Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 27
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Capítulo 27

E n cuanto mis labios se posan sobre los de Luke, él me atrae hacia sí con las manos, como si estuviera hambriento y yo fuera la primera comida que prueba en días.

Es probable que el movimiento le tire del hombro, pero eso no lo detiene.

Al contrario, me acerca a él hasta que me quedo sentada en el borde de la encimera, con todo el cuerpo pegado al suyo.

Este beso es radicalmente distinto al que nos dimos en el valle.

Aquel fue desesperado y fugaz, terminó antes siquiera de comenzar.

Este es apasionado y embriagador, como si el tiempo se detuviera para nosotros.

Sus labios abrasan los míos, y son voraces, como si no se saciaran nunca de mí.

Inclino la cabeza para hacerlo más profundo, rozando su labio inferior con mi lengua.

Él me deja entrar, y su lengua se une a la mía en una exploración deliberada que me deja sin fuerzas y desatada a la vez.

Con una mano en su pecho y otra detrás de su nuca para mantenerlo cerca de mí, arqueo la espalda, presionando por completo mi cuerpo contra el suyo.

Él gime y ese sonido me atraviesa como un rayo. Su mano derecha me rodea la mandíbula, mientras que con la izquierda juguetea con el borde de la fina tela de mi camiseta.

—Quítamela —jadeo contra sus labios. Un instante después, me la pasa por la cabeza y la tira a un lado. Su boca vuelve a devorar la mía.

—¿Qué más? —me pregunta entre besos lánguidos que hacen que mis pensamientos se derritan hasta formar un charco en el suelo del baño.

Le cojo la mano izquierda, teniendo cuidado con su hombro, aunque él no lo tenga, y la acerco a mi sujetador. Él alarga el brazo por detrás de mí para desabrochar el cierre, y lo consigue a la primera.

Un gemido se me escapa cuando Luke desliza la mano bajo las copas sueltas para acariciar mi pecho desnudo con la palma y rozar el pezón con el pulgar. Jadeo contra su boca.

—¿Te gusta? —murmura contra mis labios, y al fin se deshace por completo del sujetador—. Pues espera a que te folle.

El lenguaje soez saliendo de sus labios es más excitante que todo lo que ha pasado hasta ahora.

—¿Ah, sí? ¿También has soñado con eso? —le provoco.

Su risa me roza la mejilla.

—Nunca vas a dejar que lo olvide, ¿verdad?

—Jamás. Y no has respondido a la pregunta.

Su boca vuelve a la mía y me sorprende lo surrealista que resulta que este sea Luke .

Luke, que fingió no saber cómo me llamaba solo para que le hablara.

Luke, que me arrastró en un viaje por carretera a través del infierno para salvar a mi mejor amiga.

Luke, cuyas caderas están tan cerca de las mías que puedo sentir el contorno de su erección por encima de la toalla.

Una toalla por la que haría atroces pactos demoniacos con tal de deshacerme de ella.

Echo la cabeza hacia atrás cuando su mano se enreda en mi pelo y tira de él para que le deje el cuello al descubierto.

Cuando separa la boca de la mía, se me escapa un quejido lastimero y ansioso, que rápidamente se convierte en un gemido cuando sus labios van dejando un rastro de besos ardientes y húmedos a lo largo de mi cuello.

—Respondiendo a tu pregunta: sí, he soñado con esto. Pero mi imaginación se quedó corta, porque ni siquiera me acercaba a lo maravilloso que es sentirte en realidad.

—Es comprensible. Después de todo, eres un fanático de las hojas de cálcu… ¡Ah!

Mi burla se convierte en un grito cuando me rodea el pezón con la lengua.

Mis dedos están enredados en su pelo y tiro con fuerza de sus mechones ante esa sensación que me nubla la razón.

Todo es excitante, desconcertante y rápido, como una montaña rusa de la que te bajas dando tumbos antes de darte cuenta de que el viaje ha terminado.

