Capítulo 25
T engo las manos cubiertas de la sangre de Luke.
Me obligo a ponerme en pie y me quedo quieta un momento mientras se me pasa el mareo. No recuerdo cuándo fue la última vez que comí, ni el qué. Probablemente piqué algo en el coche. Pero el hambre es lo que menos me preocupa.
Dejo a Luke con el hombro recién suturado y cruzo el pasillo hacia el pequeño cuarto de baño.
Con el retrete justo delante, una encimera y un lavabo a mi derecha, y una ducha a mi izquierda, empiezo a quitarme la ropa.
Se me ha pegado al cuerpo; varias capas de arena, sudor y suciedad la han fusionado con mi piel.
Abro el grifo de la ducha al máximo y me deshago las dos trenzas, que de todos modos se estaban deshaciendo.
El chorro de agua sale hirviendo. Cojo una pastilla de jabón de una pequeña repisa y la froto con las manos para hacer espuma.
La sangre de Luke ha traspasado la ropa y me ha manchado el costado.
Me rasco la piel con las uñas hasta dejarla en carne viva y enrojecida.
El agua me limpia la sangre que me mancha la cara en el punto donde él me tocó en la mejilla al besarme.
Un beso en el que no puedo dejar de pensar.
¿Fue simplemente un beso de despedida? ¿De arrepentimiento? ¿Había pensado en besarme antes de ese momento? ¿Lo había pensado a menudo? ¿O no lo había pensado nunca hasta entonces?
Cuando salgo de la ducha, tengo la sensación de seguir cubierta de sangre.
Pero tras limpiar el vaho del espejo, veo que mi piel tiene el mismo tono oliva claro de siempre, un color que se vuelve pálido en invierno, cuando el bronceado veraniego se esfuma.
Ahora no es diferente. Entre los ojos inyectados en sangre y las tenues marcas de quemaduras bajo ellos, cortesía del icor de Badulf, soy yo quien parece inhumana.
Tal vez lo sea.
El miedo a quedarme sin tiempo para volver al supramundo me oprime el corazón.
Las palabras de Moira aún resuenan en mis oídos: «A veces no podemos evitar en qué nos convertimos».
¿Me estoy convirtiendo en parte en demonio?
Pero si me siento humana . A partes iguales entre las ganas de vomitar y la sensación de que una racha fuerte de viento podría llevarme volando.
Cansada, pero con la adrenalina por las nubes.
Busco una toalla y la mojo con agua tibia.
Antes le corté la camiseta a Luke para poder ver bien la herida.
Al volver a entrar en la habitación, no puedo evitar fijarme en su torso bronceado.
Como era de esperar, luce unos abdominales bien marcados, junto con un fino rastro de vello que le llega hasta el cinturón.
Desvío la mirada, invadida por la culpa de comérmelo con los ojos mientras está en un estado tan vulnerable.
En su lugar, me concentro en las líneas blancas descoloridas que salpican su cuerpo.
Son cicatrices que parecen bastante más antiguas que la de la garganta, lo que me lleva a suponer que son de su época adolescente, cuando vivía huyendo y siendo perseguido.
Un destello de ira me recorre el cuerpo: ojalá pudiera acabar con todos los demonios y monstruos de mierda que alguna vez le aterrorizaron.
Con mucha más delicadeza de la que me traté a mí misma, le limpio la sangre. El movimiento sosiega mi mente acelerada a medida que cojo el ritmo: limpiar el rastro rojo de su piel, enjuagar el paño bajo el grifo, ver cómo el líquido rosado se va por el desagüe, y repetir el proceso.
Intento tocarlo con suavidad mientras le froto una mancha de la frente, pero de pronto abre los ojos y me rodea la muñeca con los dedos para detenerme.
Durante un instante, ninguno de los dos dice nada.
No me había dado cuenta de lo mucho que me había inclinado sobre él, pero nuestros rostros están a solo unos centímetros de distancia.
Es la vez que más cerca he estado de él desde que me besó.
Sería demasiado fácil acortar la distancia e iniciar un segundo beso.
Mi pelo nos envuelve como una jaula, con mechones aún húmedos escapándose de donde me los había recogido detrás de las orejas.
Tenía intención de trenzármelo de nuevo después de la ducha, pero estaba demasiado concentrada en asearlo.
—Hola —le digo, una palabra demasiado banal para todo lo que hemos pasado en las últimas veinticuatro horas.
—Hola —repite él, con voz débil y ronca.
Intento alargar la mano hacia el vaso de agua que he dejado en la mesita de noche, pero él me sujeta con más fuerza, evitando que me mueva. Tiene los ojos brillantes, demasiado brillantes, como una bombilla a punto de fundirse.
Apoyo la palma de la mano en su mejilla, como él me hizo a mí antes de que nuestros labios se unieran. Tiene la piel fría y húmeda. Con la otra mano le toco el pecho, justo encima del corazón, que late de forma irregular bajo mis dedos.
—Creo que estás entrando en un shock hipovolémico.
Me mira entre parpadeos.
—No sé lo que significa eso.
—Significa que has perdido mucha sangre. Demasiada. Significa que te estás muriendo —digo levantando la voz, y finalmente me libero de su mano para coger el botiquín.
—No me estoy muriendo —dice con toda la fuerza que puede reunir, que no es mucha.
Encuentro lo que busco: una jeringuilla que se me había pasado por alto antes.
—¿De qué grupo sanguíneo eres?
—No lo sé.
—¿Que no lo sabes? ¿Cómo no vas a saber tu propio grupo sanguíneo?
—¿Por qué?
—Porque si somos compatibles, quizá pueda llevar a cabo la transfusión de sangre más chapucera de la historia. —Levanto la jeringuilla—. Pero no servirá de nada si no somos del mismo grupo.
