Capítulo 22
—¡A pártate! —me ordena Luke empujándome contra la pared y aprisionándome con su cuerpo.
La flecha silba al pasar por el espacio que acabo de dejar libre y se clava en la piedra con un crujido que hace temblar las plumas.
—Ve a buscar a Krystal —me dice mientras la estatua avanza, colocando otra flecha en el arco—. Está ahí dentro.
Luke señala la puerta donde se paró la estatua. «Pues claro». La estatua se paró porque las habría escuchado dentro.
—¿Y tú qué? —pregunto, con la culpa a flor de piel porque nuestra tapadera se ha ido al traste por mi culpa.
—Me encargaré de él.
Otra flecha vuela en nuestra dirección, pero Luke la desvía con su daga y se abalanza sobre la estatua.
Los dos se enzarzan en una violenta lucha a lo largo del pasillo, un torbellino de acero y cuero contra piedra y plumas.
Luke aleja la pelea de mí para que tenga el camino libre hacia la puerta.
Cruzo el pasillo a toda prisa, giro el pomo y empujo la gruesa hoja de madera.
Las bisagras chirrían.
La cabeza del arquero se gira bruscamente hacia mí, seguida de una flecha. Su punta metálica brilla bajo la tenue luz de la lámpara de araña que cuelga por encima de mi cabeza mientras se dirige directamente hacia mi cuello. Ni siquiera lo he visto lanzarla.
Caigo al suelo. Un dolor repentino me hace ver puntos blancos que centellean ante mis ojos cuando mi rodilla lesionada golpea contra la piedra. Me apoyo en las manos y miro hacia abajo.
Espero ver sangre. Espero no poder ni siquiera respirar . Pero la flecha no me ha dado. Luke me ha apartado a tiempo.
—¡Vete! —me ordena y, en un abrir y cerrar de ojos, se abalanza de nuevo sobre el arquero.
Yo me arrastro hasta el interior de la habitación. Para evitar que puedan encerrarme desde fuera, dejo la puerta encajada, ligeramente entreabierta para protegerme de las flechas que puedan desviarse.
Cuando me doy la vuelta, siento como si me hubieran succionado todo el oxígeno de los pulmones.
Acurrucados en el suelo de piedra hay cuatro cuerpos.
Visten con ropa normal, pero está sucia, arrugada y rasgada.
No hay nada en la habitación salvo un inodoro y un lavabo en una esquina.
No hay cama ni mantas. Lo único que tengo para orientarme es la luz cada vez más débil que se cuela por la ventana llena de mugre.
Y entonces la veo. Los inconfundibles rizos color caramelo de Krystal. Tiene la espalda apoyada contra la pared del fondo, las rodillas pegadas al pecho y la cabeza gacha.
—¿Krystal?
Mi susurro es como un fantasma que cruza la habitación. Tras un instante de demora, ella levanta la cabeza. Casi grito cuando sus ojos se encuentran con los míos.
Una película lechosa cubre sus iris color avellana. Parpadea despacio, como si se estuviera despertando. Abre los labios agrietados y deja escapar un suspiro tembloroso.
—¿Brie?
—Estoy aquí —la tranquilizo, acortando la distancia entre las dos. Me agacho frente a ella y dejo las manos suspendidas en el aire, sin saber qué hacer—. Ya ha pasado todo. Todo va a ir bien.
Recuesta la cabeza contra la pared, como si le pesara demasiado sostenerla.
—Me has encontrado.
Las lágrimas se me atragantan cuando le pongo la mano en el brazo desnudo. Tiene la piel caliente; parece que tiene fiebre.
—Claro que te he encontrado. Y ahora voy a llevarte a casa. Con Amelia y las niñas.
Una lágrima se derrama de su ojo izquierdo. No se molesta en secarla. En lugar de eso, me agarra las manos con fuerza.
—Prométeme que les dirás que las quiero. —Su voz es débil pero apremiante.
Me trago el nudo que tengo en la garganta.
—Se lo dirás tú misma. Además, no puedes dejarme sola en Curated Care. ¿Con quién voy a perder el tiempo comentando la última temporada de La isla de las tentaciones ? ¿Con Carol?
Se le escapa un leve suspiro, que quizá sea lo más parecido a una risa que es capaz de emitir.
—Y lo más importante: ¿quién va a intentar liarte con Luke?
Como si hubiera oído su nombre, la puerta se abre de golpe, chocando contra la pared, y el arquero se precipita hacia el interior de la habitación.
Lleva el arco en las manos y otra flecha preparada, pero ambas caen al suelo con estrépito cuando su cuerpo se desintegra envuelto en una tormenta de nubes oscuras que se arremolinan a su alrededor.
Luke está detrás de él en el pasillo, con la daga extendida tras haberla clavado en la espalda del arquero. Me invade una inmensa sensación de alivio.
Hasta que veo la flecha que le sobresale del torso.
