Capítulo 19
M e doy la ducha de mi vida.
Estamos hablando de una depilación completa al estilo rata topo calva, de gastar hasta la última gota de agua caliente y de dejar que el bote entero de suavizante de tamaño viaje marine en mi pelo durante una cantidad indecente de tiempo, como si fuera un chuletón preparándose para la parrilla.
Siendo la parrilla mis pobres dedos doloridos que se encargan de desenredarlo, ya que, aunque me acordé de traer la cuchilla de afeitar, se me olvidó el cepillo.
Una vez que he desenredado todo lo que he podido, me recojo los rizos en dos trenzas francesas, el mejor peinado para evitar que se enreden de nuevo.
Luke duerme plácidamente boca arriba sobre las sábanas, como si también fuera un vampiro. La imagen de él cubierto de sangre y con los ojos encendidos vuelve con fuerza, pero en lugar de a Tatianna, me está mirando a mí . Aparto esa imagen de mi mente lo más lejos posible.
El cansancio empieza a apoderarse de mí ahora que estoy calentita, limpia y depilada (no es que haya ninguna razón particular para ello ni nada por el estilo).
Se me cierran los ojos mientras guardo la ropa sucia en la bolsa de viaje y recojo mis productos de aseo.
Los leggings limpios, el sujetador deportivo y la cómoda sudadera de cuello redondo que me he puesto parecen un pijama de lujo.
Encuentro una toma de corriente y enchufo el móvil, que se ha quedado sin batería; puede que lo necesite cuando volvamos al supramundo.
Si es que volvemos.
Como era de esperar, los pies me cuelgan por el borde del sofá de dos plazas y, aunque uso la bolsa de viaje como almohada, no consigo encontrar una buena postura. Tras dar vueltas durante varios minutos, al final me rindo ante la realidad: tengo que armarme de valor y dormir con Luke.
Con cuidado de no molestarle, me acuesto en el espacio que queda junto a él, que está cuidadosamente confinado en su mitad, la más cercana a la puerta.
La cama es diminuta, y no ayuda que ninguno de los dos seamos precisamente delgados.
Es imposible no tocarle. Si los dos estamos boca arriba, su costado derecho presiona mi izquierdo, y si me giro hacia el sofá, quedo con el culo pegado a su cadera.
Fui yo quien le dijo que los dos somos adultos y que no debería haber ningún problema en compartir la cama.
Sin embargo, aquí estoy, con los nervios a flor de piel por lo cerca que estamos.
Pero también hay algo reconfortante en ello, sobre todo cuando su cuerpo percibe inconscientemente mi presencia y se mueve para acomodarse junto a mí. Se gira hacia la derecha y me abraza por detrás, haciendo la cucharita. Es la mejor opción para aprovechar el espacio.
Esto está bien. La gente puede hacer la cucharita. ¿Que su mano descanse sobre la curva de mi cintura? Normal. ¿Dónde más iba a ponerla? Y la culpa es mía, porque se me ha subido la sudadera y ahora tiene la palma pegada a mi piel. Debería habérmela bajado antes de tumbarme en la cama.
Lo que no es culpa mía es la forma en que me acaricia el cuello con la nariz, inhalando profundamente antes de que su aliento me recorra la espalda como un susurro.
Se me pone la piel de gallina a pesar de que estoy ardiendo.
Su mano es como un hierro candente, y no puedo evitar desear que sus dedos suban un poco más.
Que encuentren el borde de mi sujetador deportivo y se metan debajo.
«Para ya». No debería sentirme así por él. Todavía hay demasiadas cosas que desconozco, demasiados secretos que se interponen entre nosotros. Mi misión es salvar a Krystal. Tengo que concentrarme en mi objetivo.
Pero me resulta aún más difícil cuando me estrecha contra él de una forma imposible, hasta que siento cada centímetro de su cuerpo pegado al mío. Y me refiero a cada centímetro. Incluso la presión de…
«Respira. Duérmete. Dile a tu cerebro falto de sexo que se calle la puta boca».
Inspiro. Espiro. Mañana será un día largo. Necesito dormir. Necesito…
— Brie… —gruñe Luke contra mi cuello. Flexiona los dedos sobre mi cintura y repite mi nombre aún más bajo. Como si estuviera soñando. Pero él me dijo que no sueña. Dijo que…
De sus labios sale algo ininteligible, pero la sensación que producen al rozar mi piel me enciende.
Me libero de su abrazo, activando el modo anguila, y consigo bajarme de mala manera de la cama.
Sin las gafas, mi percepción de la profundidad falla y, al acercarme al sofá, me golpeo el dedo del pie contra la pata.
Empiezo a soltar un torrente de palabrotas silenciosas mientras salto por la habitación sujetándome el pie lastimado, tratando de no despertar a Luke.
Por suerte, está dormido como un tronco y se aferra a la almohada ahora que no estoy.
Me pongo las gafas, pero verlo con claridad a la tenue luz que se cuela por las cortinas hace que ese deseo arda todavía más.
No puedo apartar la mirada de su cara de tonto.
Una sombra de barba incipiente le recorre la mandíbula, y el pelo, que normalmente lleva tan bien peinado, ahora está revuelto y húmedo por la ducha.
Lo único que quiero es volver a tumbarme.
