Capítulo 24
L a casa que tengo delante es pequeña. En realidad, más bien parece una cabaña.
Un porche diminuto conduce a una puerta delantera que quizá nunca se haya pintado.
La casa tiene un color ocre desgastado, como si se estuviera fundiendo con el paisaje arenoso que la rodea.
La ventana situada a la derecha de la puerta está iluminada, a pesar de que las cortinas me impiden ver el interior.
Hay una luz encendida. Hay alguien en casa.
El viaje hasta aquí ha sido un calvario, por no decir algo peor.
Krystal, Poppi y la tercera mujer, cuyo nombre, según he descubierto, es Yasmine, se quedaron dormidas en la parte de atrás.
Su estado empeora por momentos, tienen la piel febril y cetrina.
Sea lo que sea con lo que Beliar las envenenó, aún permanece en sus organismos.
Y luego está Luke. A pesar de que se fue despertando varias veces durante la primera hora, pasó la última completamente inconsciente.
En un momento dado, le puse los dedos en la muñeca solo para asegurarme de que no estaba muerto.
Una vez que me sentí lo bastante cómoda para sujetar el volante con una sola mano tensa, mantuve la otra allí, para que su débil pulso me recordara constantemente que estaba vivo.
Pero no sé cuánto tiempo más podrá aguantar.
Subo los escalones desvencijados del porche y llamo a la puerta. Pasan unos largos segundos. Vuelvo a llamar.
El suelo cruje. Es casi imperceptible, pero en el inquietante silencio del desierto, mis oídos lo perciben sin problemas. Hay alguien al otro lado de la puerta.
—Necesito ayuda. —La desesperación y el bajón de adrenalina por haber pasado las últimas dos horas en tensión al volante me han dejado la voz ronca—. Por favor. Me han dicho que viniera aquí.
—¿Quién te lo ha dicho?
Tiene una voz rasposa, como si la persona que está al otro lado de la puerta se hubiera pasado toda la vida fumando sin parar.
—Luke D’Angelo. Viene conmigo. Está herido, pero me dijo…
La puerta se abre de golpe y casi me caigo del porche al ver la imponente figura que hay detrás.
—¿Dónde está?
La única bombilla que cuelga sobre mi cabeza ilumina por completo a la mujer cuando sale.
Tiene la cara cubierta de cicatrices de todo tipo, como si alguien le hubiera echado ácido encima.
La piel rosada se extiende por todo el cuello y desaparece bajo el camisón que le llega hasta los pies.
No tiene pestañas ni cejas, y sus ojos son tan oscuros que las pupilas se funden con el iris.
Solo los rodea un delgado anillo blanco.
Parece a la vez inhumana y dolorosamente mortal al llevarse una mano con garras al pecho, justo encima del corazón.
—¿Eres Moira? —pregunto cuando al fin me salen las palabras.
Me mira parpadeando, con un movimiento que recuerda al de un insecto.
—Lo soy.
Luke me dijo que podemos confiar en ella y, aunque ya me ha mentido un montón de veces, no tengo otra opción.
La llevo hasta el monovolumen y abro la puerta para mostrarle su cuerpo inconsciente y ensangrentado.
En el asiento trasero, Krystal, Poppi y Yasmine se encogen de miedo, en el mismo estado de semilucidez del que no han dejado de entrar y salir constantemente.
—Por favor, ayúdanos —le suplico.
Moira los mira a ellos y luego a mí. Al final, asiente.
—Vamos a llevarlos dentro.
Nos lleva veinte minutos de jadeos y gemidos conseguir que por fin entren todos.
Krystal, Yasmine y Poppi se acurrucan en el sofá, con una manta apolillada echada sobre los hombros.
Con las manos temblorosas, sostienen tazas humeantes de lo que Moira me ha asegurado que es té de ortiga, que suena tan asqueroso como cualquier otro té, pero al menos así beben algo.
Las dos tuvimos que emplear todas nuestras fuerzas para arrastrar a Luke, que pesaba como un saco de patatas, hasta el único dormitorio. Está tumbado boca arriba con la camiseta negra hecha jirones, manchando las sábanas de sangre.
Moira se sienta a su lado en el borde de la cama. Le recorre suavemente el rostro pálido con una uña curvada, parecida a una garra.
—¿Qué ha pasado?
Le cuento la versión más resumida que puedo, empezando por la Debra Demonia en el supramundo y terminando por haberle hecho un rasguño a Beliar con Fatalidad.
Que poco después de abandonar sus tierras se desató el Juicio.
Luego aparqué a un lado de la carretera, esperando a que pasara la tormenta.
Y que, si los arqueros revivieron, no nos siguieron.
—No te habrían seguido sin un amo que se lo ordene —me explica Moira—. Estáis a salvo.
Esas palabras abren las compuertas. Toda la tensión que se ha ido acumulando desde que entramos en la fortaleza de Beliar y todo se fue al garete estalla de golpe.
Salgo al pasillo, con las lágrimas resbalándome por las mejillas más rápido de lo que consigo secarlas.
Me dejo caer al suelo de culo cuando las piernas me fallan.
