Capítulo 29
—R epíteme las reglas —me dice Luke en voz baja mientras intentamos avanzar entre la multitud.
La Sede Central del Infierno está construida casi en su totalidad con vidrio negro y se eleva tanto hacia el cielo que las plantas superiores desaparecen por encima de las nubes.
A pesar de tener una fachada de cristal, es imposible ver el interior.
Todos los que nos acompañan en la cola llevan máscara, desde modelos bonitos y delicados hasta abominaciones grotescas que me hacen temer aún más lo que esconden.
Es como Halloween, solo que aquí el objetivo no es conseguir un KitKat gigante, sino sobrevivir.
—Nada de comida ni bebida. Prohibido hablar con otros; solo entre nosotros. Prohibido bailar con otros. Nunca perder al otro de vista. ¿Me olvido algo? No me esperaba un examen sorpresa —le susurro.
Aunque él se va poniendo cada vez más nervioso a medida que nos acercamos a la puerta principal, yo intento calmar mis nervios con falsa frivolidad. Pero no se me da demasiado bien.
Sus ojos brillan tras la máscara.
—Nada de pactos.
—Pero ¿por quién me tomas? ¿Por una aficionada? —El suelo pasa de hormigón áspero a una mullida alfombra color ciruela. Ya casi hemos llegado a la entrada. Se me revuelve el estómago—. ¿Seguro que podremos entrar?
Luke asiente.
—No hay una lista de invitados en el sentido estricto. Más bien es una… lista de no invitados. Pero, dado que todo el mundo lleva máscara, incluso eso va a ser difícil de controlar.
Me ofrece su brazo y yo me agarro a él. Las puertas dobles a las que nos acercamos están abiertas de par en par, dejando que los asistentes a la fiesta entren en masa.
A ambos lados hay parejas de perros del infierno que vigilan a todo el que pasa.
Por suerte, parece que ninguno de ellos es Zekiel ni Badulf, aunque no me cabe duda de que, a estas alturas, ya habrán salido del Mercado Nocturno.
—¿Preparada? —me pregunta Luke cuando solo unas pocas personas nos separan de la entrada.
—Todo lo que se puede estar —le respondo en voz baja, disfrutando de la sensación de su fuerte brazo pegado al mío.
Al pasar junto a los sabuesos, procuro mantener la mano derecha pegada al costado, cubriendo la abertura de mi vestido y la daga que se esconde tras los pliegues. No es hasta que atravesamos el segundo par de puertas cuando por fin me permito volver a respirar.
Me quedo boquiabierta. El interior del edificio parece sacado de un cuento.
El vestíbulo tiene más o menos el tamaño de un campo de fútbol y cuenta con un suelo de mármol negro con vetas doradas y plateadas.
Se extiende hasta las gruesas columnas que rodean el gran espacio, confiriéndole un aire gótico al estilo de la Grand Central Station.
El techo es alto y una exquisita lámpara de araña en tonos plateados, dorados y negros ilumina la estancia.
Sus brazos serpentean por encima de nuestras cabezas, creando un diseño entrelazado de luz.
Cuando la miro más de cerca, me doy cuenta de que los brazos representan serpientes de verdad.
La sala está rodeada por una galería y algunos invitados ya se asoman a la barandilla de mármol para contemplar la opulencia que se extiende a sus pies.
Todo el espacio central se ha dejado libre para charlar y bailar, y está rodeado por largas mesas repletas de comida, dispuestas entre las columnas.
A la derecha hay una barra de madera oscura, con varios taburetes elegantes ya ocupados.
A la izquierda, un escenario queda oculto tras un telón negro.
Caminamos hacia el fondo del salón, donde dos ascensores acristalados enmarcan una gran escalera construida con el mismo mármol negro del suelo.
Más o menos hacia la mitad, se bifurca en otras tres escaleras.
Las dos de los extremos conducen a la galería, pero la del centro lleva hasta una plataforma en la que se encuentra lo que solo puede describirse como un trono formado por grandes piezas irregulares de cristal negro.
Y, coronándolo todo, hay un reloj gigantesco con forma de luna.
—¿Esta es la Sede Central del Infierno? —pregunto en voz baja mientras Luke nos conduce hacia el interior de la sala.
—Esto es el vestíbulo —puntualiza, como para dejar bien claro que esto no es ni la mitad. Me aferro a su brazo todavía con más fuerza—. Vamos a por algo de beber.
Y así comienza la fase 2 del plan: pasar desapercibidos.
Luke pide dos cócteles mientras echo un vistazo a una de las muchas mesas repletas de carnes, quesos y todo tipo de aperitivos imaginables.
Y otros muchos que nunca me habría imaginado ni me interesaría probar, como el tartar de pato o los trozos de tuétano.
Aunque no vamos a comer, pongo en un plato algunas de las opciones menos desagradables para guardar las apariencias antes de volver con él.
—No hay mesas —comento.
Solo hay unas cuantas mesas altas, pero ninguna en la que puedas sentarte.
—Suele haber más sitios libres en la terraza —dice Luke. Nos quedamos el uno al lado del otro, fingiendo dar un sorbo a nuestras bebidas—. Como verás, la mayoría de los eventos aquí se centran sobre todo en el baile.
