Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 18
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Capítulo 18

—¿P or qué hemos parado? —pregunto unas horas más tarde, al despertarme de golpe de otra cabezadita.

En un cartel junto a la carretera se puede leer: Bienvenidos al Departamento de Atención al Cliente .

A lo lejos, el horizonte brilla con lo que parecen edificios de oficinas.

Echo un vistazo al mapa y, tras hacer unos cálculos rápidos, deduzco que estamos en algún lugar cerca de Tulsa, Oklahoma.

Ni siquiera a mitad de camino del Valle de la Muerte.

Luke gruñe, frustrado.

—Porque me estoy quedando dormido al volante.

Normal.

—¿Cuántas horas llevas ya sin dormir? ¿Unas sesenta? ¿Como mínimo? Tú mismo lo has dicho. Para seguir siendo humano, tienes que seguir haciendo cosas de humano.

Su boca permanece impasible, molesto porque le estoy devolviendo sus propios consejos, pero el cansancio se hace evidente en su rostro. Tiene los ojos inyectados en sangre y unas ojeras que rivalizan con las mías. Incluso está encorvado.

—No necesito mucho —me asegura—. Podemos coger una habitación aquí, cenar algo y descansar unas horas. Recuperaré el tiempo perdido en el camino para que lleguemos a donde está Beliar mañana al atardecer.

Salgo del coche con la mirada fija en el letrero de neón parpadeante que tenemos delante y que anuncia un motel y una taberna. Tengo menos hambre que nunca, pero ya han pasado casi ocho horas desde que salimos de Chicago y me comí los aperitivos. Aun así, parar me parece perder un tiempo precioso.

—Puedo conducir yo —me ofrezco. Sin esperar a que responda, me subo al asiento del conductor. El aire acondicionado dejó de funcionar a mitad de camino, así que me asomo por la ventanilla abierta—. Entra.

No se mueve.

—Está oscuro.

—Ya lo veo —le digo, aunque mi vista sea cuestionable.

Nunca se me ha dado muy bien quitarme las lentillas todas las noches, algo por lo que, según me han advertido, quizá me quede ciega algún día, pero tres días es demasiado incluso para mí. Siento como si se me hubieran quedado pegadas a los ojos, y no en el buen sentido.

—No te gusta conducir de noche.

Decir que no me gusta es quedarse muy corto. Pero la idea de tener que sentarme a comer algo con lo que antes me habría chupado los dedos y que ahora apenas puedo tragar me hace replantearme si estoy dispuesta a enfrentarme a mi miedo.

—Apenas nos hemos cruzado con nadie por la carretera —digo—. Creo que podré aguantar unas horas.

Luke cede antes de lo esperado y se sienta en el asiento del copiloto, lo que delata su absoluto agotamiento.

Arranco el monovolumen, ajusto los retrovisores y meto la marcha antes de que pueda darle demasiadas vueltas.

Poco a poco, salgo del aparcamiento de gravilla y me adentro en la oscuridad de la carretera.

Sin farolas. Grietas en el pavimento. Árboles que se alzan a ambos lados. Todo me resulta familiar, inquietantemente familiar. Como si el infierno se estuviera burlando de mí.

—¿Llevas puesto el cinturón de seguridad? —le pregunto a Luke, pero mi voz suena apagada y entrecortada. Nerviosa. Es como si tuviera un ladrillo sobre el pecho, toda una pila de ladrillos.

Como si la calle no estuviera ya lo bastante oscura, mi visión se va oscureciendo. Las luces de los edificios cercanos parecen estar a miles de kilómetros de distancia.

—Lo llevo puesto —me dice Luke con voz pausada—. Puedes parar.

—Estoy bien.

No, no estoy para nada bien. Se nota en el temblor que se esconde tras mis palabras, en el sudor que empapa las palmas de mis manos. No consigo respirar ni por asomo.

—No pasa nada, Brie. Tú solo para el coche.

Hago justo lo contrario. Giro bruscamente el volante, las ruedas chirrían mientras doy media vuelta y vuelvo a entrar a toda velocidad en el aparcamiento del motel del que acabábamos de salir.

Apenas había recorrido unos cien metros.

Pongo el monovolumen en punto muerto y hundo la cabeza entre los brazos que tengo cruzados sobre el volante.

Como guinda del pastel, el claxon emite un pitido patético.

El sonido de mis jadeos llena el coche, por mucho que me clave los dientes en la piel del antebrazo para contenerlos.

—Lo siento —digo con voz entrecortada, pero se parece demasiado a un sollozo. Tengo veintisiete putos años y estoy teniendo un ataque de pánico. Lo odio. Odio que, después de todos los meses que han pasado desde el accidente, siga sin poder conducir de noche—. Lo siento mucho.

Ya casi ha pasado un año. Debería estar mejor. Debería…

Luke posa su cálida mano sobre mi piel e interrumpe mis pensamientos. Me da unos relajantes masajes circulares en la parte baja de la espalda, ahora expuesta después de que se me haya subido la camiseta.

—No tienes nada de lo que disculparte —dice con voz baja y tranquilizadora—. Permítete tener miedo. El miedo nos hace humanos, ¿recuerdas? Es algo bueno.

