Capítulo 20 #3
—No era lo ideal, pero pensé que esperar a que todos se fueran a casa era lo más seguro. Sin duda, un gran descuido por mi parte. —Me lanza una mirada cómplice.
Levanto las mangas mojadas por las lágrimas en señal de inocencia.
—Es la última vez que intento volver al trabajo después de haber fichado a la salida.
Se le borra parte de la expresión divertida de la cara.
—Quizá fuera lo mejor. Si no hubieras irrumpido en ese exorcismo, es muy probable que Beliar te hubiera atrapado.
No sospeché de su llegada hasta que Krystal desapareció y todo empezó a encajar.
Esa fue la primera pista de que algo iba mal.
Sabía que Beliar estaba en el inframundo, así que el hecho de que viniera al supramundo solo podía significar una de dos cosas: o había un desgarro en el velo o alguien lo había enviado a por mí.
—Ahí está. —Lo señalo con el dedo—. El complejo de héroe. Crees que es culpa tuya y por eso no dudaste en acudir al rescate.
Me mira de reojo.
—Es que probablemente sea mi culpa. Que Beliar acabara en la misma ciudad que yo sin duda no fue una coincidencia. Y, como ya he dicho, yo iba a volver aquí de todos modos. Era solo cuestión de tiempo.
Frunzo el ceño al darme cuenta de algo muy evidente.
—No vas a volver al supramundo después de salvar a Krystal y a las demás, ¿verdad?
Se concentra en la carretera.
—Lo que sea que falle en el velo ya debería haberse solucionado. Esto va más allá de mi hermano y de mí, o de Beliar, o de Krystal.
—Quizá se traigan algo entre manos en la Sede Central del Infierno —sugiero, intentando darle un toque de humor a lo que, por lo demás, es una situación terriblemente grave.
Detener a Beliar y salvar a Krystal es una cosa.
Pero poner una tirita en una herida de bala no va a evitar que el paciente se desangre.
Luke asiente.
—Por desgracia, eso creo.
—Ahora sé por qué me dejaste acompañarte. Aunque, claro, me encantaría pensar que es por mi agradable compañía.
Me lanza una mirada que es juguetona y sincera a partes iguales.
—Más agradable de lo que esperaba.
No dejo que esas palabras me distraigan, aunque me saben a galleta con pepitas de chocolate recién salida del horno.
—Quieres que lleve a Krystal y a las demás de vuelta al supramundo una vez que las hayamos salvado de Beliar. Pero tú no vendrás con nosotras. Tienes pensado ir hasta la Sede Central del Infierno y arreglar el velo.
El aire entre nosotros resuena con mis palabras. Al no contradecirme de inmediato, sé que tengo razón.
—Silicon Valley —dice tras una pausa, interrumpida por más bocinazos mientras los coches aceleran a nuestro alrededor—. Ahí es donde reside el diablo. Y el velo.
—Así que, después de lo de Beliar, ¿se supone que tengo que dejarte atrás?
—Disimula un poco tu entusiasmo.
Nada más lejos de la realidad. Solo puedo pensar en su pulgar, que sigue acariciándome el muslo dibujando círculos reconfortantes.
En sus dedos recorriendo mi cuello en la habitación del motel mientras en sus ojos brillaba la preocupación.
En su cuerpo cálido pegado al mío sobre la cama.
Todavía no he averiguado si estaba soñando, ni con qué.
—¿Y qué pasa con Tarrentown? —pregunto con un nudo en la garganta del tamaño de un limón.
Porque lo que quiero decir realmente es: «¿Y qué pasa conmigo?».
—Ya me he encargado del demonio al que seguí hasta allí. Una vez reparado el velo, Beliar no debería suponer ningún problema. Y aunque no me quede en el inframundo, no tengo motivos para volver a Tarrentown.
Es una respuesta sincera, pero duele. Me dan ganas de gritar «¡Me tienes a mí!». Pero tampoco es que sea nada suyo . Probablemente ni siquiera esté interesado en mí. Estoy hecha un lío.
Quizá me creería sus palabras si no fuera por lo de anoche. El sonido de mi nombre susurrado en mi nuca. Su boca tan cerca de la mía que mentiría si dijera que él tampoco había pensado en besarme.
Quiero echárselo en cara, pero no me atrevo. Lo que se me escapa no es mucho mejor.
—¿Ni siquiera por la sobrina con la que Carol está intentando emparejarte?
Una risita suave se le escapa cuando giramos por una carretera despejada.
—Ni siquiera por ella, aunque estoy seguro de que es encantadora. Pero no me interesa.
—¿Qué hay de Curated Care?
—Bueno, he dejado a Ted al mando…
—Eso sí que es algo verdaderamente diabólico —le interrumpo—. Pasa más tiempo flirteando que trabajando.
Una sonrisa le levanta las comisuras de los labios.
—Pedirte que cambies la garrafa de agua tiene que estar entre las cinco peores tácticas para ligar.
Detesto que me haga sonreír.
—Eso sin contar que usa su incompetencia como arma, convencido de que soy la única de la oficina que sabe arreglar el puto fax estropeado.
—La verdad es que se te da muy bien.
—¡Dios, tú también no!
Una carcajada le brota desde dentro, lo que me hace reír a mí también. Es un sonido bonito, desenfadado y contagioso, que le ilumina el rostro y deja al descubierto un hoyuelo en cada mejilla.
Cuando me mira, en sus ojos veo algo que casi podría confundir con cariño.
—Bueno, Brianna, añádeme a la lista.