Capítulo 26 #2
—Yo no soy ningún héroe.
—Krystal no estaría de acuerdo. Tampoco Poppi ni Yasmine. Lo de Madeline fue culpa mía, no tuya.
—No. —La palabra sale disparada de su boca. Me sostiene la barbilla con la mano, levantándome la cabeza para que no me quede más remedio que mirarle a los ojos—. No fue culpa tuya. Nada de esto es culpa tuya. ¿Lo entiendes?
Sorprendida, asiento. No sé dónde poner las manos, así que las apoyo sobre su pecho.
Tiene los ojos tan oscuros que me dan ganas de sumergirme en ellos para ver todo lo que se esconde bajo la superficie.
Quiero conocer a Luke a fondo. De repente, me doy cuenta de que es porque quiero que él me conozca a fondo a mí .
Da miedo conocer y ser conocido. Más que perder a alguien. Pero ya he estado a punto de perder a Luke, y no puedo fingir que eso no resultara aterrador de todos modos.
—Me encanta pedir comida tailandesa para llevar —digo antes de que me abandone el valor—.
Y la lluvia, sobre todo durante las tardes bochornosas de Florida, porque es cálida, extraña y perfecta.
Mi flor favorita es la equinácea púrpura.
Cada primavera brotaban en el jardín de casa y mi padre y yo solíamos quejarnos de lo raras que eran, pero a mi madre le encantaban, así que ahora a mí también.
Antes de pensar siquiera en ser médica, quería estudiar cine.
Ser productora o guionista me parecía increíble. Me encantan las películas y…
Me muerdo el labio inferior cuando me doy cuenta de que estoy soltando un rollo tremendo. Luke me mira con expresión intrigada. Se me escapa una risa nerviosa.
—Perdona, no venía a cuento. Estaba pensando en lo que dijiste en el coche sobre que querías conocerme, pero…
—Creo que no he probado nunca la comida tailandesa, pero seguro que me gusta.
—Su voz es grave y sincera. Con las palmas de las manos sobre su pecho, siento el retumbar de cada palabra—.
Me encanta la lluvia. Mientras me dirigía hacia el este, hacia Nueva York, fue mi mejor compañera.
Nunca me han llamado mucho la atención las flores, pero cuando desperté en el supramundo, me encontré en un campo de amapolas y tenían los colores más vivos que había visto en mi vida.
Cuando cierro los ojos, aún las veo y me cuesta creer que fueran reales.
Que cualquiera de las cosas hermosas que ofrece el supramundo lo sea.
El corazón me da un vuelco. Sus caderas se encajan a la perfección entre mis rodillas. La parte delantera de su toalla está a solo unos centímetros del lugar donde más calor siento.
Me mira fija, intensamente, y sigue hablando:
—Nunca pensaba en qué sería de mayor porque no estaba seguro de si llegaría a serlo. Cuando llegó el momento, la dirección de empresas me resultó algo sencillo, aunque creo que no lo llamaría pasión. Lo que realmente me encanta es una buena hoja de cálculo.
Se me escapa una carcajada.
—Las palabras «Lo que realmente me encanta es una buena hoja de cálculo» jamás deberían salir de la boca de un humano. En la vida.
Sonríe, con un brillo divertido en los ojos.
—Te parecerá una locura, pero lo mejor de mis fines de semana era analizar los datos del informe semanal.
Finjo sufrir una arcada, pero el gesto pierde impacto porque no puedo dejar de reírme. Son esas risas flojas de cuando estás tan agotada que no sabes ni en qué hora vives, pero risas al fin y al cabo.
—Repugnante. Diabólico. Rozando el masoquismo.
—Puede que también disfrutara de las breves interacciones que mantuvimos para poder recibir dicho informe.
Eso me corta la risa de golpe y me deja sin aliento.
—¿Ah, sí? ¿Las disfrutabas tanto que ni siquiera te acordabas de que no me llamaba Brianna?
Se le escapa una risa gutural mientras deja caer la cabeza entre los dos y la sacude de un lado a otro.
—¿De verdad pensabas que no me sabía tu nombre?
Me encojo de hombros; el gesto es despreocupado, pero la tensión que vibra crepitando entre nosotros es absolutamente salvaje.
—Nadie aparte de Krystal me conocía realmente. ¿Por qué ibas a saberlo?
Levanta la cabeza.
—Porque quería saberlo. Tal vez incluso antes de ser consciente de ello. Lo del nombre fue algo muy infantil. No sé de dónde surgió. Solo quería tener un motivo para hablar contigo.
Inclino la cabeza y el pelo me cae sobre el hombro. Él sigue el movimiento con una mirada llena de avidez.
—Y ahora no consigues que me calle.
—No querría hacerlo ni aunque pudiera.
—¿No? —Ahora que sé cómo es la sensación de tener su boca sobre la mía, lo deseo con todas mis fuerzas. Odio que siga habiendo distancia entre nosotros. El miedo de estar a punto de perderlo solo se calma sintiéndolo en cada parte de mi cuerpo—. La verdad es que ya estoy un poco harta de hablar.
—¿Y qué prefieres hacer? —pregunta él con voz ronca.
Gabby nunca sería sincera. Pero, aunque hay partes de ella que aún viven en mí, y eso es algo que cada día se hace más evidente, estoy agradecida de no ser ya ella.
Soy yo misma. Ya no tengo miedo de conseguir lo que quiero ni de sobrevivir a un viaje por carretera a través del infierno. Al menos, hasta donde he llegado.
No está esperando una respuesta…, y yo no pienso dársela. Al menos no con palabras.
Así que, en su lugar, lo beso.