Capítulo 21
E l horizonte lila se tiñe con la bruma del atardecer cuando por fin cruzamos a California.
Hicimos una parada en una gasolinera de Nuevo México (el Departamento de Investigación y Desarrollo).
Luke llenó el depósito y yo arramblé con los estantes de la tienda anexa en busca de más aperitivos.
Aunque a mí se me ha vuelto a quitar el apetito, el de Luke está más abierto que nunca.
Entre consulta y consulta del mapa para asegurarnos de que seguimos en ruta hacia la estrella marcada sobre el Valle de la Muerte, no he dejado de abrir bolsas de patatas fritas y botellas de agua para que él las engullera.
Me estoy dando cuenta de que come cuando está nervioso.
Nuestra conversación ha sido una amalgama de cotilleos de oficina, datos sobre el infierno y conjeturas sobre cómo podría desarrollarse la noche.
Nuestras bromas distendidas se van apagando a medida que entramos en lo que en el supramundo se conoce como el Parque Nacional del Valle de la Muerte, y un aura de solemnidad enturbia nuestro ánimo.
—¿Estás seguro de que Beliar vive aquí? —le pregunto a Luke mientras bajamos por una estrecha carretera desértica—. No parece precisamente un lugar habitable.
—A los demonios les gustan los climas áridos —explica Luke—. Da gracias por que no sea verano.
—Nos estaríamos asando —coincido. En cuanto llegamos al desierto, subimos las ventanillas para protegernos del polvo que se arremolinaba con el viento, así que ya nos estamos cociendo.
Como si me hubiera leído el pensamiento, Luke se quita la chaqueta y me la pasa para que la deje en la parte de atrás. Al hacerlo, algo cae al portavasos que hay entre nosotros.
—Mi móvil. —Entonces me acuerdo de que Luke se lo guardó en el bolsillo cuando salimos por patas del motel. Mantengo pulsado el botón de encendido hasta que la pantalla se ilumina—. No estaba segura de si se cargaría, pero ha llegado al ochenta por ciento. Voy a apagarlo para que… ¿Eh?
Luke me mira.
—¿Qué pasa?
No me puedo creer lo que estoy viendo.
—He recibido un correo.
—Eso es imposible.
—Acaba de llegar. Es de Debra. Madre mía. —Se me escapa una carcajada ante lo absurdo de la situación—. ¡Es el informe semanal! Joder, para una vez que lo envía más o menos a tiempo, y yo ni siquiera estoy allí. No sabía que en el infierno hubiera cobertura 5G.
—No la hay.
La gravedad con la que habla Luke me deja petrificada. De repente, recibir un correo electrónico de Debra ya no me parece tan gracioso.
—Esto es malo, ¿verdad?
Él asiente.
—Si el velo está tan debilitado como para dejar pasar la señal del móvil, eso significa que lo peor ya ha comenzado. Siempre tiene que haber un equilibrio. Si una parte del supramundo se está colando en el inframundo, eso quiere decir que…
—Una parte del inframundo se está colando en el supramundo —concluyo con aire sombrío—. Entonces ¿puede que ya sea demasiado tarde?
—Supongo que pronto lo averiguaremos. Hemos llegado.
Por fin coronamos la cima por la que veníamos subiendo y frenamos hasta detenernos por completo.
El camino de tierra por el que circulamos desciende serpenteando hacia el valle que le da nombre, repleto de una ingente cantidad de contenedores de transporte, camiones de dieciocho ruedas y edificios que parecen almacenes.
—Ahí vive Beliar. —Luke señala la ladera opuesta que rodea el valle.
Unas escaleras empinadas suben hasta una magnífica fortaleza, cuya enorme puerta está flanqueada por dos grandes estatuas de piedra.
Su fachada de estilo mediterráneo se mimetiza con la abundancia de marrones, naranjas y grises polvorientos que nos rodean, aunque a la derecha de la entrada destaca un jardín que desentona con el entorno, rebosante de flores silvestres.
La amplitud del valle y el laberinto de contenedores de transporte se extienden entre nosotros y la fortaleza.
—Beliar tiene un estatus similar al de la clase D —dice Luke mientras desciende por la estrecha carretera—.
Dado que California es el Departamento de Transporte, además de albergar la Sede Central del Infierno, eso convierte a Beliar en el responsable del principal centro de distribución del lado oeste para el transporte de mercancías.
—¿Qué tipo de mercancías?
—Comida, alcohol, drogas. No hay mucho de lo que disfrutar en el infierno, pero la ventaja es que no puedes morir dos veces.
A los seres del infierno no les da vergüenza empinar el codo, algo que la dirección fomenta.
Cuanta más gente cometa los siete pecados capitales, más energía se genera y se puede extraer.
Suelto un bufido.
—¿No pueden usar carbón como el resto?
Esboza una sonrisa.
—¿Y arriesgarnos a generar contaminación innecesaria con un recurso no renovable? Tampoco somos unos salvajes.
Luke aparca detrás del contenedor más cercano y apaga el motor.
—Hay una cosa más que tengo que contarte.
A pesar del calor, se me pone la piel de gallina en los brazos.
—¿Qué pasa?
Coge el mapa que hemos estado usando, saca un bolígrafo del bolsillo y traza una ruta directa desde nuestra ubicación actual hasta una pequeña masa de agua.
