Capítulo 26
T odavía está oscuro cuando me despierto.
Busco el teléfono para mirar la hora, pero enseguida recuerdo que se lo di a Krystal. Krystal . Me duele el corazón al pensar en mi amiga. Espero que ya haya vuelto al supramundo en busca de ayuda. Si hay algo a lo que me aferro es a eso.
Me quedé dormida con las lentillas puestas, así que tengo que parpadear varias veces para aliviar el ardor de los ojos. Cuando por fin puedo ver, lo primero que percibo es la cama vacía que tengo delante.
Y con vacía me refiero a que no está Luke.
Me levanto de un salto de la mecedora y me crujen los huesos con el movimiento.
Me duele todo el cuerpo y, para colmo, tengo un tirón en el cuello.
Pero eso no me impide irrumpir por la puerta cerrada del baño.
El grifo de la ducha está abierto y el vapor me envuelve.
Tropiezo con la ropa tirada en el suelo y me apoyo en el lavabo para no caerme.
Miro fijamente los vaqueros y los calzoncillos antes de levantar la vista hacia la silueta en penumbra que se percibe tras la cortina de la ducha.
—¿Luke?
Es imposible que esté ya en pie. Estaba al borde de la muerte. No puede ser…
—Podrías haber llamado.
Me dan ganas de apartar la cortina de golpe solo para ver si realmente está aquí o si estoy atrapada para siempre en una pesadilla que se vuelve cada vez más extraña. Abro la boca, pero solo me sale un patético chillido.
Asoma la cabeza por detrás de la cortina. En la cara se le nota el cansancio, pero sí que es él.
—Hola, Brie.
—¿Qué estás haciendo ? —Miro alternativamente hacia la puerta abierta que da a la cama en la que yacía moribundo hace unas horas y luego a él, vivo y…, bueno, no precisamente en plena forma, pero vivo .
—Me estoy dando una ducha —responde con total naturalidad. A pesar del tono desenfadado, en sus palabras se nota el dolor—. He intentado que no se mojaran los vendajes, pero creo que no lo he hecho muy bien.
No sé qué decir. Siento tal alivio que se me ha subido la sangre a la cabeza. O quizá sea el vapor, sumado a que todavía no he comido nada.
—Perdona si te he asustado al no estar ahí cuando te has despertado. —Desaparece tras la cortina e intento no seguir los movimientos de la silueta de su cuerpo mientras continúa duchándose. No puedo ver nada en concreto, pero tampoco es que esté mirando…
Mucho.
—Siento haber entrado así. —Empiezo a marcharme—. Te dejaré disfrutar de tu intimidad siempre y cuando me prometas que no te vas a desmayar ahí dentro.
—Quédate.
«Quédate». Esa palabra que estaba convencida de que solo había pronunciado unas horas antes porque deliraba por la pérdida de sangre. Y ahora aparece de nuevo, cuando, como por arte de magia, se encuentra lúcido.
—Quédate, por favor —añade—. ¿Te importaría volver a vendarme la herida cuando salga?
Suena… ¿indeciso? No, más bien inseguro. Como si no quisiera sobrepasarse al pedirme esto. Como si aún quedaran barreras entre nosotros.
—Por supuesto que no. —Cierro la puerta, dejándonos a los dos dentro del baño.
El agua de la ducha para de correr y se me corta la respiración cuando él coge una toalla que cuelga de un gancho.
Me doy la vuelta hacia el lavabo, donde la situación no es muy diferente debido al espejo, aunque está empañado.
Dejé el botiquín sobre la encimera, así que me entretengo sacando los artículos necesarios.
—Puedes darte la vuelta —dice—. Ya me he tapado.
La que no voy a poder taparme soy yo. Aun así, me giro hacia él. Está de pie con una toalla blanca atada a la cintura; las gotas de agua caen desde las puntas de su pelo sobre las baldosas agrietadas con un suave tintineo. El cuarto de baño es tan pequeño que estamos casi pecho con pecho.
—No sé cómo puedes mantenerte en pie ahora mismo —le digo mientras le quito con cuidado el vendaje mojado del hombro. Me alegra ver que solo tiene unas pequeñas manchas de sangre.
—Has hecho un buen trabajo cosiéndome. —Echa un vistazo a la fila de puntadas perfectamente alineadas antes de volver a mirarme—. Gracias.
—Podría haber hecho la mejor sutura del mundo y esto seguiría sin tener explicación. —Le señalo, ahí de pie frente a mí—. ¿Ha sido el ungüento? ¿Qué lleva?
Él duda, pero luego asiente.
—Es un remedio que mi madre nos enseñó a preparar con cera de abejas, aceite y caléndula. Todos son ingredientes muy difíciles de encontrar en el inframundo, aunque no en el supramundo. Pero no te quites mérito. Si todavía estuviera sangrando, no me habría servido de mucho.
Me sonrojo, deseando poder alejarme un poco de él para volver a respirar. Sin otra opción, retrocedo hasta que mi trasero choca contra el borde de la encimera y me siento en ella. Ayudaría bastante que no siguiera necesitando tenerlo al alcance de la mano.
Al darse cuenta, él se coloca en el hueco que queda entre mis rodillas. Es un gesto inocente, que pretende facilitarme las cosas. Pero hace todo lo contrario y reduce por completo el espacio que necesito desesperadamente. Trago saliva, intentando sin éxito volver a concentrarme.
—¿Cómo lo ves?
Su hombro. Se refiere a su hombro.
