Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 28
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Capítulo 28

M e despierto sola. Y desnuda.

En algún momento debí de perder la toalla, aunque estoy bien tapada con la manta y tengo la cabeza apoyada en una almohada. El sol se cuela entre las cortinas oscuras, lo que me hace pensar que he dormido unas pocas horas, quizá más.

Al darme cuenta, me incorporo de un salto y, en mi prisa por salir de la cama, aparto la manta de una patada.

En la mecedora están mis gafas y la ropa que Luke me quitó en el baño, ahora dobladas con esmero.

Me las pongo corriendo mientras me invade el pánico al pensar que haya podido hacer alguna tontería, como dejarme aquí para poder irse solo a Silicon Valley. Jamás se lo perdonaría.

Con los pies apenas metidos en las perneras de los pantalones, salgo tambaleándome al pasillo.

La puerta del baño está abierta y la luz apagada.

Las imágenes de mí sentada en la encimera, deshaciéndome en los brazos de Luke, me golpean con la fuerza de un tren de mercancías.

Me doy la vuelta antes de que los recuerdos asuman el control, y noto cómo mi ansiedad crece al entrar en el salón vacío.

—Ah, ¿ya estás despierta?

El alivio me abruma. En la pequeña mesa para cuatro de la cocina, Luke sostiene una taza de lo que supongo que es té, a juzgar por el aroma a hierbas que me llega. Moira entra en escena con su propia taza en la mano.

Moira está aquí. Lo que significa que…

—¿Lo han conseguido? —pregunto, con la esperanza que siento en el pecho borrando cualquier otro pensamiento—. ¿Han vuelto al supramundo?

—Las he llevado al muelle. —Moira se sienta junto a Luke y le da un sorbo a su té—. Lo único que sé es que ya no están en este mundo.

El alivio que siento es tan grande que casi se me doblan las rodillas. Luke me acerca una silla y yo me dejo caer sobre ella.

—Gracias —consigo decir con dificultad—. Gracias, gracias, gracias.

Es difícil descifrar la expresión de Moira debido a las cicatrices, pero su mirada se suaviza.

—Lo he hecho lo mejor que he podido. Y tú también. Diría que las dos hemos cumplido con nuestra parte.

Sus ojos se desvían hacia Luke, que le devuelve la mirada antes de centrarse en mí.

—Muchas gracias a las dos. Pero Brie y yo no nos podemos quedar aquí. Tenemos una velada a la que asistir.

Abro mucho los ojos.

—Ah, ¿sí?

—La Velada de los Desconocidos. —Luke asiente y se bebe hasta la última gota de su té.

Me suena de algo. Shonda, la bailarina del Mercado Nocturno, la mencionó—.

Una celebración del eclipse que está a punto de producirse.

Va a ser la fiesta más grande del año. Y la más concurrida.

Dado que se trata de un baile de máscaras, no debería costarnos entrar sin que nos descubran.

Se celebra en la Sede Central del Infierno y no se me ocurre mejor sitio al que ir.

—¿Y entonces qué vamos a hacer? ¿Intentar acorralar al diablo?

—Tened cuidado —nos advierte Moira. Esas palabras son tan de madre que se me encoge el corazón—. He oído que anda bastante irascible últimamente.

—Más bien justo lo contrario —me responde Luke—. Lo mejor sería evitarlo a toda costa. Él custodia el velo, que también se encuentra en la sede central. Esta noche estará algo distraído con la velada. Iremos a la fiesta, nos mezclaremos con los invitados y luego nos escabulliremos en cuanto llegue.

—¿Y si nos descubren e intenta matarte? —le pregunto, nada convencida.

Moira niega con la cabeza ante la idea de que sus hijos pudieran llegar a enfrentarse entre sí de forma tan violenta. Pero ella no ha visto lo que yo he visto. A Luke arrodillado ante Beliar, enviado por el cabrón de su hermano, a punto de morir.

Sin embargo, a Luke no parece preocuparle demasiado. Esboza una sonrisa de satisfacción.

—Entonces supongo que es una suerte que estés ahí para salvarme. Bueno, vamos a prepararnos para marcharnos.

—Quizá debería darme una ducha primero, si tenemos tiempo.

Siento cómo me suben los colores a las mejillas, porque él, por supuesto, sabe perfectamente por qué necesito darme una ducha. Por la forma en que siento su mirada clavada en mi espalda al salir, sé que él está pensando lo mismo.

Paso el menor tiempo posible en el baño para evitar que me invadan los recuerdos de lo que hicimos aquí hace apenas unas horas.

Para cuando salgo, Luke ya ha cargado nuestras bolsas en el monovolumen.

Le doy las gracias a Moira antes de sentarme en el asiento del copiloto mientras su hijo se queda en el porche.

Moira le dice algo que no puedo oír desde donde estoy.

Sea lo que sea, hay una mirada de apremio en sus ojos.

Al final, él asiente, aunque parece reacio.

Ella lo abraza, un gesto que lo pilla desprevenido.

Él es mucho más corpulento y alto. Poco a poco, la rodea entre sus brazos y se inclina hasta que su mejilla queda apoyada en la parte superior de la cabeza de ella, cubierta por un pañuelo.

