Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 31
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Capítulo 31

E sta vez mi pesadilla es diferente.

En lugar de un único par de ojos dorados, los árboles que bordean la carretera están llenos de ellos.

Cuando las raíces me rodean los tobillos, no me resisto.

El coche echa humo y el maletero está totalmente abollado, pero mis padres están a mi lado.

Entre las sombras, los ojos cobran forma.

Me preparo para el avance de demonios y monstruos; sin embargo, para mi sorpresa, lo que aparece son almas.

Su resplandor fosforescente es la única luz, aparte del brillo de la luna.

No recuerdo que hubiera luna aquella noche.

Cuando lo revivía, estaba muy oscuro y siempre lo había estado.

Pero esta vez hay más luz. Como si estuviera amaneciendo.

—¿Por qué están aquí? —pregunto.

Algunos inclinan la cabeza, pero la mayoría me observa con sus ojos brillantes.

—Tú las has liberado —responde mi madre. Me coge de la mano y me la aprieta—. Quizá deberías hacer lo mismo por ti.

Me despierto sintiendo que me ahogo, sin saber muy bien con qué, hasta que me doy cuenta de que tengo la boca llena de sangre. La escupo por instinto, manchando la mesa que tengo delante. Casi se fusiona con la madera teñida de negro, pero se queda en la superficie sin penetrar en las vetas.

—Brie.

Levanto la cabeza de golpe. Mala idea. Veo las estrellas y se me escapa un gemido. Aprieto los ojos con fuerza, deseando que el dolor desaparezca.

—Cuidado. Creo que tienes una conmoción cerebral.

—No me digas —le espeto, antes de ser del todo consciente de a quién se lo estoy soltando.

A pesar de lo que me dicta el sentido común, abro los ojos de golpe y contemplo a la persona que está sentada frente a mí mientras mis lentillas se recolocan.

No, no solo está sentada. Está atada. Y yo también. Los dos estamos atados a una silla, con cuerdas alrededor de manos y tobillos. Mieeeeeerda.

—¿Estamos en…?

Miro a mi alrededor mientras mis ojos se acostumbran a la penumbra… y me siento agradecida por ello. Una conmoción es un diagnóstico optimista. Tendré suerte si no es una hemorragia cerebral.

De repente, me viene a la mente mi épica caída desde la galería… y también el engaño de Luke, que me observa con atención, en silencio, dejando que mi mente confusa ordene todo lo que me llevó a colgarme del techo como si estuviera recreando el videoclip de «Wrecking Ball».

A medida que los últimos recuerdos van encajando, las ganas de lanzarme sobre la mesa y estrangularlo casi superan el dolor punzante que siento detrás de los ojos. Supongo que, en cierta manera, estar atada es una bendición.

—¿Qué ha pasado? —pregunto, tratando de adivinar cuánto tiempo he estado inconsciente—. ¿Dónde estamos?

—Estamos en la última planta de la sede central.

Luke echa la cabeza hacia atrás y mi mirada la sigue. Detrás de él hay una pared acristalada que va del suelo al techo. Estamos por encima de las nubes, aunque las luces de la ciudad que se extiende abajo se filtran a través de ellas. Es una estampa preciosa que parece de otro mundo.

—Esta es la sala donde se reúne la directiva —continúa.

Por fin me permito mirarlo a la cara. Tiene el ojo izquierdo morado, como si le hubieran dado un puñetazo, y el labio inferior partido; la sangre se ha secado formando costras en la espesa barba incipiente que le recubre la mandíbula.

En algún punto entre el instante en que hui de él y el momento presente, ha perdido la chaqueta y los primeros botones de la camisa, por lo que la tiene abierta.

Se le ve un poco el vendaje del hombro que le cambié… ¿ayer? ¿Hoy?

—Te vi caer. —La calma en la voz de Luke se quiebra por una emoción que no quiero analizar—.

Cuando echaste a correr, intenté seguirte, pero la multitud te engulló antes de que pudiera llegar a ti.

Entonces vi a Badulf y pensé que, si conseguía atraerlo hacia mí y dejaba que me atrapara, quizá tú pudieras escapar.

Pero él y Zekiel se separaron y, antes de que me diera cuenta, ya estabas cayendo del cielo.

—¿Disfrutaste del espectáculo? —bromeo sin mucha convicción.

Le cuesta respirar.

—Esa caída podría haberte matado. Cuando los perros nos trajeron aquí, no estaba seguro de que siguieras viva. Llevas inconsciente una hora, quizá más. Creí…

Se calla de golpe y traga saliva con dificultad. Sus ojos reflejan un torbellino de frustración y miedo cuando termina lo que iba a decir:

—Creí que habías muerto.

La verdad es que, dadas las circunstancias, un poco muerta sí que me siento.

—Ya, bueno, es que soy como una cucaracha. Difícil de matar.

Su mirada se ensombrece.

—Nunca deberíamos haber venido aquí. Deberías haberte marchado con las demás. Ya deberías haber vuelto al supramundo. Pero todavía tenemos una oportunidad. Si conseguimos salir de aquí…

Se me escapa una carcajada que me provoca un dolor agudo en el costado. Eso no es bueno. Una costilla rota. Quizá dos.

