Capítulo 21 #3
Una sonrisa se le dibuja en los labios, pero se desvanece al recorrer la habitación con la mirada.
Me tiende la mano y yo la acepto. Nos quedamos quietos, a la escucha.
El armazón de piedra de la fortaleza amortigua cualquier sonido que pudiera haber.
Luke cruza el dormitorio hasta llegar a la puerta cerrada, de madera oscura y con la parte superior curva. Muy propia de un castillo.
Y, al igual que en los castillos de los cuentos, tenemos que salvar a las princesas atrapadas en la parte más alta.
Krystal bufaría si me oyera compararla con una princesa. Recordar que probablemente está a solo unos metros de distancia me devuelve a la realidad. Luke tiene la mano derecha en el pomo y la izquierda agarrando la daga. Yo también saco la mía.
Entreabre la puerta y echa un vistazo al pasillo antes de salir. Yo le sigo, convirtiéndome en su sombra. El techo está salpicado de lámparas de araña de hierro. La pared de piedra es fría al contacto con los dedos.
Avanzamos sigilosamente por el pasillo, pegándonos lo máximo posible al lado izquierdo.
Las botas me ayudan a amortiguar el ruido de mis pasos sobre el suelo de piedra.
Pasamos junto a una puerta tras otra, pero todas están cerradas.
Aunque habíamos convenido en que lo más probable es que Beliar tenga a las víctimas en la tercera planta, ahora que estamos dentro me parece imprudente no hacer un registro minucioso.
Tiro de la chaqueta de cuero de Luke, intentando transmitirle mis pensamientos en silencio. Él niega con la cabeza. «Confía en mí», me dice moviendo los labios.
Y, en contra de cualquier buen juicio, lo hago.
Estamos casi al final del pasillo, que da a una gran escalera que conduce a la planta de abajo. No podemos seguir adelante sin que nos descubran, pero hay otro pasillo por el que podemos girar. Luke se detiene para escuchar las voces que llegan desde la escalera.
—Se ha difundido el rumor de que desobedeció sus órdenes y trajo aquí a las habitantes del supramundo. No está nada contento, señor —dice una voz.
—No desobedecí, simplemente… me tomé algunas libertades creativas. —Lo único que tengo claro es que la voz que responde es la de Beliar, por el tono arrogante del que está impregnada.
—Solo teníais una misión mientras estabais en el supramundo —dice la primera voz, con un tono de irritación apenas contenida—. No le ha sentado nada bien vuestra interpretación de la tarea.
—El objetivo vendrá —contesta Beliar—. Solo un día más. Entonces se producirá el eclipse y, una vez que les cortemos el cuello a esas mortales, nada nos impedirá desgarrar el velo para siempre. Ni siquiera él.
Luke y yo nos miramos a los ojos mientras esas palabras inquietantes retumban entre los dos. Sin duda, es algo que tendremos que volver a tratar más adelante, pero no habrá un «más adelante» si no salimos de aquí.
Giramos por el otro pasillo y aceleramos el paso. Al final nos espera una escena milagrosa: una pequeña escalera de caracol que conduce hacia arriba.
Cuando la hemos subido, Luke se tensa y aprieta la daga. Con la otra mano, me empuja suavemente por el pecho, de modo que quedo con la espalda pegada a la pared. La orden es clara: «No te muevas».
Uno de los arqueros recorre el pasillo de un lado a otro, con el arco en la mano y la aljaba colgada al hombro. Se me corta la respiración.
Pero se está alejando de nosotros, hacia el otro extremo. No sabe que estamos aquí. Claro. Es ciego. Si nos mantenemos en silencio, quizá podamos pasar por su lado sin que se dé cuenta.
Luke se pega a la pared y avanza poco a poco.
Yo hago lo mismo, conteniendo la respiración.
De cerca, el arquero resulta aterrador. Camina a un ritmo lento y constante.
A mitad del pasillo, se detiene. Inclina la cabeza hacia la puerta más cercana, aunque no puedo oír lo que sea que él oiga.
Considera que no es importante y sigue adelante.
Sus pasos son pesados, como si unos bloques de hormigón golpearan el suelo, aunque ahora me doy cuenta de que no está hecho todo de piedra.
Es como si se mezclara con su carne formando una combinación antinatural, recubriendo sus brazos y desapareciendo bajo la túnica que lleva puesta.
Una vez que llega a la pared de enfrente, se gira bruscamente hacia nosotros.
Tiene boca y orejas de persona, y todo lo demás, desde las mejillas hasta el yelmo, es de piedra. Pero los ojos…
Tiene los ojos dorados .
Dorados como la mirada del animal al que atropellé.
Mi mente da un salto y me transporta de nuevo a aquella noche .
Hago exactamente lo mismo que entonces: ahogar un grito.
El aire se me atasca en la garganta, emitiendo un amago entre tos y jadeo que sucede igual que el accidente: demasiado rápido para evitarlo y, sin embargo, con una lentitud horrorosa, girando sin control antes de poder controlarlo.
La monstruosa estatua se yergue de golpe al tiempo que sus inquietantes ojos ciegos se clavan en mí.
Levanta el arco y me apunta con una flecha directamente al corazón.