Capítulo 17
—¿C ómo? —pregunto, horrorizada.
Ya es bastante malo estar aquí como adulto. No puedo ni imaginarme cómo debe de ser para un niño.
—No pongas esa cara. Durante la mayor parte de mi vida, fue lo único que conocí. Y cómo fue crecer aquí no es lo importante. Deberías preguntarme por qué.
—Vale, entonces ¿por qué?
Me mira.
—Pues abróchate el cinturón, que vienen curvas. Literalmente.
No me había dado cuenta de que no llevaba puesto el cinturón de seguridad. En cuanto me lo pongo, ese simple gesto me transporta de vuelta a aquella noche. Estaba a punto de decirle a mi madre que se abrochara el cinturón, pero ya casi habíamos llegado a casa. Parecía una tontería.
—Nunca he conocido a mi padre —comienza Luke, sacándome de las garras de ese flashback que ya me resulta tan familiar—.
Pero que conste que nunca he querido conocerlo.
Dejó embarazada a mi madre de gemelos y luego la abandonó.
Durante el segundo trimestre, se puso muy enferma.
Los médicos le dijeron que era bastante probable que tuviera que elegir entre ella o los bebés.
Mientras lloraba sentada en un banco cerca del hospital, se le acercó un hombre.
No era consciente de que estaba en un cruce de caminos.
No sabía que estaba hablando con un demonio.
—No sabía que tuvieras un gemelo —comento.
—No he dicho que yo fuera uno de esos bebés.
—Ah, ¿no lo eres?
—Sí, lo era. Es solo que no quiero que llegues a conclusiones precipitadas.
—Se le dibuja una sonrisa en la comisura de los labios.
Le doy un golpecito en el brazo y él continúa hablando, con la mirada fija en la carretera infinita y el cielo lila—.
El hombre le ofreció a mi madre un trato.
Ella quería unos bebés sanos para no tener que vivir sin ellos y para que ellos no tuvieran que vivir sin ella.
Él le dijo que podía conseguirlo. Por un precio.
—¿Y por qué aceptaría pagarlo?
—¿Alguna vez has pedido algo por internet y, cuando lo has recibido, no se parecía en nada a lo de la foto?
Así son los pactos con el diablo. Crees que estás consiguiendo un chollo.
Que ellos son los idiotas. Pero así es como funcionan.
Le prometió la oportunidad de tener unos bebés sanos para que pudieran estar todos juntos.
Y mi madre, sin esperanza y sola, aceptó el trato.
Pero cuando se fue a dormir aquella noche, él fue a buscarla y se despertó en el tren al infierno.
—¿Y los bebés?
—Nacieron en el infierno. Crecieron en el infierno. Creían que acabarían muriendo en el infierno, hasta que…, bueno, los planes cambiaron. Fin.
Me quedo mirándolo boquiabierta.
—No puedes decir «fin» y ya está. ¿Hasta qué? ¿Cómo llegaste a Tarrentown? Entonces ¿todo lo que me contaste en el tren era mentira? ¿No vienes de una familia de cazadores de monstruos?
—No era del todo mentira —dice Luke, aunque suena un poco a disculpa—.
Tú sola llegaste a esa conclusión. Parecía más fácil que decir la verdad, que los monstruos nos perseguían.
Me pasé toda la infancia corriendo. Los libros que viste en mi casa eran los que había coleccionado en el supramundo, pero también tenía otros que me había dejado mi madre.
En cuanto se dio cuenta de que estábamos aquí para quedarnos, hizo todo lo que pudo para protegernos.
Se leyó todos los textos posibles, nos hizo memorizar todos los tipos de demonios y monstruos que existen, nos mudábamos con frecuencia para no pasar demasiado tiempo en un mismo lugar y nos enseñó a luchar.
Ya lo viste en el tren. Los humanos no duran mucho aquí. La suerte nunca está de nuestra parte.
Me merezco un premio por haberme mordido la lengua y no haber soltado ninguna bromita sobre Los juegos del hambre .
—Pero me dijiste que cuanto más tiempo pasamos aquí, más perdemos nuestra humanidad. Y si tú has vivido aquí durante años, ¿cómo es que todavía…?
No termino la frase. Habría sido de mal gusto por mi parte preguntarle sin rodeos si es humano.
Pero capta lo que quería decir.
—No se aplican las mismas normas para los niños.
Tienen una inocencia innata que protege sus corazones hasta que crecen y la pierden.
Para otros, es un terreno resbaladizo. Aunque algunos pierden su humanidad, muchos se aferran a cualquier ápice que les pudiera quedar, a pesar de haberse convertido en monstruos por fuera.
Mi madre siempre decía que el amor que nos tenía la mantenía humana de corazón.
Supongo que lo mismo podría decirse de mí.
La mayoría de los que están aquí no tienen nada que perder, pero yo vivía con el miedo de que la mataran a ella y a mi hermano. El miedo nos hace humanos.
—Debió de ser una infancia horrible. Lo siento mucho.
Se encoge de hombros.
—No conocía otra cosa. Y no todo el mundo aquí es malo. Algunos, como Hazaar, nos echaron una mano en determinados momentos. Otros no.