Sentir su boca moviéndose contra mi cuello…
Por el amor de Dios, tengo que largarme de aquí.
Me calzo las botas y cojo la llave de la habitación. Salgo a hurtadillas por la puerta, dejo que se cierre tras de mí y me dirijo de nuevo a la taberna.
Desde el accidente, lo he intentado todo para ahogar los recuerdos. Por suerte, me di cuenta pronto de que el alcohol es, en el mejor de los casos, un remedio temporal. En el peor, puede llegar a destruirte. Pero lo único que me apetece para despejar la mente es una cerveza fría y amarga.
—¿Qué te pongo? —me pregunta el mismo camarero de antes.
—¿Qué tienes que no sea sangre?
Él suelta una carcajada.
—¿Te apetece una pinta?
—Perfecto.
Al final resulta que no solo sirven sangre de barril, ya que inclina un vaso bajo el grifo y lo llena de un líquido ambarino. Me guiña un ojo antes de volver a limpiar la barra.
Estoy a mitad de un trago, todavía intentando enfriar mi mente calenturienta, cuando alguien se sienta en el taburete que tengo al lado.
—¿Sabes? —digo, echándome la trenza por encima del hombro y dejando expuesto mi cuello ante Tatianna—. Si quieres, puedes darle un sorbo.
Me lanza una mirada divertida con sus ojos color ámbar.
—No te lo creas tanto.
—Seguro que cualquier cosa que puedas tomar de barril es mejor que lo que tengo yo.
—En eso estamos de acuerdo. —El camarero desliza un vaso sobre la barra y ella lo atrapa al vuelo. Sus uñas negras y puntiagudas parecen pequeñas estacas y emiten un tintineo cuando las hace repiquetear contra el cristal—. No sé qué es lo que más admiro de ti, si tu valentía o tu estupidez.
—¿Por qué no ambas?
Le da un sorbo a su bebida y me sonríe. Tiene los dientes manchados de rojo y los caninos afilados como dagas.
—Luke me ha dicho que eres el siguiente objetivo de Beliar. No debes de ser tan inocente como sugieren esas trenzas para que un demonio mayor te persiga.
Al mencionar a Beliar, resurge un miedo gélido que sofoca parte del calor por el que hui de la habitación donde está Luke.
—Sí, bueno, no todo es lo que parece. Sobre todo aquí.
—Qué observación tan astuta.
Durante varios largos sorbos, solo estamos nosotras dos tomando nuestras respectivas bebidas.
La cerveza fría tiene un sabor ácido y se desliza por mi garganta aportándome claridad y, al mismo tiempo, confusión.
Me bebo la mitad del vaso en segundos, lo cual es la única excusa para la pregunta que suelto por la boca:
—¿Eres tú quien lo traicionó?
Tatianna se detiene con el vaso a medio camino de sus labios.
—Sé más concreta.
Sabe de qué estoy hablando. Lo veo en el brillo de sus ojos. Pero le doy lo que quiere.
—Me dijo que alguien lo traicionó y que eso lo llevó a marcharse al supramundo. ¿Fuiste tú?
Su expresión cambia mientras hablo; solo entrecierra ligeramente los ojos, pero no sé a qué se debe.
—Aunque me encantaría pensar que el fracaso de nuestro amor es lo que le ha llevado por este camino de destrucción, eso sería atribuirme demasiado mérito.
—Sonríe, pero la alegría ha desaparecido—.
Él y yo fuimos amantes mucho antes de que se marchara del infierno.
Hacia el final nuestra relación ya se había deteriorado bastante.
Pero nunca le traicioné. Lo que pasa con Luke es que quiere ser el héroe cuando está destinado a hacer de villano.
Esa es la verdadera razón por la que no funcionó lo nuestro. No le ofrecí nada que salvar.
Sus palabras me hieren. Sea o no su intención, me hacen daño.
—No sabía que tuviera ese complejo de salvador —le digo, intentando no parecer tan abatida como me siento.
—No sé si lo llamaría así. Es más bien que Luke siempre tiene segundas intenciones. No me gustaba pasar tanto tiempo en la ignorancia.
—Quizá a quienquiera que lo traicionase tampoco —sugiero.
Tatianna vuelve a sonreír, mostrando sus relucientes dientes rojos.
—Creo que esa fue la única vez que el pobre Lukey estuvo en la ignorancia.
«Lukey». Yo nunca lo llamaría así.
—Aparte de estar huyendo de Beliar —prosigue—, ¿qué relación tienes con él? Me cuesta creer que traiga a una mortal al inframundo solo por diversión. —Resopla en su vaso de sangre.
—Somos compañeros de trabajo —respondo, aunque no suena tan convincente como lo habría hecho hace una semana.
Las imágenes de los últimos días pasan ante mis ojos.
Él vendándome la rodilla. Su mano agarrando la mía, guiándome por el Mercado Nocturno.
El calor de su palma en mi espalda, apartándome del borde de un ataque de pánico.
Todas ellas cosas que no suelen hacer los compañeros de trabajo.
Como para convencerme a mí misma, añado—: Solo compañeros de trabajo.
Señala con la cabeza la empuñadura de la daga que llevo atada al muslo.
—Llevas una daga muy bonita. Supongo que es de él, ¿no?