Capítulo 24 #2
—Puedo intentarlo. Hay una entrada no muy lejos de aquí.
A solo unas horas en coche. Creo que en tu mundo se conoce como muelle de Santa Mónica.
Yo no puedo cruzar con ellas, pero como las trajeron aquí sin haber hecho un pacto, ellas sí que deberían poder hacerlo.
Puedo acompañarlas al muelle y asegurarme de que pasen al supramundo.
Pero, más allá de eso, no puedo hacer nada.
—Eso podría funcionar —murmuro, con un plan que ya empieza a tomar forma en mi mente—. ¿Aparecerían en ese muelle del supramundo?
Moira asiente.
—Es uno de los sitios más concurridos del estado.
Seguro que alguien las ve y las ayuda. —Los pensamientos se me agolpan en la cabeza, fundiéndose en uno solo.
Busco a tientas mi móvil y lo saco del bolsillo de la chaqueta—.
Podría dejárselo a Krystal con una nota en la que explique con qué las han envenenado.
En la agenda también está el número de teléfono de su mujer.
Podrían usarlo para pedir ayuda. Podrían volver a casa .
El alivio que me invade es tan intenso que se me llenan los ojos de lágrimas de nuevo. Descorcho el vial y lo reparto con cuidado entre las tres tazas de té que aún sostienen en las manos.
—Tienes que beberte esto —le digo a Krystal, y la ayudo a levantar la taza hasta sus labios—. Entero.
Ella obedece. Moira ayuda a Yasmine y yo paso a atender a Poppi. El efecto de la poción es inmediato. Las tres se desploman en el sofá, con una expresión de paz en el rostro.
Las cubro con la manta y luego voy a la mochila de Luke para sacar su botiquín y el ungüento. Dentro del botiquín encuentro aguja e hilo, aunque tendré que esterilizarlos.
—Necesito cerillas —le digo a Moira, que va a la cocina y vuelve con ellas.
Llevo el equipo al dormitorio. Luke duerme profundamente en la cama; solo el ligero subir y bajar de su pecho delata que está vivo.
Cuando paré el coche durante el Juicio le até mi sudadera en la herida, creando algo lo más parecido posible a un torniquete.
Detuvo la hemorragia, pero ahora la tela está empapada de sangre fresca.
Debe de haber vuelto a sangrar cuando lo trasladamos dentro.
Junto a la cama, hay una mesita de noche con una lámpara llena de polvo y una pila de libros amarillentos. Dejo lo que llevo en las manos en el borde de la cama, coloco los libros en el suelo y limpio la mesita lo mejor que puedo antes de poner sobre ella todo lo que voy a necesitar.
Hago crujir los nudillos y respiro hondo para calmar mi corazón acelerado. Me cruzo con Moira al salir del dormitorio y vuelvo a entrar en el salón. Ella me sigue.
—Dijiste que podían irse a casa —dice Moira, mirando hacia el sofá donde Krystal, Yasmine y Poppi están tumbadas con los ojos cerrados. Todavía tienen mal aspecto, pero su piel ha recuperado un poco de color—. ¿Y tú?
—Yo tengo que quedarme aquí y curar a Luke.
No recuerdo haber tomado esa decisión, pero sé que es la correcta.
Sí, me ocultó la verdad sobre que su hermano era el diablo.
Quizá saberlo me hubiera hecho cambiar de opinión respecto a todo, o tal vez no.
Lo único que sé es que recibió una flecha por mí.
Estaba dispuesto a morir para que nosotras pudiéramos escapar. No puedo dejarlo aquí sin más.
Sobre todo, después de ese beso.
Moira duda, como si supiera que, si Luke estuviera despierto, se opondría a mi idea. Antes de que pueda replicar algo, la interrumpo.
—Tú sabes cuál es el camino más rápido hasta el muelle. Yo sé cómo suturar y vendar una herida. Tú misma dijiste que una dosis parcial de Vitalidad solo serviría, en el mejor de los casos, para ralentizar el veneno. Tienes que llevarlas ahora mismo. Por favor.
Su perturbadora mirada se clava en la mía.
—¿Cómo vas a volver a tu mundo?
—Luke se encargará de ello. Si consigo salvarlo, él me salvará a mí. —Es una afirmación muy atrevida sobre alguien que solo me ha ido dejando un rastro de medias verdades para que yo las encaje. Pero confío en él. Aunque quizá no debería, después de todo lo que he descubierto hoy.
Al fin, Moira asiente.
—Iré a poner a punto el coche. Prepáralas para irnos.
Con cuidado, ayudo a incorporarse a las rescatadas. Cuando abren los ojos, me alivia ver que la película que los recubría empieza a disolverse.
