rostro de Luke.

Pero entonces, poco a poco, Dante empieza a sacudir la cabeza.

—El infierno es mi hogar. Quizá, hace mucho tiempo, cuando éramos jóvenes, soñaba con marcharme. Pero ya no sueño. Ya no deseo irme. Me gusta estar aquí. Y, de todos modos, si aquí se convierte en allí y supramundo e inframundo se fusionan, ya todo será lo mismo.

Su mirada se endurece mientras la de Luke se llena de derrota.

—No pienso reparar el velo, Luke. Y tampoco vas a hacerlo tú.

La última cuerda se desliza de mi tobillo, me levanto de un salto y empujo la daga que está sobre la mesa para que gire por la superficie y caiga en el regazo de Luke.

El factor sorpresa me ofrece la ventaja suficiente como para agarrar con fuerza a Dante por la melena, que hay que reconocer que es maravillosa, y estamparle la cara contra la mesa, justo donde había caído mi escupitajo sanguinolento.

Le acerco la daga a la garganta, de modo que la punta queda apoyada contra su nuez, mientras suelto la frase más molona de mi vida:

—¿Y qué pasa conmigo?