Capítulo 30
L uke me mira y yo le devuelvo la mirada. Al de carne y hueso, no al del retrato.
Pero es que es él quien está ahí pintado. La cicatriz rosada y rugosa que atraviesa el cuello de la figura del cuadro coincide a la perfección con la blanca que muestra él, lo cual lo demuestra. Pero hasta ahí las similitudes.
Porque el Luke del retrato parece frío. Sus ojos son negros, sin rastro alguno de esos iris cálidos y terrosos con los que tanto me he familiarizado durante estos últimos días.
La corona que lleva en la cabeza está algo ladeada, lo que acentúa su aire indiferente y despiadado.
Todo en él está más marcado: la mandíbula más angulosa, la mirada más severa.
Incluso esa leve curvatura burlona de su boca evoca una sonrisa engreída que aún no he visto.
Bueno, no, sí que la he visto. En la foto con su hermano, la que está colgada en la pantalla de su lámpara. Pensaba que su sonrisa era pícara, pero ahora me doy cuenta de lo que era en realidad: diabólica. Es la misma que tenía esta mañana mientras me miraba con la cabeza entre mis muslos.
—Brie, tenemos que irnos. Te prometo que te contaré la verdad y nada más que la verdad, pero ahora tenemos que irnos.
Sé que tiene razón. Lo noto en la forma en que se acelera la música.
Las luces se van atenuando a medida que el murmullo de la multitud va aumentando hasta alcanzar tal volumen que casi me resulta imposible oírle.
Él intenta acercarse a mí, pero yo me aparto y choco con las espaldas de los invitados.
Casi me caigo, pero consigo recuperar el equilibrio y me adentro hacia la pista para evitar otro intento de súplica.
—Era por ti —digo, con las lágrimas quemándome en los ojos.
Señalo con un gesto el retrato condenatorio y, más concretamente, el gigantesco SE BUSCA escrito en chorreantes letras blancas sobre su pecho—.
Tú eres la razón por la que los perros nos han estado persiguiendo desde el principio. No te habían desterrado. Eras su jefe.
Por una vez, me siento identificada con esos sabuesos cabrones. Porque, en estos momentos, también me encantaría matarlo.
—Lo siento —dice con voz ronca, sus palabras cargadas de vergüenza. Pero ¿esto está pasando de verdad? ¿Hay algo de verdad en él? ¿O solo es un truco del diablo?—. Tienes todo el derecho del mundo a estar furiosa…
—No estoy furiosa —le interrumpo al darme cuenta de que esa es la realidad. Ojalá no lo fuera—. Estoy dolida.
Mi respuesta lo destroza. Vuelve a intentar agarrarme, pero me aparto y me fundo con la multitud. Sé que tiene razón y que no podemos dejarlo todo ahora que estamos tan cerca. Pero, de repente, ni siquiera tengo claro que haya un velo.
El vestido se me clava en el costado, me aprieta y me ahoga, igual que el airbag cuando me explotó en la cara.
No puedo respirar. Aire. Necesito aire. Si pudiera salir un momento, alejarme de la música, del baile y de él, y tener unos segundos para pensar y recomponerme, sabría qué hacer. Solo necesito aire.
Ya puedo ver las puertas cuando me detengo en seco.
Bloqueando la salida, hay un perro del infierno de orejas doradas.
Como si sintiera el peso de mi mirada, se gira para observarme, para estudiar a la chica que se ha quedado paralizada en una sala llena de cuerpos que gritan y se contonean.
Levanta la cabeza e hincha el pecho. Está inhalando. Olfateando.
Una sonrisa maliciosa asoma bajo su máscara mientras se dirige hacia mí.
Cambio de dirección y corro hacia las escaleras tan rápido como me lo permiten mis estúpidos zapatos de tacón.
He perdido a Luke, para bien o para mal, y no reconozco a nadie de los que empujo mientras corro.
El espectáculo continúa en lo alto. Las mujeres giran en el aire con sus ajustados trajes rojos, como salpicaduras de sangre que descienden poco a poco hacia mí.
Sin duda, un cruel presagio de lo que se avecina.
Llego al pie de la escalera justo cuando un fuerte gong resuena por encima del estruendo.
No es un gong, sino una campana.
Ya es medianoche.
Y sigo llevando la máscara.
Al primer tañido le sigue un segundo, y un tercero. Subo las escaleras a toda velocidad a pesar del impedimento que suponen los tacones y el vestido. En el primer rellano, donde las escaleras se dividen en tres, miro hacia atrás.