Me agarra por la cintura de los leggings. Apoyo las manos en la encimera y levanto las caderas para que pueda bajármelos por las piernas junto con la ropa interior. Los deja caer al suelo y da un paso atrás para observarme.

La niebla que enturbia mis sentidos se disipa cuando las inseguridades me invaden la mente. Mi cuerpo, más blando que nunca, completamente desnudo ante él. Me retuerzo bajo su mirada de ojos entornados mientras los segundos se alargan.

Como si intuyera mis pensamientos, acorta la distancia que nos separa. Nuestras bocas, como imanes, se unen en un beso, aunque menos precipitado y desesperado que antes. Ahora está cargado de dulzura.

—Eres preciosa —murmura—. Eres preciosa y valiente, joder.

Sus palabras me encienden. Vuelvo a enredar los dedos en su pelo y lo atraigo hacia mí. Él se coloca de nuevo entre mis piernas, donde debe estar.

Con la mano derecha me abre aún más los muslos. Se me escapa un gemido cuando su dedo recorre el camino hacia donde más lo deseo. Él gime contra mi boca.

—Tan preciosa, tan valiente y tan mojada.

Echo la cabeza hacia atrás con un gemido. Él aprovecha para atacar mi cuello a la vez que desliza el dedo en mi interior, dándome placer allí donde más me gusta.

—Yo también he estado pensando en esto —confieso—. En ti tocándome. En el motel de Tulsa ni siquiera podía estar tumbada en la cama contigo. Me haces sentir…

Me quedo sin aliento cuando introduce otro dedo, y luego los va sacando de vez en cuando para frotar ese punto que me hace retorcerme. Acerca la boca para rozarme la oreja. Me estremezco.

—¿Cómo te hago sentir?

Poner en orden mis pensamientos resulta imposible con el movimiento estratégico de sus dedos.

Tampoco soy capaz de seguir el ritmo de su boca, así que prefiero concentrarme en la cicatriz que le cruza la garganta.

Mis labios la encuentran, succionan la piel erizada, y entonces un escalofrío le recorre el cuerpo.

—¿Cómo te hago sentir? —repite, retorciendo los dedos. Se me escapa un grito. La parte baja del abdomen se me tensa tanto que apenas puedo contenerme.

—De puta madre. Como… como si fuera a… —jadeo.

Luke gime y captura mis labios en un beso abrasador. Con la mano izquierda, la cual no debería estar usando, me masajea el pecho.

—Quiero que te corras —me dice, una mezcla de confesión y orden—. Córrete para mí.

Me pellizca el pezón y yo me hago añicos.

De mis labios brotan sonidos que nunca antes había emitido mientras él sigue con sus caricias, llevándome al límite hasta que no soy más que un cuerpo tembloroso y estremecido.

Se acerca a mi hombro y me da un beso largo, y su cabello húmedo me hace cosquillas en la cara.

Poco a poco, retira los dedos. Un gemido se me escapa de la garganta al notar la pérdida.

Él intenta dar un paso atrás, pero yo me aferro a él, obligándole a quedarse.

—Quiero más. —Mi voz entrecortada no parece la mía—. Te quiero a ti .

Deslizo la mano entre nosotros para acariciarlo por encima de la toalla que aún lleva bien atada a la cintura. Al sentir mi tacto, se le escapa el más precioso de los sonidos.

—¿Estás segura? —pregunta, vacilante, como si él mismo no lo tuviera muy claro—. Podemos dejarlo. No he olvidado lo que dijiste antes sobre que necesitas conocer bien a alguien antes de…

—A ti te conozco. —Con la mano libre le agarro la mejilla para que no tenga más opción que ver la sinceridad y el deseo en mi mirada. Apoya la cabeza en la palma y me da un beso suave en la muñeca—. Confío en ti. Yo…

No me deja terminar la frase, y vuelve a posar sus labios sobre los míos.

Es un beso tierno y pausado, como si tuviéramos toda la eternidad en este instante.

Por fin, por fin , le quito la toalla de las caderas.

