Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—¿Así que ahora te preocupa mi comodidad? —le digo en tono burlón, intentando fingir que ese momento que acaba de producirse entre nosotros no me ha dejado sin aliento—. ¿Dónde quedó todo eso cuando te pedí una silla nueva con soporte lumbar?

—Los recortes presupuestarios no perdonan a nadie.

—¿Y qué pasa contigo? No dormiste nada en el tren, ¿verdad? Llevas días despierto.

—Estoy bien. —¿Me lo estaré imaginando o él también parece haberse quedado sin aliento?—. Prefiero conducir hasta Chicago.

Me paso a la parte de atrás y uso mi bolsa a modo de almohada. Incluso el simple movimiento de tumbarme hace que mi mente se vaya apagando. Antes de que el sueño me venza, una pregunta brota de mis labios.

—¿Sois gemelos idénticos?

—Mellizos. —Luke me mira a través del retrovisor—. Y, antes de que me lo preguntes, sí, yo soy el más guapo.

Luke me despierta en mitad de una pesadilla, con una expresión indescifrable.

—Lo siento —me disculpo. Al darme cuenta de que quizá mis gemidos y quejidos podrían confundirse con un sueño erótico, añado—: Tengo una pesadilla recurrente sobre la noche del accidente. Eso es todo.

Frunce el ceño.

—Ya estamos en Chicago. Estaba considerando la posibilidad de dejar que siguieras durmiendo, pero ahora me alegro de no haberlo hecho.

—Has hecho bien. Odio tener esas pesadillas, pero no puedo evitarlo.

—Yo también solía tener pesadillas —me dice, asintiendo con la cabeza en señal de comprensión—. Ahora no sueño en absoluto.

—Ojalá fuera también mi caso.

Paramos en una gasolinera con tienda para comprar comida y agua.

Me voy un momento al baño a refrescarme y a cambiarme los vaqueros rotos por unos cómodos leggings.

Mi pelo es causa perdida y, como lo tengo rizado, no puedo peinármelo sin mojarlo y aplicar una buena cantidad de acondicionador.

Me paso los dedos por los nudos más rebeldes y me recojo el pelo en una coleta.

Ya sea por la siesta, por esa parada tan necesaria para ir al baño o por el cambio de ropa, salgo sintiéndome una mujer nueva.

—Es como un 7-Eleven —le digo a Luke al encontrarnos delante de la tienda.

—¿Dónde está tu daga? —me pregunta. Me giro para enseñarle dónde la llevo, atada al muslo, camuflada en mis leggings—. Quiero poner toda la distancia posible entre nosotros y el Mercado Nocturno para que los sabuesos no tengan ninguna oportunidad de alcanzarnos cuando reaparezca y los libere.

—Bien visto.

Volvemos tranquilamente al coche con nuestras bolsas llenas de aperitivos sin marca.

Luke ha tenido que encargarse de elegirlos porque yo casi me llevo un bote de ojos liofilizados creyendo que eran caramelos.

Ha pagado con un puñado de frascos de almas.

El empleado que estaba dentro parecía tan aburrido y cansado como cualquier otro trabajador de 7-Eleven que haya visto antes, piel de color índigo aparte.

—Es curioso —le comento mientras caminamos—. En el infierno hay supermercados y cafeterías, pero todavía no he visto ningún parque. Hay patatas fritas y galletitas saladas, pero no granizados. Hay coches, pero todos son viejos. ¿Por qué?

—A los habitantes del infierno les cuesta admitirlo, pero el inframundo se inspira bastante en el supramundo.

Dado que hasta hace poco, antes de lo que sea que esté pasando con el velo, las formas de acceder al mundo exterior eran limitadas, lo que hay aquí está basado en suposiciones y recuerdos.

La mayoría de las cosas que se parecen se deben a los humanos que han hecho del infierno su hogar tras cerrar acuerdos desafortunados con demonios que los han dejado atrapados aquí.

—The Bean no está —comento mientras pasamos por lo que debería ser el Millennium Park, pero que aquí es otro rascacielos.

—Aquí no hay muchos detalles artísticos —comenta Luke al llegar al monovolumen—. Sobre todo, porque en Illinois se encuentra el Departamento de Ingeniería.

—Cómo no —murmuro mientras me subo al asiento del copiloto y tiro mi bolsa de viaje a la parte de atrás.

—¿Por dónde quieres empezar?

Abre una de las bolsas para mostrarme la amplia variedad de aperitivos. De repente me doy cuenta de que no me apetece ninguno de ellos. De hecho, no quiero comer nada.

—¿Qué pasa? —me pregunta al ver que frunzo el ceño.

—No tengo hambre. Es solo que… llevamos más de veinticuatro horas sin comer. Debería estar muerta de hambre. Yo siempre tengo hambre. —Se me escapa una risa nerviosa al cruzar la mirada con Luke mientras me trago el pánico—. ¿Por qué no tengo hambre?

En sus ojos se adivina una cierta preocupación.

—Querer comer es una sensación muy mortal. El hambre aquí es diferente. Los seres del infierno pueden pasar semanas sin comer o, al menos, sin comer lo que ellos consideran comida.

—¿Eso es lo que me está pasando? —Contengo el aliento—. Solo llevamos aquí dos días. ¿Ya me estoy convirtiendo en un ser del infierno?

—No. —Su respuesta es concisa y convincente—. Es solo que tu cuerpo está intentando adaptarse. Tienes que comer. Aunque sea obligándote. Es otra de las claves para seguir siendo humanos. Tienes que hacer todo exactamente igual que si estuvieras en el supramundo.

Él pone en marcha el vehículo y yo empiezo a comer.

Me atiborro de patatas fritas y galletas saladas, me bebo una botella entera de agua y remato la faena con un paquete de galletas Oreo trituradas que encuentro en un bolsillo de mi bolsa de viaje.

Para cuando llegamos a la Ruta 66, el suelo bajo mis pies está lleno de bolsas vacías y servilletas usadas.

Estoy llena, creo. O, al menos, debería estarlo.

Pero cada bocado me apetecía menos que el anterior.