—¡Te ha alcanzado! —exclamo; me he olvidado de que debo bajar la voz. No me regaña, lo que significa que ya estamos jodidos. El techo cruje con el movimiento de los pasos sobre el tejado. Los demás arqueros están bajando.
—Estoy bien —dice con los dientes apretados—. Tenemos que sacarlas de aquí. Ahora mismo.
—Pero tu…
—Estoy bien . Vamos.
La flecha se le ha clavado en el hombro izquierdo, justo al lado de la clavícula.
Debido a la chaqueta, no puedo ver la gravedad de la herida, pero ya se aprecia la sangre fresca manchando el cuero.
Cuando se gira para echar un vistazo por la puerta abierta, logro verle bien la espalda. Por suerte, no le ha atravesado.
Pero si ha afectado a algo importante…
—Tenemos que irnos —le dice al grupo.
Las otras tres mujeres están despertando de ese letargo antinatural en el que se encuentran.
Apenas reconozco a Poppi Parker. Al igual que Krystal, tiene la mirada perdida y la piel pálida cubierta por una capa de sudor febril.
Su cabello rubio platino está enmarañado y se desparrama alrededor de su cabeza como un halo mientras mira fijamente a Luke.
—¿Eres Jesús? —pregunta con un hilo de voz, como si rezara una oración.
—Ni de lejos —niega Luke. Pero, de un solo movimiento, la ayuda a levantarse y luego hace lo mismo con las otras dos mujeres, a las que no reconozco. Yo ayudo a Krystal, aunque tiene que apoyar todo su peso sobre mí.
Luke contiene el aliento bruscamente cuando una de las mujeres se desploma contra su pecho, haciendo que se remueva la flecha. Ella parpadea mientras él la rodea con el brazo para evitar que se derrumbe.
—¿Qué les pasa? —le pregunto, pasando el brazo de Krystal por uno de mis hombros y el de Poppi por el otro para sostenerlas en pie. Él hace lo mismo con las otras dos mujeres, pero las mantiene a ambas a su derecha para evitar que le toquen la herida.
—Deben de haberlas envenenado. Beliar les habrá administrado la dosis justa para no matarlas antes del eclipse. Ya nos encargaremos de eso, pero aquí no.
Lo sigo hasta el pasillo. Krystal tropieza con algo que hay en el suelo y cae de rodillas sin que yo pueda evitarlo. Es el arco de la estatua.
Lo agarra y lo utiliza a modo de bastón.
—Estoy bien. —Tose y esquiva torpemente mi intento de volver a sostenerla—. Ayuda a las demás.
Conseguimos bajar las escaleras hasta la segunda planta, antes de detenernos en seco. Hay arqueros merodeando por los pasillos, bloqueando el camino de vuelta al dormitorio por el que hemos entrado y el acceso a la escalera principal.
—Por aquí. —Luke da la orden en voz baja, girando hacia otro pasillo al final del cual hay una escalera. La que conduce a la despensa y a la puerta trasera.
Lo oigo antes de verla: el zumbido de una flecha.
Al lanzarme al suelo extiendo una pierna hacia fuera, derribando a Krystal y arrastrando a Poppi conmigo.
Luke se pega contra la pared con las otras dos mujeres, justo a tiempo para que la flecha se clave en la pintura de un cañón gigantesco colgada al fondo del pasillo, desgarrando el lienzo y con el astil sobresaliendo tembloroso.
—Encárgate de ellas.
Luke empuja a las mujeres hacia mí cuando me estoy poniendo en pie.
Con un movimiento fluido, saca dos pistolas de los bolsillos de la chaqueta.
Las Glock. Dispara una en el tiempo que tarda el arquero en preparar otra flecha.
La bala alcanza al arquero en la frente y este se convierte inmediatamente en humo.
—¿Dónde las tenías escondidas? —pregunto, mirándolo boquiabierta.
—Balas de obsidiana. Demasiado valiosas como para desperdiciarlas.
Y hacen mucho ruido. Aunque parece que nuestra oportunidad de escapar discretamente se ha esfumado, así que…
—Se encoge de hombros y luego hace una mueca de dolor—.
Yo me encargaré de los arqueros. No podremos irnos mientras ellos sigan aquí.
Cíñete al plan y nos vemos en el monovolumen.
—Ese no era el plan —protesto, aunque soy muy consciente de que no hay tiempo para discusiones—. Deberíamos permanecer juntos. Estás herido .
De repente, caigo en la cuenta de algo terrible.
—Estás herido por mi culpa . Pasó cuando me empujaste al suelo, ¿verdad? Esa flecha me habría matado a mí, y tú recibiste el impacto en mi lugar.
Levanta la mano para apartar un mechón rebelde que se me ha escapado de las trenzas y colocármelo detrás de la oreja, de modo que sus ojos oscuros puedan encontrarse con los míos.
