Capítulo 18 #3
Digo esas palabras, pero, por la forma en que de pronto la habitación parece una sauna, no estoy segura de que sea verdad.
—¿Qué tal te ha ido con esa mujer?
Se quita la chaqueta y la deja sobre el respaldo del sofá, aunque, debido al peso de los bolsillos, se acaba cayendo sobre los cojines. Se saca la daga del cinturón y la deja sobre la mesita de noche.
—Mira las nubes.
Todavía estoy sujetando la puerta, así que aprovecho para asomar la cabeza fuera y contemplar el cielo oscuro. Al igual que la noche anterior, unas nubes muy bajas de un color púrpura intenso, tan densas que ocultan la luna, cubren el cielo. Me vuelvo hacia Luke y cierro la puerta tras de mí.
—¿Otro Juicio?
Asiente, sentado en el borde de la cama de cara al sofá, de modo que me da la espalda.
—Tatianna dice que va a ser el sexto del mes. Cada vez están más cerca.
Tatianna. Un nombre precioso para una mujer preciosa. No es el tipo de queso de charcutería que mejor marida con mermelada de higos y prosciutto .
—¿Y confías en ella porque…?
Suelta una risotada seca.
—Oh, no confío en ella. Pero no tiene motivos para mentirme en eso.
—¿De qué la conoces?
Guarda silencio durante un buen rato. Me acerco al sofá y me siento para poder verle la cara, pero se muestra cauteloso.
—Fuimos amantes en una vida pasada.
«Amantes». Una palabra llena de pasión, mucho más que llamarla «ex».
—Fue hace mucho tiempo —continúa Luke—. Era joven, apenas había salido de la adolescencia. No estuvimos juntos demasiado tiempo. Todo fue rápido y emocionante, como una cerilla ardiendo. Se consumió mucho antes de lo esperado. Éramos muy diferentes.
—¿Te refieres a que es una vampiresa?
Le cambia la cara y eso es todo lo que necesito para saber que tengo razón.
—¿Cómo lo has sabido?
Me alegro de que no insulte mi inteligencia intentando negarlo.
—Solo era una hipótesis. Toda esa carne roja en el menú. Creo que el chico que me trajo a la habitación notó el olor a sangre de mi pierna. Las copas que estaba sirviendo el camarero eran demasiado oscuras y espesas como para ser cerveza normal. No sabía que existiera la sangre de barril.
—Cada día son más creativos, ¿verdad? —Se ríe entre dientes—. Sí, vampiros. Tatianna es la líder del clan del Medio Oeste.
—¿Sabías que este era su territorio cuando paramos aquí?
—Sí, lo sabía. Los vampiros suelen ser bastante hospitalarios. Pero esperaba no encontrarme con ella.
—Estás en su territorio.
Hace una mueca.
—Soy bastante consciente, sí. No nos quedaremos mucho.
—Si los demás vampiros se enteran de que somos humanos, ¿estamos perdidos?
Niega con la cabeza, echado hacia atrás sobre los codos.
—Lo dudo, a menos que hagamos algo que los cabree de verdad. Tienen sangre más que de sobra para mantenerse. Para este clan, chupar sangre directamente de la fuente suele ser más bien una… experiencia sensual.
Me viene a la mente la imagen de Luke y Tatianna en pleno beso apasionado. Dos personas objetivamente atractivas, con marcas rojas de huellas y besos diseminadas por toda la piel, la ropa hecha jirones…
—Brie, ¿me estás escuchando? —dice Luke, riéndose, y me saca de mi ensimismamiento.
—¿Eh? Sí. Por supuesto. ¿Qué has dicho?
Me observa con expresión irónica.
—Te he preguntado si te importa que yo me duche primero.
Quince minutos después, Luke sale del baño envuelto en una nube de vapor.
A diferencia de lo que se ve en las películas, no lleva una toalla blanca que apenas le cubre la cintura y que deja al descubierto unos abdominales marcados que estoy segura al noventa y nueve por ciento de que tiene.
Va completamente vestido, lo cual, imagino, es como debería ser.
Si yo no puedo ir por ahí en toalla enseñando los pezones, él tampoco.
Lleva casi la misma ropa que antes, aunque la camisa negra está impoluta y sin desgarros. Su pelo oscuro se eriza en todas direcciones mientras intenta peinárselo con los dedos.
—¿Te importa si me ducho yo también? —le pregunto, estirándome mientras me levanto del sofá, donde he estado ordenando mi bolsa de viaje.
Luke niega con la cabeza y se deja caer sobre la cama de una forma que a mí me parece adorable, pero a los muelles no, a juzgar por los chirridos que se oyen. Selecciono las cosas que me voy a llevar al baño y, cuando ya casi estoy en la puerta, su voz cansada hace que me detenga.
—No sabía que llevaras gafas.
Me giro para mirarlo.
—Por lo general, uso lentillas, pero he tenido que quitármelas. No me gusta cómo me quedan las gafas.
—Pues a mí me gustan.
A la tenue luz de la lámpara de la mesilla, sus ojos parecen más oscuros de lo habitual, y sus pestañas húmedas y erizadas los resaltan aún más. Tiene el ceño fruncido, como si le preocupara no haber sabido ese pequeño detalle sobre mí.
—Gracias —consigo decir.
Me dispongo a entrar en el baño cuando su voz somnolienta me vuelve a detener.
—También me gustas tú. —Bosteza—. Hacemos buen equipo, ¿verdad?
Si me doy la vuelta, verá el ridículo rubor que me tiñe las mejillas, por no hablar de la sonrisa que se me ha dibujado en los labios.
—Me gusta pensar que sí. —Y antes de cerrar la puerta, añado—: Que conste que tú tampoco estás nada mal.