—Ya se está curando —comento. Por fin me recompongo y empiezo a seguir los pasos para vendárselo de nuevo. Le aplico antiséptico sobre los puntos y él contiene el aliento—. Lo siento.
—No te preocupes —dice apretando los dientes. Me mira fijamente con ojos cansados—. ¿Cómo estás?
—Estoy… —¿Cómo estoy ?—. Viva.
Él resopla.
—Eso está claro. Me refiero a cómo te encuentras.
Me encojo de hombros, enfurecida por volver a sentir ganas de llorar. ¿Acaso no he derramado ya hasta la última gota de líquido que tenía en mi interior?
—He pasado miedo —susurro con un nudo en la garganta, concentrada en la gasa que sostengo mientras arranco un trozo de esparadrapo con los dientes—. Pensé que no ibas a salir adelante.
—Yo también. En la casa de Beliar.
Sigo sin poder mirarlo a la cara.
—¿Por eso me besaste?
Se queda callado durante unos segundos.
—Por eso te besé entonces, en ese momento.
Sabía que me encaminaba hacia una muerte casi segura.
Quizá debería haber estado más asustado.
Pero lo único en lo que podía pensar era en la sensación de tu boca sobre la mía en mis sueños, y en que morir sin saber cómo era besarte de verdad me parecía un auténtico desperdicio.
«En mis sueños». Miro directamente a sus ojos oscuros.
—Creía que no soñabas.
—No hasta que te conocí.
Esas palabras hacen añicos mi determinación.
—En el motel, ¿estabas soñando que me besabas?
Al verse descubierto, se pone tenso.
—Entre otras cosas.
Una oleada de calor me inunda el vientre. Lo miro a través de las pestañas.
—¿Y el beso estuvo a la altura de tus fantasías más descabelladas?
Me sostiene la mirada.
—De hecho, lo superó con creces.
Rompo el contacto visual antes de que el fuego de su mirada me incinere. El cuerpo me arde, como si la habitación fuera una sauna y yo estuviera atrapada en su calor asfixiante.
—Me imaginé que la pérdida de sangre te estaba nublando el juicio.
—Puede que un poco —admite—. Si hubiera estado pensando con claridad, me habría asegurado antes de saber si te parecía bien que te besara. Lo siento por eso.
—De todas las cosas por las que tendrías que disculparte, esa no es una de ellas.
—Entonces deja que me disculpe por todo lo demás. Empezando por la verdad sobre mi hermano.
Vuelvo a centrar mi atención en vendarle la herida.
—¿Por qué me lo ocultaste?
—No estaba del todo seguro de que fuera el diablo. Las cosas estaban complicadas cuando me marché.
—Te refieres a cuando te desterró.
Luke se estremece, aunque no sé si por lo que he dicho o porque le he apretado la gasa.
—Eso es.
Cuando termino, reina el silencio. Mueve el brazo y hace una mueca de dolor, pero no retrocede. Ahora que tiene el hombro vendado, no puedo fijar la mirada en nada más que en la suya.
—¿Estamos solos?
Su pregunta es como una patada en las corvas, algo que desmorona el borde del precipicio de autocontrol al que me aferro.
—Claro.
—Has conocido a Moira.
Asiento.
—Tu madre.
—Sí. —Duda antes de añadir—: ¿Te ha dicho algo de mí?
—Solo que, si superabas la noche, te pondrías bien. Supongo que tenía razón.
Él hace una mueca.
—Decir que estoy «bien» es un tanto excesivo. ¿Dónde está ahora?
—Se llevó a Krystal, Poppi y Yasmine al muelle de Santa Mónica, donde, según ella, hay una entrada al supramundo. A estas alturas ya deberían estar allí. Eso espero.
—Tú también deberías estar allí. —La mirada de reprobación de Luke me atraviesa—. ¿Por qué no te fuiste con ellas?
—¿Y dejarte aquí? Ibas a morir.
—No iba a morir —insiste. Lo cual, claro, es fácil de creer ahora que está aquí, vivito y coleando. Pero ¿hace unas horas? Nada más lejos de la realidad.
—Sabía que tú me llevarías de vuelta.
Su expresión denota conflicto, como si quisiera asegurarme que lo hará, pero no pudiera.
—Brie, yo…
—Lo sé —le interrumpo.
—No tienes ni idea de lo que iba a decir.
—Ibas a decirme que debería quedarme aquí mientras tú vas a enfrentarte a tu hermano. El diablo. Que debería irme sola al muelle y volver al supramundo antes del eclipse.
Él deja escapar un suspiro de frustración.
—¿Tan malo es que quiera que estés a salvo?
—¿Cuándo vas a entenderlo? —le pregunto en voz baja—. No tengo nada que perder. Me aseguré de no volver a tener nada que perder tras marcharme de mi ciudad natal para siempre. Y espero que la única persona que logró traspasar esos muros esté ya de camino para volver con su familia.
—¿La única persona? —Lo pregunta como si me retara.
Algo ha cambiado. Quizá sea nuestro beso. Quizá sea el calor que emana de su piel y se funde con la mía. Quizá sea la dichosa toalla. Quizá sea que desearía que no la llevara puesta.
Evado la pregunta.
—No voy a dejarte. Somos un equipo. Y el supramundo es mi mundo también. Ya he conseguido llegar hasta aquí. Podemos terminar esto juntos. Podemos salvar el mundo. Los dos. Suena absurdo al decirlo en voz alta, pero ¿acaso no es cierto? Podríamos ser héroes.
Cierra los ojos despacio. Parece una victoria, hasta que abre la boca.