Se me revuelve el estómago al ver las dos orejas doradas que ya se atisban al pie de los escalones. Mi anonimato se ha esfumado y no tengo la más mínima intención de pasarme con aspecto de jaguar el resto de mi vida.
Por breve que pueda ser.
Un cuarto repique hace que un grito se me escape de la garganta y se pierda entre la música.
—¡No!
Me clavo los dedos en el cuello, justo donde debería estar el borde de la máscara. Mis uñas rozan la piel al sonar el quinto tañido, que se transmite por todo mi cuerpo, dado que estoy justo debajo del imponente reloj. Si llega al duodécimo, ya será demasiado tarde. Quizá ya lo sea.
Tengo que relajarme. Así fue como se desprendió la última vez. Tengo que desear que salga. Pero me resulta imposible pensar con claridad mientras la campana da las seis, las siete y luego las ocho. Las nueve, las diez.
Respiro hondo y cierro los ojos. Cuando suena el undécimo golpe de campana, se me aparece la cara sonriente de mi madre.
La sonrisa de mi padre. Krystal, apoyada en mi escritorio al final del día, diciéndome: «¿Lista para irnos, ángel?
». Luke diciéndome que soy guapa y valiente.
Es probable que solo sean mentiras. Pero, aun así, me aferro a esos recuerdos.
Se levanta el borde de la máscara. Me la arranco justo cuando el duodécimo repique resuena en la sala. Se me escapa de las manos y cae por las escaleras, golpeando de lleno en la cara del perro del infierno que sube.
Respiro a bocanadas cuando llego a la galería. Mi alivio dura poco, ya que el sabueso se recupera deprisa, se arranca la máscara, la lanza a la multitud y sube corriendo las escaleras.
Estoy bien jodida.
La sala estalla en aplausos mientras las acróbatas aéreas descienden con elegancia hasta el suelo o se balancean hacia la barandilla para bajarse de las telas.
Corro a toda velocidad por la galería, esquivando las tumbonas y las otomanas como un corredor de fútbol americano que se dirige a la zona de anotación.
—¿Brie?
Mi nombre me para en seco. Procede de una de las acróbatas aéreas que está junto a la barandilla. Se quita la máscara carmesí.
—¡Shonda! —exclamo al reconocer sus ojos de serpiente.
Solo han pasado tres días desde que me salvó el pellejo en el Mercado Nocturno, pero ya me parecen semanas.
—¿Qué estás haciendo aquí? Y, chica, ¿por qué estás siempre corriendo? ¿Te están persiguiendo otra vez esos cabrones?
—Sí —respondo entre jadeos mientras me escondo detrás de un sillón alto con orejeras—. Es solo que… necesito un segundo… para pensar.
—Mierda, el perro ya viene hacia aquí. No creo que pueda esconderte esta vez.
Tiene razón. En cuestión de segundos lo tendremos encima y soy un blanco fácil. Ya estoy harta de depender siempre de Luke, esté donde esté. De esta tendré que salir yo solita.
Atadas a la barandilla están las telas de seda que Shonda ha estado utilizando durante su actuación. El otro extremo sigue sujeto al techo.
Se me ocurre una idea absurda.
—No vas a usarlas más, ¿verdad?
Agarro las telas.
—Tenemos otro número antes del eclipse, pero eso no será hasta dentro de un par de horas. ¿En qué estás…?
—Las necesito.
Me mira.
—¿Para qué?
—Para bajar. —Las desato y subo la pierna a la barandilla. Jamás podría hacer lo que estoy a punto de hacer con unos zapatos de tacón con plataforma—. ¿Puedes ayudarme a quitármelos?
—Eh, sí, claro —accede.
Después de cambiar de pie, la segunda plataforma cae junto a la primera. Ojalá pudiera llevármelos conmigo, pero sería un milagro que consiguiera llevar a cabo lo que me dispongo a hacer sin que surjan más obstáculos.
—Ayúdame a subir.
Me sujeta mientras me subo a la barandilla. La altura es tal que se me nubla la vista.
La multitud, de cara a las escaleras, aplaude y se inclina reverentemente cuando un grupo de perros del infierno entra en la sala a través de la puerta. Como todos están pendientes de la llegada de su diablo, nadie se fijará en la insignificante mortal que cuelga sobre ellos.
O eso espero.
—Se te acaba el tiempo, cariño —me dice Shonda con pesar.
El perro del infierno ya está en nuestro campo de visión. Cuando me lanzo desde la galería y me balanceo en el aire como un péndulo, el único pensamiento que ocupa mi mente es escapar de él.