—Oh, perdona, ¿de verdad crees que voy a ir a algún sitio contigo después de que me hayas ocultado el pequeño detalle de que eras el puto diablo?

Se estremece como si mis palabras fueran una bofetada.

—Con especial énfasis en «eras». En pasado.

—Luke… —gruño.

Sus hombros se mueven como si quisiera levantar las manos para reclamar su inocencia, pero luego se acuerda de que está atado a la silla.

—Lo sé. Lo siento. Tienes razón, debería habértelo dicho. Quería hacerlo. De hecho, es justo lo que estaba intentando decirte cuando empezó el número acrobático, pero tú no eras la única que intentaba huir de su pasado. No me sentía capaz de asumirlo. No quería.

—¿Y todavía no quieres?

—Me temo que ya no me queda otra. Y… —Se queda callado, como si estuviera buscando las palabras adecuadas—.

Al principio no te lo dije porque necesitaba que siguiéramos centrados y llegáramos a la fortaleza de Beliar antes de que fuera demasiado tarde.

Pero entonces algo cambió. Y ya no quería contártelo porque me importaba lo que pudieras pensar de mí.

Me sentía avergonzado y hacía mucho tiempo que no sentía vergüenza. No sabía cómo gestionarla.

Decido culpar a la conmoción cerebral de mi momento de debilidad.

—Explícate. Quiero la verdad y nada más que la verdad, o me largo de aquí.

Mentalmente, por supuesto, porque estoy atada a una silla a menos de dos metros de él. Luke es lo bastante inteligente como para no recordármelo.

—No mentí sobre mi infancia. La huida, tener que escondernos, el escarnio incesante…

, todo eso era real. Ya habíamos pasado por situaciones peligrosas antes, pero la peor ocurrió cuando tenía dieciséis años.

Mi hermano y yo nos colamos en una granja para robar comida y nos pillaron.

Mi madre le suplicó al granjero, un demonio mayor, que nos soltara y le propuso un intercambio: nosotros a cambio de ella.

Él accedió y se la llevaron en nuestro lugar.

—La ira se refleja en su rostro—. Fue culpa mía.

Fue idea mía colarnos en la granja, fui yo quien quiso robar, pero ella pagó las consecuencias.

Me juré a mí mismo que la liberaría. Pero, para conseguirlo, necesitaba que me respaldara alguien más poderoso que un demonio mayor.

Así que vine aquí, a la Sede Central del Infierno, e hice un pacto con el diablo.

Intento imaginarme a Luke de adolescente, con toda la falsa bravuconería que puede reunir un chico de dieciséis años, plantado a los pies del trono y negociando con el hombre que lo ocupaba.

—¿A qué acuerdo llegasteis?

—Le pedí que protegiera a mi madre y a mi hermano y, a cambio, me comprometí a servirle.

Resultaba aterrador, pero le impresionaron mis agallas y que hubiera aguantado tanto tiempo como humano.

Él accedió y mandó que trajeran a mi madre.

La llevaron a uno de nuestros antiguos refugios, a la cabaña junto al lago.

Las condiciones del pacto implicaban que yo tenía que vivir aquí para estar siempre a su disposición, aunque mi hermano sí pudo quedarse con ella.

Se enfadó mucho conmigo por sacrificarme para protegerlos, pero ya era demasiado tarde.

El acuerdo estaba cerrado y la tinta ya se había secado.

Había vendido mi alma para ser el becario del diablo.

Me trago una risa absurda.

—Sin sueldo, supongo.

—Los peores puestos siempre lo son. —La sonrisa con la que responde es, como poco, deprimente—.

Hice todo lo que me pidió. Papeleo interminable.

Planificación de eventos. Gestión de crisis.

Le tuve que explicar tantas veces cómo se adjunta un PDF a un correo electrónico que ya había perdido la cuenta, hasta que al final acabé haciéndome cargo de toda la correspondencia.

Incluso maté por él. Sospechaba que el clan de vampiros del Medio Oeste tramaba algo contra él, así que me infiltré para salir con Tatianna, la heredera del clan.

Pero yo seguía siendo humano. A pesar de todo, intenté aferrarme a la humanidad que quedaba en mí.

Lo que pasa es que eso me llevó a cometer errores humanos, como dejarme llevar por el corazón. Y cuando eso ocurría, él me castigaba.

Trago saliva para intentar deshacer el nudo que tengo en la garganta, consciente de que es poco probable que el castigo más severo fuera un plan de mejora del rendimiento. Las cicatrices blanquecinas que vi en su cuerpo así lo demuestran.

—Y esa fue mi vida durante una década. Pero mientras yo maduraba y ganaba en sensatez, él se volvía cada vez más cruel y temerario.

Tomó decisiones estúpidas que pusieron en peligro la economía y la frágil paz entre las distintas filiales.

Yo quería salir de aquello y estaba seguro de que debía de haber algún resquicio legal que me lo permitiera, si es que era capaz de encontrarlo.

—Y ese resquicio legal era matarlo. —Lo voy encajando todo, con el horror oprimiéndome el pecho—. Pero al hacerlo…