Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

—¿Quién ha puesto este pecho aquí? —Apoyo mis dedos en su vientre para no perder el equilibrio. Él reacciona tensando los abdominales.

Pone los ojos en blanco, con un inequívoco brillo de cariño.

—Eres insufrible, ¿lo sabías?

—Lo añadiré a mi currículo.

A pesar de mi pequeña broma, su expresión se ensombrece.

—Brie, por favor, prométeme algo.

No me gusta hacia dónde está yendo la conversación.

Aprieta la mano alrededor de mi cintura y me atrae hacia él.

—Pase lo que pase esta noche, vuelve a casa. Ya sabes dónde está el monovolumen y dónde he escondido las llaves. También sabes dónde está el muelle de Santa Mónica. Si todo se va a la mierda, prométeme que te irás. Aunque no pueda irme contigo.

La música retumba a nuestro alrededor en un torbellino vertiginoso que me hace sentir en un tiovivo. Quiero bajarme, pero no puedo.

—No —me limito a responder—. Bajo ningún concepto pienso dejarte aquí tirado. Tú no lo harías.

—Eres diferente —dice, con una mezcla de frustración y exasperación.

Levanto la barbilla para poder mirarlo directamente a los ojos.

—¿Lo soy?

—¡Sí! —La palabra sale de su boca como si unas manos invisibles se la arrancaran. Baja la voz—. Te lo estoy pidiendo como alguien a quien le importas.

Me gustaría decir alguna ocurrencia, pero todas las palabras ingeniosas se marchitan en mi lengua hasta convertirse en un «¿Por qué?» entrecortado.

—¿Que por qué? —La incredulidad se refleja en su rostro, apreciable incluso a través de las sutiles torsiones de la máscara—.

Pues porque eres inteligente y preciosa, y no soporto la idea de que te quiten la vida.

Y sí, quizá recurras al humor para sobrellevarlo todo con demasiada frecuencia, pero eso es solo porque eres tan fuerte que te niegas a derrumbarte.

Eres feroz y valiente hasta el extremo, y quiero explorar cada centímetro de tu ser, por dentro y por fuera.

Así que no me insultes preguntándome por qué me empeño tanto en asegurarme de que salgas de aquí con vida. No cuando me haces sentir…

Se detiene de repente y me mira con una intensidad tan electrizante que tengo la sensación de haber metido el dedo en un enchufe de ciento setenta voltios. La química que hay entre nosotros es ineludible, un rayo destinado a caer.

—¿Te hago sentir qué? —La pregunta se me escapa, desesperada y temeraria.

El asombro se refleja en su rostro mientras me coloca detrás de la oreja un rizo que se había soltado de mi semirrecogido.

—Pues eso. Me haces sentir.

Cierra los ojos y traga saliva, como si se estuviera armando de valor. Entre nuestra cercanía, la música y su confesión, no consigo pensar con la suficiente claridad para entender por qué.

—No me había sentido así desde… desde antes, o puede que nunca. —Vuelve a abrir los ojos y su mirada parece suplicante, como si necesitara que entendiera algo—. Hay un motivo para eso. Debería habértelo dicho antes, pero…

La música se detiene de golpe y las luces se apagan, por lo que no termina la frase.

Me aprieta contra su pecho con gesto protector mientras chillidos y gritos inundan el aire, aunque es imposible saber si son de alegría o de terror.

Solo se prolongan unos instantes, hasta que un único foco atraviesa el vestíbulo como un rayo láser, iluminando a alguien que desciende del techo suspendido de un aro.

Se encienden más focos cuando comienza un número musical más lento y sensual.

Cada uno de ellos ilumina a una mujer suspendida en el aire con unas telas acrobáticas negras.

Llevan trajes ceñidos de color escarlata y se mueven en perfecta sincronía.

A nuestro alrededor se oyen exclamaciones de asombro; todo el mundo observa a las acróbatas aéreas balancearse con languidez sobre nuestras cabezas.

Me dan ganas de agarrar todas esas telas de seda y tirarlas al suelo; de gritarles a los músicos que se callen para que Luke pueda terminar lo que estaba a punto de decirme.

Pero su atención, como la de todo el mundo, queda cautivada por las acróbatas mientras giran, dan volteretas y se desplazan por el aire.

Se mueven al unísono, con el pelo ondeando al compás de sus evoluciones.

—Es más difícil de lo que parece —le digo a Luke, para que deje de fijarse en ellas y vuelva a prestarme atención.

Cuando iba a la universidad, asistí a exactamente tres clases de telas acrobáticas con una amiga, y en las tres apenas logré elevarme unos pocos metros del suelo. Esas sedas duelen más de lo que su tejido vaporoso sugiere.

—Yo creo que es algo realmente difícil —dice él.

Parte de esa emoción pura que se reflejaba en sus ojos hacía tan solo unos instantes se ha desvanecido. Pero su corazón traiciona al resto de su cuerpo, latiendo al unísono con el mío. Estamos cara a cara, boca con boca.

La música lánguida y su sorprendente confesión hacen que una necesidad carnal de besarlo se apodere de mí.

Como si él lo percibiera, me aprieta la cintura con las manos y acerca su rostro al mío.

Su respiración es entrecortada y sus labios rozan los míos con cada temblorosa exhalación. No es suficiente. Necesito más.

Esa inquietud que me corroe por dentro es una sensación que me ha costado mucho sentir desde que llegué al inframundo. Hambre . Pero ahora sé qué es lo que realmente me apetece.

La próxima vez que sus labios rocen los míos, no permitiré que se alejen. Lo acerco aún más a mí, apretándome contra él mientras sus dedos se clavan en mis costados. Aprovecha mi jadeo y hace el beso más profundo.

Es como si las máscaras no se interpusieran entre nosotros, como si las bailarinas no estuvieran ahí arriba y los monstruos no estuvieran a nuestro alrededor.

Retrocedemos sin romper el sello de nuestras bocas, abriéndonos paso entre la multitud que observa boquiabierta a las artistas.

Si les molesta, me da igual. Me siento totalmente aturdida, como si tuviera la cabeza llena de algodón.

Nada importa salvo el hombre que tengo delante y que está cada vez más, y más, y más cerca.

Se me escapa otro grito ahogado cuando mi espalda choca contra una de las columnas.

Luke nos ha llevado a los márgenes de la multitud.

Encuentra la abertura de mi vestido y me agarra el muslo; sus dedos recorren mi daga enfundada y suben poco a poco, apartando el vestido.

Me arqueo contra él y se me escapa un gemido suplicante cuando su mano se desvía del lugar al que esperaba que se dirigiera y me agarra el trasero.

Aunque mido casi lo mismo que él, gracias a mis plataformas, parece que eso no le basta.

Me levanta de modo que quedo encajada entre él y la columna, un movimiento que nos acerca aún más, lo que me permite rodearle la cintura con las piernas.

Debería estar preocupada por su hombro, o por si estamos dando un espectáculo…

, o por…, o por… Pero nada de eso me importa.

Ya ni siquiera recuerdo por qué estamos aquí.

Nunca deberíamos haber salido de la cabaña, jamás deberíamos haber salido del baño.

Podríamos haber estado haciendo esto durante horas. Deberíamos haber…

Mis pensamientos cortocircuitan cuando sus labios se separan de los míos para besarme el cuello.

—¿Qué quieres? —me susurra contra la piel con voz entrecortada.

Es una pregunta que nunca he sabido responder porque nadie me la había hecho antes de verdad.

—Quiero… ¡Joder!

—¿Dónde?