Capítulo 29 #3
Su mirada es desesperada y oscura, llena de deseo, mientras yo me siento como si me hubieran lanzado de cabeza a una piscina de agua fría.
Por detrás de él, la manecilla grande del reloj está casi alineada con la pequeña, cada vez más cerca de las doce.
Me cuesta respirar mientras el vestido me aprieta con cada movimiento.
—¿Qué? No, eso no. A ver, sí, pero… ¡Mira!
Giro a Luke hacia la gran luna omnisciente que se cierne sobre nosotros, a pocos minutos de la medianoche.
—Tenemos que quitarnos las máscaras —le recuerdo conforme intento arrancarle la suya.
Pero él evita mi tacto. El hechizo que nos tenía cautivados se rompe cuando me deja en el suelo y, en un abrir y cerrar de ojos, recupera la lucidez en la mirada.
Mira a su alrededor, desconcertado, hasta que sus ojos se fijan en algo que hay en la pared del fondo, detrás de mí.
Entonces se vuelven casi tan grandes como la luna llena.
Me giro para ver qué es lo que lo ha alterado tanto.
—¿Qué…?
—¡No! —exclama con voz aguda mientras me empuja contra la columna, de modo que mi espalda vuelve a quedar pegada a ella—.
No nos podemos quitar la máscara. Todavía no.
Eso revelaría nuestra identidad ante los perros.
No podemos salir de aquí hasta que él llegue.
Cuando el número acabe, entrará el diablo.
Pues claro. Debería haberlo sabido, pero…
pero estoy tan desorientada que, durante un instante, había olvidado para qué habíamos venido.
Me apoyo contra la columna y recupero la lucidez.
El velo. Estamos aquí por el velo. ¿Cómo se me había podido olvidar?
¿Cuánto tiempo hemos estado besándonos? ¿Qué acaba de pasar?
—El eclipse —dice Luke, como si pudiera ver las preguntas que se agolpan en mi mente.
Parece tener la mente desbocada, dando vueltas como una rueda de hámster—.
Las emociones se intensifican a medida que se acerca la superluna azul de sangre.
Al compás de la música, es fácil que todo, salvo nuestros deseos más íntimos, se desvanezca.
Pensaba que sería inmune a todo eso para no desviarnos de nuestro camino, pero —suelta un suspiro de exasperación— obviamente no es así. Lo siento mucho.
No sé por qué se está disculpando hasta que me doy cuenta de lo roja que tiene la boca. Sangre. Me lamo los labios y noto ese sabor metálico y salado. Mi pobre labio inferior no ha podido librarse.
—¿Qué hacemos? —pregunto, todavía aturdida—. Las máscaras…
—Tenemos que separarnos.
Pues eso no era precisamente lo que decía hace tan solo un instante.
—Ni hablar.
Niega con la cabeza.
—Eso diluirá nuestro olor y nos dará más posibilidades de despistar a los perros.
Me aparto de la columna y le clavo un dedo en el pecho.
—No pienso…
Me interrumpe incrustando sus labios en los míos.
Todos mis pensamientos se desvanecen, como una bola de helado que se derrite en el cucurucho y acaba cayendo sobre el asfalto caliente.
Volvemos a ser solo nosotros dos, con nuestras bocas moviéndose con avidez y sus dedos agarrándome la cara, haciendo que el deseo estalle dentro de mí.
Es un beso de despedida y lo odio por ello.
Menudo puto asco… No estaba preparada para decirle adiós en la guarida de Beliar y tampoco lo estoy ahora. Me cuelo por debajo de su brazo para terminar a su espalda, en el borde de la pista de baile. Se gira hacia mí y extiende el brazo para atraerme hacia él, pero esquivo su mano.
—No voy a dejarte —le digo furiosa—. Estamos en esto jun…
El «juntos» se pierde en la sinfonía feral mientras mis ojos se fijan en un retrato que cuelga de la pared, justo detrás de él.
Es la última de una serie de enormes pinturas al óleo.
Marcos dorados rodean impactantes imágenes de hombres vestidos con atuendos corporativos completamente negros.
Sus miradas oscuras son insondables y gélidas, y desprenden un aire de poder.
Las irregulares coronas de cristal negro que llevan hacen que su identidad resulte innegable.
Diablos. Todos ellos.
—Brie, ya casi es medianoche. La máscara…
—¿No me habías dicho que tu hermano era tu mellizo? —pregunto, pasando junto a Luke para acercarme al retrato. Me detengo ante él y contemplo ese rostro tan familiar.
—Y así es.
La voz de Luke suena abatida. Me giro para mirarlo y, al instante, me arrepiento de haberlo hecho.
Es como si se hubiera quitado la máscara.
Su expresión delata hasta el más mínimo vestigio de culpa mientras traga saliva, buscando unas palabras (mentiras) que no encuentra. Supongo que se le ha acabado la suerte.
—Te lo contaré todo, pero no aquí —me promete al fin.
—Tiene gracia. —Pero no me río cuando la última pieza del rompecabezas encaja en su sitio—. Creía que ya nos lo habíamos contado todo. Muéstrame tus cartas y yo te mostraré las mías, ¿recuerdas? Eso es lo que prometimos ayer.
Sé que debe de ser casi medianoche, que el diablo debe de estar a punto de entrar, brindándonos la oportunidad perfecta para escabullirnos. Pero, de repente, no sé muy bien de qué diablo debería huir, si del que está por llegar o del que tengo justo delante.