Capítulo 20
E l silencio dentro del monovolumen es aplastante. O, al menos, lo sería si no estuviera interrumpido por los pitidos y los insultos de Luke contra el mar de vehículos que nos rodea.
—¿Y si la próxima vez pones los putos intermitentes? —le espeta Luke al conductor del sedán que se nos ha cruzado por delante.
Por el hueco de la ventanilla del infractor sobresale un puño peludo que muestra el dedo corazón.
Tras huir del motel y de Tatianna, Luke se lanzó a tumba abierta a la carretera, con la tensión aumentando a cada kilómetro.
Me he negado a ser la primera en romper el silencio que se extiende entre nosotros mientras no dejo de darle vueltas en la cabeza al «consejo» de Tatianna.
Quedarnos atrapados en ese infierno particular que es el tráfico en hora punta es la guinda de este pastel de mierda en el que estamos metidos.
—Esto es ridículo —se queja Luke—. Odio los departamentos del Medio Oeste porque todo está demasiado disperso. En las divisiones más grandes, los empleados viven o bien en los mismos edificios en los que trabajan, o bien en un complejo a poca distancia a pie. No hay este caos.
Miro fijamente a través del parabrisas los coches que parecen no tener fin.
Luke da unos golpecitos con el pulgar en el volante.
—Estás muy callada. ¿No dices nada de mi agresividad al volante?
He tenido que hacer un esfuerzo titánico para no soltarle nada, pero lo he conseguido.
Él suspira.
—Siento que Tatianna te llamara «juguete». No ha estado bien.
—Tu nuevo juguete. —No puedo evitar corregirlo.
Traga saliva y me lanza una mirada fugaz.
—¿De qué hablasteis en la taberna?
Ahí está. Lo que estaba esperando.
Pero quiero que se ponga nervioso. Que se derrumbe . Estoy harta de secretos.
—De cosas muy divertidas.
—¿Como qué?
Me miro las uñas, fingiendo indiferencia.
—Como que tienes complejo de héroe. Lo cual tiene sentido, porque ¿por qué si no iría alguien voluntariamente al infierno?
Respira hondo con aire exasperado.
—No tengo complejo de héroe. Solo protejo a las personas que me importan y soy incapaz de quedarme de brazos cruzados si está en mis manos hacer algo.
—También hablamos de tu hermano.
Luke cierra la boca tan rápido que escucho el chasquido de sus dientes al chocar.
—De mi hermano —repite. Si el volante fuera un cuello, lo habría partido de lo fuerte que lo está agarrando—. ¿Qué pasa con mi hermano?
—Que te traicionó. Que mi daga era suya .
Algo se rompe en mi interior, los acontecimientos de anoche —de toda la semana pasada— me desbordan en cuanto dejo de fingir y le planto por fin cara.
—Estoy cansada de andar a ciegas y de dar rodeos para evitar hablar de ciertas cosas.
Estoy harta de no saber a qué o a quién creer sobre ti.
Tenemos que confiar el uno en el otro si queremos salvar a Krystal y a las demás.
Si Beliar es la mitad de astuto de lo que fue en mi piso, nosotros tenemos que serlo aún más.
Pero eso es imposible si ambos nos guardamos nuestras cartas.
Muéstrame las tuyas y yo te mostraré las mías.
Hay que reconocer que no es precisamente una frase final muy madura. Él tiene la vista clavada al frente. Los segundos se hacen eternos, y el silencio se tensa como una goma elástica a punto de romperse.
—Mi hermano. —La voz de Luke suena áspera, como si estuviera escarbando cada palabra del fondo de una tumba. Bajo el desprecio se esconde el dolor. Odio que esto le haga daño. Odio que me importe.
Suavizo el tono.
—Sé que dijimos que no teníamos por qué ir más allá de las puras formalidades, pero…
—Yo sí quiero saber cosas de ti —me interrumpe Luke, mirándome a los ojos con sinceridad durante una fracción de segundo—.
Las cosas importantes, como qué querías hacer en lugar de estudiar medicina, pero también las pequeñas.
Tu comida y tu flor favoritas. Si te gusta la lluvia o la detestas.
Y también quiero que tú me conozcas a mí. Es solo que… son tantas cosas.
Siento un revoloteo de mariposas en el estómago. Hola, orugas mutantes, estoy intentando mantener la compostura.
Pero sus palabras sacan a la luz la verdad: yo quiero lo mismo. Señalo el enorme atasco.
—Yo diría que tenemos tiempo de sobra.
Aunque tiene la vista fija en los coches de delante, su mente parece estar en otra parte.
—Al crecer aquí, solo estábamos mi madre, mi hermano y yo. Mi hermano era el único amigo que tenía y el único que necesitaba. Éramos dos mitades de un mismo todo.
Lo explica de forma sencilla, pero la crudeza que hay detrás de sus palabras me provoca un dolor punzante en el pecho.
Es el anhelo de tener un hermano, de alguien con quien crecer, reír y afrontar las dificultades.
La soledad de ser hija única nunca me había afectado tanto como cuando murieron mis padres y no tenía a nadie con quien compartir las responsabilidades que vinieron después. Todo recayó sobre mí.