—A unos ciento sesenta kilómetros de aquí hay un lago.
Y, en el extremo más al sur, apartada de la carretera principal, hay una pequeña cabaña de cedro.
Si me pasa algo, ve allí. Encontrarás a una mujer llamada Moira, en quien confío más que en nadie del inframundo.
Puede que su aspecto sea monstruoso, pero tiene buen corazón.
Ella te llevará de vuelta al supramundo sana y salva.
Pase lo que pase, no esperes por mí. ¿Entendido?
Miro el mapa y después a él.
—Vamos a permanecer juntos, ¿verdad? Ese era el plan. Nos colamos, encontramos a Krystal y a las demás, y salimos sin que nos vean. Tú nos dejas en la entrada del supramundo y continúas tu camino hacia el velo. Ese es el plan, ¿no?
Luke me sostiene la mirada.
—Los planes cambian cuando es necesario. Si nos pillan, tu trabajo es llevar a todo el mundo hasta el coche. El mío es enfrentarme a Beliar. Si no te alcanzo, tienes que irte con ellas. No es solo una petición. Prométemelo, Brie.
Está insoportablemente cerca; nuestras caras distan menos de unos centímetros.
En mi vientre arde el mismo deseo que sentí en la habitación del motel.
Una necesidad de rodearle el cuello con los brazos y atraerlo hacia mí para que nuestras bocas se encuentren y se fundan en un baile devastador.
De sentir sus dedos clavándose en mi piel, tirando de mí por encima de la consola hasta su regazo, enredándose en mi pelo y desatando a la bestia salvaje que hay en mi interior y que golpea contra las rejas. Quiero dejarla salir.
—No me hagas rogarte —me pide en voz baja, lo cual no ayuda nada.
—Pero quiero oírte rogar —le respondo, con un tono tan débil que bien podría haber acabado de hacer un triatlón—. Quiero que te humilles y supliques.
Su mirada se ensombrece, demorándose sobre la mía mientras me acaricia el dorso de la mano con el pulgar. Lo he pillado desprevenido, como delata el ligero cambio en su respiración entrecortada. La bestia que hay en mí se rebela, instándome a acortar la distancia que nos separa.
Pero, de repente, se aparta. Abre la puerta y me mira por encima del hombro.
—Nunca se me ha dado bien suplicar. Vamos.
La urgencia se apodera de mí mientras salgo del coche con él. No podemos perder tiempo en… lo que sea que haya sido eso. Tenemos una misión de rescate que cumplir.
Los contenedores de transporte nos ofrecen un buen parapeto tras el que escondernos mientras nos acercamos a la residencia de Beliar, situada en la cima de enfrente.
El valle tiene un aspecto inquietante. Las únicas personas que se ven son almas que deambulan por allí, realizando sus tareas.
Al igual que en el tren, no se fijan en nosotros ni avisan a los demás de nuestra intrusión.
—Espera —dice Luke antes de que salga disparada hacia otro contenedor. Nos agachamos detrás de la pared de acero mientras señala el tejado de la fortaleza—. Los guardias de Beliar están apostados fuera.
Me había vuelto a poner las lentillas para ver mejor, pero aun así tengo que entrecerrar los ojos para distinguir la silueta difusa de los que están en el tejado. Son enormes y permanecen inmóviles como estatuas, con arcos en las manos. Arqueros.
—¿Significa eso que nos está esperando?
—No necesariamente.
—¿Cómo vamos a pasar por delante de ellos?
—La oscuridad nos ayuda. —Luke señala el cielo con la cabeza. Desde que salimos del monovolumen, las nubes han bajado aún más, anunciando la llegada de otro Juicio. Resisto la tentación de alargar la mano e intentar agarrar esos densos cúmulos de color morado intenso—. Y que estén ciegos también.
—¿Arqueros ciegos?
—Pero tienen un oído excelente. Si haces el más mínimo ruido estando en su radio de alcance, te atravesarán como a una brocheta en un santiamén.
—¿Es esta tu forma de decirme que me calle?
Lo único que distingo es el blanco de sus dientes cuando sonríe.
—Vaya, has captado la indirecta. Lo difícil no será pasar por delante de ellos, sino colarse dentro. Lo ideal sería entrar y salir sin que Beliar se dé cuenta. Supongo que tiene a Krystal y a las otras mujeres en uno de los dormitorios de la última planta.
Mientras que del resto de las ventanas emana un tenue resplandor, toda la tercera planta está a oscuras. Si yo fuera un secuestrador demoniaco sin piedad, ahí es donde tendría a mis víctimas.
—Entonces ¿no hay mazmorras?
—Las casas del desierto no tienen sótanos. Siento decepcionarte.
—Estoy destrozada —digo muy seria.
—Ya he estado antes en la finca de Beliar —admite Luke.
Antes de que pueda preguntarle cómo o por qué, sigue hablando—: Hay una puerta trasera que da a la despensa, donde se encuentra la entrada a la escalera de servicio.
Él nunca caería tan bajo como para usarla o siquiera aventurarse por esa parte de la casa. Si conseguimos llegar hasta allí…
—¿Y si trepamos por el enrejado?
Luke frunce el ceño.
—¿A qué te refieres?