—No quiero tu sangre.
Su voz es firme. La mía se quiebra, al borde del llanto.
—Intento salvarte.
—Ya lo has hecho. —Tira de mi mano hacia la mesita de noche, en un intento por hacerme soltar la jeringuilla. Ese simple movimiento hace que ponga los ojos en blanco de pura extenuación y que se le escape un gemido de dolor.
—No te puedes morir —le digo con ferocidad, como si fuera una amenaza.
—No me voy a morir —me promete. Se le cierran los párpados lentamente—. Solo necesito descansar.
—Lo que necesitas es sangre .
Se obliga a abrir los ojos.
—Lo que necesito es que te quedes.
Contengo el aliento. No puede ser que lo diga en el sentido que interpreta mi cuerpo y que provoca que el calor me recorra las venas. Pero entonces lo repite, aún más bajo:
—Quédate. No quiero volver a estar solo.
Hay algo más profundo detrás de esas palabras, algo que me parte el corazón.
Desde que murieron mis padres me he sentido muy sola.
Un dolor insondable que solo disminuía brevemente cuando estaba en compañía de Krystal.
Pero estos últimos días, estando con Luke, me he sentido menos sola de lo que me había sentido en muchos meses.
—No estás solo. Me tienes a mí —le digo. Me encantaría creer que no quiere que me vaya porque me quiere a mí, concretamente a mí, aquí con él. Pero ya he estado al lado de pacientes que se encontraban al borde de la muerte. La cruda realidad es que nadie quiere morir solo.
Pero él no se está muriendo, o eso es lo que dice. Al menos, todavía no.
—Además —añado mientras mi impulso de convertirlo todo en una broma vuelve a asomar la cabeza—, ahora mismo eres la única forma que tengo de escapar de aquí.
Frunce el ceño. Sabe que hay algo que no cuadra en mis palabras. Que yo no debería estar aquí. Pero no tiene fuerzas para atar cabos.
Sin poder contenerme, le limpio el último rastro de sangre de la frente.
Él levanta la mirada hacia mí.
—Pareces un ángel.
Las palabras suenan tan reverentes como una oración, como si tal vez solo debieran existir en su cabeza y no llegar a mis oídos.
Pero ahora que lo han hecho no puedo ignorarlas.
Las ha pronunciado con voz arrastrada, como si estuviera borracho.
Como si fueran palabras que no recordará cuando amanezca.
Pero yo sí que las recordaré.
—No soy ningún ángel —contesto mirándole a los ojos entornados.
—Mentirosa —dice en tono cariñoso—. Te pusieron el nombre de uno. —Se adelanta a mis pensamientos al decir—: ¿No es así, Gabriella?
Mi cerebro cortocircuita.
—¿Cómo me has llamado?
—Lo siento —murmura, parpadeando hasta cerrar los ojos. Se está desvaneciendo—. Lo siento, Brie. Por todo.
Y entonces vuelve a quedarse inconsciente, dejándome aturdida.
No debería sorprenderme que sepa mi nombre completo.
Hay un montón de papeleo por la oficina donde probablemente figure.
Por el amor de Dios, si seguramente sabe hasta mi número de la Seguridad Social.
Pero nadie me llama Gabriella. Nadie, excepto mis padres.
En mi antigua vida, todo el mundo me llamaba Gabby.
Brie era mi oportunidad de convertirme en alguien nuevo.
Pero ¿lo soy realmente? Acabo de suturar una herida como si fuese algo totalmente natural.
He conducido de noche, algo que no hacía desde aquella madrugada.
Y vuelvo a sentir esa profunda sensación de calor en el estómago que creía que nunca volvería.
Ojalá no fuera el hermano desterrado del puñetero diablo el que me hace sentir así.
El pecho de Luke sube y baja, y su expresión, por una vez, es tranquila.
Me levanto, con la necesidad de calmar un poco los nervios.
Ahora que ya no estoy inclinada sobre él cosiéndole la herida, echo un vistazo al resto de la habitación.
Es sencilla, con paredes de yeso desconchadas de un tono granate oscuro.
En la pared del fondo hay varios trozos de papel… Dibujos.
Hay docenas de dibujos con cinta adhesiva a medio despegar.
La mayoría están hechos con ceras, y los mejores, con lápices de colores.
Estos últimos parecen más recientes, aunque todos tienen los bordes amarillentos y las líneas del papel descoloridas.
Los dibujos son monstruosos y espeluznantes.
De criaturas con múltiples extremidades, o garras, o colmillos, o todo lo anterior.
Algunas son peludas, otras tienen escamas, otras son animales.
Por alguna razón, sé que los dibujaron él y su hermano cuando eran niños. Esta era su habitación .
La foto Polaroid clavada en la polvorienta pantalla de la lámpara me confirma que estoy en lo cierto.
Parece antigua, como algo que uno encontraría en un mercadillo de antigüedades, dentro de una vieja caja de álbumes.
En ella aparecen dos niños pequeños, de no más de diez años.
No son idénticos, pero se nota claramente que son hermanos.
La foto es en blanco y negro, con un tono sepia descolorido por el paso del tiempo.
Comparten la misma nariz y el pelo oscuro.
Solo puedo distinguir que el chico de la derecha es Luke gracias a sus hoyuelos.
Pero el otro chico parece tan… normal . No tiene pinta de ser un diablo en ciernes.
Incluso su sonrisa, que deja ver todos los dientes, resulta inocente en comparación con la mueca pícara de Luke.
Cojo una mecedora que hay en la esquina de la habitación, la coloco junto a la cama y me acurruco en ella. Recuesto la cabeza contra el respaldo y me quedo mirando la foto hasta que el sueño me arrastra en su implacable abrazo plagado de pesadillas.