Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

Beliar solo da tres pasos hacia mí antes de detenerse. Deja caer el arma y se mira los brazos. La piel se le resquebraja, se le forman grietas oscuras como las de la cáscara de un huevo.

Sus ojos, furibundos, se clavan en mí.

—¿Qué has hecho?

—¿Has oído hablar de un veneno llamado Fatalidad? —pregunto.

Por el rugido gutural que rasga el aire, es lógico suponer que sí. Las fisuras se le extienden por toda la cara. Su piel adquiere un aspecto vidrioso, como si estuviera hecha de porcelana.

Aunque sus movimientos son espasmódicos, se abalanza furioso contra mí.

—Eres una zorra vil, repugnante e insensata —me espeta rabioso—. Haré realidad tu peor pesadilla. Me aseguraré de que tus sueños mueran de una forma lenta y miserable. De que tus esperanzas se marchiten hasta que no seas más que un cascarón de lo que una vez fuiste.

Debería estar asustada. Debería estar muerta de miedo. En lugar de eso, me encojo de hombros.

—Todo eso ya me ha pasado. ¿Qué más puedes ofrecerme?

Abre la boca, pero nunca llega a decir nada. Luke se le acerca por detrás y le clava su daga en el hombro hasta la empuñadura. El demonio estalla en una lluvia de partículas parecidas al cristal, cayendo a los pies de Luke y mezclándose con la tierra y la arena.

Luke y yo nos miramos fijamente. Sonrío con aire victorioso. Él empieza a sonreírme también.

Entonces se derrumba.

—¡Luke!

Corro hacia él, resbalando sobre la tierra suelta y cayendo de rodillas. Está pálido como un muerto. Ha perdido muchísima sangre. Tiene la camisa y la chaqueta empapadas.

—Tienes que levantarte —le ruego. Su cabeza se desploma a un lado. Echo un vistazo hacia el monovolumen y me tranquilizo al ver que Krystal y las demás siguen dentro. Me vuelvo hacia Luke—. Tenemos que irnos de aquí.

Sin saber muy bien qué más hacer, le doy un par de palmaditas en la mejilla que acaban convirtiéndose en bofetadas, igual que cuando él despertó a Debra. A la quinta, abre los ojos de golpe y suelta un jadeo ahogado.

—Venga —le digo, y lo ayudo a levantarse. Se guarda la daga y yo me paso su brazo por los hombros.

—Has vuelto a por mí —me recrimina, pero sus palabras suenan débiles y sin mucha convicción—. Tenías que haberte ido. Te dije que te marcharas. Me prometiste que lo harías.

—Te mentí. Así que ya somos dos —le contesto—. Además, solo tengo que cumplir tus órdenes de ocho a cuatro. Si quieres que te haga caso fuera de ese horario, tendrás que pagar las horas extra.

Un gemido doloroso se le escapa, demasiado desgarrador para ser una risa. Estamos a punto de llegar al coche cuando me doy cuenta de que cientos de almas se han reunido a nuestro alrededor, bloqueándonos la salida.

—¿Qué están haciendo? —le susurro a Luke, con el miedo oprimiéndome el pecho al ver sus ojos refulgentes. Pero esta vez no pienso perder el control. No cuando estamos tan cerca…

—Has desterrado a su amo —dice con voz ronca—. Ahora te obedecen a ti. Están esperando órdenes.

Contemplo a la multitud de almas que nos rodea. El resplandor fosforescente que emana de ellas es imposible de ignorar en la oscuridad mientras las nubes se espesan sobre nuestras cabezas. A diferencia de lo que ocurría en el tren, ahora están completamente en silencio. A la espera.

—Os libero —les digo. Quizá debería haberles ordenado que nos protegieran de lo que fuera que el Juicio pueda desatar, pero algo me dice que eso sería cruzar una línea de la que no podría volver atrás. Además, lo peor ya ha pasado.

O eso espero.

Un sonido nos envuelve, como un suspiro colectivo. Poco a poco, las almas se desvanecen una a una en una estela de luz, hasta que el camino queda despejado.

Ayudo a Luke a sentarse en el asiento del copiloto del monovolumen. Me mira con los ojos entornados cuando me inclino para abrocharle el cinturón.

—No hace falta que hagas eso —gruñe.

—No te emociones demasiado. Lo hago con toda mi comida para llevar favorita.

Soltar tonterías sin sentido es la única forma que tengo de aferrarme a un atisbo de cordura en medio de una situación completamente demencial. Y eso sin contar siquiera el beso. Si me permito pensar en eso ahora mismo, nunca saldremos de aquí.

Me quito la sudadera de cuello redondo y la presiono contra la herida. Él sisea de dolor.

—Sujeta ahí —le digo, corriendo hacia el lado del conductor—. Has perdido demasiada sangre. Tenemos que intentar detener la hemorragia.

Él asiente, con los ojos apretados. Me abrocho el cinturón de seguridad y, con manos temblorosas, introduzco la llave en el contacto.

Las nubes que se arremolinan en el cielo indican que no puedo esperar hasta mañana para sacarnos de aquí.

Puede que Beliar no vuelva a aparecer en los próximos cien años, pero no quiero poner a prueba la teoría de Luke de que él es el único que controla a los arqueros. El pánico no puede volver a ganar.

Pongo en marcha el motor, pero los dedos se me quedan pegados a la palanca de cambios. Siento un nudo que me oprime el pecho…

Luke coloca su mano, manchada de sangre, sobre la mía.

—Puedes hacerlo —me dice con voz suave para tranquilizarme. Entonces vuelve a cerrar los ojos y afloja su agarre.

Y yo conduzco en la oscuridad.