Asiento, aún apoyada en mis brazos, intentando calmar mi corazón desbocado. Me fijo en el radio de los círculos, en la rugosidad de su palma, en la regularidad de su respiración. Es casi como si la acentuara en exceso para animarme a imitarla.

Funciona. Por fin consigo controlar la respiración lo suficiente como para levantar la cabeza. Aparta la mano de mi espalda y un escalofrío desagradable ocupa su lugar.

Intercambiamos miradas por encima de la consola central. Sus ojos brillan en la oscuridad, pero no son desagradables.

—Lo siento —repito con voz ronca.

—No lo sientas. —Me aparta el pelo de la cara y me lo coloca detrás de la oreja, de modo que es imposible pasar por alto la sinceridad de su mirada.

Me acaricia la mejilla con los dedos. En contra de mi voluntad, inclino la cabeza para sentir más su tacto.

Pero entonces desaparece, como si nunca hubiera existido.

Sale del coche y me abre la puerta a modo de invitación—. Vamos a comer algo.

La penumbra que reina en el interior de la taberna se parece tanto a la de cualquier otra en la que haya estado que me invade una sensación de bienestar.

En la barra de madera astillada, unas cuantas personas beben a sorbos de vasos altos llenos de un líquido oscuro, como harían los clientes habituales de un bar.

Ni siquiera el menú es demasiado extravagante, salvo por el hecho de que está pensado principalmente para carnívoros, ya que ofrece sobre todo platos a base de carne.

Desde luego, el sitio no es un paraíso vegano, eso está claro.

—Un entrecot poco hecho y una hamburguesa al punto —dice la camarera mientras me pone delante esta última.

Lleva el pelo castaño rojizo recogido en un moño alto deshecho, con algunos mechones en cascada enmarcando el rostro.

El pintalabios rojo oscuro destaca sobre su piel pálida y un trazo difuminado de delineador negro resalta sus ojos ámbar—.

¿Seguro que la quieres al punto, cariño? El cocinero dice que apenas sangra.

—Está perfecta así, gracias.

Se encoge de hombros, como diciendo «Cada cual a lo suyo», y se aleja con paso tranquilo.

Le doy un mordisco a la hamburguesa y, literalmente, gimo por lo buena que está, acompañándola con un puñado de patatas fritas. Luke me observa, al parecer entretenido con la escena mientras corta su filete.

—Esto está buenísimo —digo con la boca llena—. Espera… ¿He dicho que está bueno? ¡Vuelvo a tener hambre!

Miro mi plato y veo que ya me he comido la mitad de las patatas fritas.

—Has sentido miedo al conducir de noche y eso te ha conectado con tu humanidad —me explica Luke—. El miedo es una emoción voraz que se alimenta de ti. ¿Por qué crees que tantos seres del infierno se dan un festín con ella aquí abajo? Es muy saciante.

—Entonces ¿el miedo hace que tenga hambre? —pregunto, y doy otro mordisco.

—El auténtico miedo. El miedo profundo. No un miedo pasajero, como el que sentiste al huir del Mercado Nocturno. Ese miedo que te corroe por dentro es el mejor.

—¿Y cuál es el miedo que más te corroe a ti?

La pregunta me sale de la boca sin pensarlo.

Luke reacciona como si le hubiera disparado una bala.

Cuando sus ojos vuelven a encontrarse con los míos, me sorprende el cansancio que veo en ellos.

Krystal y yo jamás pudimos adivinar su edad, porque parecía mayor de lo que aparentaba.

Ahora que sé cómo y dónde creció, todo cobra sentido.

Pero hay algo más que nunca había visto antes.

Un torbellino de emociones que escondía con gran recelo, pero que puedo sentir tan de cerca que casi las puedo tocar; ojalá pudiera adentrarme en su interior y sacarlas, una a una.

La puerta de la taberna se abre de golpe, estampándose contra la pared.

El camarero de la barra, un hombre con largas rastas en un estilo semirrecogido, reprende al culpable y le pide que tenga más cuidado.

Un escalofrío recorre la habitación, haciendo que baje la temperatura en cuanto la recién llegada pone un pie dentro.

Luke se tensa y nuestra breve conexión se rompe.

—Mierda, lo siento, jefa —se disculpa el camarero. Sus manos comienzan a preparar una bebida, aunque sus ojos no se apartan del rostro de la desconocida que se acerca—. ¿Lo de siempre?

—Por favor.

La voz es femenina, con un tono ronco y seductor.

Va envuelta en un enorme abrigo de pieles negro y oculta su rostro tras un gran sombrero vaquero a juego.

Desde que ha caído la noche, la temperatura ha bajado tanto que me he puesto la chaqueta vaquera antes de entrar, pero aun así todas esas pieles me parecen excesivas.

—La cuenta, por favor —le dice Luke a la camarera. En cuanto la deja sobre la mesa, e incluso antes de leerla, Luke esparce unos cuantos frascos de almas por encima. Me mira y dice—: Veamos si la habitación está lista.

Cuando se levanta de la mesa, a mí todavía me quedan algunas patatas fritas en el plato. Dado que comportarme como una dama no es uno de mis puntos fuertes, me las meto todas en la boca y lo sigo.

Ya estamos casi fuera cuando la voz de la mujer resuena por toda la sala, acallando a todas las demás.