Mi mirada se detiene en la tenue cicatriz horizontal que le cruza la garganta, preguntándome cómo se la hizo y si habrá más en lugares que no puedo ver.
Antes de que pueda darle demasiadas vueltas a lo que se esconde debajo de su ropa, le pregunto:
—¿Cuándo pasaste de ser la presa a convertirte en el cazador?
Guarda un largo silencio, como si intentara concretar el momento exacto.
—La mayoría de los pactos con el diablo tienen algún tipo de laguna jurídica, si es que eres capaz de encontrarla.
El pacto que hizo mi madre era cosa suya, lo que significa que, aunque ella estuviera condenada al infierno por toda la eternidad, eso no significaba que yo también lo estuviera.
Me traicionaron y solo pensaba en marcharme, así que acudí a la única persona capaz de conceder salvoconductos para cruzar el velo: el diablo.
Le prometí que, si me permitía pasar al supramundo, me dedicaría a recorrerlo cazando a cualquier monstruo que causara problemas allí.
Aceptó mis condiciones y me dejó marchar.
Intento imaginarme a Luke enfrentándose al diablo, un hombre de cabello plateado que lo mira desde un trono construido de huesos, de azufre o de dientes humanos. O puede que de las tres cosas a la vez.
—¿Y no le interesaría al diablo tener presencia en el supramundo? Para así poder… —Gesticulo mientras busco las palabras adecuadas—. ¿Intentar hacerse con el control?
—Darían más problemas que ventajas. Además, el diablo es el encargado de mantener a raya a los seres del infierno, pero es algo que solo puede hacer en su propio territorio. Lo ideal es que todos se queden en sus respectivos mundos.
—Así que te escapaste del infierno solo para acabar volviendo a él. Pues qué asco.
—Y de los grandes.
Suelta un suspiro.
—Imagino que el supramundo debió de suponer todo un choque cultural para ti.
—Pues sí, me costó un poco adaptarme. Lo tenía bastante idealizado, así que tuve que enfrentarme a algunos desengaños bastante duros.
—¿Como que las patatas fritas de McDonald’s no están tan buenas en realidad?
Su risa nos sorprende a los dos.
—Desde luego. Son un absoluto horror. Gomosas y demasiado saladas, pero no lo bastante.
—Las del Burger King están mucho mejor.
—Con diferencia.
Reflexiono sobre todo lo que ha contado, incapaz de sacarme de la cabeza la imagen de dos niños pequeños jugando al escondite en medio del caos del Mercado Nocturno.
O la de su madre. No puedo evitar preguntarme qué aspecto tendría.
O quién lo traicionó y le provocó un dolor tan profundo que lo llevó a cambiar de mundo.
Estoy a punto de preguntárselo cuando su voz rompe el silencio.
—Lo has hecho muy bien, Brie —me dice con voz suave.
La frase es bien sencilla, compuesta por cinco palabras y mi nombre, y sin embargo, de repente, de forma absurda, siento que se me llenan los ojos de lágrimas.
Hacía meses que nadie me decía algo así, y mucho menos de corazón—.
Lo estás haciendo muy bien. Y no me refiero solo al trato con Hazaar.
Soy muy consciente de lo horrible que el inframundo puede llegar a ser para quienes nunca han estado en él.
Eres valiente y nunca podría culparte si no lo fueras, pero lo estás llevando mucho mejor de lo que esperaba.
—¿Y cómo esperabas que lo llevara?
—Con más temblores. Quizá con algún que otro vómito. Litros de lágrimas. —Me observa con una mirada cálida—. Y, al menos, unas cuantas ocasiones en las que me suplicaras que te llevara de vuelta al supramundo.
—Seguro que estabas deseando que lo hiciera. Que te lo pidiera de rodillas.
Las palabras se quedan suspendidas en el aire.
No era mi intención que sonara tan sugerente, pero el ambiente entre nosotros cambia al instante.
Contiene el aliento y aferra con fuerza el volante.
Sus ojos se posan en los míos y se quedan ahí el tiempo suficiente como para que me alegre de que seamos los únicos en la carretera.
Me pregunto si tendrá en mente la misma imagen espantosa que yo tengo de mí misma en la posición en que me encontraba tras escapar del Mercado Nocturno, de rodillas y suplicándole.
Desesperada por que todo vuelva a la normalidad, recurro a la verdad que más se le acerca.
—Si te sorprende que no esté tan desconcertada como esperabas, es bastante posible que sea porque lo peor que me podía pasar ya me ha pasado. Después de conducir el coche que mató a mis padres, cualquier cosa horrible desde un punto de vista objetivo palidece en comparación.
Y así es como se enfría el ambiente. Pero, por si eso no fuera suficiente, añado:
—También estoy tomando unos antidepresivos muy fuertes.
Reconozco que no se me da demasiado bien tomármelos con regularidad, pero él no tiene por qué saberlo.
Se me escapa un bostezo y Luke lo aprovecha para cambiar de tema.
—Será mejor que descanses. Si quieres, pásate al asiento de atrás; seguro que ahí estás más cómoda.