Cuando siente que lo envuelvo con la mano, jadea y abre los ojos de par en par por la sorpresa.

—¿Qué? —susurro, sintiendo cómo la satisfacción me invade ante su reacción.

Su aliento me roza la mejilla cuando se ríe.

—Es solo que… Es que… Yo… —Otra risa mientras sacude la cabeza, con las mejillas sonrojadas—. Hace tiempo que no hago esto y me da miedo que se note.

—A mí me pasa igual —admito—. Si tú quieres hacerlo, yo también.

— Sí —gime, aunque apoya su mano sobre la mía para impedir que me mueva. En sus ojos se refleja la decepción—. Pero no tengo nada. Los anticonceptivos aún no son habituales en el inframundo.

—¿Marcha atrás y a rezar? —bromeo sin aliento.

—La verdad es que no soy mucho de rezar. —Traga saliva con dificultad cuando vuelvo a rozar su cicatriz con los labios—. Aunque por ti haría una excepción.

—Por suerte para los dos, llevo puesta la inyección. —Me aparto un poco para mirarlo con seriedad—. Por mi parte no hay problema, si tú estás de acuerdo.

Encuentro la respuesta en sus manos, que me acercan con delicadeza aún más al borde de la encimera. Solo le suelto cuando se aprieta contra mí, y el deseo de tenerlo me consume por completo.

—Mírame —dice en voz baja, levantándome la barbilla para que le mire a los ojos.

Lo hago y, durante un largo instante, solo existe esto: su pulgar acariciándome la mandíbula, mis dedos acariciando el pelo corto de su nuca, nuestras miradas entrelazadas mientras un millón de emociones fluyen entre nosotros.

Y entonces, con un movimiento fluido, sus caderas se encuentran con las mías—.

¿Estás bien? —me pregunta. Asiento, incapaz de articular una frase coherente ni aunque mi vida dependiera de ello.

¿El sexo siempre ha sido así de placentero?

Es algo más que placentero. Es sentirme a salvo . Atrapada en la jaula de sus brazos y el calor de su cuerpo, siento que nada puede hacerme daño. Ni ningún demonio ni monstruo, ni el dolor ni la culpa. Lo único que percibo son los latidos de su corazón contra el mío, una señal de que no estoy sola.

Sé que él también lo siente. Me acaricia la mejilla amorosamente antes de volver a buscar mi boca y gemir en ella cuando mis uñas le dejan marcas en forma de medialuna en la piel. Parece que he olvidado cómo respirar por la nariz y rompo el beso para llenar los pulmones de aire.

—Respira, Brie —murmura. Es lo mismo que me dijo en el tren hacia el infierno.

Pero eso fue entonces, y esto es ahora, y todo es diferente.

Yo, él, nosotros. Porque hay un nosotros , y quizá hayamos llegado hasta aquí de una forma poco convencional, pero no hay ningún otro lugar en el que prefiera estar.

—¿Dónde estás? —pregunta, separando los labios de los míos para volver a besarme en el cuello.

—No lo sé —jadeo, un poco enfadada por que haya decidido poner a prueba mis conocimientos de geografía justo ahora—. ¿En algún lugar de la California del infierno?

Su risa retumba contra mi clavícula.

—Me refería a si ya estás a punto.

—Ah. —Se siente bien , pero…—. Nunca he acabado dos veces seguidas.

Levanta la cabeza de mi cuello, con el ceño fruncido con aire enigmático, antes de arrodillarse. Lo miro fijamente, con los labios entreabiertos.

Esboza una sonrisa pícara antes de hundir la cabeza entre mis piernas.

El roce de su barba incipiente me hace cosquillas en los muslos, lo que se suma a la excitación desbordante del momento.

No tardo mucho en sentir esa familiar oleada de placer.

Entrelazo los dedos en su cabello y tiro de los mechones hasta que se pone de pie.

Lo atraigo hacia mí y suspiramos en la boca del otro cuando volvemos a ser uno.