Se me ocurre un comentario sarcástico sobre bailar pegados, pero los nervios que me atenazan por dentro son demasiado fuertes como para poder soltarlo.
Observo cómo el interminable flujo de invitados va llenando poco a poco el enorme espacio.
Cada máscara es más espeluznante que la anterior, lo que nos hace ser conscientes de que estamos en una sala llena de monstruos, demonios y Dios sabe qué más.
Y, de alguna manera, tenemos que evitar a los peores para poder llegar hasta el velo.
Y, una vez que estemos allí, todavía no está claro cómo Luke piensa arreglarlo.
Desde el escenario se oye una serie de notas graves de contrabajo.
Se levanta el telón negro y aparece una orquesta de músicos con sus respectivos instrumentos.
Visten trajes y vestidos negros, pero la ropa les cuelga como harapos.
Tienen la mirada perdida y unos enormes moratones forman cráteres bajo sus ojos.
Al igual que el violinista del Mercado Nocturno, tienen los dedos cubiertos de sangre seca.
—No los mires —me dice Luke mientras se interpone en mi campo de visión justo cuando empieza la canción.
Su ritmo no es demasiado rápido, pero tiene algo de errático. Los cuerpos se lanzan a la pista de baile, fundiéndose en una masa multicolor.
—¿Son humanos? —pregunto.
—Antes lo eran, sí. Músicos desesperados que probablemente firmaron pactos que no deberían haber firmado. Ahora están atrapados aquí, engañados para que sigan tocando para siempre.
Finjo dar otro sorbo, deseando que el licor bajara por mi garganta en vez de dejar que lo absorba la servilleta que tengo debajo del vaso. El vaso ya está medio vacío y la servilleta, empapada.
—Mierda.
—¿Qué? —le pregunto a Luke, siguiendo la dirección de su mirada.
—Badulf y Zekiel acaban de llegar.
Se gira de modo que una columna se interponga entre ellos y nosotros.
—¿Y cómo sabes que son ellos?
—Todos los perros del infierno llevan las mismas máscaras de chucho. Pero ¿ves a esos dos de las orejas doradas?
Me asomo desde detrás de la columna. Del grupito de sabuesos del infierno que bajan por las escaleras de la galería, los dos que van delante son los únicos cuyas máscaras no son completamente negras.
—Llevan esa distinción porque están al mando. Y es bastante probable que sea por eso por lo que los enviaron a buscarnos. Son los mejores cazadores.
—No serán tan buenos cuando todavía no nos han pillado.
Luke me lanza una mirada de advertencia, como diciendo: «No lo gafes».
—Parece que están buscando a alguien —añado al ver cómo giran las cabezas mientras recorren la sala con la mirada. Cuando sus ojos se posan en mí, tengo que recordarme que llevo una máscara y me obligo a quedarme quieta.
Hasta que llegan al final de las escaleras y empiezan a caminar hacia nosotros.
—Borra lo que he dicho. —Me escondo detrás de la columna—. Creo que nos están buscando. Joder, lo he gafado. Vienen hacia aquí. Pero estamos a salvo, ¿no? Gracias a los disfraces.
A pesar de la máscara de cabra, puedo ver con claridad la expresión de enfado de Luke. Las máscaras se funden con nuestra piel para ocultar nuestros rasgos habituales, pero, de alguna manera, seguimos siendo nosotros mismos. Como si lleváramos puesto un filtro de las redes sociales en la cara.
—Recuerda que pueden olernos. Saben que estamos aquí.
—Entonces ¿nos damos por jodidos?
—Todavía no. —Coge mi bebida y el plato de aperitivos y los deja en la barra—. Tenemos que acercarnos más a la multitud para que no puedan distinguir nuestros olores. No atacarán al azar ni montarán un escándalo a menos que estén seguros del todo. ¿Qué tal se te da bailar?
—Mi experiencia empieza y termina con la «Macarena».
No se lo piensa dos veces y me agarra de la mano para llevarme a la pista de baile.
—No sé qué es eso, pero tú sígueme.
Me rodea la cintura con un brazo y me atrae hacia él.
Con las manos entrelazadas, empezamos a movernos al compás de una especie de vals que, desde luego, no es nada normal.
Es más rápido, y me veo obligada a agarrarme a Luke para seguirle el ritmo, aunque evito tocarle el hombro herido.
Debería haberle cambiado las vendas antes de entrar o, al menos, haberle echado un vistazo, pero no quiso perder el tiempo.
—¿Está funcionando? —le susurro al oído. Mis labios rozan su lóbulo y me complace su brusca inspiración.
—Eso creo. —Nos deslizamos por la pista. A pesar de lo insólito que resulta el sonido y de la multitud de parejas que nos rodean, no tropezamos con nadie—. Las máscaras no los están ayudando.
—Bien —digo, justo en el momento en que me suelta y empiezo a dar vueltas, incapaz de contener la risa. Aunque no haya bebido nada, la adrenalina que me recorre las venas es igual de embriagadora. Cuando Luke vuelve a tirar de mí, me topo de frente con él.