Me esfuerzo por recordar hasta el más mínimo detalle de mis tres clases de acrobacias aéreas, pero entonces tenía veintiún años, seguramente estaba de resaca y pesaba al menos quince kilos menos, por no mencionar que, en realidad, solo iba allí para pasar el rato con mi amiga.
Una amiga de la que me alejé cuando renuncié a mi antigua vida.
Debo de haber retenido algo, porque no caigo al suelo de inmediato. Me enrollo en las sedas y desciendo unos metros antes de parar. El balanceo no ayuda, sobre todo cuando me acerco a la galería de la que acabo de saltar y evito por los pelos un zarpazo del sabueso infernal.
Si quiero llegar al suelo sana y salva, tengo que ir despacio y con calma.
Ya estoy atrayendo la atención de un pequeño grupo de espectadores, pero la mayoría de los asistentes a la fiesta están pendientes de todo lo que ocurre junto al trono.
Giro el cuerpo para ir liberándome de las telas y poder bajar unos cuantos metros más.
Funciona, pero tanto balanceo me tiene desorientada y mareada.
No tengo ni la mitad de la fuerza que Shonda y las otras artistas. No puedo hacerlo.
El pánico hace que me suden las manos y se me resbale la tela entre los dedos, quemándome las palmas. Duele como el corte de una cuchilla. Pero ni siquiera eso se puede comparar con el miedo helado que me invade mientras caigo. Justo por eso, porque caigo.
Las telas se desenredan a mi alrededor, frenando un poco mi vertiginoso descenso.
La gente grita abajo, apartándose a toda prisa de la catástrofe que se precipita sobre ellos.
Llego al final de las telas y me estrello contra una mesa de embutidos.
Carnes, quesos y aperitivos de dudoso gusto salen disparados por los aires mientras la mesa se rompe bajo mi peso.
A modo de colofón épico, el estruendo de mi impacto contra el suelo resuena en el aire.
Silencio absoluto. Jadeo en busca de un aire que no llega, sin saber qué dolor es peor: el de las manos, el de la espalda o la humillación que me recorre las venas.
Poco a poco empiezan las risas, una oleada imparable que va aumentando hasta alcanzar un crescendo tan fuerte que apuesto a que se oye hasta en el supramundo.
Rostros enmascarados y grotescos se funden con otros más hermosos en una borrosa estampa de pesadilla mientras los invitados se burlan de mí y me ridiculizan, observando a la estúpida mortal que acaba de ofrecer un penoso espectáculo.
De alguna manera, he conseguido no matarme. Por desgracia.
Se oyen pasos que se acercan resonando sobre el mármol mientras todos se apartan a un lado y vuelven a guardar silencio.
De mis ojos brotan lágrimas, aunque no sé si es porque estoy llorando o porque me estoy asfixiando, ya que no consigo respirar.
Y, a pesar de todo, siento que el corsé me queda más holgado.
Es bastante probable que se me haya descosido.
Me miraría para asegurarme de que no se me han salido las tetas, pero no creo que pudiera soportar la vergüenza adicional si fuera el caso.
Giro mi dolorida cabeza justo a tiempo para ver un par de zapatos de piel de cocodrilo brillante que se detienen a mi lado.
Mi mirada se alza recorriendo un esmoquin negro a medida y mi mente trata de tomar conciencia del hombre que me observa desde arriba.
La mitad superior de su rostro está cubierta por una sencilla máscara negra.
El único adorno son los magníficos cuernos de carnero que le sobresalen de la sien y que se curvan hacia arriba, alejándose de la cabeza.
La mitad inferior de su rostro delata una sonrisa sarcástica.
—Si querías acaparar toda la atención, solo tenías que haberlo pedido. Te sorprendería lo bien que se me da compartir. Aunque esta es mi fiesta.
Mis pulmones por fin vuelven a funcionar mientras inspiro con fuerza.
Mis costillas se resisten con vehemencia al movimiento, provocándome un fuerte dolor.
Pero ese sufrimiento no es nada comparado con el horror que siento cuando mi cerebro probablemente conmocionado procesa su gélida voz y sus palabras cobran sentido.
«Esta es mi fiesta». Mi fiesta. Mi fiesta.
Es él. Es él .
Creo que oigo a Luke gritar a lo lejos… Quizá, es posible. O puede que solo sea una ilusión, ya que un punzante dolor de cabeza me nubla la vista.
A pesar del miedo que me recorre el cuerpo, esbozo una sonrisa mientras saboreo la sangre que me tiñe los dientes.
—Tú sí que sabes montar una fiesta —digo entre jadeos mientras la oscuridad me envuelve.