Capítulo 18 #2
—Oye, Luke, no me digas que estás huyendo de mí. ¿No te apetece charlar con una vieja amiga?
Luke cierra los ojos como si deseara que la tierra se abriera y lo devorara. Lo cual no sucede, aunque, teniendo en cuenta el extraño historial del infierno, tampoco me habría sorprendido.
—Vete a la habitación —me dice mientras me pasa las bolsas—. Nos vemos allí.
Miro más allá de él hacia la mujer que está apoyada en la barra, ya sin el sombrero, que ha dejado sobre la superficie de madera.
Es impresionante, con una melena negra ondulada, pómulos marcados y piel morena clara.
Sus labios esbozan una sonrisa burlona que atrae mi mirada.
Agita los dedos, largos y adornados con anillos, a modo de saludo.
—Parece capaz de matarte —le digo a Luke con total sinceridad, admirando sus ajustados pantalones de cuero, sus botas de tacón de aguja y sus labios de un rojo pasión brillante.
—Ya lo ha intentado —masculla él—. Por favor, vete.
Es ese «por favor» lo que lo consigue.
—Siempre y cuando me prometas que no vas a morir.
—Vete.
Una vez fuera, me dirijo sin prisa a la ventanilla donde Luke y yo habíamos ido antes para reservar una habitación. Hay otra persona dentro de la pequeña cabaña, un chico que parece no tener más de quince años. Es pálido, con una melena oscura y revuelta que cae sobre unos ojos color ámbar.
—¿En qué puedo ayudarla? —me dice con un tono que rezuma aburrimiento. Me alegra saber que los adolescentes son iguales en cualquier mundo.
—Estábamos esperando a que nos prepararan una habitación. Creo que estaba a nombre de Luke.
Hojea un bloc de notas a paso de tortuga, haciendo una pausa de cinco segundos para bostezar.
—Sígame.
Subimos unas escaleras exteriores y recorremos una hilera de puertas, deteniéndonos ante una con el número veintiuno en latón deslustrado.
Abre la puerta. Antes de entregarme el llavero de plástico del motel, respira hondo con los ojos cerrados.
Cuando los abre, su color se ha vuelto más oscuro, de un tono indiscernible por la falta de luz.
—Disfrute de su estancia.
Mis dedos buscan a tientas el interruptor de la luz, ya que la habitación está envuelta en penumbra. Cuando la enciendo, me quedo boquiabierta al ver lo que hay dentro.
Una única cama doble.
—Lo siento, pero pedimos una habitación con dos…
Me vuelvo hacia el adolescente o, mejor dicho, hacia donde estaba el adolescente. Se ha ido. Lo único que queda es el aire fresco de la noche acariciándome la piel como una advertencia, aunque no sé de qué.
Antes de ponerme demasiado cómoda, reviso todo lo que suelo comprobar cuando estoy fuera de casa.
Me aseguro de que no hay nadie debajo de la cama ni en los armarios, aparto la cortina de la ducha y presiono con el dedo los espejos para cerciorarme de que los separa un espacio de la pared y no son de doble cara.
La habitación cumple todos los requisitos, salvo el de las buenas vibraciones.
Tiene un aspecto anticuado, con una deslucida moqueta verde que preferiría arrancar solo por diversión antes que dormir encima, y aunque hay un sofá de dos plazas pegado a la pared del fondo, es demasiado pequeño como para que Luke o yo podamos tumbarnos en él, porque los dos somos altos.
Me vuelvo hacia la cama y contemplo su edredón con estampado de cachemira, su único y esplendoroso colchón.
Una risa me brota de la garganta, empieza suave y poco a poco se va volviendo histérica.
Krystal se moriría si supiera que estoy a punto de compartir cama con el hombre que, hay que reconocerlo, es guapo (sí, tengo mala vista, pero tampoco tanto) y por el que no ha parado de meterse conmigo.
Me decía que yo parecía un personaje sacado directamente de su novela romántica favorita.
Y bien podría serlo. Si ese personaje resultara estar también en el infierno.
La risa se va apagando, dejando mis mejillas mojadas por las lágrimas.
Me dejo caer de espaldas en la cama con las piernas colgando por el borde.
¿Cómo he terminado aquí? No solo en el sentido literal, aquí, en un motel de mala muerte del infierno, sino como una chica de veintisiete años que ha dejado la carrera de medicina, sin futuro, sin perspectivas y sin familia.
Y quizá tampoco tenga trabajo, ya que, técnicamente, esto se podría considerar absentismo laboral, porque todavía no tengo derecho a días de vacaciones.
Aunque el hecho de haber desaparecido podría servirme de excusa.
Si es que alguien se ha dado cuenta de mi ausencia, cosa que dudo.
En el silencio, los ruidos llegan hasta mí.
El murmullo de voces de la habitación de al lado, el viento que arrecia fuera, los gemidos lejanos de alguien que utiliza el motel como escenario para placeres pecaminosos.
Ojalá hubiera un televisor para poder poner un canal al azar y desconectar.
¿Tendrán el canal Cocina en el infierno?
¿O ese en el que reforman casas? ¿Servicios de streaming? Tengo que preguntarle a Luke.
Luke, con el que voy a tener que compartir cama.
Si es que vuelve, claro. A medida que pasan los minutos, cada vez tengo más dudas.
Había un rollo raro entre esos dos. La forma en que él intentó marcharse antes de que ella lo viera, y cómo a ella se le dibujó una amplia sonrisa en la cara al pronunciar las palabras «vieja amiga». Si no lo conociera, diría que es su ex.
Lo que no me parecería mal. Yo también tengo un ex, aunque no en este mundo. Mi ex no juega en la misma liga que esa mujer, pero yo tampoco. Esa idea me hunde por dentro, aunque prefiero no analizar por qué.
Se oye un golpe en la puerta, seguido de la voz de Luke.
—Soy yo.
Me levanto a toda prisa de la cama para dejarle entrar. Da dos pasos dentro de la habitación antes de darse cuenta de la situación en la que nos encontramos.
—Pedí dos camas.
—Lo sé. Intenté decírselo al chico de la recepción, pero no se quedó para escucharlo. Yo ya he dormido en el monovolumen, así que la cama es toda tuya.
Frunce el ceño al ver el sofá de dos plazas.
—Puedo dormir ahí.
—No estoy cansada. —De repente, estoy molesta, aunque no sé muy bien por qué—. Quédate con la estúpida cama. Además, somos adultos. Si quisiera dormir, tendríamos que compartir la cama y ya está. Tampoco es para tanto.