Acerco la silla con tapicería de cuadros al sofá para poder ponerme frente a Krystal. Le apoyo las palmas de las manos en las mejillas e intento ignorar el calor que aún desprende su piel.
—Ey —digo con la voz más dulce del mundo—. ¿Te acuerdas de mí?
Con la mirada turbia, asiente. Levanta los dedos para agarrar débilmente los míos.
—Ángel…, ¿dónde estamos? ¿Qué está pasando?
—Te vas a casa —le prometo—. ¿No te alegras de poder ver a Amelia, Kassidy y Aurelia? Ellas están deseando verte.
Una leve sonrisa se dibuja en sus labios carnosos.
—¿Vienes conmigo?
—Te veré allí. —Saco el móvil—. Quiero que te lleves esto, ¿vale?
Lleva la misma ropa que el lunes cuando desapareció, aunque en algún momento se le debió caer la chaqueta.
Los bolsillos de sus pantalones están rotos y son demasiado pequeños para guardar nada de valor.
Cojo mi chaqueta vaquera, que tenía colgada del respaldo de la silla, y la ayudo a ponérsela.
En mi móvil, programo una alarma para dentro de cuatro horas con la nota Llamar a Amelia y revisar la aplicación de notas.
En una entrada nueva, escribo un mensaje rápido en el que enumero las plantas venenosas y digo que tienen que llevarlas a urgencias inmediatamente.
Lo único que puedo hacer es rezar para que alguien competente dé con ellas.
Guardo el móvil en el bolsillo de mi chaqueta vaquera, que ahora lleva Krystal. Todavía tiene bastante batería, así que debería aguantar, salvo que surja algún imprevisto.
—Prométeme que esta no será la última vez que te vea —susurra, volviendo a agarrarme con los dedos. No aprieta con fuerza, pero aun así lo noto—. Prométeme que no acabarás como Madeline.
La imagen de la flecha atravesando el pecho de Madeline se graba a fuego en mi mente.
—Te lo prometo —digo con voz entrecortada, aunque no estoy segura de poder cumplirlo. Moira abre la puerta y espera en la entrada. Ha llegado el momento de irse.
Ayudo a Krystal a levantarse. Con la ayuda de Moira, metemos a Krystal, Yasmine y Poppi en un viejo sedán.
Antes de cerrar la puerta, Krystal me agarra de la mano y me obliga a agacharme para ponerme a su altura.
Me mira a los ojos con una expresión de desconcierto que resultaría cómica en cualquier otra situación.
—Sé que estamos en una pesadilla y todo eso, pero ¿era Luke quien te estaba besando ?
La pregunta, así como su expresión, son tan típicas de ella que me hacen reír de alivio.
—Tengo mucho que contarte cuando lleguemos a casa. Te quiero. Nos vemos allí.
Cierro la puerta y doy un paso atrás. Moira me mira por encima del coche, con el rostro marcado por las cicatrices y arrugado por la preocupación.
—Sálvalo.
—Sálvalas —le respondo. Antes de que me abandone el valor, hago la pregunta que me ha estado quemando al fondo de la garganta desde que comprendí quién era ella—. ¿Es cierto? ¿Es…? —No me atrevo a decir «el mellizo de Luke» ni «tu hijo»—. ¿Es realmente el diablo?
Su mirada se torna triste.
—En su día no era más que un niño. Pero a veces no podemos evitar en qué nos convertimos.
Esas palabras me conmueven, ya que me tocan muy de cerca. Moira alza la vista hacia el cielo despejado.
—Aquí nada ha vuelto a ser igual desde que Luke fue desterrado por su hermano. Es como si la ruptura de su vínculo hubiera roto también algo más.
—El velo —digo mientras otra pieza del rompecabezas encaja en su sitio. Su hermano no se limitó a hacer que expulsaran a Luke. La traición fue mucho más allá. Él desterró a Luke. Porque, al ser el diablo, era el único que podía hacerlo.
Ahora entiendo por qué esos perros del infierno nos han estado persiguiendo. Al igual que a Beliar, los habían enviado . Moira debe de haber visto la comprensión reflejada en mi rostro.
—Hizo lo necesario para sobrevivir.
Antes de poder preguntarle si se refiere a Luke o a su hermano, se sube al coche y se marcha levantando una nube de polvo a su paso.
Me vuelvo hacia la cabaña mientras una oleada de ansiedad me invade. Tras dejar la facultad de medicina, nunca pensé que volvería a desenterrar esa versión de mí misma. Creía que había muerto y que yacía enterrada junto a mis padres.
Pero quizá aquellos a quienes perdemos nunca nos abandonan del todo. Ni siquiera cuando se trata de nosotros mismos.