Basta con que su pulgar apenas trace un semicírculo en la unión de mis muslos para desmoronarme.

Él me sigue solo un instante después, gimiendo mi nombre contra mi mandíbula. Le recorro la espalda con las uñas, escuchando el latido constante de su corazón junto a mi oído.

Al momento, empiezo a ver borroso por los bordes al notar que el cansancio se instala en mis huesos. Solo cuando me envuelve con una toalla limpia, el mundo vuelve a enfocarse. Luke tiende la mano con la palma abierta y me mira expectante con una sonrisa tierna.

—¿Qué? —pregunto cuando me da la sensación de que estoy perdiéndome algo.

—Tienes que quitarte las lentillas, ¿verdad?

Tiene razón, así que me las quito y dejo caer las lentes de contacto transparentes en su mano extendida. Por alguna razón, me parece que es el intercambio más íntimo que hemos tenido hasta ahora.

Con su brazo sano, me lleva en volandas hasta el dormitorio. Nunca antes me habían llevado así. Siento cómo un calor nuevo me invade, aunque se desvanece en cuanto me deja sobre la cama.

Su silueta difusa sale de la habitación. Debo de haberme quedado dormida envuelta en la toalla, porque cuando abro los ojos, él está sentado en la cama y me despierta con delicadeza.

—Come —me dice mientras me pasa una gruesa rebanada de pan untada con algo.

No tengo hambre, de hecho, creo que nunca me he sentido tan llena , pero le doy un mordisco para complacerlo y murmuro de placer al saborear la mermelada.

Él también se ha preparado una rebanada y comemos juntos en silencio.

Ahora que hemos salido del vapor embriagador del cuarto de baño, de repente me siento tímida. No sé cómo afrontar lo que acabamos de hacer. Lo único que sé es que no quiero que sea la última vez que lo hagamos.

Cuando terminamos, él se recuesta con cuidado sobre las dos almohadas apiladas que tiene detrás. Son las únicas dos que hay en la cama.

—Ven aquí. —Me hace señas para que me coloque a su lado.

Soy muy consciente de que solo nos cubren nuestras respectivas toallas, así que tiro de la manta de punto doblada que hay a los pies de la cama.

Cuando me tiendo, su brazo derecho ocupa el espacio donde estaría mi almohada.

Como no tengo otro sitio donde apoyar la cabeza, la descanso sobre su bíceps.

—¿Qué hacemos ahora?

No estoy segura de si me refiero a este preciso instante, el uno al lado del otro; si estoy buscando un plan de acción para nuestra próxima parada en este viaje por carretera; o si me refiero a nosotros, y a lo que seremos el uno para el otro si logramos volver a nuestro mundo.

—Vamos a dormir —responde él, eligiendo el aquí y ahora—. Y esta noche iremos a Silicon Valley.

—¿Y cuando volvamos a casa? —«Si es que volvemos» es algo que no me molesto en añadir.

—Tenemos una cita. —La naturalidad con la que lo dice me arranca una risa adormilada. Estamos piel con piel, y el calor que irradia me arrulla en una falsa sensación de seguridad. Las secuelas de nuestro delirio en el baño me han dejado exhausta y sin fuerzas. Me voy apagando muy rápido.

—Al cine —me apresuro a decir antes de que el sueño me venza—. Nuestra primera cita tiene que ser para ir al cine, para que por fin puedas apreciar lo divertida que soy. ¿Tenemos un trato?

Su risa es dulce y tranquilizadora, algo a lo que podría acostumbrarme. El mero hecho de pensar en ello me parece lo más peligroso que he vivido hasta ahora.

—Trato hecho —acepta él—. Cuando volvamos, te llevaré al cine.

—Trato hecho —repito, incapaz de seguir manteniendo los ojos abiertos. Me quedo dormida acurrucada a su lado, con la mano sobre su corazón, sintiendo el ritmo constante de sus latidos.

Por primera vez desde el accidente, no sueño nada.