No pude soportarlo. Intenté evitarlo con tantas ganas que he acabado en el infierno.
—¿Cuándo cambió eso? —pregunto con tacto, tratando de frenar mi propia espiral interna.
En sus pupilas oscuras veo reflejado el remordimiento.
—No te mentí sobre lo de haber hecho un pacto con el diablo.
Lo hice. Pero no fue para ir al supramundo.
Fue para proteger a mi familia. Pensé que era lo mejor, lo único que podía cambiar nuestra situación, pero…
mi hermano se enfadó muchísimo porque lo hice sin consultarle.
—Me vienen a la mente las palabras de Tatianna: «Luke siempre tiene segundas intenciones»—.
Fue entonces cuando empezó el resentimiento. A partir de ahí, todo fue a peor.
—Por lo que dices, solo intentabas hacer lo correcto —comento.
Se le escapa una risa mientras el tráfico por fin nos deja avanzar a paso de tortuga.
—Intentaba sobrevivir.
—Lo entiendo. —Trago saliva, pensando en mis propios métodos nada ortodoxos de supervivencia.
—¿Ah, sí? —Ahora le toca a él preguntar—. Esto es una carretera de doble sentido. Puedes mostrar tus cartas. Esa pesadilla recurrente que tienes… Dijiste que es a causa de la noche del accidente, ¿verdad?
Asiento, fijando la mirada en mis manos y en el anillo que llevo en el dedo.
—La noche en la que maté a mis padres.
Él frunce el ceño.
—Recalco lo de «accidente».
—Supongo. Lo he repasado un millón de veces.
Solo me tomé una copa de champán, pero quizá estaba borracha y no me di cuenta.
Mi padre quería conducir, pero le convencí para que me dejara a mí.
Sabía que no debía dar volantazos para esquivar a los animales en la carretera, pero apareció el ciervo y me asusté, giré el volante y allí estaban los árboles y…
—Me callo y respiro hondo—. Chocamos contra el árbol por el lado de mi padre.
Mi madre salió disparada por el parabrisas.
Murieron en el acto, los dos. Y, sin embargo, yo solo sufrí una conmoción cerebral y heridas leves. ¿Cómo se puede considerar eso justo?
—No lo es —dice él con delicadeza—. Las cosas rara vez lo son. Pero eso no significa que merezcas odiarte para siempre por una decisión tomada en una fracción de segundo.
Niego con la cabeza; mi sucio secretito me sube por la garganta como si fuera ácido.
—No lo entiendes. No fue solo eso. Es cierto que aquella noche fue el principio.
Pero luego vino todo lo demás. Cuando murieron mis padres, nadie me echó la culpa.
Mis amigos estuvieron ahí, mi prometido y yo nos reconciliamos y me ayudó a organizar el funeral, mi tutor me animó a tomarme el tiempo que necesitara.
Todo el mundo fue amable, cariñoso y se volcó conmigo.
Pero yo detestaba todo aquello. No me lo merecía.
Las lágrimas me queman la garganta.
—Así que me descontrolé. Rompí con mi prometido porque no podía soportar lo decepcionado que estaba conmigo cuando dejé los estudios.
Le dije cosas muy desagradables para que me dejara en paz, y aun así sigue preocupándose por mí.
Mis amigos intentaron llamarme y me convencí a mí misma de que me odiaban.
Heredé la casa de mis padres, pero no podía soportar dormir allí sabiendo que nunca volverían. Así que simplemente… me fui.
Me río mientras las lágrimas me resbalan por la cara.
—Me fui sin despedirme, bloqueé a la gente, me borré de las redes sociales y le hice un gran corte de mangas al sur de Florida mientras conducía hacia el norte. Intentaba llegar a Nueva York.
—Porque la ciudad te recuerda a tu madre —comenta Luke. Cómo no iba a acordarse.
—Sí. Y parece que es donde van las almas perdidas.
—Hago una pausa y me río entre dientes—.
También las almas condenadas, por lo visto.
Pensé que eso arreglaría mi problema. Pero…
no conseguí llegar. Ya viste anoche cómo me pongo al volante, sobre todo cuando no hay luz.
No veo bien, ni puedo respirar ni dejar de temblar.
Mi coche quedó hecho un desastre en Tarrentown porque, presa del pánico, choqué contra un bordillo y la reparación salió muy cara.
Para cuando estuvo arreglado, ya había perdido el valor para continuar. Así que me quedé.
Al darme cuenta de lo deprimente que ha sido ese torrente de traumas, añado con una alegría forzada:
—Lo bueno es que el tema de los padres muertos ha sido como hacer un triplete: me ha servido para conseguir descuento en el mecánico, un piso y un curro.
A Luke no le hace gracia. O quizá simplemente no sabe lo que es un triplete.
—Has dicho que tuviste que reconciliarte con tu prometido. —De todas las cosas en las que podría fijarse, tenía que quedarse precisamente con eso—. ¿Qué pasó?
Me preparo, consciente de lo desagradecida que voy a parecer. Palabras de mi ex, no mías.
—Nos comprometimos justo antes de Navidad. El anillo era de plata. Sé que suena a locura, pero…
—Tú solo llevas oro —termina Luke por mí.
Me quedo mirándolo fijamente.