El anhelo de un abrazo de mi propia madre me parte el corazón. Me doy la vuelta, con la sensación de estar entrometiéndome en un momento que no me corresponde.

Por fin, Luke abre la puerta y se pone al volante.

—¿Seguro que estás en condiciones de conducir? —le pregunto, señalando su hombro con la cabeza. No le ha estado prestando a su costado izquierdo toda la atención que debería.

—Eso creo.

Al girar la llave en el contacto, el monovolumen arranca con un petardeo. Se adentra en el camino de tierra y pone rumbo al oeste.

—Entonces, para esa velada… —Decido sacar el tema tras unos instantes de silencio en la carretera.

En el coche se respira una atmósfera tensa, aunque sin llegar a ser incómoda.

Desde que se despertó, parece nervioso y reservado, más parecido al Luke de Curated Care que al Luke que se está convirtiendo en algo más.

Me gustaría hablar de lo que pasó en el baño, desentrañarlo capa a capa, pero no puedo—. ¿Vamos a necesitar disfraces?

—Algo así.

Me mira con una expresión de inquietud en el rostro.

—Oh, oh. Esa mirada me dice que se avecinan problemas. ¿De verdad quiero saber de dónde vamos a sacarlos?

Suelta un suspiro.

—Hay otro ex al que tenemos que hacerle una visita.

Unas horas más tarde, dejamos el monovolumen en un aparcamiento y nos colamos por la puerta lateral de un almacén que parece abandonado. Nuestros pasos resuenan a medida que nos adentramos en el cavernoso espacio.

—¿Sabes? —empiezo, con la mano suspendida junto a la daga enfundada en mi muslo—.

Esta es la parte de las películas en la que los protagonistas caen en una trampa.

Sé que no has visto muchas, y eso es algo en lo que tendremos que trabajar, así que tendrás que creerme. Esta es la viva imagen del peligro.

—La verdad es que esta es la idea más descabellada que he tenido hasta ahora —murmura Luke.

—Lo cual ya es mucho decir, sobre todo después de lo del motel de vampiros.

Como si fuera una señal, las luces empiezan a titilar.

El cambio es desconcertante y tengo que parpadear para eliminar los destellos antes de poder tomar conciencia del espacio.

Es un almacén, pero no está ni mucho menos vacío.

Las paredes están cubiertas de estantes con ropa colgada que abarcan desde el suelo hasta el techo, con algunas escaleras enormes con ruedas.

Parece una gran biblioteca, salvo por la ropa.

Es como unos grandes almacenes, pero a lo bestia.

—Bienvenidos a Chryser’s Apparel Emporium —resuena una voz—. Me llamo Chryser y estoy aquí para lo que necesiten.

El eco hace difícil determinar de dónde proviene la voz, pero al final consigo distinguir la silueta de una persona detrás de un biombo ornamentado.

—Le gustan las puestas en escena —me susurra Luke al oído—. Tú síguele la corriente.

Lo miro, parpadeando. Pero entonces sale un hombre atractivo de detrás del biombo.

Viste como si estuviera preparado para irse al Coachella, con un chaleco de cuero carmesí ceñido al torso que deja al descubierto unos brazos tonificados.

Sus pantalones de pata ancha combinan a la perfección y le ocultan los pies.

Una franja de piel bronceada asoma provocativamente entre el bajo del chaleco y la cintura de los pantalones.

Parece humano, o al menos lo parecería si no fuera por la cola que se balancea de un lado a otro detrás de él.

Es como la de un gato y, a medida que se va acercando, me doy cuenta de que no es su única peculiaridad.

Sus ojos son de un verde intenso precioso, con un brillo especial que parece reflejar la luz.

Tiene las pupilas alargadas verticalmente, lo que le confiere una mirada inquietante.

Es tan fascinante como todo lo demás en él.

Luke levanta su mochila.

—Tengo unos trescientos frascos de almas aquí dentro. ¿Supongo que bastará para dos conjuntos para una velada?

Chryser pone los ojos en blanco.

—Siempre te has centrado demasiado en el aspecto comercial de las relaciones. Quizá solo quiera hacerle un favor a un viejo amigo. Han pasado ya unos cuantos años.

Su sonrisa es tan felina como el resto de él. Encantadora y cautivadora.

Luke entrecierra los ojos, impasible.

—No quiero favores. Prefiero pagar.

Chryser hace un gesto de indiferencia.

—Si insistes… ¿Qué estilo estás buscando? ¿Algo deslumbrante? ¿Atrevido? ¿Memorable? ¿Vanguardista?

Mientras habla, traza círculos a nuestro alrededor como un tiburón descarado. Me acerco más a Luke.

—¿Algo cómodo que nos permita movernos? —le sugiero—. ¿Con lo que podamos correr?

Luke me lanza una mirada como para decirme que estoy delatándonos. Me aclaro la garganta y lo vuelvo a intentar.

—Nada demasiado ajustado —matizo—. Algo transpirable.

Chryser chasquea los dedos. Sus uñas terminan en puntas curvas, como garras, igual que las de la mujer que vendía los billetes de tren.

—Con eso ya puedo trabajar. Ojalá ese hombretón que tienes al lado fuera la mitad de bueno que tú usando las palabras.