—Sí. Y la verdad es que no me gustaría tener que hacerlo otra vez, así que, por favor, hazme caso por una vez y marchaos de aquí. Iré enseguida.
Son las palabras de un mentiroso. Los dos lo sabemos, pero no podemos perder ni un segundo más. No con la estampida de arqueros acercándose y la posibilidad de completar el rescate desvaneciéndose a toda velocidad.
—Te veo en el coche —le digo, más una amenaza que una promesa.
Agarro a Poppi y a otra de las mujeres. Krystal me sigue a duras penas ayudando a la cuarta, que se apoya en el arco para no caerse.
Avanzamos despacio, pero al fin llegamos a la primera planta justo en el momento en que resuenan una serie de disparos en el piso de arriba.
Lo único que puedo hacer es rezar para que Luke tenga mejor puntería que un soldado imperial.
—Ya casi hemos llegado —susurro, tratando de darles ánimos. Respiran con dificultad, tropiezan y se aferran a mí como pueden. Giramos hacia la cocina, al otro extremo de la despensa, y entonces nos detenemos en seco.
Más allá de la extensa superficie de azulejos, encimeras y acero, se divisa la puerta trasera. Y, apostados ante ella, hay dos arqueros, con las flechas listas para dar en el blanco.
No soy tan ilusa como para creer que puedo enfrentarme a ellos.
En su lugar, las empujo suavemente hacia la puerta abierta que hay junto a la entrada de la despensa.
La salida por detrás no es una opción, así que solo nos queda la puerta principal, ya que no hay tiempo para buscar otra vía de escape.
El pasillo por el que avanzamos es corto y conduce a un amplio salón con un enorme sofá modular de cuero marrón y una chimenea en la que crepita el fuego.
Como polillas atraídas por la luz, Krystal y la mujer del arco se inclinan hacia las llamas, y la angustia de sus rostros se suaviza con el calor.
Siento a Poppi y a la otra mujer en el saliente de piedra que hay frente al fuego, y me planteo qué hacer.
Un muro en el que se alinean varias ventanas nos separa del exterior.
Fijo la mirada en el atizador. Quizá tenga tiempo de romper una de ellas y hacer pasar a todas antes de que llegue un arquero o el propio Beliar.
Lo dudo, y además sería casi imposible garantizar que ninguna se cortara con los cristales rotos. Tenemos que usar la puerta principal.
—Vale —me digo a mí misma para calmar los nervios.
Me vuelvo hacia la chimenea, donde Krystal, Poppi y las dos mujeres desconocidas me esperan temblorosas, con la mirada llena de esperanza y terror a partes iguales—.
Vale —repito con más fuerza, aunque en voz baja—.
Vamos a salir a toda prisa por la puerta principal. Con sigilo. Sin hacer ruido.
Las ayudo a ponerse en pie, retomando mi posición de sostener a Poppi y a una de las mujeres mientras Krystal y la otra se apoyan en el arco. En un último acto de desesperación, agarro el atizador y se lo pongo en las manos a la mujer que tengo a mi izquierda.
—¿Cómo te llamas? —le pregunto.
Ella tarda en responder, como si intentara recordarlo.
—Madeline.
—No pienses —le digo, cerrándole el puño alrededor del atizador—. Solo golpea.
Ella asiente con callada determinación y lo agarra con fuerza.
Avanzamos a hurtadillas hacia el extremo opuesto del salón.
Tal y como esperaba, da al vestíbulo. Es tan amplio y majestuoso como el resto de la mansión, lo que supone un riesgo a la hora de correr hacia las puertas dobles que dan al exterior.
Y correr ni siquiera es una opción. Más bien se trata de un arrastrar de pies apresurado.
—¿Listas? —pregunto.
Madeline asiente, levantando el atizador con mano temblorosa. Poppi contiene el aliento. Krystal y la otra mujer se agarran la una a la otra.
—¡Vamos!
La palabra apenas es un susurro, pero nos lanzamos a la entrada como un potro recién salido de la cuadra.
Prácticamente arrastro a Poppi y a Madeline para que me sigan el ritmo mientras Krystal y la otra mujer se quedan rezagadas.
Debería haberle preguntado también su nombre.
Seguramente la eligieron para sustituirme.
Estamos a punto de llegar a la puerta cuando pasamos por delante de un gran arco a nuestra izquierda. Cometo el error de mirar.
Es una biblioteca con estanterías que van del suelo al techo y que cubren las tres paredes.
O quizá sea un despacho, porque en el centro descansa un escritorio de madera enorme.
Sentado detrás del escritorio se encuentra un hombre.
Es corpulento e intimidante, y parece llenarlo todo con su presencia.
Tiene el pelo canoso, algo que delata una edad que no concuerda con su rostro terso ni con su físico musculoso.
Sin embargo, son sus ojos los que me revelan quién es en realidad.
Son negros, como los del Luke Demonio que se plantó en mi salón intentando engañarme.
Beliar.