Capítulo 31 #2
—Yo mismo pasaba a ser el nuevo diablo —termina la frase con aire triste—.
El infierno nunca había tenido un demonio humano, así que era una apuesta arriesgada.
Enviarlo al abismo hasta el siguiente Juicio no bastaba.
Tenía que deshacerme de él el mayor tiempo posible.
Mi investigación me llevó al Mercado Nocturno, donde conocí a Hazaar.
Cambié el collar de perlas de mi madre, lo único que le quedaba del supramundo, por un vial de Fatalidad.
—Por eso te conocía Hazaar.
Luke asiente.
—Había un banquete programado e impregné mi cuchillo de la carne con el veneno. Siempre me sentaba al lado del jefe. Cuando él cortó su filete, yo lo corté a él. Y así, sin más, desapareció, y yo me quedé con una sala llena de seres del infierno que podían dar fe de que yo era el legítimo sucesor.
Lo miro boquiabierta, olvidándome de que se supone que estoy enfadada. Es una historia tan descabellada que ni siquiera puedo poner en duda su veracidad. Nadie en su sano juicio o en su infinita locura sería capaz de inventarse algo semejante.
Ante mi silencio, Luke sigue hablando, aunque su expresión cambia a algo difícil de definir. ¿Remordimientos? ¿Vergüenza? ¿Repulsión? O puede que las tres cosas a la vez.
—Al principio, tenía buenas intenciones.
Quería ser más amable, más compasivo. Pensaba que podía conseguir un auténtico cambio.
Hacer algo bueno. Pero estaba totalmente equivocado.
No hay nada bueno en el infierno. Hay cosas malas y, luego, cosas peores.
Y, antes de darme cuenta, me estaba convirtiendo en lo peor.
»Mi madre nos crio con unas normas para que no perdiéramos nuestra humanidad, las mismas que yo te he transmitido.
Come tres veces al día, tengas hambre o no.
Duerme, aunque solo sea unas horas, todas las noches.
Enfréntate a tus miedos en vez de ignorarlos.
Intenté cumplirlas, pero suponían un recordatorio de que era humano, tanto para mí como para quienes me rodeaban.
Era como mostrar mi mayor debilidad una y otra vez.
Así que empecé a espaciar las comidas cada vez más, me pasé días sin dormir y, cuando dejé de tener tanto miedo todo el tiempo, me sentí bien.
No me di cuenta de lo que suponía todo eso.
—El retrato. —Me viene a la mente el cuadro que hay abajo. Está claro que era Luke, pero no lo era—. Tenías los ojos negros.
—No solo los ojos. —Se le escapa una risa sin humor—.
Cuando asumí el poder, no podía limitarme a despedir a todo el mundo.
Era una situación delicada. La mano derecha del diablo era Beliar, que siempre me había despreciado.
Beliar creía que el antiguo jefe estaba loco por mantener a un humano tan cerca del trono, y llevaba tiempo esperando el momento perfecto para acabar con el diablo y hacerse con el poder.
Así que imagínate su furia cuando yo, el inútil mortal que, para empezar, jamás debería haber estado aquí, me adelanté.
—No me extraña que te odiara tanto.
Se encoge de hombros.
—Degradarlo para que se encargara del centro de distribución de transportes y nombrar a mi hermano director de operaciones no ayudó precisamente.
Si un humano en la sede central ya le parecía malo, imagínate dos.
Incomprensible. Era solo cuestión de tiempo que fuera a por uno de nosotros, pero actuó antes de lo esperado.
Mi mirada se posa en la cicatriz de su cuello, más reciente que las demás.
—Intentó matarte.
—En mi propia puta fiesta —resopla—. Se me acercó por detrás y me rajó la garganta. Todos pensaron que no sobreviviría, yo incluido. Debería haber sido una herida mortal. Lo habría sido.
—Pero tú ya no eras humano —susurro, un poco asustada, un poco asombrada.
Luke me mira a los ojos.
—La sangre que brotó de mí era negra. Beliar me había dado la espalda para disfrutar de los vítores de la multitud.
Había utilizado una hoja normal, una guadaña, sin sospechar en ningún momento que no bastaría.
Pero yo seguía teniendo mi daga de obsidiana.
Se la clavé en la espalda, justo donde habría estado su corazón, de haberlo tenido.
A los seres del infierno les encanta un buen giro de guion, y que el rey humano sobreviviera a un intento de asesinato es justo el tipo de caos absurdo que adoran.
Beliar fue desterrado al abismo y mi posición como gobernante se vio más consolidada que nunca, sobre todo teniendo en cuenta que, al parecer, ya no era humano.
Aparto la mirada de sus ojos para observar las vendas que asoman por debajo de su camisa.
—Anoche estabas convencido de que no ibas a morir. No quisiste que te donara sangre. Es porque sabías que te curarías, ¿verdad? Y por esa misma razón, te arrancaste la flecha.
Al menos tiene la decencia de asentir con aire culpable.
—Cuando vi que mi sangre volvía a ser roja, no sabía qué pensar.
De hecho, sigo sin saberlo. Sano más deprisa que un humano, pero más lento de lo que lo hacía cuando no lo era.
Siempre me habían dicho que, cuanto más tiempo pasas en el infierno, más probable es que pierdas tu humanidad.
No sabía que pudiera ocurrir lo contrario en el supramundo.
—Estabas recuperando tu humanidad. —Hay una belleza en esa verdad que es imposible de ignorar. De repente me doy cuenta de algo—. Espera. ¿Cuántos años tienes?
Arquea una ceja.
—Treinta.
—¿Treinta para trescientos?
—Treinta para treinta y uno. No dejé de ser humano el tiempo suficiente como para que eso ralentizara mi envejecimiento.
—En los ojos de Luke se vislumbra una chispa de diversión, aunque se apaga al cruzar su mirada con la mía—.
Sé que te he contado demasiadas medias verdades y absolutas mentiras, así que no te culpo por no creer lo que te dije abajo.
Pero lo decía en serio. Tú me haces sentir.
Asombro, gratitud y paz. Ansiedad, de la que sin ninguna duda podría prescindir.
Pero, sobre todo, me haces sentir esperanza.
Había olvidado lo bonito y lo bueno que puede ser eso. Para nada es una debilidad.
Me enfado al notar que se me llenan los ojos de lágrimas y no poder levantar las manos para secármelas.
—Esto no significa que te perdone —le advierto, aunque el tono entrecortado de mi voz atenúa la amenaza.
Esboza una media sonrisa.
—Sospecho que voy a tener que suplicarte mucho más.
—Me habías dicho que tú no eres de los que suplican.
Su mirada rebosa sinceridad.
—Rara vez he tenido algo por lo que valiera la pena suplicar. Ahora lo tengo.
Antes de que pueda responder, una puerta detrás de mí se abre y se cierra de golpe, resonando con fuerza en la habitación. El repiqueteo de los zapatos sobre las baldosas se parece al tictac de una bomba. Luke se pone tenso e intenta liberarse de las ataduras.
Un escalofrío me recorre la nuca cuando una voz familiar dice:
—Bienvenido a casa, hermano.