Con la espalda apoyada en la pared, me acurruco y abro la mano para mirar el vial amarillo que contiene una dosis de Vitalidad.
La poción salvavidas. Una poción, en singular. Pero tengo cuatro vidas que salvar.
Aprieto el vial con fuerza en la mano, apoyo la cabeza en las rodillas y rompo a llorar.
El suelo cruje; se oyen pasos acercándose.
—Tienes miedo —observa Moira—. ¿Por qué?
—Porque no sé qué hacer —grito entre sollozos.
Abro el puño y muestro el vial—. Luke ha perdido tanta sangre que no puedo entender cómo sigue respirando.
Esto le salvará la vida. Sin embargo, la única razón por la que estamos aquí es por Krystal.
Beliar envenenó a ella y a las demás para mantenerlas débiles hasta el eclipse.
Pero están tan enfermas que me temo que no lograrán regresar al supramundo.
¿Cómo voy a usarlo solo con Krystal y no con las demás?
¿Cómo se supone que debo elegir a quién salvar?
Moira frunce el ceño desprovisto de cejas. Lleva la cabeza envuelta en un pañuelo de seda negro que le oculta el pelo, si es que tiene. Se arrodilla lentamente delante de mí para que quedemos a la misma altura.
—Conozco a Luke desde hace muchos años —dice ella. Su voz suena menos áspera que hace media hora. Debía de estar oxidada por falta de uso. Ahora es suave, con un ligero matiz ronco—. Ha pasado por cosas peores que esto. Sobrevivió entonces, así que debemos confiar en que sobrevivirá ahora.
Busco en su mirada oscura y encuentro ternura y nostalgia reflejadas en sus ojos. Poco a poco, las piezas del puzle encajan. Cuando llamé a la puerta por primera vez, pensé que quizá Moira fuera otra exnovia de Luke, pero me equivoqué.
—Eres su madre, ¿verdad?
Cierra los ojos, como si el título fuera demasiado doloroso de escuchar. Cuando los abre, le brillan por las lágrimas contenidas.
—No siempre pude protegerlos a él y a su hermano durante su infancia, aunque lo intenté. Si consigue aguantar toda la noche, con la mañana vendrán tiempos mejores.
—Puedo coserle la herida. —Caigo de pronto en la cuenta, algo en lo que debería haber pensado hace horas.
Han pasado casi once meses desde la última vez que me puse la bata y trabajé en urgencias, pero mi vida como recepcionista no ha borrado de mi mente todo lo que pasé años estudiando.
Me pongo de pie—. Tiene un ungüento en la mochila que me puso en la rodilla y me ayudó. Si consigo encontrar aguja e hilo…
Mi entusiasmo se desvanece cuando entro a toda prisa en el salón, donde la mochila de Luke está apoyada en la silla. Intentar salvar a Luke por mi cuenta solo me deja con un candidato menos para la poción. Delante de mí tengo otras tres.
—¿Sabes con qué las envenenaron? —pregunta Moira acercándose por detrás.
Repaso los recuerdos borrosos que tengo de la misión, como si mi cerebro intentara borrarlos de mi mente a propósito para protegerme.
—Lo único que recuerdo es la piedra, las estatuas, el jardín…
Me detengo de golpe, tomando aire de forma brusca, y me giro para mirar a Moira.
—Beliar tenía un jardín . Me pareció extraño, pero ¿y si era para cultivar plantas venenosas?
Moira asiente.
—¿Recuerdas alguna de esas plantas?
—Flores de luna, creo. Y algo amarillo. Ambas eran enredaderas que trepaban por el enrejado.
—Las dos son venenosas. La amarilla probablemente sea uña de gato, que resulta tóxica en dosis elevadas. ¿Algo más?
Aprieto los ojos con fuerza, tratando de visualizar el arbusto repleto de bayas oscuras y jugosas de capullos morados.
Ya las he visto antes. Cuando trabajaba en la unidad de pediatría. Trajeron en camilla a un niño pequeño con fiebre alta y alucinaciones. Se había comido esas mismas bayas de un arbusto que había en el jardín trasero de su abuela.
Abro los ojos de golpe.
—Belladona. Las han envenenado con belladona.
—Tal vez con una mezcla de las tres —sugiere Moira—. La mala noticia es que el tiempo se les acaba. Aunque no les hubieran administrado una dosis letal, nunca serán las mismas si no se revierten pronto los efectos.
—¿Y la buena noticia? —pregunto con esperanza.
—Una dosis letal de veneno no es lo mismo que, por ejemplo, una herida con hemorragia mortal.
El veneno actúa lentamente, y si consigues retrasar sus efectos aún más, es posible que no cause estragos en absoluto.
Si no te atreves a elegir entre ellas, podemos dividir la poción en tres dosis pequeñas.
No las salvará como lo haría una dosis completa, pero al menos podría darles tiempo suficiente para volver al supramundo, donde hay medicinas que sí pueden hacerlo.
—¿Y puedes hacer eso? —pregunto—. ¿Llevarlas de vuelta a casa?
Moira vacila.